¿Pueden resolverse los dilemas morales? Acerca de la limitada condición humana

¿Debo mostrarme tal y como soy en el trabajo, o tal vez debería callarme ciertas cosas porque apenas me conocen y podrían interpretarme mal? ¿Debo decirle lo que pienso a un amigo porque creo que lo necesita, aun a riesgo de perder su amistad? ¿Debo ayudar a las personas que me piden ayuda, hasta el punto de perder mi salud y mi alegría de vivir? Cada día nos enfrentamos a múltiples y variados dilemas morales cuya resolución no termina de dejarnos satisfechos, tranquilos, en paz con nosotros mismos, hasta el punto de que empiezo a pensar que los verdaderos dilemas morales siempre tienen agujeros. Y el caso es que el hecho de que se me escurran entre los dedos no me parece digno de lamentación, sino, más bien, signo de realismo. ¿Es esta una constatación de que vivimos en una era posmoderna?

la-cucaracha-comelona-4Muchas personas consideran nuestra época (que algunos denominan posmoderna, aunque yo todavía no sé cuál es la mejor calificación) como un tiempo de declive, descrédito, crepúsculo y, en definitiva, de crisis de lo moral. Yo misma tengo esta tendencia -¿será un automatismo?- cuando veo que pasan los años e incluso los siglos y seguimos con problemas muy parecidos: odios, resentimientos, abusos, explotación, guerras… ¿Será posible que no hayamos aprendido nada después de tantos siglos de reflexión y experiencia?

Obviamente, es posible. Probablemente porque lo moral no sea algo que pueda progresar en el sentido que creían los ‘modernos’, es decir, a la manera que avanza la ciencia, el paradigma de sabiduría en la modernidad. Es decir, un dilema moral constituye una situación tan compleja que ni puedo controlar todas las ‘variables’ ni, aunque pudiera, estas son tan ‘inestables’ que no hay forma de conseguir ‘leyes’ válidas ‘universalmente’. Es decir, la libertad y la creatividad humanas son tan potentes que no hay manera de saber con seguridad cómo nos comportaremos y cómo se comportarán otras personas en una situación determinada. Por eso consideramos sabias y prudentes a las personas que dicen: “No sé cómo actuaré hasta que me ocurra algo parecido”.

Esta incertidumbre nos genera cierto malestar, cierto picor interno, y sufrimos como esas cucarachas o escarabajos a los que algún travieso pone boca arriba y no paran de patalear hasta que vuelven a su posición natural. Los ‘modernos’ no podían soportar la incertidumbre y no en vano, Descartes, uno de los padres del pensamiento moderno, dedicó gran parte de su vida a intentar alcanzar un conocimiento cierto y seguro. Y no parece que lo consiguiera…

¿Ahora bien, por qué no nos resignamos? ¿Por qué seguimos buscando seguridad y tranquilidad a pesar de que en el terreno de lo moral, ese ‘espacio’ donde estamos como desnudos con nosotros mismos y, por tanto, más vulnerables, no caben recetas ni técnicas, no es posible hallar un traje a la medida de cada uno de nosotros? ¿Tal vez porque es parte de nuestra limitada condición humana? Quiero decir, todos sabemos que el ser humano es uno de los animales más vulnerables de la naturaleza, si no el que más.  Podría suceder que esa verdad nos acompañe siempre, consciente –como cuando contratamos un seguro- o inconscientemente –como cuando nos enfrentamos a un dilema moral-. Si esto es cierto, entonces, ¿por qué no aceptarlo sin juzgarlo, sin rechazarlo, sin criticarlo?

Amigos, hay cosas que no vamos a controlar en la vida. De hecho, las más importantes son las que menos vamos a controlar. Los padres, los profesores y las administraciones públicas pueden intentar ofrecer unas pautas, pero que sepas que a la hora de la verdad nadie, absolutamente nadie, podrá decidir por ti ni garantizarte la inmunidad. Es decir, es muy probable que sufras cuando tengas que optar por dos valores que consideras importantes –la sinceridad y la prudencia; la verdad y el amor; la solidaridad y la salud- y es probable que sigas sufriendo cuando hayas tomado partido por uno de ellos. Y puede que esto, aun siendo ingrato, sea lo mejor que te puede pasar. Porque significará que sigues siendo un sujeto moral, esto es, que estás vivo y que nadie ha decidido por ti. En este sentido, viva la posmodernidad.

 

 Imagen tomada de aquí

La condición humana, en “El señor de las moscas”

[Actualizado]

Si es cierto que nos conocemos mejor en las situaciones que nos llevan al límite, entonces el libro de William Golding, “El señor de las moscas”, refleja a la perfección quiénes somos los seres humanos. Para quien no haya leído la novela de 1954 diré que en ella se cuenta qué ocurre cuando unos jóvenes naufragan en una isla desierta.

¿Y qué sucede? Pues lo que tenía que ocurrir: que algunos tienen un espíritu más colaborativo y otros, por el contrario, más competitivo. Esto, en principio, no es bueno ni malo. Quiero decir, que tiene sus ventajas e inconvenientes. Los más colaborativos consiguen encender y mantener una hoguera y construir unos refugios; los más competitivos, por su parte, demuestran su valentía en la caza de animales salvajes.

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Ante la diferencia, el conflicto parece inevitable. Este se produce cuando los que debían ocuparse de mantener el fuego ese día, los cazadores, se olvidan de su compromiso por su afición a captura de animales y los otros se percatan de que un barco no se ha parado en la isla porque no ha visto el humo. A partir de aquí, comienza una espiral de odio y resentimiento que acaba como suelen acabar estas espirales…

¿Por qué me gusta esta novela? Porque creo que refleja muy bien lo mejor y lo peor de la condición humana, y que lo uno y lo otro se pueden encarnar en la misma persona. Ralph, en teoría el más razonable, no deja de reírse del gordito del grupo, como todos; y en algún momento, consigue ponerse en el lugar de Jack, el líder de los cazadores, y sentir cómo se desdibujan la autoridad, el poder, la arbitrariedad… ¡Ah!, si es que al final estamos todos hechos de la misma pasta… Y la lucha por la supervivencia no es sólo física, sino también psicológica… ¡Cuánto daño hacen las personas con baja autoestima, que necesitan continuamente del reconocimiento y la admiración de los demás!

Ahora bien, también hay algo que nos hace diferentes, y yo creo que se trata de la actitud con la que nos enfrentamos a los problemas. En la novela se ve perfectamente cómo Ralph opta por el diálogo, es decir, confía en que a través de la razón pueden alcanzarse objetivos valiosos para todos. Jack, por el contrario, se deja llevar por el orgullo y, los que le siguen, por el miedo. Es decir, unos dominan sus pasiones y otros son arrastrados por ellas.

En definitiva, “El señor de las moscas” es una novela muy interesante para reflexionar sobre quiénes somos y qué nos mueve, cuáles son nuestros lados oscuros y cuáles los luminosos, e imaginar qué podríamos llegar a hacer para sobrevivir en una situación extrema.

Imagen tomada de aquí.