“No hay derecho a tanto derecho”

Apreciados lectores,

En mi última columna reflexiono sobre un fenómeno que me preocupa bastante. ¿Qué pasará si los ciudadanos de Occidente seguimos reivindicando derechos y más derechos sin prestar atención a nuestros deberes? La cosa no pinta nada bien, me temo.

Sensibilidad moral y gestión de las relaciones personales

¿Tienes problemas para establecer nuevas relaciones? ¿Te cuesta entablar amistades duraderas y profundas? ¿Te quedas insatisfecho después de pasar un buen rato con otras personas? ¿Te has sorprendido alguna vez de la reacción negativa que has causado en otras personas? ¿Y de que te digan que les has hecho daño? La respuesta a estas y otras preguntas puede explicarse, en parte, por falta de sensibilidad moral. Intento explicarme.

Entiendo la sensibilidad moral como la capacidad para apreciar (ser sensible) las necesidades y legítimas aspiraciones de los demás desde un punto de vista integral, esto es, de los demás como personas completas que piensan, sienten y actúan en función de lo que consideran lo mejor. Como puedes observar, la sensibilidad moral se halla muy próxima a un concepto mucho más exitoso como el de la empatía, aunque yo creo que la sensibilidad moral es algo más amplio que incluye la empatía y otros más.

¿Qué significa sersensibilidad sensible a los demás desde un punto de vista moral? Pues, básicamente, dejar de mirarlos solo en función de nuestros deseos y empezar a verlos como nos gustaría que nos miraran a nosotros: como personas merecedoras de intentar buscar la felicidad donde mejor nos parezca.

Estoy convencida de que muchos conflictos podrían prevenirse si realizáramos ese ejercicio mental de comprensión. Porque en demasiadas ocasiones entablamos o mantenemos relaciones por lo que esas personas nos aportan a nosotros, no por lo que nosotros les aportamos o, mejor todavía, por lo que podemos aportarnos una a la otra para desarrollar algunas o todas las facetas de nuestra personalidad.

Obviamente, nadie se va a hacer amigo de alguien que le insulta o menosprecia constantemente. De lo que yo estoy hablando es de algo más sutil. De personas, aparentemente sociables, que se van desencantando del género humano porque este no les da lo que creen que merecen y terminan amargadas y aisladas, incapaces de abrir su corazón a los demás.

Para que eso no ocurra, os animo a desarrollar vuestra sensibilidad moral. El ejercicio más sencillo, ya lo he comentado, consiste en pensar en el otro como un ser libre que tiene derecho a escoger a las personas con quienes quiere rodearse y el modo de hacerlo. Puede que nos duela que no nos elija, pero peor será forzar la situación y terminar alejándola de nosotros para siempre.

Otra técnica muy sencilla reside en desarrollar nuestra capacidad de observación, a fin de detectar cómo se encuentra realmente la otra persona. ¿Cuida en exceso su imagen o va sumamente descuidada? ¿Baja el tono de voz cuando menciona determinados temas? ¿Evita encontrarse con algunas personas? ¿Suele sonreír o frunce el ceño? Con una mirada atenta, una mirada moral, podremos intuir si se encuentra bien, regular o mal.

Finalmente, y para no alargarme, os propongo practicar una escucha activa. O sea, hablar menos (aunque sea interiormente) y escuchar mejor. ¿Qué palabras y temas se repiten en su conversación? Y al contrario, ¿de qué no habla nunca? ¿Alaba a los demás o los critica? ¿Se motiva a sí misma o se queja continuamente?

Como podéis observar, el desarrollo de la sensibilidad moral nos permite establecer relaciones más sanas y auténticas, así como evitar o prevenir conflictos personales antes de que sea demasiado tarde. Lo más importante, ya lo sabéis, es intentar mirar a los demás y a nosotros mismos con la perspectiva más amplia posible. Que estamos aquí para ser felices, no te compliques.

Imagen tomada de aquí.

 

 

“Cuando lo natural es explotar”

Estimados lectores,

Ya podéis leer mi última columna en El Llobregat. En esta ocasión, me ha llamado la atención que alrededor de 80 entidades de mi ciudad se hayan comprometido a apadrinar el río Llobregat. ¿Qué es lo que ha ocurrido, me pregunto, para que alguien se haya visto en la necesidad de apadrinar un río? Tal vez hemos abusado de la naturaleza y sólo muy recientemente nos hemos dado cuenta de la necesidad de recuperarla. Ahora bien, ¿cómo podemos hacerlo en un contexto capitalista? Yo tengo alguna idea, pero os invito a pasaros por el diario y expresar vuestra opinión.

La transparencia como un valor para terceros

¿No os parece que a veces se ponen de moda una serie de palabras y pobre de quien  ose ponerlas en cuestión? Estoy pensando, por ejemplo, en emprendimiento, innovación, liderazgo y transparencia. Y en esta última me detengo hoy.transparencia

La ‘verdad’ del momento es que personas y colectivos deben ser transparentes, pues sólo así se ganarán la confianza y la credibilidad de quienes se relacionan con ellos. Está claro;  quien abre su corazón, su conocimiento, sus instalaciones o su forma de trabajar permite a los demás hacerse una idea bastante fidedigna de quién o qué es. Ahora bien, ¿qué gana quien es transparente?

Las personas y colectivos pueden ser transparentes si se mueven en un entorno de colaboración y cooperación, pues todos aportan su mayor o menor sabiduría y todos ganan. En entornos competitivos, por el contrario, los transparentes siempre pierden, pues los demás aprovechan su conocimiento del ‘rival’ para usarlo en su contra. Por tanto, la transparencia se torna en una debilidad.

Sólo así se explica algo que ya he comentado más de una vez; que todo el mundo apele a la autocrítica –algo muy frecuente, por ejemplo, en periodismo-, pero nadie ponga ni un solo ejemplo de cuándo se equivocó o falló en algo. No vaya a ser que… ¿que se den cuenta de que no es perfecto? Ay, ay, ay… ¿Así cómo vamos a aprender y mejorar nuestro nivel de productividad?

También resulta bastante frecuente el caso de, no sé cómo denominarlos, los reivindicadores de la transparencia ajena. Los demás deben ser transparentes, eso ni se cuestiona, pero ay si me piden información sobre mí o sobre mi empresa. Y no hablo de algo teórico, sino de algo que me ha pasado hace muy poco.

Y si la transparencia es un valor que se exige a los demás pero que no nos aplicamos a nosotros mismos, ¿hasta qué punto he de creer en sus bondades? Por eso digo que la transparencia constituye un valor, pero un valor para terceras personas. Avisado estás.

Imagen tomada de aquí.

¿Qué fue de la vida privada e íntima con la llegada de internet?

Recientemente he vivido un acontecimiento personal que me ha dado qué pensar sobre los límites de lo público y lo privado. El hecho en sí no ha sido nada del otro mundo. Quiero decir, ha sido algo muy importante para mí y mi familia, pero algo que sucede todos los días desde que el hombre es hombre. En todo caso, ha sido algo que yo quería que supieran únicamente las personas a las que yo o los más allegados decidiéramos comunicar.

Es por ello que me ha sorprendido mucho que algunas personas me preguntaran o me hicieran comentarios sobre la cuestión a través de Twitter y Facebook. La sorpresa ha sido mayúscula cuando el comentario ha provenido de un periodista al que, tras pedirle que eliminara su comentario, afirmó no compartir mi opinión para, acto seguido, reconocerme el derecho a la privacidad. Ni una disculpa, oye. Y es ahí donde me he parado a pensar. ¿Se está difuminando la frontera entre lo público y lo privado? ¿Esta disolución está afectando también a los periodistas? Y, finalmente, ¿por qué es tan importante esta distinción?intimidad

En mi humilde experiencia, respondo sí, se está difuminando la línea entre lo público y lo privado. Muchas personas están (re)transmitiendo su vida en directo, comunicando experiencias e ideas que compartirían con un amigo. En el caso del periodismo, reitero mi opinión y añado que dicho límite se ha venido difuminando desde hace tiempo y probablemente se ha agravado con la aparición de la televisión y la competencia entre canales.

¿Y qué?, me objetará alguien. Los tiempos han cambiado y ya está. Sí, los tiempos han cambiado y supongo que todo cambio conlleva ventajas e inconvenientes. Entre las ventajas probablemente se halle la impresión de ser escuchado, la sensación de compañía y la atenuación de la soledad negativa. No es poca cosa, pero obsérvese que estamos hablando de apariencias o sucedáneos, pues, en el fondo, siempre nos comunicamos a través de una pantalla y, por tanto, no nos llega todo el calor humano que nuestro ser necesita. Pero algo es algo, cómo no.

Por el contrario, el mayor inconveniente que encuentro ahora mismo reside en que, al hacer pública nuestra vida privada o íntima, tengo la impresión de que perdemos una parte importante de nuestro ser. A ver si consigo explicarme. Por un lado, somos seres sociales y, por tanto, la opinión de los demás es muy importante para nosotros. Por muy independientes que nos creamos, a todos nos cuesta mostrarnos tal y como somos, porque sabemos que no hay dos personas que piensen exactamente igual y que, una vez que nos pronunciamos, nos definimos y, por tanto, podemos ser objeto de críticas y burlas. También me parece bastante generalizable que con las personas más cercanas nos mostramos más relajados y más nosotros mismos que con extrañas o simples conocidas. Y, en tercer lugar, creo que todos intuimos que la comunicación humana es imperfecta y que lo que yo digo a veces no se corresponde exactamente con lo que pienso y que lo que el otro interpreta tampoco tiene por qué ser justo lo que le estoy diciendo.

Si esto es cierto, entonces intuyo que cuando hacemos público algo de nuestra vida privada o íntima se produce, cómo decirlo, un cierto grado de distorsión. Sin darnos cuenta, proyectamos una imagen algo más idealizada o denostada de nosotros mismos, según sea nuestro nivel de autoestima. Más bien lo primero. No hay más que ver las fotos de nuestros perfiles, todos con nuestro mejor perfil, valga la redundancia. Al enviar un mensaje ligera o profundamente distorsionado, los demás nos responden a esa distorsión, devolviéndonos una imagen –no una realidad- de nosotros mismos, con lo que podríamos llegar a creernos que somos esa imagen y no quienes realmente somos. Es decir, podríamos perder el acceso a nuestra verdadera realidad y vivir, exagerando un poco, desde la mentira.

Este peligro puede ocurrir perfectamente sin la necesidad de internet ni las redes sociales, pero creo que estas herramientas técnicas pueden potenciar el problema de la falsificación de la identidad o el autoengaño. Y así como uno puede “caer en la tentación” de dar la imagen que cree que gusta a los demás, los medios y profesionales de la información pueden limitarse a elaborar noticias que consigan una alta popularidad, independientemente de su valor real, es decir, valorando más los ‘clics’ que obtienen que lo que aportan a la conciencia cívica y democrática de los ciudadanos. Si esto se ve tan claro a nivel informativo, ¿no ocurrirá algo parecido a nivel personal? Es para pensarlo un poco, ¿no os parece?

Imagen tomada de aquí.

“¿A quién le importa la opinión pública?”

Estimados lectores,

Ya podéis leer mi último artículo para El Llobregat. En esta ocasión, reflexiono en voz alta sobre algunas de las interpretaciones/reacciones que ha suscitado el último Barómetro de Opinión Pública de L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona). La conclusión, aunque esperable, no deja de parecerme interesante:

Que la realidad es compleja, que nuestra mirada no es neutra, que el hecho de que se destaque un dato u otro puede obedecer a un interés que no se quiere explicitar y que todo ello me hace pensar que la opinión pública es algo que todo el mundo quiere controlar, muy a nuestro pesar.

Espero tus comentarios, aquí o en el diario. Muchas gracias por participar.

Atrévete a ser tú mismo (la Ética de Erich Fromm)

Hay títulos que te atrapan. “Ética y psicoanálisis”, de Erich Fromm (1900-1980), es uno de ellos, pues aúna dos de mis pasiones: la Filosofía moral o Ética y la Psicología. Por fin lo he leído y he de decir que no me ha decepcionado. Lo único que lamento es que el diálogo entre las disciplinas se publicara en 1947. El libro, no obstante, sigue siendo valioso en pleno siglo XXI. Intentaré convenceros…self-esteem-star-girl

La Ética de Fromm suele calificarse como Ética Humanista. De hecho, él mismo la denomina así y la contrapone a la Ética Autoritaria:

“En la Ética Autoritaria una autoridad es la que establece lo que es bueno para el hombre y prescribe las leyes y normas de conducta; en la Ética Humanista es el hombre mismo quien da las normas y es a la vez el sujeto de las mismas, su fuente formal o agencia reguladora y el sujeto de su materia” (p. 20, ed. 2010).

El término humanista,  no obstante, puede conducir a confusión, ya que suele ser un adjetivo bastante manido. Para Fromm, significa que no hay nada “superior ni más digno que la existencia humana” (25). También que, para saber qué es bueno para el hombre, es preciso conocer su naturaleza (30).

Si toda naturaleza buscar preservar y afirmar su propia existencia, no extraña por tanto que el primer deber de todo organismo, incluido el hombre, sea estar vivo. Más todavía, “el deber de estar vivo es el mismo que el deber de llegar a ser sí mismo, de desarrollarse hasta ser el individuo que cada uno es potencialmente” (32).

He de reconocer que esta idea me encanta. Fromm es consciente de que no es completamente original, pues se considera heredero de una tradición que bebe en Aristóteles, Spinoza o Dewey, pero ¿habríamos de despreciar una idea sólo porque otros la hayan utilizado?

Por tanto, si nuestro principal deber es llegar a ser lo que ya somos, esto es, desplegar todas las potencialidades de nuestra naturaleza, el primer paso será conocernos muy bien a nosotros mismos, ¿no? Es aquí entonces donde entra en escena la Psicología, que nos ayuda a conocer mejor nuestra naturaleza y, por tanto, aquello que nos conviene.

Esto explica que Fromm se adentre en el estudio del carácter, pues éste “representa una forma particular en la cual la energía está encauzada en el proceso de vivir” (70). Así, hay caracteres que se orientan a la improductividad: los receptivos (viven como si todo lo bueno procediera del exterior y la única forma de lograr algo bueno es recibiéndolo), los explotadores (lo bueno también procede del exterior, pero hay que hacerse con ello como sea), los acumulativos (no confían en el mundo exterior sino en su capacidad para conseguir las cosas) y los mercantiles (se experimentan a sí mismos como mercancías que deben venderse a los demás).

Entre los caracteres que se orientan a la productividad, Fromm expone algunas características generales. “Si bien es cierto que la productividad del hombre puede crear objetos materiales, obras de arte y sistemas de pensamiento, el objeto más importante de la productividad es el hombre mismo. […] Es parte de la tragedia de la situación humana que el desarrollo del yo jamás sea completo; aun bajo las mejores condiciones, sólo una parte de las potencialidades del hombre son realizadas. El hombre siempre muere antes de haber nacido completamente” (106).

 “El hombre siempre muere antes de haber nacido completamente”. ¡Guauuu! No me digáis que esto no os estimula a buscar la forma de desarrollaros más y mejor. ¿Y cómo? Pues bien, Fromm nos sugiere buscar el amor, el trabajo y el pensamiento productivos. Sólo me detengo en el primero:

“El amor es la forma productiva de relación con otros y con uno mismo. Implica responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento, así como también el deseo de que la otra persona crezca y se desarrolle” (125).

Si nuestros sentimientos, pensamientos y acciones nos ayudan a desarrollar nuestra personalidad total (no sólo una parte), entonces conseguiremos una ‘buena conciencia’. “La conciencia es, así, una re-acción de nosotros ante nosotros. Es la voz de nuestro verdadero yo que nos vuelve a reconciliar con nosotros mismos, para vivir productivamente, para evolucionar con plenitud y armonía, es decir, para que lleguemos a ser lo que somos potencialmente” (173).

Como podéis observar, todo el libro gira en torno a esta idea, la idea de que los seres humanos tenemos la –inevitable- tarea de desarrollar toda nuestra personalidad.  Por eso puede afirmar Fromm que “el hombre es responsable ante sí mismo de ganar o perder su vida” (185).

Y la forma de saber si uno está ganando o perdiendo su vida puede medirse por su grado de felicidad, pues “es la indicadora de que el hombre ha encontrado la respuesta al problema de la existencia humana: la realización productiva de sus potencialidades siendo simultáneamente uno con el mundo y conservando su propia integridad” (205).

Por eso, el gran problema del hombre, entonces como ahora, reside en que el hombre no se toma en serio a sí mismo, no tiene fe en sí mismo, lo que le impide observarse, cuidarse y amar(se) adecuadamente. Pero nada está decidido de antemano. Y así acaba el libro:

“La decisión depende del hombre. Depende de su capacidad para tomarse a sí mismo, a su vida y a su felicidad seriamente; de su buena voluntad para enfrentarse con su problema moral y el de su sociedad. Depende del valor que tenga para ser él mismo y de ser para sí mismo” (269).

Lo dicho, atrévete a ser tú mismo.

Imagen tomada de aquí.

“¿Ciudades inteligentes, ciudadanos inteligentes?”

Estimados lectores:

Este mes aprovecho la celebración del Mobile World Congress (Congreso Mundial del Móvil), a finales de febrero, para reflexionar sobre las ‘smart cities’ o ciudades inteligentes. ¿Realmente nos ayudan a vivir de forma más sabia? Yo, sinceramente, tengo mis dudas. Os dejo con el párrafo final de mi columna de El Llobregat:

Todavía es pronto para determinar si las ciudades inteligentes son una apuesta sólida o una moda desesperada de países ricos por negar lo innegable –que en otros países del mundo hay personas que algún día se cansarán de hacer los trabajos que nosotros ya no queremos hacer y que no podemos crecer todos al mismo ritmo sin destrozar el planeta-.Tampoco sabemos si L’H se ha sumado pronto o tarde al carro de las ‘smart cities’. En todo caso, supone un objetivo, un sentido, para todos aquellos que quieren seguir viviendo con el mismo nivel de vida que hasta ahora y no cabe duda de que nos hará la vida más cómoda, no sé si mejor.

Por cierto, aprovecho para pedir disculpas por una errata que encontraréis en el artículo. He escrito “surga” en lugar de “surja”.

 

“Puré mediático”: más de 20 años defendiendo una televisión de calidad

Cuando Maribel Martínez Éder se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Navarra, jamás pensó que dedicaría más de 20 años de su vida a defender una televisión de calidad. Su vocación, tardía, se disparó cuando, ya como madre, comprobó la ‘basura’ que tenían que digerir sus hijos a través de la pequeña pantalla. Es así como nació la Asociación Plaza del Castillo de Usuarios de los Medios de Comunicación, una organización modesta pero perseverante que intenta ayudar a padres y ciudadanos a adquirir conciencia crítica sobre la relación medios-sociedad; un trabajo que ha cuajado en “Puré mediático”, una publicación de unas 500 páginas donde se recogen esos más de 20 años al servicio de una sociedad más sana, culta y responsable. portada

Ya en la dedicatoria se ve claramente que Martínez Éder es una es una mujer directa y valiente, que arremete contra quienes promueven, consienten o toleran el incumplimiento de la normativa española y europea, sean profesionales y propietarios de los medios de comunicación, sean partidos políticos o instituciones públicas: “Ni sucesivos gobiernos, ni oposición, ni defensores del pueblo o del menor, ni códigos de autorregulación, ni Ministerio de Industria, Comercio y Turismo en su apartado de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información, han estado a la altura de las circunstancias. […] Es así y ha sido su responsabilidad”.

Entre las denuncias más repetidas por Plaza del Castillo se encuentran la vulneración de los derechos de los menores y la ausencia de una autoridad audiovisual independiente que vele por su cumplimiento. Otro caballo de batalla ha sido la lucha contra la denominada ‘televisión basura’, gracias a una campaña anual realizada cada 10 de mayo para defender una televisión de calidad denominada ‘Un día 10 sin ver la televisión”. Los motivos, por si alguien todavía duda: “La televisión basura es barata de realizar, crea adicción, extiende el analfabetismo cultural, favorece la degradación ética y social y crea una audiencia acrítica fácilmente manipulable”. Otras cuestiones que surgen a lo largo de casi un centenar de artículos ordenados cronológicamente son el supuesto servicio público de Radiotelevisión Española, los excesos de la cadena de televisión Telecinco, el incumplimiento de los códigos de autorregulación, la exposición de violencia y pornografía, y la saturación publicitaria, entre otras.

Cuando Telecinco les grabó con cámara oculta

Muy mal no debían de estar haciéndolo cuando, en la Navidad de 2003, Telecinco envió a dos supuestos periodistas al despacho de la asociación para elaborar un supuesto reportaje sobre niños, violencia y televisión, cuando lo que en realidad buscaban era desprestigiar su labor a través de un reportaje que se emitió en ‘El tomate’ y ‘Crónicas Marcianas’ el 22 de diciembre de 2004. En la sentencia 99/2007, el juzgado de primera instancia número 5 de Pamplona condenó a Gestevisión-Tele5 a hacer público el fallo, algo que se cumplió de forma un tanto peculiar: “La emisión [del reportaje] se llevó a cabo en horas de máxima audiencia, pero la lectura de la sentencia impuesta se realizó en torno a las 2,20 horas de la madrugada el día 7 de octubre, dando fin al programa ‘La noria’, leída por su presentador Jordi González y deliberadamente confundida con los títulos de crédito”. La campaña de difamación dañó la credibilidad de Martínez Eder y la asociación, no así su fuerza de voluntad. Más bien, todo lo contrario:

“Nunca me he amedrentado, nos hemos amedrentado ni dudado, de la tarea apasionante a la que he, hemos dedicado los últimos veintidós años, pero a partir de que Mediaset-Telecinco se arriesgara a delinquir, a cometer semejante abuso, tuve la convicción absoluta, de que transitaba, transitábamos, por el buen camino”.

El libro, publicado por la editorial Eunate, incluye datos brutos, muchísimo material gráfico y hemerográfico y concluye con un anexo donde se incluyen los principales manifiestos, declaraciones, campañas, estudios, informes, etc. en los que ha participado o promovido la asociación desde sus orígenes hasta el día de hoy. Un copioso volumen que ofrece, por primera vez, la visión de los usuarios de los medios de comunicación a lo largo de dos décadas; algo que, como recuerda la fundadora de la Asociación Plaza del Castillo, demuestra que la ciudadanía española no se halla ni “adormecida”, ni “indiferente”, ni “desorganizada”.

Demasiadas y pocas luces en Navidad

A algunos se les revuelve el estómago con la llegada de la Navidad, malestar que revela que todavía no se han vuelto insensibles ante uno de los periodos más contradictorios del año: solidaridad, picaresca y consumo se mezclan en dosis no siempre proporcionadas.

El final y el comienzo de cada año parecen sacar lo mejor y lo peor de nosotros como sociedad. Entre lo mejor, sin duda, las iniciativas solidarias que se ponen en marcha durante estas fechas. En L’Hospitalet de Llobregat, por ejemplo, el Ayuntamiento promueve, alienta o apoya algunas importantes, como la recogida de alimentos de la Cruz Roja o el Banco de Alimentos, entre otras. Gracias a la primera, a mediados de diciembre se habían recogido más de 2.300 kilos de comida, sin contar los que se recaudarán hasta el 6 de enero, cuando finalice la campaña.

Entre lo peor, probablemente, se encuentran quienes aprovechan estas fiestas para abusar de la buena fe del resto. L’Hospitalet no es la primera ni la última ciudad que intensifica la vigilancia policial durante estas fechas. En concreto, unidades de la Guardia Urbana y Los Mossos d’Esquadra (cuatro patrullas mixtas y doce de la policía local) vigilan las principales zonas comerciales entre el 29 de noviembre y el 13 de enero en turnos de mañana y tarde. Y cuanto más se vigila, más delitos se detectan, como lo prueba el hecho de que el año pasado, cuando se implantó el refuerzo, se llevaron a cabo 71 actuaciones contra la venta ambulante (frente a las 14 del año anterior) y 36 reclamaciones y hurtos (frente a 9).

Luego, se hallan las actividades difíciles de valorar. Por ejemplo, el alumbrado y los adornos navideños. ¿Realmente es necesario gastar (tanto) dinero ahí, con la crisis que está cayendo? Yo, sinceramente, tengo mis dudas. Entre los argumentosa favor, destacan dos: el pragmático –se incentiva el consumo y eso es bueno para la Economía- y el bienintencionado –nos alegra el espíritu y nos enternece el corazón-. En contra, el criterio que considero más lógico: se podía invertir ese dinero en ayudar a personas concretas –en minúscula- y  puede que nos fuera mejor.

Av. Miraflores (L'Hospitalet)// Eva Jiménez

Av. Miraflores (L’Hospitalet)// Eva Jiménez

Ante este dilema, me suele venir a la cabeza el caso de un amigo que una vez me contó que sería feliz si se compraba un coche de la marca X, minutos después de lamentarse de la distancia que le separaba de su pareja. Y yo le pregunté: ¿y por qué no dedicas ese dinero a alquilar o pagar la entrada de un piso para poder vivir con tu pareja?”. Me miró con cara de aguafiestas y ahí se quedó la cosa.

El caso es que la anécdota me hizo pensar en las contradicciones que vivimos, probablemente sin ser plenamente conscientes de ellas. Quiero decir, ¿qué ocurre cuando una sociedad se llena la boca hablando de solidaridad y, al mismo tiempo, basa su modo de vida en el consumo de bienes materiales? Sinceramente, no me extraña que a algunos se les revuelva el estómago. Afortunados ellos que se dan cuenta de que en Navidad suele haber demasiadas luces y poca lucidez. Por cierto, que paséis unas muy auténticas y felices fiestas.

 Adenda

Cuando ya había redactado este artículo, el Partido Popular de L’Hospitalet ha revelado algunos de los gastos que ha realizado el Ajuntament en adornos navideños: iluminación de la fachada del Consistorio (11.260 euros), árbol de Navidad (5.678,28), muñeca de hielo (2.000 euros), decoración del árbol (440). Total, incluido IVA: 23.447,71 euros. Fuentes del Ayuntamiento han confirmado la veracidad de estos datos que, según el PP-L’H, suponen algo más de lo que gastó el equipo de Gobierno en ayudar a pagar el IBI a personas con dificultades económicas (42.000 euros). Desde el Consistorio afirman que dichos gastos se han cubierto gracias a un patrocinio externo, pero no han especificado de quién o quiénes se trata ni qué otros gastos se producen para ‘decorar’ la ciudad.

El Roto (20.12.2013)

El Roto (20.12.2013)

La verdad periodística (I). Aproximación a la complejidad y la limitación

La “verdad” es una de esas palabrotas que uno pronuncia –o debería pronunciar- con respeto. Una idea tan antigua como, probablemente, el ser humano. “Mmm… -me imagino pensando a uno de los primeros Homo Sapiens-, el de la tribu de al lado me ha dicho eso, pero… ¿y si me ha mentido? ¿Por qué debería creer que es verdad?”. Historia-ficción o no, el caso es que la verdad toca el núcleo mismo de las relaciones humanas y, por eso, nos importa tantísimo, aunque a veces no hablemos de “verdad” y “mentira” de forma explícita.

El concepto de “verdad” es tan antiguo y, con el paso de los siglos, ha ido adquiriendo tantos matices y recovecos que esta cuestión podría ocupar unos buenos tomos enciclopédicos. Y yo aquí con un humilde ‘post’ donde sólo quisiera pararme a pensar un poco en un tipo, no sé si digo bien, de verdad: la verdad periodística.

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Creo que no hay código deontológico del periodismo donde no se haga referencia, con una palabra u otra, a esa realidad que hemos enjaulado lingüísticamente como “verdad”. Tiina Laitila analizó 31 códigos europeos y en 1995 publicó un artículo donde concluyó que el 90% de los mismos hacía referencia a “veracidad, honestidad y exactitud de la información” y “corrección de errores”. El principio o principios con el porcentaje más elevado, dicho sea de paso.

Algo que no resulta extraño, si uno examina su propia experiencia profesional. Ahora mismo recuerdo un caso que me ha pasado hace bien poco. Yo observo un hecho que me parece digno de atención, pues afecta a mi salud y a la de mis conciudadanos. Me documento un poco a través de internet y encuentro una noticia de una cabecera de prestigio donde se dice que el Ayuntamiento va a implantar una medida para hacer frente a la situación. Pregunto en el Consistorio y la respuesta se hace esperar tanto que sólo tengo la versión del medio, así que la doy por verdadera. En el último momento, sin embargo, consigo hablar con una persona, que me dice que la medida se implantó hace años y que se está estudiando ampliarla en otras. ¡Menos mal, me digo, casi meto la pata! Reescribo mi artículo, añado los matices oportunos y envío el artículo a imprimir. Pero, una vez enviado, resulta que consigo hablar con una tercera fuente y ésta me explica que, si bien es cierto que la medida se implantó en el pasado en una zona concreta, continúa vigente en el presente. ¡Qué suerte, me digo, todavía estoy a tiempo de modificar el artículo y aclarar la cuestión!

Pasado el ajetreo, me paro y me pregunto: ¿qué ha ocurrido aquí? Está claro que nadie tenía la intención de mentir: he hablado con técnicos –disculpas a los políticos de buena fe-, cada uno desde una perspectiva diferente, y el tema no es tan grave como para generar suspicacias. Y me sorprendo: ¡nadie tiene la intención de mentir, pero por poco no cuento -no contamos- la verdad!

Entonces vuelvo a caer en la cuenta de que descubrir la verdad, lo que las cosas son, resulta algo muy complejo. En primer lugar, porque el periodista cuenta con un tiempo bastante limitado, a diferencia de un científico o un juez, por poner un par de ejemplos. Si yo no hubiera hablado con las fuentes antes de cerrar el número, no hubiera descubierto el alcance e importancia de las medidas implantadas por el Ayuntamiento y, por tanto, no hubiera podido contárselo a mis lectores. No les habría mentido, pero tampoco les habría explicado la verdad. Y no por mala fe, sino por un cúmulo de malentendidos. Por ello es tan importante preguntar las mismas cosas a diferentes personas o (re)preguntar de modo diverso a las mismas personas. Porque cada una ve el mundo desde su perspectiva y, sin querer engañarte, te da sólo esa parcela de la realidad, que nunca es completa.

Y aquí entra en juego la limitación humana. Porque, señoras y señores, todos somos limitados. Tanto los periodistas como las personas que nos facilitan la información. Ahora bien, los periodistas tenemos una responsabilidad extra, que es la de ser conscientes de nuestras limitaciones y, consiguientemente, la de poner todos los medios para superarlas, en la medida de lo posible. No a otro principio obedece el deber de verificar o contrastar la información.  Y, como el Homo Sapiens del inicio, tener muy claro que no siempre interesa contar la verdad. Pero ésa es otra historia. Continuará.

 Imagen tomada de aquí

 

Ética y periodismo digital. Una encuesta

Encuesta cerrada. Muchas gracias por tu participación

¿Puede hablarse de periodismo ‘digital’ o no merece la pena utilizar dicha denominación? ¿La ética de los periodistas ‘digitales’ es diferente de la de los ‘periodistas no digitales’? ¿En qué consiste? ¿Cómo deberían los periodistas relacionarse con su público, mucho más activo y crítico gracias a las posibilidades que ofrece internet?

Estas son algunas preguntas que surgen cuando se habla de Ética y periodismo digital, una cuestión muy de moda, como lo muestra el hecho de que la Fundació del Consell de la Informació de Catalunya haya organizado una jornada sobre este asunto, celebrada el martes pasado.

Para aclarar estas y otras cuestiones, un equipo de investigación internacional, liderado por Juan Carlos Suárez Villegas, de la Universidad de Sevilla, y en el que colabora una servidora, está recopilando información a través de una encuesta dirigida  a periodistas ‘digitales’ de España, Italia y Bélgica.

Si eres un periodista ‘digital’ que trabaja en España y tienes tiempo, puedes responder la versión larga de la encuesta, pinchando aquí: https://es.surveymonkey.com/s/periodismodigital

Si no tienes tiempo, puedes responder la versión reducida: https://es.surveymonkey.com/s/eticayperiodismodigital2

Si vols respondre l’enquesta en català, també ho pots fer, en versió reduïda: https://es.surveymonkey.com/s/eticaiperiodismedigital

Gracias por tu participación y no dudes en contactar conmigo para aportar o recabar más información.

“De roedores y menores”

Estimados lectores,

Ya podéis leer mi última columna en El Llobregat. En esta ocasión, comento algo que me ha dejado impactada: ver ratas en zonas donde juegan y estudian decenas de menores. Te dejo con los primeros párrafos del artículo, para abrir boca, y un par de fotos que lo acompañan.

Es cierto. Una noche, de vuelta a casa, me pareció que una sombra se movía entre unos contenedores de basura de la calle Travessera de Collblanc de L’Hospitalet de Llobregat. Me paré y allí estaba, la sombra hecha cuerpo y acompañada de una cola larga y delgada: una rata.
 

Intenté restarle importancia: es tarde, por aquí pasa poca gente y estamos al lado de unos contenedores de basura que recogen entre las diez y las seis de la mañana. Seguí caminando, con un cierto malestar en el cuerpo, cuando observé que otros dos roedores huían despavoridos de los columpios del Parc de la Granota hacia los contenedores que se encuentran al lado. Será que han derruido edificios en torno a la plaza Cadí y se han removido los cimientos, quise creer. A los pocos días, encontré una rata muerta justo al lado de la Escuela Menéndez Pidal. Entonces, sí, me preocupé.

 

Rata junto al Menéndez Pidalsuciedad en La Florida

Fotos: Eva Jiménez

Ética y liderazgo en “El juego de Ender”

Una vez más, sumerjámonos en la ficción para aclarar la vida. En esta ocasión, os sugiero la película “El juego de Ender”, un largometraje dirigido y adaptado por Gavin Hood de la primera entrega de la novela homónima de ciencia-ficción escrita por Orson Scott Card en 1985. Muy resumidamente, el filme nos cuenta cómo los seres humanos se enfrentaron y vencieron a una raza alienígena llamada ‘insectores’ en el pasado y tienen miedo de que les vuelvan a atacar. Desde entonces, forman a niños y adolescentes para hacer frente a una posible nueva guerra, ya que han descubierto que los jóvenes son más ágiles, más intuitivos y más creativos que los adultos. Uno de esos niños se llama Ender Wiggin (intepretado por Asa Butterfield).

Dos estilos de liderazgo, tres ejemplos

La película muestra dos estilos de liderazgo muy claros. Las diferencias más evidentes se perciben entre Ender y Bonzo, el jefe del escuadrón Salamandra, uno de los grupos que se forman en la escuela militar espacial. Desde el primer día, Bonzo le deja muy claro a Ender que no podrá practicar con su grupo, ya que no está dispuesto a perder ninguna batalla simulada por culpa de un ‘novato’. Cuando Ender es designado jefe de otra escuadra, la Dragón, su actitud es diametralmente opuesta. En primer lugar, muestra una gran confianza en todos sus miembros, incluso en aquél antiguo compañero que un día se peleó con él, cuando ambos eran aprendices. En segundo lugar, humildad: si hay alguna idea mejor que la mía, quiero escucharla.

La cuestión del liderazgo también puede rastrearse entre los profesores. Por un lado, se encuentra el Coronel Graff (interpretado por Harrison Ford), quien confía plenamente en Ender, a pesar de que este todavía no confía en sí mismo, pues en ocasiones siente la rabia y violencia que hizo que expulsaran a su hermano mayor de la academia. Por otro lado, la psicóloga de la escuela, Gwen Anderson (a cargo de Viola Davis), no termina de fiarse. Es más, crea un juego para conocer mejor a Ender que sólo contribuye a presionarle más.

Y finalmente, creo que los diferentes estilos de liderazgo también puede observarse en los dos hermanos de Ender. El hermano mayor, ya se ha comentado, ejerce una pésima influencia sobre Ender, pues le recuerda que comparte genes con un ser envidioso y violento. Su hermana Valentine, por el contrario, es pura bondad y le trasmite una gran confianza en la solidaridad y en la humanidad.

juego de ender

La creación de un líder

Estos tres niveles muestran, a mi juicio, algo muy importante, y es que un líder no sale de la nada, sino que se halla fuertemente influido por la familia en la que nace y la educación que recibe. Es verdad que Ender posee unas cualidades excepcionales –talento para la estrategia y valor para ponerla en práctica-, pero no es menos cierto que necesita, como necesitamos todos, de personas que confíen en él para dar lo mejor de sí mismo. En este sentido, el largometraje refleja bastante bien cómo se forma un líder.

Y también pueden hallarse pistas sobre las dificultades que conlleva esa posición. La más clara, para mí, es la soledad. Ender es rechazado por sus compañeros en la misma medida en que sus profesores alaban sus actitudes. Y no porque él sea especialmente engreído. Casi al contrario, como he mostrado antes. Es abierto, dialogante, agradecido. La envidia, me temo, puede ser uno de los principales obstáculos con que puede encontrarse cualquier persona que sobresalga en cualquier campo. Y la soledad que ella conlleva puede suponer una carga demasiado pesada de soportar. Otra dificultad importante, sin duda, es la responsabilidad: el líder ha de tomar decisiones que afectan a otras personas, y no siempre acierta, con lo que es fácilmente objeto de críticas y menosprecio.

El valor de la empatía

Afortunadamente, el líder también encuentra personas que perciben su valía y que quieren apoyarle en su causa. En el caso de Ender, ya lo hemos dejado entrever, encontramos inteligencia, valor, respeto, humildad y empatía. Obsérvese que muchas de estas cualidades son claramente éticas, sobre todo la última. Y es en este punto donde me gustaría detenerme un poco más.

Creo que la película refleja muy bien el carácter empático de Ender, pues él mismo lo explicita en más de una ocasión: conozco tan bien a mi enemigo, lo comprendo tan bien, que cuando estoy a punto de acabar con él sufro porque lo he destruido. Podría desarrollar más esta idea, pero debería desvelar más detalles, y prefiero que veas la película y seas tú quien me digas si crees que la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, te parece clave o no para ser un buen líder. En definitiva, si crees que ética y liderazgo se hallan más unidos de lo que en ocasiones pensamos.

Imagen tomada de aquí.

Lo que nadie te explica cuando comienzas el doctorado

A lo largo de mi trayectoria como doctoranda –y os puedo asegurar que ha sido y es dilatada- he conocido a muchas personas que compartían mi mismo estatus de becaria de investigación. He conocido personas que han realizado y realizan tesis en tiempos razonauniversidad21bles y sin grandes problemas, y he conocido compañeros que, o bien no han acabado en los tiempos establecidos, o bien lo han hecho con un gran desgaste físico y psicológico. A los que les ha ido bien, nada puedo decirles salvo que me alegro por ellos. A los que no les ha ido o no les va tan bien, quiero dedicarles unas palabras. Pensaba hacerlo más adelante, cuando terminara mi tesis, pero, visto el éxito del ‘post’ “Consejos para quien comienza el doctorado de quien no lo ha terminado” y conversaciones recientes, he decidido lanzarme y comentar algunos aspectos que, a día de hoy, me parecen importantes. Ojalá que en el futuro pueda serviros de más ayuda.

 1. El director no siempre asesora, acompaña y motiva adecuadamente

La realidad que he conocido es que resulta muy complicado encontrar un ‘buen’ director. El que sabe mucho, no comparte o no es dialogante. El que comparte, no sabe tanto. El que es abierto, no es metódico. El que es sistemático y riguroso, no acompaña. Y todas las combinaciones que queráis añadir.

¿Por qué ocurre esto? Quiero pensar que nadie les ha enseñado a dirigir (¿alguien conoce algún plan de formación de doctores donde se enseñe cómo dirigir una tesis?), pero también creo que muchos no quieren aprender. La enseñanza personalizada, me temo, es más gratificante cuando es remunerada, económica o profesionalmente. Y aquí tienen responsabilidad, en primer lugar, los propios directores; en segundo, las facultades que ni los motivan ni valoran; y, en tercero, los criterios que marcan las administraciones, que mucho hablan de excelencia y calidad cuando en realidad sólo se guían por parámetros de rendimiento y eficacia.

¿Y sabes qué pasa cuando alguien no sabe dirigir? Pues lo que pasa con las personas que no saben de algo que se supone que deberían saber: que se ponen a la defensiva a la mínima de cambio e interpretan una duda o un comentario inocente como un cuestionamiento, no ya de carácter intelectual, sino muchas veces personal. Y entonces se entra en una dinámica tan nociva -¿cómo avanzar en el conocimiento si no se puede cuestionar nada?- que el doctorando tiene el peligro de quedarse a la deriva y sin autoestima. En ese caso, mi humilde consejo: ¡confía en ti y pide ayuda para cambiar de director lo antes posible!

2. Los equipos de investigación no siempre son tales

Hay doctorandos que pasan cuatro años haciendo la tesis doctoral sin saber lo que es trabajar en equipo. Porque no trabajan con su director (ver punto uno) y porque no se les incluye en ningún proyecto de investigación. Es una lástima, porque cada día se valoran más las investigaciones interdisciplinares (con miembros de varias disciplinas), internacionales (con miembros de varios países), inter-lo-que-quieras. Ahora bien, hay algo que no sé si es mucho mejor: utilizar al doctorando para hacer el trabajo que nadie quiere hacer (tareas mecánicas y farragosas) o, peor, para obtener alguna subvención o ayuda pública. En este tipo de casos, el doctorando figura nominalmente en un ‘equipo’ de investigación donde no aprende todo lo que podría y debería aprender. No aprendes, no cobras o cobras una miseria y a veces ni firmas los trabajos en los que has participado; pero no se te ocurra quejarte, porque te tomarán por un desagradecido y te harán sentir que tu trabajo no vale absolutamente nada. ¡Ni se te ocurra creértelo!

3. El doctorando no siempre desarrolla una carrera profesional coherente

La mayoría de las personas que realizan el doctorado lo hacen porque quieren aprender y porque les gusta la docencia. Es decir, quieren dedicarse al mundo académico. De otro modo, optarían por otra carrera o un máster, más enfocado al mundo profesional. Pues bien, tampoco conozco a nadie que me haya hablado de un programa de asesoramiento profesional para doctorandos: escalas profesionales, retribuciones, publicaciones de prestigio, congresos a los que conviene asistir, formas de preparar e  impartir clases, experiencia docente acompañada… Ojo, no estoy diciendo que uno no pueda preguntar –sólo faltaría-; lo que digo es que estas cuestiones son demasiado importantes como para dejarlas a la improvisación o a la suerte de cada uno. Si tu director se preocupa por tu futuro, ¡premio! Si no, ¡sigue jugando y paga la matrícula un curso más!

4. El doctorado no es la única llave que abre la puerta académica

Finalmente, me gustaría comentar que acabar el doctorado no es la única llave que abre la puerta del mundo académico. Muchos te dirán que sin el doctorado no eres nadie, que sin tu tesis doctoral no tienes ninguna posibilidad de que te contraten… Obviamente, cuanto antes la defiendas, mejor. Pero que no te engañen. En la universidad hay muchas personas a las que se les da una, dos y siete oportunidades sin haber conseguido el título de doctor. Es decir, en la universidad, el mundo del conocimiento desinteresado, también hay intereses. Y en la universidad también hay personas a las que les interesa ‘colocar’ a personas fieles antes que a personas independientes.

Sinceramente, me parece una auténtica lástima –por no decir un verdadero drama- que la institución que podría cambiar el modo de funcionar las cosas a través de la educación se limite a repetir los patrones de las empresas más competitivas e inhumanas. Podría escribir mucho más sobre esto, pero creo que es suficiente por ahora. Si te ha interesado este ‘post’, tan sólo te aconsejo que leas el artículo de Javier Martínez Aldanondo “Colaborar o no colaborar (esa es la cuestión)”. En él te explica realidades que se pueden aplicar perfectamente a las instituciones académicas. Desgraciadamente. Y como no puedo acabar de forma tan pesimista –ya me conocéis, siempre en positivo-, termino diciéndote que no te desanimes, que confíes en ti mismo y que el tiempo termina poniendo a cada persona en su sitio. ¡Vive los ideales universitarios y sé generoso con tu conocimiento!

Imagen tomada de aquí.

Josep Cuní apuesta por volver a las “bases” del periodismo: verdad y servicio público

Hacen falta referentes, el periodismo es más necesario que nunca. Así comenzaba Roger Loppacher, presidente del Consell de l’Audiovisual de Catalunya (CAC), la presentación del periodista Josep Cuní (Tiana, Barcelona, 1953), quien ha disertado sobre “Periodismo y sociedad” en el marco de la sexta sesión del Fòrum de la Comunicació de Catalunya organizado por el CAC. Estoy de acuerdo y por eso he asistido a la conferencia de esta mañana en el auditorio del Banc Sabadell, porque creo que el periodismo es más necesario que nunca y porque creo que Josep Cuní es una referencia como profesional de la información. Y por eso os ofrezco una síntesis comentada del acto, porque todos necesitamos voces competentes y dignas de confianza.

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Cuní ha explicado cómo ve la situación del periodismo “a día de hoy”, es decir, siendo muy consciente de que su diagnóstico no es el mismo de ayer ni probablemente el de mañana, dada la velocidad a la que nos movemos. De hecho, ha dedicado gran parte de su charla a reflexionar sobre la influencia de las redes sociales en el periodismo. Y dicho influjo le resulta ambivalente. Es decir, por un lado las redes aportan “elementos imprescindibles”, como poder acceder a las grabaciones ciudadanas del supuesto abuso de los Mossos d’Esquadra (policía catalana) hacia un empresario en el barrio de El Raval o haber puesto en contacto a españoles con familiares afectados por el tifón en Filipinas. Sin embargo, también confunden y distorsionan el papel de los medios de comunicación. Porque el periodista catalán no tiene claro que las redes sociales puedan ser consideradas, “a día de hoy”, como auténticos medios de comunicación. Más bien, entiende que son vehículos o canales de “impactos emocionales donde primero se habla y después se piensa”. Por no hablar de los abusos del anonimato, que también ha mencionado.

Por eso es tan necesario el periodismo, porque pone claridad en medio de la confusión y actúa como fiscalizador del poder. Ahora bien, esto no significa que se esté ejerciendo adecuadamente. Es más, el director del programa 8aldia ha recalcado la necesidad de realizar una “autocrítica profunda”, que no se ha hecho cuando se vivía en la opulencia y que no se está haciendo ahora porque la crisis está contribuyendo a que lo económico prevalezca sobre los principios profesionales.

Y con los principios hemos topado. Porque la solución para mejorar el periodismo, señoras y señores, radica en “volver a las bases”, lo que para Cuní significa básicamente ser fiel a dos obligaciones: la verdad y el servicio a la sociedad. En el primer caso, se trata de seguir los “métodos” o “convenciones” tradicionales de contraste, verificación, filtración, etc. En el segundo, de no olvidar que los periodistas se deben en primer lugar a la sociedad, trabajen en medios públicos o privados.

Josep Cuní es consciente de que resulta muy complicado encontrar y comunicar la verdad en unos tiempos donde la propaganda ya no consiste en repetir una mentira hasta que todo el mundo crea que es verdad, sino que ahora, al contener ingredientes de verdad, “cada vez es más difícil destilar el periodismo de la propaganda”. Otro problema importante, a juicio del profesional, tiene que ver con el fenómeno del sensacionalismo, donde se busca la imagen impactante, el contenido morboso, las declaraciones polémicas… Tampoco se ha olvidado de la presión de los anunciantes, quienes, a su juicio, difuminan el interés social en favor del factor económico.

Las dificultades son numerosas y “los periodistas nos hemos acomodado”, pero todos, cada uno desde su posición, ha de intentar ser fiel a esos principios, so pena de ver cómo desaparecen los medios, como ha ocurrido con el cierre de Canal 9 en Valencia, situación que le ha llevado al periodista catalán a lanzar el siguiente comentario, más o menos como sigue: “Todos tenemos unas hipotecas y las queremos pagar, pero ¿estas limitaciones personales nos pesan tanto como para que seamos cómplices de faltar a la esencia del periodismo?”.

Foto: Eva Jiménez

“Más alla del día a día: L’H 2025″

Apreciados lectores,

Ya podéis leer mi último artículo en El Llobregat, titulado “Más allá del día a día: L’H 2025“.  En él comento un proceso de participación ciudadana que ha liderado el Gobierno de L’Hospitalet de Llobregat, a fin de definir las líneas estratégicas que marcarán el futuro de la ciudad en materia de economía, cultura y convivencia. Os dejo con el primer párrafo, para abrir boca.

Muchas veces nos quejamos de que los políticos tienen una visión cortoplacista y así, continuamos, no toman medidas a largo plazo porque quieren resultar reelegidos cada cuatro años. El Govern de L’Hospitalet parece que ha roto esta dinámica al liderar un proceso para decidir cómo será la ciudad en 2025.

¿Pueden resolverse los dilemas morales? Acerca de la limitada condición humana

¿Debo mostrarme tal y como soy en el trabajo, o tal vez debería callarme ciertas cosas porque apenas me conocen y podrían interpretarme mal? ¿Debo decirle lo que pienso a un amigo porque creo que lo necesita, aun a riesgo de perder su amistad? ¿Debo ayudar a las personas que me piden ayuda, hasta el punto de perder mi salud y mi alegría de vivir? Cada día nos enfrentamos a múltiples y variados dilemas morales cuya resolución no termina de dejarnos satisfechos, tranquilos, en paz con nosotros mismos, hasta el punto de que empiezo a pensar que los verdaderos dilemas morales siempre tienen agujeros. Y el caso es que el hecho de que se me escurran entre los dedos no me parece digno de lamentación, sino, más bien, signo de realismo. ¿Es esta una constatación de que vivimos en una era posmoderna?

la-cucaracha-comelona-4Muchas personas consideran nuestra época (que algunos denominan posmoderna, aunque yo todavía no sé cuál es la mejor calificación) como un tiempo de declive, descrédito, crepúsculo y, en definitiva, de crisis de lo moral. Yo misma tengo esta tendencia -¿será un automatismo?- cuando veo que pasan los años e incluso los siglos y seguimos con problemas muy parecidos: odios, resentimientos, abusos, explotación, guerras… ¿Será posible que no hayamos aprendido nada después de tantos siglos de reflexión y experiencia?

Obviamente, es posible. Probablemente porque lo moral no sea algo que pueda progresar en el sentido que creían los ‘modernos’, es decir, a la manera que avanza la ciencia, el paradigma de sabiduría en la modernidad. Es decir, un dilema moral constituye una situación tan compleja que ni puedo controlar todas las ‘variables’ ni, aunque pudiera, estas son tan ‘inestables’ que no hay forma de conseguir ‘leyes’ válidas ‘universalmente’. Es decir, la libertad y la creatividad humanas son tan potentes que no hay manera de saber con seguridad cómo nos comportaremos y cómo se comportarán otras personas en una situación determinada. Por eso consideramos sabias y prudentes a las personas que dicen: “No sé cómo actuaré hasta que me ocurra algo parecido”.

Esta incertidumbre nos genera cierto malestar, cierto picor interno, y sufrimos como esas cucarachas o escarabajos a los que algún travieso pone boca arriba y no paran de patalear hasta que vuelven a su posición natural. Los ‘modernos’ no podían soportar la incertidumbre y no en vano, Descartes, uno de los padres del pensamiento moderno, dedicó gran parte de su vida a intentar alcanzar un conocimiento cierto y seguro. Y no parece que lo consiguiera…

¿Ahora bien, por qué no nos resignamos? ¿Por qué seguimos buscando seguridad y tranquilidad a pesar de que en el terreno de lo moral, ese ‘espacio’ donde estamos como desnudos con nosotros mismos y, por tanto, más vulnerables, no caben recetas ni técnicas, no es posible hallar un traje a la medida de cada uno de nosotros? ¿Tal vez porque es parte de nuestra limitada condición humana? Quiero decir, todos sabemos que el ser humano es uno de los animales más vulnerables de la naturaleza, si no el que más.  Podría suceder que esa verdad nos acompañe siempre, consciente –como cuando contratamos un seguro- o inconscientemente –como cuando nos enfrentamos a un dilema moral-. Si esto es cierto, entonces, ¿por qué no aceptarlo sin juzgarlo, sin rechazarlo, sin criticarlo?

Amigos, hay cosas que no vamos a controlar en la vida. De hecho, las más importantes son las que menos vamos a controlar. Los padres, los profesores y las administraciones públicas pueden intentar ofrecer unas pautas, pero que sepas que a la hora de la verdad nadie, absolutamente nadie, podrá decidir por ti ni garantizarte la inmunidad. Es decir, es muy probable que sufras cuando tengas que optar por dos valores que consideras importantes –la sinceridad y la prudencia; la verdad y el amor; la solidaridad y la salud- y es probable que sigas sufriendo cuando hayas tomado partido por uno de ellos. Y puede que esto, aun siendo ingrato, sea lo mejor que te puede pasar. Porque significará que sigues siendo un sujeto moral, esto es, que estás vivo y que nadie ha decidido por ti. En este sentido, viva la posmodernidad.

 

 Imagen tomada de aquí

“La responsabilidad del imputado”

Estimados lectores,

Ya está en la calle el último número del diario El Llobregat y, con él, mi columna mensual, que también podéis leer en versión digital. Este mes decidí escribir sobre la imputación del gerente del Ayuntamiento de L’Hospitalet (Barcelona), Juan Echániz, presuntamente implicado en un delito de ‘administración desleal’ cuando era miembro del consejo de administración de la caja de ahorros Catalunya Caixa.

En el artículo valoro la presunción de inocencia, un derecho que los periodistas solemos tocar de puntillas, como si fuese un mero trámite, pero también menciono el clima en el que nos movemos, donde parece ir en aumento la desconfianza de los ciudadanos hacia quienes gestionan en su nombre. Es por ello que, respetando profundamente la postura que tomase el gerente, manifestaba que sería muy de agradecer que diese, él o quienes lo nombraron, algún tipo de explicación transparente y convincente, cosa que no se había realizado en el momento de escribir el artículo.

Cuál ha sido mi sorpresa al enterarme, esta misma semana, que la alcaldesa, Núria Marin, ha aceptado su dimisión, presentada, según dice la nota de prensa, unos días antes. En ella, el gerente apela a motivos “profesionales y personales”, lo cual es otra fórmula muy recurrente pero demasiado manida como para aportar algo significativo. Es decir, los ciudadanos de L’Hospitalet continuamos sin saber cuáles han sido los verdaderos motivos por los que Echániz se despide del Consistorio y todo queda al arbitrio de nuestro punto de vista. Es decir, volvemos a judicializar la cuestión y hemos de esperar a que la Justicia dictamine, no sabemos cuándo.

¿El fin de la experiencia moral? Sobre el poder, el tiempo y los medios

Los expertos en titulares querrán colgarme por incluir la palabra “moral” en el título. Lo entiendo, porque la palabreja tiene muy ‘mala prensa’, pero correré el riesgo. Porque creo que la moralidad es la base de todo, el cimiento de un castillo de naipes sobre el que se asientan la Ética, la Deontología, la autorregulación, la corregulación, el Derecho y lo que venga. Si se cae la moral, siguiendo con la imagen, se cae todo.castillo-de-naipes-cayendo1

¿Y qué es lo moral, que me parece tan importante a pesar de su mala imagen? Una primera cosa que me gustaría dejar clara es que no no me estoy refiriendo fundamentalmente a una palabra, ni siquiera a una idea: estoy hablando de una experiencia. Una experiencia que todos hemos vivido alguna vez, o eso espero.

Hagamos memoria. Seguramente has olvidado muchas cosas, pero también es probable que recuerdes otras con gran claridad. Probablemente recuerdas a alguien, tal vez un compañero de clase, un vecino del barrio, un amigo o un pariente que te “jugó una mala pasada”, que te humilló, que te ridiculizó, que te rebajó a un nivel que tú sabías que no merecías.  O al revés. Tal vez no puedas olvidar algo que le dijiste o hiciste a alguien que tampoco lo merecía. Puede que nadie te viera e incluso que nadie te castigara, pero dentro de ti sabías que no te habías comportado bien, que no habías estado a la altura de lo que tú y los que te apreciaban esperaban de ti. ¿Ya lo recuerdas? Pues eso, esa experiencia, es de naturaleza moral. No religiosa ni estética ni intelectual ni sexual, sino moral.

Aclarado esto, me pregunto: ¿estamos perdiendo sensibilidad moral? Es decir, ¿hemos perdido capacidad para detectar cuándo estamos rebajando a otros o rebajándonos a nosotros mismos en nuestra dignidad? No lo tengo claro, pero sí que he observado algunos indicios que me dan qué pensar.

Por ejemplo, el poder. Y me explico. Veo a políticos y banqueros corruptos y me pregunto: ¿en qué momento se distanciaron de la gente que les rodeaba y a la que teóricamente servían para utilizarlos como simples medios para alcanzar sus objetivos?

El tiempo es otro factor que me preocupa, porque me doy cuenta de que, si no tenemos tiempo para cultivar las relaciones, resulta muy complicado observar cómo se encuentra –de verdad- la otra persona y poder ayudarla como necesita. Y viceversa.

Y los medios de comunicación también me inquietan, en la medida en que median, valga la redundancia, entre las personas, y por tanto, resulta muy complicado un cara a cara sincero y muy fácil ocultarse bajo una foto radiante de felicidad o un emoticono.

Todas estas ideas me han venido a la cabeza porque últimamente he leído sobre Emmanuel Lévinas (1906-1995), un filósofo nacido en Lituania pero nacionalizado en Francia que consideraba la proximidad como algo fundamental para que se produzca la experiencia moral. De hecho, concede una importancia esencial al Rostro del Otro, a esa mirada que nos interpela absolutamente sin necesidad de abrir la boca. Si el poder, el tiempo y los medios no nos dejan mirarnos –mirarnos de verdad-, ¿significa entonces que estamos ante el fin de la experiencia moral?

Imagen tomada de aquí.

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