La enseñanza de la ética en la universidad, ¿una misión imposible? Carta de despedida a mis estudiantes

Los investigadores con más experiencia suelen afirmar que la ética no se puede enseñar; como mucho, se puede aprender. Lo que quieren decir, si no interpreto mal, es que el aprendizaje depende más del alumno que del profesor. La joven profesora que esto escribe se rebela y se pregunta: ¿y acaso no sucede esto mismo en cualquier materia?

Pienso en mi experiencia de este curso 2014-2015, en que he impartido unas clases de Ética de la Comunicación en el grado de Publicidad y Relaciones Públicas. ¿Qué habrán aprendido mis estudiantes?, me pregunto.

Estoy prácticamente segura de que conocen dos herramientas que antes no conocían: una, para tomar decisiones éticas; otra, para poder situarse a sí mismos o a otras personas en un nivel de desarrollo moral a partir de los razonamientos expresados. Casi segura, porque las hemos utilizado en prácticamente todos los casos que hemos trabajado juntos.

Creo que también han aprendido que la teoría no se halla desgajada de la experiencia, esto es, que una buena teoría ética  no es más que una manera de expresar una experiencia ética muy profunda y, por ello, muy verdadera. Varias veces les he repetido que ellos, que se dedican a poner etiquetas y crear eslóganes para atraer la atención de los consumidores, bien pueden valorar que Aristóteles formulara un “término medio”; o Kant, un “imperativo categórico”. En definitiva, creo que han comprendido que la teoría mana de la experiencia, básicamente porque primero vivimos y después pensamos. Y, si no, tal vez no sea una teoría, sino una mera racionalización (pensar primero para intentar controlar lo que vivimos).

Tengo más dudas acerca de si se han dado cuenta de que la ética es una experiencia muy profunda, muy difícil de expresar, de verbalizar, de atrapar con palabras. Lo intenté con el anuncio que realizó Aquarius para fin de año, parafraseando el eslogan y diciéndoles que la ética  tiene algo que ver con una “increíble sensación de venirse adentro”. Dudo que lo consiguiera, porque no les insistí lo suficiente en que uno se repliega sobre sí mismo porque antes ha visto la fragilidad del otro y se ha conmovido, porque el otro no nos ha dejado indiferente.

¿Se puede enseñar que el otro no nos resulte indiferente? Aquí es donde creo que aciertan los docentes universitarios con más experiencia. Se puede dar a conocer la realidad del otro, para evitar prejuicios, se puede hacer que entren en contacto con personas vulnerables, para sensibilizarse, se pueden hacer algunas cosas, pero… Tal vez llegamos demasiado tarde. Aristóteles decía que la enseñanza de la ética era más efectiva en personas que ya habían vivido dichas experiencias cuando eran pequeñas. Y que si tenía que argumentarle a alguien por qué no debía pegar a su madre, lo mejor era darle un buen palo.

Mis queridos alumnos, yo sólo os pediría dos cosas: una, pensad  antes de actuar. Me he dado cuenta de que estamos en un mundo tan acelerado que pocas personas se paran a pensar antes de actuar. Pensad, para acertar vosotros con vuestra vida y para no hacer daño a los demás de manera innecesaria.

La segunda cosa, la segunda cosa me la ha sugerido un anuncio que he visto hace poco y que, por eso mismo, no hemos podido visualizar en clase: no os engañéis. Si no sois felices, si os sentís solos, si no conseguís relaciones estables o no alcanzáis lo que os proponéis, algo falla. Paraos de nuevo y pensad en qué estáis fallando vosotros, que es lo único que realmente depende de vosotros mismos. Pensad y actuad en consecuencia. Aunque cueste mucho al principio, os aseguro que llegaréis a un lugar mejor. Porque  “siempre hay salida”, porque “nunca es tarde para comenzar de nuevo”. Vivid y no sobrevivid. Gracias por este curso. No os olvidaré.

Ética en tiempos de corrupción

Reseña del libro de Adela Cortina “¿Para qué sirve la Ética?”, ganador del Premio Nacional de Ensayo 2014, y publicada en los diarios del Grupo Promecal y sus versiones web. Un ejemplo, el Diario de Burgos

Me pregunto si debería comenzar esta reseña explicando para qué sirve realmente un libro de ética. Antes confiábamos más en que un cambio en nuestras ideas conllevaba una modificación en nuestro comportamiento. Ahora sabemos que podemos pensar o decir una cosa y sentir y hacer otra totalmente diferente. Y, sin embargo, ¿por qué no intentarlo? ¿Por qué no exponernos a unas ideas cuyo único afán consiste en  ayudarnos a lograr una vida más feliz y un mundo más justo? Pues precisamente en eso consiste la ética, explica Adela Cortina (Valencia, 1947) en la obra que ha ganado el último Premio Nacional de Ensayo, en el arte de  “conjugar justicia y felicidad” (p. 161).

Qué fácil decirlo y qué difícil ponerlo en práctica, ¿verdad? Si realmente fuera tan sencillo, no haría falta pararse a pensar en el tema ni escribir libros. Pero no. Reflexionar sobre la ética se ha convertido en una auténtica necesidad en un país plagado de políticos, banqueros y empresarios corruptos, como la propia autora se encarga de denunciar. Y es necesario indignarse, añade, porque este sentimiento nos da la fuerza para trabajar por una democracia más auténtica y una sociedad donde la maximización del beneficio a cualquier precio no tenga la última palabra.

¿Y cómo lo hacemos?, se preguntarán. Los seguidores de Adela Cortina ya imaginarán la respuesta de la filósofa que aboga por una ética del discurso: diálogo, diálogo y más diálogo. Y cito: “El diálogo no sólo es necesario porque es intercambio de argumentos que pueden ser aceptables para otros, sino también porque tiene fuerza epistémica, porque nos permite adquirir conocimientos que no podríamos conseguir en solitario. Nadie puede descubrir por su cuenta qué es lo justo, necesita averiguarlo con los otros” (p. 156).

Cierto, pero nuevamente complicado. ¿Por qué debería dialogar con los demás si me da igual lo que me digan, si voy a hacer lo que me dé la real gana, si sólo me interesa salvar mi propio pellejo? En este punto, me pregunto hasta qué punto resultan convincentes los argumentos clásicos de la ética, la gran frase de Kant que dice que las personas tenemos dignidad y, por tanto, no podemos ser usadas únicamente como medios. Tal vez por ello Cortina ha decidido comenzar la obra con dos argumentos muy pragmáticos, consciente de la atmósfera social en la que nos movemos. Si somos éticos, nos ahorraremos dinero. No tendremos que gastar tanto dinero en pleitos ni en armas. Si somos éticos, nos evitaremos sufrimiento. El egoísmo estúpido sólo sirve para granjease enemigos. Y la soledad no buscada duele.

La grandeza y tragedia de la ética es que nadie puede obligar a otro a comportarse éticamente. Por tanto, “para ganar músculo ético es necesario quererlo y entrenarse” (p. 24). Y esto vale para todos. Políticos, banqueros y empresarios, pero también profesionales y personas en paro.  Nadie debería desentenderse de su enorme o minúscula responsabilidad, pues todos somos cómplices y corresponsables en la tarea de impedir que el mundo se convierta en una fría y despiadada selva donde sólo exista el “sálvese quien pueda”.

“Medios para una nueva democracia”  

Estimado lector/a:

Ya ha salido publicada mi última columna en el El Llobregat, dentro de un especial sobre las elecciones municipales del 24 de mayo en la comarca del Baix Llobregat y la ciudad de L’Hospitalet, en Barcelona. En esta ocasión, hablo de las relaciones entre políticos y periodísticas y, más concretamente, de algunas medidas utilizadas por los partidos para controlar la información electoral.

Estás elecciones son muy importantes, porque por primera vez en muchos años se considera factible que se acabe el bipartidismo entre los dos partidos dominantes hasta la fecha: el Partido Popular (en el poder del gobierno estatal y de tendencia conservadora) y el Partido Socialista Obrero Español (de tendencia progresista). Los partidos con más posibilidades de irrumpir en el escenario político son Ciudadanos y Podemos, dos partidos que aseguran querer regenerar el sistema, el primero de corte más reformista y el segundo de carácter más radical o revolucionario.

No sabemos finalmente qué pasará, porque las inercias y los miedos son poderosos ‘argumentos’ en un ambiente poco propicio a la reflexión serena y racional, pero lo que está claro es que la calidad de una democracia también se mide por el nivel de pluralismo que existe en ella. De hecho, parece evidente que cuanta más libertad exista para opinar y escuchar, más posibilidades tendremos de vislumbrar qué opción resulta la más adecuada. Y aquí los medios de comunicación son insustituibles.

Por eso no se entiende que los partidos políticos sigan queriendo controlar la información de los medios, bien sea a través de los bloques electorales en los medios públicos, bien sea a través del acceso a los mítines, bien sea a través de los comunicados de prensa/cortes de radio y televisión, bien sea a través de ruedas de prensa sin preguntas… Y para qué seguir.

Alguien podrá decirme que está muy bien que los periodistas reivindiquen más libertad, pero que estos también han de actuar con responsabilidad.  Estoy completamente de acuerdo y creo la campaña contra los bloques electorales tendría que tener la misma importancia que una campaña a favor de la veracidad y el pluralismo en los medios. Pero, si no te importa, déjame que toque ese tema en otro post, más adelante, que el asunto merece la pena.

Muchas gracias por tu lectura y, como siempre, espero tus comentarios.  

“Ética de la compasión” sale a escena en la obra “Mar i cel”

Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) tiene un libro que recomiendo vivamente. Se titula Ética de la compasión (Herder, 2010) y es de lo más interesante que he leído en los últimos tiempos sobre el tema. Creo que lo que más me gusta de su obra es cómo transmite sus ideas. No digo que sus ideas no me convenzan. Solamente digo que empatizo con su estilo y discrepo en algunas cuestiones.

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El autor dedicándome un ejemplar.

El estilo de Mèlich, para quienes no le conozcan, es difícil de describir. Es un lenguaje muy humano, muy vital, a caballo entre la filosofía y la literatura, la poética. No en vano, el autor considera que las grandes obras de la literatura deberían ser consideradas también obras mayúsculas en Filosofía. Porque la vida es finita, imperfecta e inacabada, como las historias que nos cuentan los grandes narradores.

Con esta visión de la vida, no resultará extraño que el profesor de Filosofía de la Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona se muestre muy crítico con lo que denomina “el teatro metafísico”, de reconocida inspiración nietzscheana. Mèlich piensa que “los seres humanos hemos inventado la metafísica para poder hacer frente al temor de vivir en un mundo incierto”, para poder responder con certeza a todas las respuestas que la vida nos plantea, cuando la grandeza y la miseria de nuestra vida es que no controlamos prácticamente nada.

¿Significa esto que todo es relativo, que debemos dejarnos arrastrar por el escepticismo y el nihilismo? Para nada, y este creo que es el gran mérito de la obra: intentar encontrar, explicar, comprender cómo es posible la ética sin necesidad de recurrir a algo que está más allá de la vida, sin necesidad de apelar a una metafísica.

Esta concepción de la realidad (metafísica-ontología) y del ser humano como ser finito y limitado (antropología) es lo que posibilita la existencia de la ética. Porque, en lo que ya es una constante del autor, la ética no puede confundirse con la moral. La moral es el conjunto de valores, principios y normas que heredamos al venir al mundo. La ética, por el contrario, es

“su punto ciego porque emerge en un escenario en el que el ‘marco normativo heredado’ es puesto en cuestión. La ética surge en una situación-límite, en una situación de radical excepcionalidad. Por eso no es la excepción que confirma la regla, sino la que la rompe, la que la quiebra, la que la suspende. En otras palabras, podríamos decir que la ética aparece en una situación en la que uno se da cuenta de que la gramática propia de la cultura en la que había sido educado, el universo normativo-simbólico que le habían transmitido, no ‘encaja”.

Es decir, al contrario que las éticas metafísicas, no hace falta apelar a otro mundo trascendente donde se hallan el Bien, el Deber, la Ley o la Dignidad. Dicho con otras palabras, no hay un modelo ideal, inmutable, universal y necesario con quien compararse. Lo que hay son personas frágiles necesitadas de compañía y consuelo. Lo que hay es “la experiencia del sufrimiento del otro”. Lo que hay, inspirándose en Emmanuel Levinas, es la “dimensión doliente del rostro”.

Es por este motivo que la ética no puede expresarse con los mismos conceptos de la metafísica o la epistemología. “La ética no puede contemplarse en términos de sujeto-objeto, ni en términos de ser-ente, sino como una llamada y una respuesta responsable, como una acusación a mi libertad. Y es la respuesta a ese grito silencioso, una respuesta imposible de planificar y de organizar, una respuesta siempre improvisada, la que configura la compasión”.

Como paradigma de ética de la compasión, Mèlich pone como ejemplo la parábola del Samaritano que aparece en la Biblia. Aquel hombre que, si hubiera seguido la moral que le inculcaron desde pequeño, no se habría parado ante el pobre hombre que yacía en el suelo, mientras que quienes sí debían de haberse parado no lo hicieron. Y que se paró y ayudó al otro porque miró el rostro del hombre que sufría y sintió la necesidad de acogerlo, protegerlo y acompañarlo.

Donde se encuentran el cielo y el mar

Yo creo haber encontrado otro ejemplo que muestra a la perfección esta idea. Se trata de una escena de la obra de teatro “Mar i cel” que he visto hace poco. Basada en  el texto de Àngel Guimerà, está ambientada en el siglo XVII y cuenta la historia de unos piratas moriscos que han apresado a unos cristianos, a quienes mantienen retenidos. El caso es que se odian a muerte hasta que Blanca, una joven cristiana, escucha la historia del capitán del barco, Saïd. Él le explica cómo les expulsaron de España con violencia, cómo mataron a su madre… Y ella y él se sorprenden cuando ella rompe a llorar. Sus sistemas morales se hacen añicos y ella termina gritando: “Per què he plorat per qui no havia de plorar? (¿por qué he llorado por quien no debía llorar?).

No sé hasta qué punto podemos renunciar a la metafísica, a poner etiquetas, a intentar encontrar respuestas que nos aporten seguridad y orientación en el camino de la vida. Querer hacerlo es despojarnos de otras facetas de nuestra personalidad. Tampoco tengo claro que sólo hayamos conocido el mal, como sostiene a menudo Mèlich. Jesús de Nazareth, Gandhi, Luther King, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer… El bien también ha brillado en nuestra historia y espero que siga haciéndolo por mucho tiempo. Este libro creo que contribuye a ello y es por este motivo que lo recomiendo vivamente. La ética es vida.

“Los ciudadanos, entre la Política y el partidismo”

Apreciado lector,

Si vives en España, sabrás que el próximo 24 de mayo tenemos una cita con las urnas para elegir a quienes queremos que se conviertan en el alcalde y los concejales de nuestra ciudad durante los próximo cuatro años.

Se trata de una decisión importante, que conviene pensar con cuidado, porque, como comento en mi última columna para El Llobregat, nos encontramos en un momento de plena efervescencia sociopolítica que podría volverse en nuestra contra.

Últimamente asistimos a un ‘boom’ de supuestas asociaciones cívicas que quieren contribuir a una mejor política, como Sociedad Civil por el Debate, en Madrid; Construïm, en Catalunya; e Impuls, en L’Hospitalet. Y al revés, también aparecen iniciativas políticas que aseguran querer escuchar el latido de la ciudadanía, como Podemos a nivel estatal, Barcelona en comú en Cataluña o Canviem L’Hospitalet.

Me parece estupendo que POR FIN ciudadanos y políticos se muestren más activos a la hora de hablar y de escuchar, que en eso consiste la verdadera comunicación. Y, sin embargo, el ambiente está tan enrarecido, por no decir corrupto, que resulta muy complicado creer en estas iniciativas. Es decir, es imposible determinar a priori si existe un verdadero interés público, objeto de la Política con mayúsculas, o un minúsculo interés privado, propio de intereses partidistas.

En mi columna pongo algunos ejemplos que me plantean dudas en la ciudad de L’Hospitalet e invito al lector, a ti y a mí al fin y al cabo, a fijarnos más en los hechos que en las palabras. Que de términos huecos como participación, diálogo, gobernanza o transparencia está el mundo lleno. Y lanzo un deseo: que el 24 de mayo no nos tomen el pelo.

“Quiero respirArte”

Pues sí, hay días en que uno se cansa de la actualidad, de la rutina, y decide distanciarse, serenarse y abstraerse. Y qué mejor que la Cultura, con mayúsculas, para dejar de mirar a ras de suelo y elevar un poco el espíritu. Por eso en mi última columna de este mes os propongo buscar una exposición que tengáis cerca de casa. Porque no hay que gastar mucho ni viajar lejos para llegar adentro, al corazón de uno mismo.

paradigma

“Paradigma”

Yo fui a ver unas cuantas exposiciones que había en L’Hospitalet  (Barcelona) y me quedé con dos. Una es “Momentos mágicos”, de María Carmen García Larrosa. Como escribo en la columna, “me llama la atención el título y el cuadro que acompaña la presentación. Alguien viaja en una barca durante una puesta de sol y atraviesa un marco, como de un cuadro, en cuya esquina derecha nace una planta sobre la que se posa la luna. Me pregunto si quienes contemplamos arte somos como ese barquero que se atreve a salir de su vida cotidiana para compartir el punto de vista que nos ofrecen los artistas. García Larrosa nos invita a acompañarla en su camino, desde lo figurativo a lo abstracto, pasando por la creación de atmósferas como “Poesía” o “Nocturno” que nos recuerdan que lo bello se encuentra al alcance de cualquiera, en una puesta de sol o en la salida de la luna”.

"Poesía"

“Poesía”

"Nocturno"

“Nocturno”

La otra es “El moll de l’os”, de Josep Maria Alcover. “Al principio no entiendo nada. ¿Qué belleza puede haber en unos trozos amorfos de plomo y antimonio, en unas mallas metálicas, en unas telas negras colgadas de unas cuerdas?”

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“Silencio. Vacío. Suite para violocenlo de fondo y algunas palabras que van calando dentro. Alguien que, cansado de la uniformidad del mundo, se rebela exponiendo “materia informe”. Alguien que, abandonado por sus padres, necesita la escultura “para justificar” su existencia, para “afrontar los miedos y el pánico, la decadencia y la muerte”.

Josep Maria Alcover

Josep Maria Alcover

Alguien que descubre la belleza como “sentimiento, afecto”, que define la belleza como “lo que tus sentidos son capaces de captar del exterior”. Contemplo, siento, comprendo, respeto. El silencio y el vacío han despejado el camino, el ruido y la impaciencia, y me encuentro con mi esencia. Me siento y contemplo el vídeo en el que Josep Maria se mancha las manos y, con gran delicadeza, empapa los papeles que hoy me rodean, a modo de abrazo, de tierno y cálido abrazo. Pierdo la noción del tiempo, disfruto, encuentro algo de paz en medio de la ciudad”.

“La transparencia como coartada”

Ah, qué bien suena la transparencia… cuando la ejercen los demás. Ya lo había comentado en otro post, pero ahora toco el tema desde la vertiente política y desde la realidad local en mi columna mensual en El Llobregat.

El Ayuntamiento de L’Hospitalet de Llobregat, premiado doblemente por su transparencia, resulta que no es tan transparente como parece. Lo he comprobado al solicitar información sobre los gastos en protocolo y representación del ejercicio 2013. Quería comprobar las críticas del Partido Popular a los gastos excesivos e injustificados del gobierno socialista, pero no ha sido posible. Y eso que la administración se comprometió hace años a rellenar unos formularios cada vez que se solicitara un gasto; formularios que, por cierto, nadie ha visto nunca. Y eso que existen unas facturas, que sí que han podido ver los concejales de la oposición durante un periodo limitado de tiempo.

Qué lástima que se abuse tanto de una palabra tan bonita. Porque cuando no hay nada que ocultar, la transparencia fluye de modo natural. Y aquí andamos los periodistas, forzando y forzando para obtener unos míseros datos que no nos aclaran demasiado. Que se trata de nuestro dinero, oigan.