¿Y qué es lo importante? Balance de una experiencia docente

Hoy la lluvia acompañaba, pero siempre que finaliza una asignatura me surgen las mismas preguntas: ¿habrán aprendido algo? ¿Habré conseguido transmitirles lo que de verdad importa?

Lo he intentado, me digo, a modo de consuelo en la oscuridad que me envuelve camino a casa.

¿Y qué es lo que de verdad importa? No los productos audiovisuales, en un curso introductorio al lenguaje audiovisual. Sí los hábitos y actitudes que habéis adquirido o comenzado a adquirir al tratar de finalizarlos en tiempo y forma. No poiesis, sí praxis, para lograr habitus y un nuevo ethos, una segunda naturaleza.

Mejores profesionales a base de valorar la asistencia, la puntualidad, la observación, el espíritu crítico, la calidad y la claridad lingüística, la profundidad, el rigor, el respeto, la comunicación…

Y eso, aun siendo importante, no es lo más importante. Lo más importante es por qué no has querido involucrarte más o por qué te has involucrado demasiado.

Sí, demasiado. Los profesores miopes nunca le dicen a los mejores alumnos si no estarán descuidando otras facetas de su vida por alcanzar el éxito académico o profesional. Ah, qué políticamente incorrecto no alentar al excelente -que sí a la excelencia- en una facultad.

¿Excelente en la profesión o en la vida? ¿No estamos cansados los adultos de ver a otros adultos exitosos caer en el egoísmo, la insolidaridad, la infelicidad? ¿Trump es un ganador o un fracasado?

Queridos alumnos y alumnas del seminario de Comunicación Profesional, gracias por el camino compartido, por lo aprendido. Hoy, noche de viernes y de frío,  he descubierto lo que no me cansa, lo que me da sentido. Buscad la verdadera felicidad. No os olvido.

Conciliación doctoral: la tesis y la vida

Realizar una tesis doctoral no es nada fácil. Al menos, a mí no me lo parece. Nunca me he considerado una alumna brillante –al menos, no en todas las asignaturas que he cursado-, pero tampoco puedo negar que me gustaba estudiar –y me sigue gustando- y que la mayoría de las veces las notas acompañaban. Ahora bien, realizar el doctorado es algo cualitativamente diferente a cursar una carrera.

Durante la carrera, y hablo en términos generales, no había que pensar demasiado. Ibas a clase, tomabas apuntes, consultabas algún libro –alguno más si la asignatura te apasionaba- y el día del examen vomitabas lo aprendido sin pararte demasiado a pensar tu opinión sobre el tema y, mucho menos, a exponerla delante de tu examinador. ¿Fallo mío? Puede ser, pero el sistema de muchos créditos, muchas asignaturas y muchas prácticas no favorecía el diálogo ni la reflexión sosegada. Pero sacas buenas notas, tienes inquietudes intelectuales y te planteas empezar el doctorado, sin saber muy bien de qué se trata; y, desde luego, sin saber que es algo muy diferente a la licenciatura o, actualmente, el grado.

Con el doctorado accedes a otra dimensión. Por algo se trata del tercer ciclo universitario, el máximo nivel formativo al que puedes aspirar. Aquí te enfrentas a numerosos retos. El primero, encontrar un tema de investigación que te merezca la pena, en medio de una avalancha descomunal de información. Afortunadamente, hay buenos directores que te ayudan a acotar y centrar el foco. Luego, has de desarrollar una elevada capacidad de comprensión, pues te enfrentas a platos fuertes y no precocinados como en la carrera. También has de encontrar la forma más práctica de retener y recuperar la información que vas extrayendo de tus lecturas, que no es tan fácil como podría parecer. Y has de pasar mucho tiempo solo, sabiendo que tú eres el único capaz de distinguir cuándo estás trabajando de manera eficaz y cuándo estás mareando la perdiz. Para colmo, la presión del ambiente suele ser bastante fuerte, pues pierdes tu categoría de alumno –aunque sigues aprendiendo-, pero tampoco ganas la de investigador –aunque estás investigando-, con lo que entras en una especie de limbo en el que, si no tienes don de gentes ni espacios para el debate, puedes acabar totalmente aislado.

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En momentos así, uno tiene la tentación de dedicar más tiempo a la tesis, a ver si así lee más, comprende mejor, extrae más citas y, en definitiva, aporta más calidad y avanza más rápido, sin ser demasiado consciente de que corre el riesgo, el inmenso riesgo, de meterse en una espiral en la que se confunden el pensamiento y la vida. Ahora mismo recuerdo a un excompañero de doctorado que tenía la sensación de que, después de tantos años estudiando, había perdido (calidad de) vida. Lo decía en los momentos finales del doctorado y hay que ponerlo un poco entre paréntesis, pero no es la primera vez –ni me temo que la última- que observo cómo la tesis resta vitalidad.

El problema, creo, reside en que no se ha sabido encontrar el equilibrio entre el trabajo intelectual y la vida cotidiana. Recuerdo que un experto en finanzas comentaba en un congreso sobre educación que habíamos creado grandes cabezas sin alma. Sin duda, el doctorando corre el riesgo de desarrollar tremendamente su cabeza y olvidar otras partes fundamentales de su ser, como su corazón y el resto de su cuerpo. Y, obviamente, así no hay vitalidad ni felicidad que valgan. Y así tampoco se puede pensar ni crear algo interesante, relevante, original, impactante. Así sólo se consigue ir tirando y avanzar a trompicones, pagando además un coste personal muy elevado.

Por eso no sé hasta qué punto es bueno dedicar ocho horas al día a la tesis. Es verdad que conseguir una beca es un privilegio que no puede desaprovecharse –y yo no lo he hecho-, pero también sabemos que nuestro cerebro es limitado y que no consigue mantener la concentración durante demasiado tiempo seguido. En cualquier caso, me parece importante dejarlo claro. No se trata de elegir entre la tesis y la vida, sino de vivir mientras se hace la tesis. No permitas que nada ni nadie te borre la sonrisa. Que tengas un feliz y productivo día.

Imagen tomada de aquí.