Ética y Deontología periodísticas en caso de terrorismo. El atentado de Barcelona en mente

El atentado de Barcelona del 17 de agosto me pilló por sorpresa. Como todos los actos de este tipo, dirá alguien con razón. Me pilló de vacaciones en una zona con escasa cobertura y donde no se venden periódicos, aclaro. Sólo pude ver la información que se realizó por televisión, y creo que fue suficiente para comprobar que, una vez más, las prisas nos han jugado una mala pasada.

Mucha gente ha criticado a los medios de comunicación y a los periodistas que cubrieron los primeros momentos de la tragedia que ya se ha cobrado la vida de 16 personas. Es fácil criticar a los demás, sobre todo cuando estos se exponen públicamente. Más difícil es hacer autocrítica de verdad y señalar los propios errores. Desde aquí, mis sinceras felicitaciones para Gerardo Tecé, de CTXT.

No quiero ser destructiva, no debo ser destructiva. Ya hay mucho dolor y muchos malentendidos como para ahondar en la herida. Prefiero aprender de la experiencia, en la línea de Antoni Maria Piqué.

Tanto se ha hablado sobre este tema, que siento que no aportaré gran cosa. Al menos, yo aprenderé algo con ello, me consuelo. Decido, por tanto, releer las Recomendaciones sobre la cobertura informativa d’actos terroristas elaboradas por el Consell Audiovisual de Catalunya (CAC) y el Col·legi de Periodistes de Catalunya (CPC).

Como siempre, se trata de documentos que recogen los conocimientos y experiencias de gente que ha leído sobre el tema y/o trabajado en estas circunstancias y, por tanto, aportaciones muy valiosas de cara a no volver a cometer los mismos errores… Si es cierto que podemos escarmentar en cabeza ajena.

1. SOBRE LOS TERRORISTAS

El CAC y el CPC nos recomiendan revelar la identidad de los “presuntos” terroristas sólo cuando esté confirmada oficialmente; aunque eso no quita para contrastar dicha información, añaden.

Recuerdo haber visto la foto del “presunto” conductor de la furgoneta en todas las televisiones, a pesar de que sólo se había encontrado su pasaporte –y que luego resultó no ser el autor de la masacre-.

También recuerdo que la mayoría de los medios hablaban de 13 muertos, a pesar de que el conseller de Interior sólo confirmó uno. Tan sólo un medio de comunicación reconoció que la información, que más tarde resultó verdadera, procedía de “fuentes policiales”. ¿Quién contrastó y quién copió a quién?, me pregunto. Y peor, ¿qué hubiera pasado si se hubieran equivocado en la cifra? Menuda alarma innecesaria…

Sobre los cuerpos de seguridad

En este punto se habla también de no entorpecer la labor policial ni mostrar imágenes que puedan mostrar la identidad de los cuerpos de seguridad.

Recuerdo que algunos medios hacían referencia a un restaurante, Luna de Estambul, donde se creía que estaba atrincherado uno o varios terroristas. No era cierto, pero si había algún simpatizante con la causa, ya sabría dónde acudir para armar barullo y distraer a la policía.

También recuerdo haber visto periodistas informando en directo en lugares donde sólo podían transitar policías y, por tanto, deducir que pertenecían a la secreta. Y haber visto con suma claridad matrículas de coches no oficiales, esto es, camuflados. No hay que ser muy listo para grabar los telediarios en esos momentos y… No daré más ideas.

Este tema me parece tan fundamental que habría que plantearse si merecería un epígrafe aparte, algo por lo que abogo.

2. SOBRE LAS VÍCTIMAS

Todos hemos visto algunas imágenes que no olvidaremos nunca, como esos cuerpos inertes tumbados en el suelo o esas piernas torcidas de una manera poco natural, fruto del impacto de la furgoneta. ¿Era necesario incluirlas? Y peor aún, ¿era necesario repetirlas hasta la saciedad?

La falta de recursos gráficos no debería hacernos perder la perspectiva. Si yo no podré olvidar esas imágenes, ¿cómo podrán hacerlo los familiares? ¿Las repetiremos cada vez que hablemos del atentado de Barcelona, más todavía?

Tampoco resulta recomendable entrevistar a los supervivientes nada más producirse la tragedia. “Se debería evitar la intromisión gratuita y las especulaciones sobre sus sentimientos”.

Lamentablemente, yo vi a muchos periodistas informando en directo al lado del perímetro policial, buscando testimonios que pudieran rellenar esos especiales televisivos que nadie sabe por qué duran tanto cuando se sabe tan poco.

Y, lo peor de todo, es que este comportamiento se repite con demasiada frecuencia, como me ha hecho ver Ismael López a propósito del atentado de Londres. ¿Por qué? No podemos conocer las intenciones de los demás, Ismael, pero los motivos pueden ir desde querer mostrar lo que se llama “interés humano”, si pensamos bien, a querer mantener la audiencia como sea, si pensamos mal.

3. SOBRE LA AUDIENCIA

En este punto del documento se habla por cierto de la necesidad de no caer en la “espectacularización” del lenguaje verbal y audiovisual, señal de que es una tentación demasiado frecuente.

También se hace referencia a algo más novedoso, y es cómo utilizar la información recibida por la audiencia. Se apuntan cuatro cuestiones básicas:

  • Verificar la autenticidad
  • Citar la procedencia
  • Evaluar el interés informativo y social
  • Verificar que respeta los derechos de las víctimas y de la audiencia

En este punto, he de reconocer que otras personas que sí tenían cobertura recibieron videos más impactantes por Whatsapp, por lo que algunos medios de comunicación sí que hicieron un esfuerzo por no dejarse arrastrar por la corriente del morbo que, aunque cueste reconocerlo, nos afecta a todos, periodistas y público.

El documento también recomienda advertir previamente a la audiencia de la dureza de las imágenes, aunque siempre tengo la sensación de que se dice con la boca pequeña, con poco tiempo para valorar si quiero o no quiero verlas y, sobre todo, para coger el mando y cambiar de cadena.

4. SOBRE LOS PERIODISTAS

Este epígrafe me ha sorprendido, pues apenas se les dedica un punto, dedicado a cuidar de que no sufran estrés o un shock postraumático. El punto me parece estupendo, pues son profesionales que no están tan acostumbrados a abordar este tipo de acontecimientos violentos y pueden ver situaciones que queden para siempre en su memoria.

Ahora bien, ¿por qué no continuar con las recomendaciones? ¿Por qué no sugerirles que hagan valer su criterio periodístico ante las demandas de los superiores que no lo tengan en cuenta? Estoy segura de que a muchos les repugna meterse en la vida privada de las víctimas, hurgar en la herida…

Sí, ya sé que es difícil, pero alguien tiene que poner un poco de sentido común en momentos tan complicados… Y ya se sabe, lo que no haga uno, no lo hará nadie.

5. SOBRE LAS AUTORIDADES

En este apartado también se toca únicamente una cuestión, la relación de las autoridades con los medios. Muchos han felicitado la tarea comunicativa de Mossos d’Esquadra, así que me sumo y confío en que se estudie su caso para emularlo.

Ahora bien, viendo la repercusión política o, mejor dicho, la utilización partidista que se ha hecho del atentado, ¿no habría que ahondar en este punto? Porque ya tuvimos el atentado del 11-M en 2004 y no parece que hayamos aprendido demasiado…

Sobre la sociedad civil

Viendo las muestras de solidaridad ciudadana, viendo el rechazo de la violencia por parte de los musulmanes de buen corazón, también creo que habría que dedicar un apartado a la sociedad civil. Porque medios y periodistas estamos demasiado acostumbrados –bien adoctrinados ya desde las facultades- a mostrar el lado negativo de la humanidad, y eso no es toda la realidad. Y de esto va el periodismo, ¿no? Explicar toda la realidad desde el respeto a la humanidad.

Seguimos…

 

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‘Un enemigo del pueblo’ o la obra de teatro que todo periodista local debería conocer

No sé cómo ha llegado a mis oídos Un enemigo del pueblo, una obra de teatro publicada por el dramaturgo noruego Henry Ibsen en 1883. Sólo sé que algo me dijo que tenía que leerla. Sólo sé que justo antes de hacerlo me enteré de que se representaba durante un único día y pude verla. Tal vez sea cierto eso que dicen de que no hay obras malas, sino malos momentos. O, al revés, que sólo leemos -escuchamos- de verdad cuando estamos preparados para ello. Intuyo que ha llegado mi momento porque Un enemigo del pueblo me ha hablado de…

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  • Un hombre -imperfecto, como todo ser humano- que busca y defiende la verdad,  aunque esa decisión vaya en contra de sus intereses y los de su familia.
  • Una clase político-económica que no duda en manipular a la opinión pública, la “inconmovible mayoría”, para mantenerse en el poder, aunque eso suponga sacrificar gente inocente.
  • Un medio de comunicación –La Voz del Pueblo, que más quisiera- que asegura defender la verdad, la libertad y la justicia, pero que tiembla ante las mayorías, las minorías y cambia de estrategia en función de los potenciales ingresos.
  • Una sociedad exigente y miedosa, que sólo piensa en sus intereses y derechos y que no duda en atacar o dejar que ataquen al más débil con tal de obviar sus deberes como ciudadanos.

La frase final del protagonista, el ya inseparable compañero de camino doctor Thomas Stockman, me revela el secreto que comparto con mis queridos lectores y lectoras y con el abriría una clase de periodismo local, de proximidad o de amor al próximo/prójimo:

“El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo”

Senyores i senyors, visca L’Hospitalet de Llobregat! 😉

 

Imagen tomada de aquí 

 

 

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Cuando la realidad duele demasiado. Un caso de postverdad aplicado al periodismo

El otro día me pasó algo que no me había pasado nunca. Una entrevistada se quejó de la transcripción que hice de nuestra conversación telefónica, no porque tergiversara sus palabras, sino por todo lo contrario: había sido demasiado fiel y eso solo le parecía adecuado en un medio oral, no escrito. Me ha dado mucho que pensar.

Lo primero que me ha venido a la mente es que algo no anda bien cuando a una persona le molesta que se recojan sus palabras tal y como fueron pronunciadas, más todavía  cuando se trata de un tema de Sociedad, es decir, que no tiene la repercusión ni la polémica de Política o Economía.

Luego he pensado que la realidad puede no gustar porque nos hemos acostumbrado a leer “entrevistas” perfectas, donde el entrevistado se expresa de maravilla: es claro, conciso, riguroso, no incurre en informalidades ni repeticiones, no titubea…

Entrevista va entre comillas precisamente porque muchas entrevistas actuales no son tales, esto es, no son conversaciones orales sino cuestionarios que se envían por correo electrónico. Hay que reconocer que es muy cómodo para ambas partes -el periodista no ha de transcribir y el entrevistado controla hasta la última coma de su texto-, pero mucho me temo que todos nos hemos dejado por el camino algo muy importante en una democracia: el arte de escuchar, de hablar, de (re)preguntar, de argumentar… Y ahora resulta que la realidad nos duele demasiado.

entrevista

Me pregunto si este fenómeno estará relacionado con la postverdad e intuyo que sí. La postverdad, dicho muy llanamente, es un concepto que ha surgido para explicar la tendencia creciente a seguir nuestras opiniones y sentimientos en detrimento de los hechos y los argumentos racionales. Nada nuevo sobre el horizonte, pero que adquiere una nueva dimensión con la mediación tecnológica, que impide, dificulta o adormece nuestra capacidad para  comprobar lo que circula por el mundo virtual y puede que también real.

Este fenómeno también está relacionado, en mi opinión, con el hecho de que vivimos en una sociedad donde prima la imagen y se otorga más importancia a la forma, a las apariencias, en detrimento del fondo, lo verdadero.

¿Qué valor posee lo verdadero si presenta una forma imperfecta? ¿A quién le importa la verdad cuando el acceso a la imagen es mucho más cómodo y directo? Estas parecen ser las dudas que anidan en el subconsciente del occidental medio del siglo XXI y que el término postverdad parece haber sacado a la luz, denunciando una nueva sofística para un mundo nuevo.

Y si este es el diagnóstico, ¿cuál es la solución? Compleja y compartida, como todo aquello que no depende únicamente de nuestra voluntad, por muy importante que sea esta. Los Gobiernos hablan de transparencia, los dueños de buscadores y redes sociales aseguran que trabajan para buscar filtros mientras solicitan la colaboración ciudadana…

Como periodistas, podemos comenzar por explicar a nuestros entrevistad@s que la autenticidad y la espontaneidad son valores a preservar, aunque alguien pueda criticarnos por no dar nuestra mejor imagen en un momento concreto, como si hubiéramos de ser perfectos en todo momento. Y los responsables de los medios de comunicación podrían reconocer la existencia de un nuevo género periodístico -el cuestionario- u obligar a sus periodistas a no aplicarlo -lo cual no sería una obligación, sino una bendición-. Eso sí, que no esperen que no baje la producción. La calidad, no se engañen, requiere tiempo.

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¿Quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos? La distinción entre ética y moral en una novela de Coelho

Mucha gente concibe la ética como algo abstracto, aburrido y alejado de su vida cotidiana. Sin embargo, el bien y mal están -inevitablemente- presentes en nuestro día a día,  como cuando pensamos “qué amable” o exclamamos “qué sinvergüenza”. Pero son muchos años, siglos, de vericuetos teóricos y tecnicismos enrevesados, de malinterpretaciones y abusos.
el vencedor esta solo
La literatura puede ayudarnos a explicarnos y a entenderlo mejor. Estos días he leído una novela que me regalaron hace tiempo -por fin-: El vendedor está solo, de Paulo Coelho.

No desvelo nada importante si afirmo que el protagonista es un asesino y que la acción transcurre durante el festival cinematográfico de Cannes.

El libro constituye una descripción muy verosímil de quién y qué se mueve durante esos días. La obra puede resultar especialmente reveladora para los y las jóvenes que se quieren dedicar al mundo del cine y la moda, pues se observa con gran claridad cómo se juega con la vocación de los aspirantes a hacerse un hueco en el celuloide y la pasarela.

También puede ayudar a las grandes estrellas a percibir con claridad el precio que muchas veces se paga por alcanzar los propios sueños y a plantearse si realmente vale la pena hacerlo.

¿Y esto, tiene que ver con la ética? Mucho. Desde un punto de vista social, somos testigos de un universo que vive ajeno e indiferente a todo lo que sucede a las personas que ingresan unos millones o miles de euros menos. El autor lo expresa magníficamente cuando detalla el proceso de creación de un diamante: desde su extracción y venta en condiciones infrahumanas e ilegales hasta el dedo de la estrella de turno.

Ahora bien, Coelho deja muy claro que los deslumbrantes valores del dinero, el poder, la fama, la belleza y la juventud no pueden ocultar la profunda soledad en que se encuentran muchas de las personas que se pasean por Cannes y, en general, bajo los focos y los flashes. Aquí destaca la historia de un distribuidor de cine, admirado por todos por haberse hecho un hueco entre las grandes distribuidoras, quien a su vez envidia al hombre que es capaz de permanecer solo en una de las muchas fiestas que se organizan durante los días del festival.

Aquí entramos ya en un punto de vista más personal y psicológico. ¿Es casualidad que las estrellas que relucen por fuera se hallen tan apagadas por dentro? ¿O que quienes supuestamente se consideran vencedores socialmente sean unos fracasados a título personal o familiar?

La cuestión es todavía más compleja en el caso del protagonista, quien se muestra seguro de regirse por una moral individual, si no intachable, al menos justificable. Y aquí topamos con el que considero que debería ser uno de los grandes temas de la ética, por mucho que haya pasado y siga pasando prácticamente desapercibido: el autoengaño.

Ah, qué fácil ver la paja en el ojo ajeno y la   viga en el propio, que diría el sabio de Nazaret, muy citado y venerado, por cierto, por el protagonista del relato. Ah, qué fácil justificar cualquier medio para alcanzar el más bello de los fines.

El asunto es francamente importante y aquí reside, a mi juicio, el sentido de la distinción entre ética y moral que muchas veces los teóricos y docentes no sabemos explicar. La moral social y la moral individual nos dicen lo que -supuestamente- está bien o mal, pero sólo la ética, la persona ética, se pregunta los porqués, pone entre paréntesis los valores heredados y se cuestiona a sí misma en profundidad.

Resulta curioso que muchas veces quien se cuestione a sí mismo sea tachado de débil o percibido como tal, cuando precisamente sólo los inseguros repelen la autocrítica como el aceite al agua. Y aquí veo yo que reside la moraleja de esta fábula contemporánea: los vencedores están solos, si vencer significa perseguir los valores sociales e individuales a ciegas y a cualquier precio. Bravo, Coelho.

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Comienza la reconstrucción del periodismo en la Casa de la Premsa de Barcelona

Dedicado a los compañeros y compañeras de El Periódico de Catalunya y el grupo Zeta que no se resignan a ser los únicos responsables de la situación económico-financiera de la empresa

 

¿Qué hacen una cuarentena de periodistas un sábado por la mañana en un edificio medio en ruinas? Pasar el tiempo, compartir preocupaciones y, sobre todo, buscar soluciones a los problemas que afectan a la profesión.
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Muchos ya lo han hecho muchas veces, y lo seguirán haciendo, pero este acto posee un gran simbolismo, una gran fuerza. Es la primera vez que se juntan representantes del Col·legi de Periodistes de Catalunya, la Associació de Dones Periodistes de Catalunya, el Grup de Periodistes Ramon Barnils, el colectivo Som Atents y el Sindicat de Periodistes de Catalunya -de quien, por cierto, ha partido la iniciativa-. Y es el primer acto propiamente periodístico que se organiza en muchos años en la Casa de la Premsa, un edificio construido para facilitar a los profesionales de la información la cobertura de la exposición universal de 1929.

El edificio es precioso por fuera, pero está medio en ruinas por dentro. No obstante, continúa resultando atractivo y posee mucho potencial para realizar actos cívicos. ¿Como el periodismo?, me pregunto mientras participo en la visita guiada anterior a la mesa redonda.

Durante la jornada se tocan cuatro temas principales, por este orden: la cuestión de género en los medios, las condiciones laborales, la responsabilidad profesional y si es necesario regular o no la información.

La representante de la Associació de Dones Periodistes explica que la sensibilidad de género es mucho más que poner los/las, y nos hace caer en la cuenta de que los hechos también hablan: ¿sólo una mujer preparada/disponible para hablar en una mesa de cinco personas?

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En cuanto a la precariedad, todo el mundo coincide en que es abundante -demasiado- y que afecta a la calidad de las informaciones. También en que los periodistas del país somos incapaces de unirnos y decir basta. No lo recuerda un periodista extranjero que colabora con El Periódico de Catalunya: “El mismo reportaje aquí vale 400 euros; en Alemania, más de 1.000. Nos toman por tontos”.

En algún momento el representante del Grup Barnils, Enric Borràs, nos recuerda que nos hemos resignado a no disponer de unas tarifas mínimas por las piezas que producimos, a no exigir más transparencia sobre la propiedad mediática… ¿Y cómo van a pagar los ciudadanos por la información, si nos limitamos a copiar y pegar notas de prensa y comunicados? Borràs pone el dedo en la llaga: “Hay que distinguir entre contenidos, comunicación, entretenimiento y periodismo”.

La jornada concluye con la necesidad de que se regule algo, como el derecho a acceder a la información pública, a los juicios, las condiciones laborales mínimas de colaboradores… Y nos perdemos un poco en las palabras -¿como buenos o malos periodistas?-: ¿queremos regular el periodismo, a los periodistas, el derecho a la información de la ciudadanía?

No puedo callarme e intervengo -¡toma autocita!-: está muy bien pedir socorro al Gobierno para arreglar este desgobierno, pero no lancemos balones fuera, porque así no conseguiremos el respeto ni de nuestros propios compañeros -ni su apoyo para pedir el cambio legislativo, por supuesto-. Empecemos por nosotros mismos, por no llamarnos periodistas si no hacemos periodismo. Y sigamos por las organizaciones, que no saben, no pueden o no quieren apoyar a quienes lo ejercen ni criticar a quienes hacen antiperiodismo. Sólo así recuperaremos la confianza de los profesionales del gremio -que se traduciría a la larga en más colegiados, afiliados o asociados, o sea, más manos- y, tal vez, de la ciudadanía -que se traduciría en más audiencia y más gente dispuesta a pagar por la información, esto es, más ciudadanos críticos-.

En realidad, mi intervención oral no ha sido tan buena -o tan mala- como lo que acabo de escribir. Un compañero me ha hecho pensar por qué he dicho que el derecho es la constatación del fracaso de la deontología; y ésta, de la ética personal.  En parte, porque si hubiera más respeto y solidaridad, no harían falta ni la autorregulación ni la legislación. Es verdad que esto puede resultar utópico, pero también espero haber dejado claro que sin utopía nos estancamos. Porque, como bien ha comentado el histórico periodista y primer presidente del SPC, Enric Bastardes, ya hay muchas leyes, y estas no se cumplen. O sea, que puede haber situaciones tan degradadas que requieran la intervención del legislador, del mismo modo que sin formación/sensibilidad ética el derecho resultará estéril.

Y, ahora, escribiendo estas letras y alejándome, por tanto, de todo y todas las intervenciones público-privadas, me ha venido a la cabeza una idea que ya me ronda hace algún tiempo. Apostar por la ética y la autorregulación no significa debilidad ni ingenuidad. Hay que ser muy fuerte para que un profesional o una institución profesional afirme públicamente: “Lo siento, lo que tú haces no es periodismo, no puedes formar parte de nuestra entidad”; o “lo siento, pero esto que has hecho no está bien, y no podemos permanecer callados o darte la razón”. Hay que ser muy fuerte para apoyar y/o criticar a tus propios compañeros -no a los políticos ni a los empresarios, eso se nos da fenomenal-.  Hay que ser muy fuerte para aguantar el aluvión de críticas: “Y tú qué te has creído, que eres un santo, un experto en Ética, que estás por encima del bien y del mal, y tú, tú y tú más…?”.

Ya me he vuelto a despistar/apasionar, oye. Quedémonos con esta idea: cinco entidades importantes -aunque alguna no haya querido figurar en el cartel, y ella sabrá por qué- se han unido por primera vez para compartir su visión del periodismo y buscar estrategias para defenderla. Ojalá que la próxima vez -que la haya, que la habrá- seamos muchos más los que amamos el periodismo, los que queremos una sociedad informada. Por un #periodigne, por una auténtica Casa/Hogar de la prensa, donde podamos ayudarnos mutuamente a mejorar.

Posdata: Oye, tú, ¿habrá nacido hoy la Comisión para la recuperación del periodismo, a imitación de la Comisión para la recuperación de la Casa de la Premsa? Unos buscan recuperar un edificio para los vecinos; otros, una profesión para la ciudadanía.

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¿Hay algo mejor que soñar y cumplir tus sueños? Sí, compartirlos con los demás y ponerlos al servicio de una gran causa

Hace unos días se ha celebrado en la Universitat Internacional de Catalunya un simposio sobre nuevas tendencias publicitarias; más concretamente, sobre advergaming y gamificación en publicidad. No pude disfrutar de todas las intervenciones, como me hubiera gustado, pero la del fundador de Bliss Games, Julio Hidalgo, me pareció genial.

advergaming

Comencemos por el principio. El advergaming (unión de ‘advertising’ y ‘gaming’, publicidad y jugando) y la gamificación publicitaria son, muy toscamente hablando, dos estrategias que combinan la publicidad y el entretenimiento con el fin de que los ‘jugadores’ pasen un buen rato y, sobre todo, compren un producto o contraten un servicio de una marca determinada.

Seguimos. Bliss Games (Juegos de gozo o la dicha, en inglés) es una empresa fundada por Julio Hidalgo que se dedica a idear, diseñar y desarrollar videojuegos que no fomentan la violencia y cultivan la inteligencia emocional, entre otros valores.

Valores. Caliente, caliente. No voy a hablar de los millones de dólares que genera la industria del videojuego cada año ni de los que está previsto que genere. Tampoco me voy a detener en el mercado potencial que se está abriendo ante los anunciantes. Y tampoco voy a fijarme en la trayectoria profesional de Hidalgo, quien ha trabajado en algunas de las mejores empresas tecnológicas del momento.

¡Arde! Hoy sólo quiero fijarme y que mis estudiantes se fijen en los mensajes que, entre imágenes, cifras y gráficos, Hidalgo nos iba regalando en cada diapositiva de su presentación. Aprendizajes de toda una vida, sabiduría comprimida.

* Atrévete a soñar. Ah, mis pragmáticos alumnos, no os conforméis con la primera idea que surja de vuestra mente ni el primer trabajo que caiga en vuestras manos. ¿Cómo, que todavía no sabes a qué dedicarte? Hidalgo tampoco lo tenía claro, pero sabía que, desde pequeño -¡gran pista!-, le encantaba contar historias. Sí, luego estudió Ingeniería, pero nunca dejó de crear historias y formarse en ello -¡otro gran consejo!-.

** No te olvides de disfrutar. El secreto del éxito profesional, según Hidalgo, consiste en una equilibrada fórmula que combina la competencia (ser muy bueno en lo que haces) con el disfrute (pasártelo muy bien haciendo lo que haces). Porque así no te cansas, porque así nunca te estancas, porque así no tienes miedo al riesgo, porque así tu único límite es tu imaginación…

*** Al servicio de una gran causa o la felicidad. Ah, queridos míos, aquí no puedo añadir mucho más a sus palabras: “Hay algo más que cumplir tus sueños de la infancia: compartir tus dones y tus valores poniéndolos al servicio de una causa mayor”. Tal vez vuestra cabeza no os deje apreciar el valor de estas palabras -¿hace falta ser un hidalgo soñador para verlo?-. Tal vez sea el pesimismo, tal vez el miedo…

Ojalá algún día reciba un correo vuestro donde aparezca algo similar a esto: “De eso que hablábamos en clase de Ética, de eso que el TFG (Trabajo Final de Grado) no me dejaba ni olerlo, comienzo a verlo, comienzo a verlo”. Y yo seré feliz, porque vosotros y vosotras habéis empezado a serlo.

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¿Y qué es lo importante? Balance de una experiencia docente

Hoy la lluvia acompañaba, pero siempre que finaliza una asignatura me surgen las mismas preguntas: ¿habrán aprendido algo? ¿Habré conseguido transmitirles lo que de verdad importa?

Lo he intentado, me digo, a modo de consuelo en la oscuridad que me envuelve camino a casa.

¿Y qué es lo que de verdad importa? No los productos audiovisuales, en un curso introductorio al lenguaje audiovisual. Sí los hábitos y actitudes que habéis adquirido o comenzado a adquirir al tratar de finalizarlos en tiempo y forma. No poiesis, sí praxis, para lograr habitus y un nuevo ethos, una segunda naturaleza.

Mejores profesionales a base de valorar la asistencia, la puntualidad, la observación, el espíritu crítico, la calidad y la claridad lingüística, la profundidad, el rigor, el respeto, la comunicación…

Y eso, aun siendo importante, no es lo más importante. Lo más importante es por qué no has querido involucrarte más o por qué te has involucrado demasiado.

Sí, demasiado. Los profesores miopes nunca le dicen a los mejores alumnos si no estarán descuidando otras facetas de su vida por alcanzar el éxito académico o profesional. Ah, qué políticamente incorrecto no alentar al excelente -que sí a la excelencia- en una facultad.

¿Excelente en la profesión o en la vida? ¿No estamos cansados los adultos de ver a otros adultos exitosos caer en el egoísmo, la insolidaridad, la infelicidad? ¿Trump es un ganador o un fracasado?

Queridos alumnos y alumnas del seminario de Comunicación Profesional, gracias por el camino compartido, por lo aprendido. Hoy, noche de viernes y de frío,  he descubierto lo que no me cansa, lo que me da sentido. Buscad la verdadera felicidad. No os olvido.

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