Mi experiencia docente de Ética de la Comunicación, ¿punto y final?

Ha acabado el primer semestre. La experiencia docente ha sido tan intensa que apenas he tenido tiempo para pararme a pensar y escribir sobre ella. Estas últimas semanas, sin embargo, las he dedicado precisamente a eso y, como siempre, he decidido verter unas pocas palabras sobre la cuestión en este blog que comparto con todos vosotros.

La primera sensación que me viene a la cabeza es la de, “caray, no es fácil enseñar ética”. Ahora entiendo mucho mejor a aquellos profesores e investigadores que, en sus artículos, dudan de la posibilidad de que la ética pueda enseñarse. Pueden enseñarse conceptos, ideas, criterios, argumentos… ¿Pero una transformación de la persona, de sus actitudes más profundas, desde su propia libertad para el pleno desarrollo de sí misma? Ah, amigos, ahí está el reto.

Es difícil enseñar ética y más aun cuando enseñas a estudiantes de Comunicación en cuarto de carrera. La comunicación es una actividad creativa que requiere una gran formación cultural y, al mismo tiempo, una gran competencia técnica. Por tanto, los estudiantes que acuden a nuestras aulas son fundamentalmente gente de acción. Este hecho se agudiza todavía más cuando se hallan en el último curso y sienten la proximidad del mundo real para el que se están preparando.

Esto significa, entre otras cosas, que los profesores de ética debemos hacer un gran esfuerzo para equilibrar la dimensión intelectual y la práctica, quizá más que otros profesores, ya que la Filosofía moral tiene una gran trayectoria teórico-racional que puede desequilibrar la balanza a favor de la primera. Este es, para mí, uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos y que hemos de afrontar con la mayor profesionalidad posible.

Yo no sé si volveré a dar clase de ética o no. Sólo sé que, a pesar de las dificultades y los errores, me gustaría volver a intentarlo. Porque creo que es una de las asignaturas más apasionantes que existen, pues está en juego el sentido de nuestra vida (profesional) y, por tanto, nuestra felicidad; y porque creo que todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Me sumo, por tanto, a las palabras de Ken Bain cuando dice lo siguiente en el libro “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”:

Los instructores más eficientes sí ven problemas si no consiguen llegar al estudiante, pero intentan evitar que cualquier falta de éxito afecte a su confianza en que son capaces de resolver el problema con más esfuerzo (BAIN, 2009, 161).

Con la docencia a vueltas. Una experiencia

El 26 de septiembre de 2012 volví a dar clases. La primera vez fue en 1998, cuando era una recién licenciada. Miro hacia atrás y observo las diferencias.

Recuerdo perfectamente la primera vez que di clases. Tenía que explicar las diferencias entre Ética, Deontología y Derecho. Imagino que no sería una clase muy amena, tanto por mi inexperiencia (bastante tenía con dominar los contenidos) como por el tema (las cuestiones terminológicas y conceptuales no resultan especialmente atractivas para los estudiantes de Comunicación). No recuerdo haber pasado excesivos nervios, a pesar de mi ignorancia y de que la profesora titular, la generosa Cristina López Mañero, se encontraban entre el auditorio. Claro que esto es fácil decirlo ‘a posteriori’.

Esta semana hice más nervios, a pesar de que la asignatura es prácticamente la misma (Deontología y Ética de la Comunicación, respectivamente) y que los alumnos se hallan en el mismo curso (cuarto de carrera). Lo achaco a que hoy soy más consciente de mi ignorancia y de la realidad que se vive en los medios. También a que ahora asumo más responsabilidades que al comienzo, pues mis correcciones supondrán más de un tercio de la nota final de la materia. Y supongo que algunas de mis inquietudes proceden de los comentarios de quienes poseen más experiencia en este terreno: ojo, que los estudiantes son hijos de su tiempo, y el pragmatismo, el relativismo y el hedonismo les han calado hasta los huesos.

En medio de esa mezcla de sensaciones y pensamientos, decidí aferrarme a lo bueno. Y recordé que todavía conservo un amigo de entre aquellos que fueron mis primeros alumnos. Y recordé que él –y algunos más, espero- valoraba mi ilusión, mis ganas y mi empeño por ir más allá de la erudición y acercarnos al conocimiento. Al conocimiento en sentido pleno: a descubrir que, bajo el ropaje de ‘ética’, ‘deontología’ o ‘derechos humanos’, se encuentran dos corazones latiendo. Por eso la primera lección, tanto para mí como para ellos, es que somos personas, más allá de las etiquetas de ‘alumno’ y ‘maestro’.

Cuadro: La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio (s. XVI).

Mi mejor profesor

¿Cómo era tu profesor favorito?

El instituto, situado en la periferia de la ciudad, distaba pocos metros de la cárcel, a modo de advertencia tangible para quienes estudiábamos en él. “Si no os aplicáis ahora, quién sabe lo que os aplicarán después”, podría haber advertido cualquier profesor un viernes por la tarde a una clase rebelde de un barrio rebelde.

Lo que sí escuché el año que entré en el Escultor Daniel -así se llamaba el centro donde estudié- es que un profesor había arrancado una puerta de su quicio, en el momento en el que él perdió el suyo con un grupo de alumnos de primer curso.

Nunca supe si el hecho ocurrió o no realmente. Mi única verdad es que al docente le precedía una fama terrible de iracundo y exigente. Y con esa evidencia intangible acudí a clase de Literatura tres años después, cuando le conocí.

Mi memoria ha borrado la mayoría de los contenidos que nos transmitió en sus clases. Con más nitidez recuerdo algunos de los trabajos que nos mandó realizar sobre Tiempo de Silencio de Luis Martín Santos o el Quijote de Cervantes. Si nuestro juez estimaba que tenían calidad suficiente, aparecían publicados en la revista del instituto. ¡Y qué ilusión hacía ver tu nombre y apellidos en un trozo de papel impreso!

Mi profesor sabía motivar y sabía sacar lo mejor de nosotros mismos, aquello que la insegura e inestable adolescencia nos impedía ver con claridad. De mí sacó un papel en una representación teatral de un fragmento de La Colmena de Camilo José Cela y la presentación y conducción de un recital de música con poemas de Miguel Hernández; y creo que hubiera sacado mucho más si no hubieran terminado las clases y no me hubiera mudado de ciudad.

Sólo gritó una vez en todo el curso, pero pronto se lo perdoné. Se enfadaba porque no podía permanecer indiferente, porque quería lo mejor para nosotros, y algunos se resistían.

Mi querido maestro, estas pobres palabras quieren servir para darte las gracias por animarme a no perder nunca mi espíritu creativo y para recordarme qué tipo de profesora quiero ser, si algún día tengo la oportunidad de volver a las aulas, de las que creo que nunca he salido.

Con gran afecto,

La eterna aprendiz

 

Foto: http://oscarzaragoza.blogspot.com