Ante la crisis del periodismo, más ética y autorregulación

Hace unos días que se ha presentado el libro “100 casos. La ética periodística en tiempos de precariedad”, escrito por el presidente del Consell de la Informació de Catalunya (CIC) y exdefensor del lector de La Vanguardia, Roger Jiménez. Como indica el título, se trata de una obra donde se explican 100 casos de ética periodística que permiten reflexionar sobre los puntos débiles del periodismo y aportar criterios para ofrecer una mejor información.

etica periodistica roger jimenez
Alsius, Jiménez y Herrscher el 20 de junio / EJG

El periodista y director de la colección Periodismo Activo, Roberto Herrscher, destacó el carácter práctico de la obra, algo muy común en la tradición norteamericana y no tanto en la española, así como la importancia de reflexionar sobre la ética en el mundo de las redes sociales.

El periodista y consejero del Consell Audiovisual de Catalunya (CAC), Salvador Alsius, reconoció que el periodismo está viviendo un periodo de “desorientación” y “desánimo”, y que la receta para salir de la llamada crisis residía en “más periodismo y un sistema de valores que garanticen la calidad de la información”. Es por ello que abogó por “la autorregulación como solución”.

¿Para cuándo un congreso de periodistas y un nuevo código deontológico?

El profesor de la Universitat Pompeu Fabra también aprovechó su intervención para recordar que tanto Roger como él como otras personas trabajaron, en el seno del CIC, para actualizar el código deontológico de la profesión periodística catalana, obsoleto con la irrupción de la tecnología digital, entre otros factores. Es por eso que lanzó una invitación al Col·legi y, más concretamente, a su actual decana, Neus Bonet, para retomar la tradición de organizar congresos de periodistas y poder así reflexionar sobre la situación de la profesión y generar un nuevo compromiso ético.

Finalmente, Roger Jiménez explicó cómo los periodistas han pecado de “exceso de arrogancia”, ya que antes de Internet el lector no tenía “ni voz ni voto” en la elaboración de la información. Ahora bien, esto no significa que el público no tenga su responsabilidad, ha matizado el veterano periodista. Jiménez ha sostenido que la implicación del público es “esencial para corregir la deriva del periodismo”. Es más, el exdefensor de La Vanguardia ha afirmado que “hay una ética de la empresa, del periodista y del público”. En cuanto a los empresarios que buscan rendimiento a corto plazo –“la mayoría”-, ha asegurado que “no hay ningún editor que no respete a un periodista con carácter”, a pesar de algunos despidos recientes en sentido contrario que también ha mencionado.

Sea como fuere, la obra está concebida como una “ayuda” a los periodistas más jóvenes, para que encuentren ejemplos y argumentos suficientes para hacer valer el derecho a la información de los ciudadanos, un “bien público” necesario para que funcione cualquier democracia.

¿Quién regenerará el periodismo? Retos de una profesión en transformación

Hace unos días se presentó en el Col·legi de Periodistes de Catalunya el libro de Josep Carles Rius, Periodismo en reconstrucción. De la crisis de la prensa al reto de un oficio más independiente y libre. El periodista y presidente de la Fundación Periodismo Plural ha estado acompañado por periodistas de varias generaciones como la joven periodista experta en África, Gemma Parellada, la periodista y ex defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva, el ex director del diario Ara, Carles Capdevila y el veterano periodista catalán, Josep Martí Gómez.periodismo en reconstruccin

En palabras de su autor, la obra pretende ofrecer un buen diagnóstico de la situación actual para, a partir de ahí, “reconstruir el periodismo y no volver a repetir los mismos errores”. Rius sostiene que la crisis del periodismo se ha debido a la confluencia de diversos factores que han dado lugar a una especie de “tormenta perfecta”: cambios tecnológicos, grandes errores de gestión, la “depresión” económica y la “crisis de credibilidad o ética”.

Entre las soluciones, el periodista sostiene que es necesaria una “regeneración de los grandes medios públicos y privados” y que la principal aspiración ha de consistir en recuperar la credibilidad y la confianza. Para ello, recomienda comprometerse con las personas (“factor humano”), volver a los orígenes del periodismo, favorecer las voces libres dentro de los grandes medios y recuperar el debate intelectual en las redacciones. Ante tamaña tarea, el profesional de la información propone “una alianza entre generaciones para llegar a un periodismo independiente y libre”.

La siguiente en tomar la palabra ha sido la periodista más joven de la sala, Gemma Parellada, quien ha considerado “la falta de criterio” como una de las causas de la crisis del periodismo. También ha pedido que dejemos de echar la culpa de todo a los demás, con argumentos como que “al lector eso no le interesa”.

Redacciones amordazadas

La periodista de El País, Milagros Pérez Oliva, ha asegurado que la crisis es una oportunidad que algunos han aprovechado para “convertir el periodismo en un instrumento al servicio de los intereses económicos y partidistas”. También ha lamentado la ausencia de verdaderos editores, quienes han sido sustituidos por gestores que sólo miran la cuenta de resultados. Todo ello ha producido, según Pérez Oliva, “consecuencias graves en las redacciones”, como por ejemplo la autocensura. Y la precariedad laboral no ha hecho más que agravar este problema, ha añadido. Que las redacciones se estén convirtiendo además en gestoras del tráfico y el espacio supone una “devaluación del intelectual colectivo” muy peligroso. Es por ello que ha valorado mucho el libro que se ha presentado, pues da voz a muchos periodistas y abre “un espacio de reflexión que no existe en las redacciones”.

El siguiente en intervenir, Carles Capdevila, ha calificado la obra como una mezcla de “mala hostia y esperanza”. El exdirector del Ara ha pedido “más autocrítica” a los compañeros de profesión y ha comparado el periodismo con un edificio en ruinas, donde coexisten paredes derruidas y paredes maestras, donde algo se ha perdido, algo debe conservarse y algo está por construir.

Falta de épica

Entre las amenazas que se ciernen sobre el periodismo, ha citado los algoritmos matemáticos, que la gente no quiera pagar por la información, la ausencia de un modelo de negocio, el desánimo de los profesionales, el exceso de pragmatismo y la falta de épica, la crisis económica que ha dejado a los medios en manos de los bancos y la confusión entre lo que es el periodismo y lo que no lo es.

Por el contrario, Capdevila considera que ahora existen más oportunidades para llegar al lector, que este tiene más ganas de aprender, que la impunidad es mucho más difícil que antes, que es más fácil saber lo que piensa el lector, que se ha acabado el monopolio da la información y que contamos con “herramientas interactivas brutales”.

Finalmente, Josep Martí Gómez també ha insistido en la importancia de realizar “examen de conciencia” y ha constatado la fuerte autocensura y falta de diálogo que se vive en las redacciones. Es por eso que ha alentado a ganarse la confianza de los lectores y ha lanzado un interrogante al auditorio: “¿Qué pasará cuando llegue la publicidad del Santander, el Corte Inglés y La Caixa a la web?”.

A modo de conclusión, Josep Carles Rius ha afirmado que la “revolución” del periodismo ha de hacerse dentro y fuera de los medios, y ha alentado a los periodistas allí presentes a buscar la credibilidad, “el bien más preciado”.

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Muy interesante, muy interesante.

Al salir de la sala, una compañera allí presente me comenta: “¿Y dónde estaban algunos de los que han hablado cuando el periodismo entraba en crisis?”.

Ah, qué gran pregunta…

Sigue faltando autocrítica…

Se saludan los conocidos y todos nos marchamos de la sala antes o después…

¿Cuál ha sido el efecto de palabras tan acertadas?

Si nos hubiera escuchado un alto cargo político o el consejero delegado de algún banco, se hubiera frotado las manos: “Tranquilos, nada ha cambiado”.

Seguimos siendo francotiradores, orgullosos de la calidad de nuestro disparo.

El futuro no está en los niños, sino en los cuarentones

Hoy se celebra el Día Universal del Niño. Me parece genial recordar cuáles son los derechos de los menores y no bajar la guardia en su cumplimiento. Dicho esto, empieza a mosquearme un poco esa frase tan socorrida de “hemos de cuidar de los niños, porque ellos son el futuro”. Efectivamente, lo que somos hoy depende en gran parte de las condiciones en que nos desarrollamos durante la infancia y la adolescencia. Por tanto, hay que intentar que el entorno sea lo más favorable posible, de acuerdo.

inmaduros

Ahora bien, si afirmar que el futuro está en los niños es una excusa para no hacer nada por mejorar un poco el mundo en el que vivimos, que no cuenten conmigo. Por eso digo que el futuro está en los cuarentones, porque a esta edad ya nos conocemos lo suficiente como para saber en qué somos buenos o todo lo contrario y todavía tenemos energía para poder transformar el entorno que nos rodea. O sea, que vale ya de pasarles la responsabilidad del mundo a los pobres niños y jóvenes y mostrar más coherencia a la hora de vivir. Que si los jóvenes no creen en la política, en los bancos ni en los medios de comunicación, por algo será, digo yo.

De todas formas, siempre puedes mejorar el mundo que te rodea, tengas la edad que tengas, empezando por las relaciones con tu familia y amigos, siguiendo por tus compañeros de trabajo y en las asociaciones a las que pertenezcas y, obviamente, como ciudadano o simpatizante de un partido político. Y no me digas que no se puede hacer nada porque eso es, lisa y llanamente, una MENTIRA. La VERDAD es que no te apetece hacer nada porque tienes mucho miedo a perder lo que tienes. Te has acomodado, vamos, y te sientes mucho mejor diciendo: “El futuro está en vosotros. Ánimo, muchachos”. Y lo que no dices es: “Que yo estoy muy bien como estoy y no quiero complicarme la vida”. Y, mientras tanto, el mundo se va al carajo y con gran hipocresía no llevamos las manos a la cabeza: “Cómo está el mundo, ¿te das cuenta?”.

Sinceramente, a mí no me preocuparía tanto perder lo que tengo –que es poco- como perder lo que soy –que ojalá sea mucho-.

Con perdón, pero espero haber contribuido un poco más a la crisis de los cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, etc. Que estamos jóvenes para lo que queremos… Que queramos un poco mejor a los jóvenes…

Imagen tomada de aquí

Periodistas, a la calle

Dicen que no valoramos algo hasta que lo perdemos. En una sociedad tan mediática o mediada como la nuestra, resulta difícil imaginarse una vida sin medios de comPeriodismoCiudadanounicación. Sin embargo, algunas provincias españolas empiezan a tenerlo más fácil. En Cuenca, la encantadora región en la que tuve la oportunidad de trabajar como periodista, han cerrado  hace pocos días el periódico El Día de Castilla-La Mancha y el canal de televisión CNC, con lo que los conquenses se han quedado sin ningún medio impreso local. Antes habían cerrado otros medios escritos como La Tribuna de Cuenca, Global Castilla-La Mancha o Crónicas y audiovisuales como CRN, 8 Televisión o Popular TV. La Asociación de la Prensa de Cuenca estima que en los últimos tiempos se han podido perder unos cien puestos de trabajo en la provincia.

 Sin medios de comunicación, ¿qué nos queda?

Lo lamento muchísimo por todos mis compañeros y colegas que se han quedado en la calle, cómo no, pero me preocupa mucho más la situación en la que se quedan los conquenses, periodistas incluidos. Alguien me dirá que no hay que ponerse dramáticos, pues quedan algunas delegaciones de los medios nacionales y los medios digitales locales. Sin embargo, tengo algunas dudas al respecto. Un medio nacional sólo cubrirá los asuntos más graves –en el doble sentido de importantes y sensacionales-, con lo que se diluirá el día a día, lo cotidiano, lo habitual, lo que nos toca de cerca. Y, como deja entrever el presidente de Coca-Cola en España y Portugal, Cuenca no es una de las ciudades más avanzadas en el uso de las tecnologías, con lo que mucha gente no tendrá acceso a lo que se publique en los medios digitales.

¡Nos quedan los carteles, los panfletos y las redes! Es verdad y menos mal. No obstante, no puedo dejar de pensar que internet se parece demasiado a un enorme y sofisticado tablón de anuncios, donde muchos cuelgan lo que les interesa a ellos y muy pocos lo que conviene a la mayoría. ¿Quiénes escucharán, sopesarán, contrastarán, sintetizarán y comunicarán de forma inteligible y atractiva lo que nos interesa a todos para convivir en paz? Sí, estoy hablando de los periodistas. Y sí, soy consciente de que nuestra credibilidad está por los suelos. Según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas, los periodistas son los profesionales peor valorados por los españoles, junto con los jueces.

Recuperar la confianza

Si queremos recuperar la confianza de la ciudadanía, primero hemos de recuperar la confianza en el valor de nuestro trabajo. ¿O quién puede dar aquello de lo que carece? Por eso me ha encantado la idea de la Fundació del Consell de la Informació de Catalunya, que este jueves organizó la jornada “Los periodistas no callan. Nueva voces y ética”. lalamentablePorque, así como casi cada día nos enteramos del cierre de algún medio, también están naciendo otros muchos nuevos, con la ventaja de que estos están promovidos por periodistas que creen en el valor de la información, de la buena información, para liberarnos (a todos) de quienes intentan que sólo conozcamos su versión de los hechos. Como comentó Josep Carles Rius, el representante de eldiario.es, un diario digital sostenible a los seis meses de su nacimiento, “los proyectos periodísticos nacidos de la iniciativa de los periodistas surgen con la vocación de recuperar el compromiso ético de servicio público”.

La confianza no se pierde ni se gana en un día ni en dos ni en cientos. Por eso es tan valiosa y por eso hay que regarla cada día, como una delicada planta. Los que trabajamos en los medios tal vez fuimos perdiendo la confianza de nuestros conciudadanos al acercarnos a los despachos del poder y alejarnos de la calle. Pero la realidad es tozuda, me temo, y mira por dónde hemos acabado precisamente ahí, en la calle. Ojalá que aprendamos la lección y recordemos que nuestro trabajo, como cualquier profesión que se precie, sólo tiene sentido si cumple lo que promete: informar con veracidad y opinar con honestidad para el bien de la toda la sociedad, no solamente de unos pocos. Mis queridos periodistas, volvamos a la calle de la que tal vez nunca debimos salir y puede que algún día alguien esté dispuesto a pagar por un servicio que le dé confianza y calidad.

La primera imagen es de aquí.

La segunda, del Consell de la Informació.

Actualización / Documentación

Más información de la jornada del CIC en Twitter con #jornadacic

Reportaje de El País (26/06/2012):  ¿Y si cierran todos los periódicos de la ciudad?

La misión de la universidad ante los cambios del periodismo

Hace un tiempo que le doy vueltas a la relación entre universidad y periodismo; más concretamente, a la relación entre una facultad de Comunicación y el Periodismo. Pero vayamos por partes.

¿Cuál es la función de una universidad en las primeras décadas del siglo XXI? La más evidente, debido probablemente al pragmatismo reinante en Occidente, radica en la formación de buenos profesionales. En el caso de las facultades de Comunicación que poseen titulación de Periodismo, formar buenos periodistas. Es decir, presuponemos que una persona que desea ejercer como periodista necesita una formación del más alto nivel y, por tanto, consideramos que la universidad es una institución adecuada para tal fin.

Esto, que parece razonable en cualquier actividad con una cierta trascendencia social, ha sido discutido en numerosas ocasiones, pues algunos estimaban –y estiman- suficientes el talento personal y/o la formación en el lugar de trabajo para elaborar una información de calidad. La mayoría, no obstante, parece reconocer la importancia de la formación de nivel superior, aunque discute la eficacia de la misma a la hora de alcanzar su fin primordial.

A este viejo debate se ha superpuesto otro, fruto de la denominada crisis del periodismo. ¿Tiene sentido seguir acogiendo estudiantes de Periodismo cuando el mercado ya no es capaz de absorberlos, sino todo lo contrario, los está despojando de sus funciones? Que yo sepa, de momento no se ha eliminado ninguna carrera de Periodismo. Tampoco sé si alguna universidad ha reducido el número de estudiantes en sus aulas. Yo sólo he visto crecer el número de facultades de Comunicación que incluyen Periodismo entre sus estudios –el año que viene puede que abra una más, la Universidad Tecnología y Empresa– o, algo que tal vez sea peor, han aumentado los grados de Comunicación que engloban Periodismo, pero también Publicidad, Relaciones Públicas, Entretenimiento y Ficción. Todo ello muy legítimo, pero, como se suele decir, quien mucho abarca, poco aprieta.

Esto me preocupa. Primero, por los estudiantes. Ellos se están formando para una profesión cuyo perfil se está desdibujando y, por tanto, es probable que no puedan ejercer el periodismo tal y como se les enseña en las facultades. De hecho, como digo muchas veces, creo que yo ya no he conocido el Periodismo, con mayúsculas. En segundo lugar, por las consecuencias que esto tiene para la sociedad. Si el periodismo no tiene cabida, esto significa que la verdad –con todas sus limitaciones- y el interés público –con todas sus dificultades- están siendo borrados del mapa de las democracias occidentales.  

Y ante el drama que se avecina –es cuestión de tiempo que nos percatemos de las terribles consecuencias-, me pregunto: ¿pueden seguir limitándose las universidades a considerar que su fin primordial es la formación de periodistas? ¿No deberían las autoridades académicas replantearse su misión y adaptarse a la situación de emergencia en que nos encontramos? Como comenté en el Panel de experiencias sobre docencia de Ética de la Información en el 9º CIEDI organizado por la Fundación Coso, ¿es realista y justo esperar que unos recién licenciados, inseguros y aislados, hagan frente a una situación que desafía incluso a una de las instituciones más consolidadas de nuestra cultura?

Las vías por explorar son muchísimas.  Yo no creo que deban desaparecer las titulaciones de Periodismo, pues creo, con Kovach y Rosenstiel, que es una de las mejores instituciones que hemos encontrado para salvaguardar la palabra –no el griterío- en el espacio público, al menos por el momento. Lo que sí creo es que hace falta una racionalización. ¿No podrían establecerse, por ejemplo, convenios entre universidades para ofrecer una formación de la máxima calidad? ¿No podría reducirse el número de alumnos para garantizar esa alta calidad? ¿No podrían las universidades implicarse más en la realidad y denunciar aquellos abusos que desvirtúan el Periodismo, con mayúsculas? ¿No podrían financiar proyectos de auténtico Periodismo promovidos entre sus licenciados? ¿No podrían crear un medio de comunicación comprometido con los fines del Periodismo, con mayúsculas? ¿No podrían, en definitiva, hacer algo más que limitarse a formar buenos profesionales, muchos de los cuales no podrán ejercer nunca el Periodismo que estudian en las aulas?

Yo creo que puede hacerse mucho más, aunque me temo que pocos están dispuestos a tomarse en serio esta cuestión y hacerle frente con determinación y coraje. Tal vez por eso me ha sorprendido tanto que el presidente de la Universidad de Columbia, Lee C. Bollinger, dedicara varios meses a debatir y reflexionar sobre cuál debería ser el papel de una facultad de Periodismo (no de Comunicación) en el siglo XXI y, tras ese periodo, nombrara un nuevo decano y ampliara un año más los estudios de la famosa Columbia Journalism School.

Este ejemplo, y termino, revela por qué unos son líderes y otros no lo son. Unos se paran a pensar en lo importante y actúan en consecuencia, y otros viven a remolque de lo urgente y ni piensan ni actúan. Y decir esto de una institución creada para la reflexión y la mejora social, es decir algo realmente terrible. ¡No perdamos más tiempo, por favor, y trabajemos por una Universidad del siglo XXI con mayúsculas!

La crisis de periodistas y medios. Una propuesta para emprendedores

Hubiera bastado con que alguien hubiera analizado las cifras de difusión y audiencia de los medios de los últimos años con cierto espíritu de autocrítica, pero no, ha tenido que surgir el movimiento 15-M para darnos cuenta de que la sociedad, la opinión pública para mentes grandilocuentes, no se siente representada ni por los medios ni por los periodistas, como muy bien ha captado la periodista y defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva.

Yo no creo que no exista una opinión pública española, como afirma Gregorio Morán en La Vanguardia. Es verdad que puede ser más débil que la de otros países, como Inglaterra, pero la transición de un régimen dictatorial a una democracia conlleva más tiempo del que marcan, no sin cierta artificialidad, los libros de historia.

El caso es que la gente ya no se fía de los medios ni de sus profesionales, y lo hace en un momento en que dispone de herramientas diferentes a los medios tradicionales para informarse y, algo mucho más importante, para informar a los demás.  

Porque la gente necesita informarse, qué duda cabe, aunque sólo sea para saber a qué atenerse, esto es, por pura supervivencia física o psicológica. Y la gente buscará el modo de saber lo que sucede realmente, con o sin los medios de comunicación tradicionales.

Estos, sin embargo, parecen ajenos a lo que sucede, como esos políticos que no terminan de creerse que la gente quiera participar en la cosa pública, y se limitan a poner parches y más parches a un trapo viejo en vez de bordar uno nuevo. Yo lo siento mucho, pero que me dejen hacer un comentario o darle una puntuación simbólica a una noticia no me parece un gran avance. Más bien, una tomadura de pelo.

Si los medios y los periodistas quieren seguir siendo intermediarios de confianza, más vale que hagan eso mismo, o sea, ganarse nuestra confianza. Si yo fuera propietaria de un medio, empezaría por dejar muy clarito quién soy y qué quiero: soy fulana de tal, mis fuentes de financiación son estas y mis inversiones están aquí, aquí y aquí.

Tampoco lanzaría una nueva línea editorial que sólo contuviese palabras huecas y vacías, del estilo vivan la democracia y el progreso. No. Es hora de mojarse y asumir que no se puede contentar a todo el mundo. O hago frente a las presiones, que vendrán de todos lados, o me posiciono y me atengo a las que vengan del otro lado.

Recortaría en gastos de tecnología -una cámara de vídeo o de fotos doméstica ya da una calidad suficiente- y empezaría a contratar personal muy cualificado, al que ofrecería cursos de formación y proyección profesional a la de ya.

Reduciría páginas, si estoy en papel, u horas de difusión si me dedico a la tele y a la radio -¡si hasta la BBC se lo está planteando!- . Doy unas pinceladas básicas para quienes no pueden o no quieren pagar por estar informados, y el resto a la web. Y pagando. Voy a  dar calidad y merecerá la pena pagar por ella.

Y, ahora sí, abro sin miedo las vías de comunicación con la ciudadanía. Pregunto qué les preocupa, que les interesa; les pido ayuda para completar o contrastar una información; les invito a explicar su visión de la realidad, más allá de las cartas al director o comentarios en Twitter o Facebook…

Me fío de mis periodistas y estos empiezan a salir a la calle… Y nos reunimos de vez en cuando, para que me cuenten sus problemas y yo les cuente los míos… Y empieza a llegar información rica, fresca, plural, responsable y nueva…

Y me gano la confianza de mis conciudadanos y comienzo a ganar en difusión y audiencia… Y llegan los anunciantes… Y las presiones…

Pero no olvido de dónde vengo ni adónde voy y me mantengo fiel a mis principios… Y en casos difíciles, mis periodistas y mis conciudadanos me apoyan, porque saben que quiero ganarme la vida, sí, pero no a costa de vender porquería…

Y…

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Imagen tomada de aquí.