Profesor de hierro vs. profesor polivalente

En una entrevista reciente, Aidan White, secretario general de la Federación Internacional de Periodistas durante más de 20 años, se refería a una cualidad imprescindible para ser un buen periodista:

Una mente inquisitiva es absolutamente esencial, pero el coraje para hacer la pregunta difícil es mucho más importante. Porque los periodistas saben cuáles son las preguntas difíciles: ¿quién paga esto?, ¿quién gana con esto?, ¿qué intereses hay tras esto?

Por otro lado, la Defensora del Lector de El País, Milagros Pérez Oliva, reconocía en el 9º Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información (CIEDI) que el paro y la precariedad laboral estaban aumentando el miedo y la autocensura de los periodistas. 

La lectura de la entrevista a White y la asistencia al CIEDI en un breve espacio de tiempo me llevaron a plantear a los organizadores del congreso una pregunta que sigue rondándome por la cabeza: ¿cómo podemos formar periodistas fuertes, capaces de hacer frente a los múltiples obstáculos que amenazan su independencia y su búsqueda de la verdad? En estos días de la polémica del #gratisnotrabajo, la pregunta se torna aún más acuciante: ¿cómo lograr que las personas, en este caso los periodistas, no se conformen con lo que hay, sino que alcen la voz y digan ‘basta, yo así no trabaj0’? 

El visionado de la película “El sargento de hierro“, quién me lo iba a decir, me ha dado algunas pistas sobre la cuestión. En ella, se cuenta la historia de un veterano de guerra (Clint Eastwood) al que le encargan la formación de un batallón de reconocimiento totalmente indisciplinado y cobarde. Sin ánimo de comparar la vida militar con la universitaria, el largometraje refleja algo que, de puro evidente, a veces pasa inadvertido en las facultades de Comunicación: los aprendices deben enfrentarse a situaciones reales que les permitan distinguir un juego de la vida real.

Este “enfrentarse a situaciones reales” lleva al profesor-sargento a meterse en problemas con la jerarquía y la burocracia militar que, como toda institución, buscan la estabilidad y seguridad de lo conocido. Y he aquí otra gran lección de la película: la fortaleza del profesor delante de sus superiores enseña a los estudiantes, con hechos y no con palabras, que uno no debe dar la razón a los jefes porque sean jefes. Uno debe hacer aquello que sabe hacer y asumir sin temor las consecuencias de sus actos.

Cómo se consiguen profesores así sería la siguiente pregunta. Desde luego, no cómo el caso que conocí la semana pasada. Un profesor me contó que no tenía asignatura propia, sino que impartía las asignaturas que le asignaba su facultad cuando ésta no quería contratar a nadie nuevo. Su situación me recordó un poco a los periodistas que hacen de todo en una empresa, por lo que le llamo el profesor polivalente, aunque también podría denominarle profesor orquesta o multiusos.

Y pregunto: ¿puede un profesor de estas características formar adecuadamente en materias con las que no ha tenido tiempo de familiarizarse?

“El sargento de hierro” tiene la última palabra: nadie puede dar lo que no tiene.

Ahí lo dejo. Por el momento.

 Imagen tomada de aquí.

¿Qué persona quiero ser y en qué mundo quiero vivir? La ética responde

Algunos alumnos de Comunicación tienen una imagen distorsionada de la ética. Les parece un conocimiento abstracto, alejado de la realidad, ajeno a su realidad y, por tanto, prescindible y aburrido. Se equivocan y, humildemente, voy a intentar mostrarlo en pocas palabras.

La etimología de la palabra ética, que proviene del griego, me parece muy clarificadora. Los griegos utilizaban esta palabra en tres sentidos principales: costumbres, carácter y morada. Esto ya nos da una idea del contenido de la ética: lo que hacemos, lo que somos, lo que habitamos.

La ética es, por tanto, una invitación a reflexionar sobre el modo de vida que llevamos, la personalidad que adquirimos a raíz de ese modo de vida, y la forma en la que nos situamos en el mundo, nuestra manera de mirarlo.

¿Es esto importante?

Parece que sí, en la medida en que nuestros actos, nuestro modo de ser y nuestro modo de situarnos en el mundo nos pueden conducir a la felicidad o a la desgracia más absoluta. 

¿Y hay alguien que no quiera ser feliz?

Es verdad que la herencia genética, la familia, los amigos, la educación pre-universitaria y otros factores nos han llevado por unos caminos y han condicionado nuestra manera de ser. La Universidad es el ámbito idóneo para pensar si lo que hemos adquirido, más inconsciente que conscientemente, nos ayuda a ser más felices o, por el contrario, debemos vaciar nuestra mochila de algún peso innecesario o, también, incorporar alguna idea o actitud que nos haga la vida más llevadera.

En el caso de los estudiantes que quieran dedicarse al periodismo, esta reflexión es fundamental. Porque el trabajo periodístico es muy absorbente, y deja poco tiempo para reflexionar sobre lo que hacemos, somos y creamos a nuestro alrededor. Porque el trabajo periodístico está sometido a múltiples presiones y requiere profesionales que posean convicciones profundas y sólidas. Porque el trabajo periodístico tiene una repercusión social de la que hemos de ser plenamente conscientes y plenamente responsables.

En definitiva, la asignatura de ética es una oportunidad -puede que la única- para pararse a pensar en lo que realmente importa: la propia felicidad. Así que, si eres alumno y tienes esa asignatura en tu carrera, plantéate seriamente qué tipo de persona y de profesional quieres ser, y en qué mundo quieres vivir y contribuir a crear. Y escucha, muy atentamente, lo que otros, sabios y/o profesionales de más experiencia, han respondido. Y arriésgate a ser quien quieres ser, también en el aula.

Si ahora eres incapaz de soportar la presión de la vergüenza o el rechazo de tus compañeros o profesor, ¿cómo podrás soportar la presión de una fuente, un jefe o un magnate de la política o las finanzas? No pierdas la oportunidad de conocerte a ti mismo y de ser quien quieres ser desde ya.

 

Imagen tomada de aquí.

Periodistas, ¿aún sin identidad?

Estos días releo un artículo de la Dra. Elena Real Rodríguez, profesora de Ética y Deontología de la Información en la Universidad Complutense de Madrid, titulado “Periodistas sin identidad profesional: puntualizaciones al proyecto para un futuro Estatuto”.

Real considera que el periodismo no adquirirá la categoría de profesión hasta que no se exija la titulación específica y la colegiación obligatoria. Los proyectos de Estatuto Profesional presentados en su momento por el Foro de Organizaciones de Periodistas (FOP) y la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), aunque distintos, no cumplen los dos requisitos, por lo que la doctora los rechaza sin contemplaciones.

El hilo argumental del texto, si no interpreto mal, es el siguiente:

1. El periodismo es una actividad lo suficientemente importante para la sociedad como para elevarla al rango de profesión.

2. El derecho a la información es universal, aunque el periodista (junto con la empresa) es el profesional responsable de su ejercicio diario.

3. Luego cualquiera que comunique, se exprese o informe a través de un medio de comunicación no es necesariamente periodista.

4. Para desempeñar su tarea o misión social en las mejores condiciones, el periodista debe estar bien formado, cumplir sus obligaciones y ser sancionado cuando las vulnere.

5. La Universidad y, en concreto, las facultades de periodismo, son el mejor ámbito para formarse adecuadamente como periodista.

6. Por otro lado, la colegiación obligatoria es el mecanismo idóneo para velar por el cumplimiento de los deberes profesionales, dada la ineficacia de la autorregulación profesional y la justicia ordinaria.

 

Recomiendo su lectura por varios motivos. Primero, por valentía. Que yo sepa, pocos profesionales defienden esta postura. De hecho, la autora reconoce ir contracorriente, a pesar de todo. Segundo, por coherencia. Creo que consigue hacer ver que, si cualquiera puede ser periodista y permanecer impune cuando vulnera sus obligaciones profesionales, entonces no nos podemos quejar de la situación actual. Tercero, por apertura. Si opinas todo lo contrario, te sentará fenomenal escuchar una voz diferente. Y cuarto, porque la conozco y es buena persona; o sea, que tiene buenas intenciones.

 

Como diría Lyotard, ¡viva la diferencia!