¿Encuestas, yo? No, gracias

Últimamente me pregunto por qué cuesta tanto responder a una encuesta. Será la falta de tiempo, será que no interesa el tema, será que uno quiere mantener una buena imagen de sí mismo, será la desconfianza en la validez de los resultados alcanzados y su posterior uso…Imagen

Pienso en el tiempo. Todos vivimos en una sociedad competitiva y, tal vez por ello, acelerada, así que, por mucho trabajo que saquemos adelante, siempre podemos avanzar más o conseguir más calidad. El tiempo libre es escaso, sobre todo si se tienen hijos pequeños u otras personas a su cargo, con lo que la idea de dedicar unas horas de asueto a responder las preguntas de un desconocido puede resultar insoportable.

Tal vez no interesa el tema. No sé por qué, tiendo a pensar que las personas que se dedican a una determinada actividad están interesadas en lo que hacen, en su aprovechamiento y mejora, y no tiene por qué. Ahora bien, uno puede estar interesado en el tema, pero no considera la encuesta como un diálogo enriquecedor, sino como un estorbo distorsionante. Podría ser.

¿Y mantener una buena imagen de sí mismo? Abrirse al otro siempre conlleva el riesgo de tener que escuchar alguna pregunta incómoda a la que tememos responder: porque revela nuestra ignorancia, nuestro egoísmo, nuestra mediocridad, nuestra inseguridad… A saber los motivos de cada uno. El caso es que el juicio de los demás, por mucho que nos jactemos de indiferentes, siempre nos genera un respeto.

Finalmente, se me ocurre que alguien podría no querer responder a la encuesta por desconfiar de esta metodología –al final uno interpreta los datos como le da la gana- o del investigador –a saber qué pública de mí, o sea, otra vez la imagen de uno mismo-.

La verdad es que comprendo todas las objeciones, PERO… Pero tengo la impresión de que la raíz de todo es que pensamos mucho en ‘mí’ (mi tiempo, mi interés, mi imagen, mi confianza…) y poco en ‘nosotros’ (lo que la encuesta aporta a todos, no al investigador o al que financie la investigación). Para mí, una encuesta es una OPORTUNIDAD para que alguien analice un problema y extraiga unas conclusiones VÁLIDAS, esto es, que puedan apuntar a tendencias generales y no a meras opiniones sobre la cuestión. Esto es muy importante, para después poder fundamentar cualquier actuación sobre el área de interés.

Obviamente, me refiero a investigaciones de un cierto interés social, no tanto a aquellos sondeos de opinión que realiza un anunciante para vender mejor su producto o servicio o un partido político para persuadirnos de cara a la próxima campaña. Si una encuesta tiene una finalidad común, esto es, intenta conocer mejor una situación o problema que afecta al grupo de personas potencialmente encuestables, entonces creo que responder no es sólo un derecho, sino también un deber. El deber de participar en un asunto en el que yo soy parte afectada. Por tanto, tengo algo relevante que aportar a alguien que, simplemente, quiere escucharme. Por cierto, soy toda oídos.

Imagen tomada de aquí.

El gran handicap de la investigación sobre periodistas

Las investigaciones sobre periodistas cojean siempre del mismo lado –a veces, desgraciadamente, de varios-. Me refiero a la imposibilidad de determinar el número exacto de periodistas que ejercen el periodismo en un espacio y un tiempo concretos.

Pongo un ejemplo. Supongamos que yo quiero hacer una encuesta a los periodistas españoles en el momento actual. No sé cuántos son, pero sé que son muchos, por lo que lo primero que hago es descartar la posibilidad de enviarles un cuestionario a todos y cada uno de ellos (lo que también se llama población o universo). Cuando uno no puede acceder a toda la población, lo que suele hacerse es seleccionar una muestra o, lo que es lo mismo, un número asequible de individuos que representa a la totalidad de forma más o menos aproximada.

La cuestión es, y vuelvo al ejemplo, ¿cómo puedo seleccionar una muestra de periodistas si desconozco el universo? Si no sé cuál es el porcentaje de hombres y mujeres que trabajan como periodistas en España, por poner el caso, ¿cómo podré seleccionar una muestra que se ciña a esos porcentajes? Lo mismo ocurre si no sé cuántos periodistas trabajan en qué medios, en qué secciones, en qué cargos, con qué tipo de contratos, etc.

Me pregunto por qué los académicos han descuidado esta cuestión tan fundamental, pues condiciona la validez de los resultados alcanzados. Ya sé que existen las muestras intencionales o estratégicas (el investigador selecciona las características que le interesan y punto), pero no creo que –honestamente- debamos conformarnos con eso.

Obviamente, la tarea no puede llevarla a cabo un individuo aislado. ¿Cómo podría estar al tanto de todos los cambios que se producen en el mundo de la comunicación? En el caso de la investigación sobre periodismo en España, el objetivo requeriría la participación de investigadores de todas las provincias y/o comunidades autónomas. ¿Sería posible un pacto nacional -que tanto se reclama a las autoridades en tantos ámbitos, incluida la educación- que dejara a un lado competitividades malsanas?

Esto, aun siendo necesario, no sería suficiente. Los periodistas también deberían ver muy claro que ofrecer la información que se les demanda –y actualizarla cada vez que se modifique su situación- constituye una ayuda y no un obstáculo. En este caso, me planteo si los periodistas confían en los académicos tanto como para ofrecerles sus datos personales. También me pregunto si las organizaciones periodísticas que salpican la geografía española se sumarían al proyecto o, como las universidades, mirarían más por sus propios intereses.

Yo tengo muy claro que esa información nos ayudaría a todos: académicos, periodistas y, cómo no, ciudadanos. Porque conocer algo es el primer paso para mejorarlo. ¿O acaso puede acertar con el tratamiento un médico que evalúa mal los síntomas? Y el periodismo es un paciente que lleva demasiados años aquejado de una enfermedad crónica. Pero…

Pero hoy sólo quiero dar a conocer este problema, que parece ignorado y aplazado por ambas partes, salvo algunas honrosas excepciones. Así nos va.  A todos.

 Imagen tomada de aquí.

La organización de la información, clave del éxito de una investigación

Las personas que realizamos una tesis doctoral o un trabajo de investigación de cierta envergadura sabemos lo importante que es organizar bien la información. Lecturas de años se desvanecen de la memoria en pocos días, semanas o meses, según la capacidad de cada cual, por lo que es vital saber guardar y recuperar esos datos de forma eficaz.

Durante mucho tiempo he buscado un método que me resultara útil. Al principio, por ejemplo, utilizaba bases de datos que recogieran, en forma de fichas, las citas que me parecían más importantes. Sin embargo, este método no me convence del todo, pues, aunque me permite almacenar contenidos por temas y recuperarlos con facilidad, estos aparecen desligados de su contexto, lo cual me parece peligroso, en el sentido de que podemos desvirtuar su auténtico significado.

Resumir los libros tampoco ha resultado una tarea eficaz, pues se ‘pierde’ demasiado tiempo para el resultado que se obtiene, ya que muchas veces los resúmenes son bastante extensos y resulta muy complicado recuperar todo lo allí reflejado. Ahora bien, no descarto los resúmenes de libros básicos, esto es, aquellos que sienten las bases del área en la que nos movemos.

Finalmente, hablando con mis compañeros de doctorado, he llegado a la conclusión de que el mejor método consiste en esbozar un índice, si quiera esquelético, para, a partir de ahí, ir abriendo carpetas (léase documentos de Word) con los distintos epígrafes e ir incluyendo allí todo lo que se refiera a dichos apartados (con su correspondiente cita, por supuesto). De este modo, cuando decidamos escribir un epígrafe concreto, no tendremos más que abrir ese documento, imprimir, leer, reflexionar y redactar, con la ventaja de que ya contaremos con las citas o referencias oportunas.

He de decir que, en vista de mis fracasos anteriores, he de probar el resultado de este método, así que, si alguien está interesado en ello, que me pregunte qué tal me ha ido una vez que termine la tesis. Prometo contestar. También agradezco, qué duda cabe, que alguien me revele cuál es la mejor forma de organizar la información que ha encontrado. Muchas gracias y mucha suerte.

Imagen tomada de aquí.

El diario de investigación, una herramienta útil

Hoy quisiera hablaros de una herramienta que me parece muy útil para mejorar la calidad de la tesis doctoral. Se trata del diario de investigación.

Cualquiera que haya tenido un diario personal, sabrá apreciar las ventajas de este instrumento que, básicamente, consiste en dar cuenta, de forma periódica, de los avances y retrocesos que experimentamos durante el proceso de investigación.

En mi opinión, la creación de un diario tiene grandes ventajas. La primera es que nos paramos a pensar. ¿Pero, cómo -se preguntará alguno-, acaso no nos dedicamos a eso, a pensar? Sí y no. Es cierto que nos pasamos gran parte del día pensando, pero se trata de un pensamiento a pequeña escala, centrado en aspectos muy concretos. Disponer de un diario permite elevarse por encima de los árboles y contemplar el bosque en su conjunto o, lo que es lo mismo, trazar un mapa mucho más completo del asunto. Tampoco podemos obviar el hecho de que la mayoría vivimos en sociedades urbanas, ruidosas, con un gran nivel de estrés y ruido -no sólo acústico-, por lo que no es fácil encontrar un momento de silencio y meditación, como propicia el hecho de sentarse y ponerse a escribir.

Algunos pueden creer que contar sus progresos vía Twitter o Facebook puede suplir la función del diario que comento. Yo creo que no. En primer lugar, porque en las redes sociales uno se muestra en público, y eso siempre afecta a su disposición interior. Por mucho que nos consideremos personas autónomas e independientes, siempre habrá cosas que callemos para no herir innecesariamente o para ofrecer una apariencia mejor a la real. El diario permite el encuentro con uno mismo, con lo que el autoengaño resulta mucho más complicado.

De hecho, otra de las ventajas de esta herramienta consiste en su gran poder de autoconocimiento.  Creo que todos hemos experimentado cómo nos hemos aclarado sobre una cuestión cuando la hemos compartido con otra persona. Con el diario pasa igual. Uno se cuenta a sí mismo lo que ha hecho o lo que ha dejado de hacer, valora lo realizado, aprende sobre ello y encamina sus pasos.

Otra utilidad nada menospreciable es su capacidad para controlar los altibajos emocionales. Cuando uno está desanimado, ansioso o cabreado, puede ser conveniente ponerse a escribir y, de este modo, tratar de objetivar el estado interior y averiguar sus causas. Esa misteriosa relación entre escritura y racionalidad nos ayuda a serenarnos y a continuar con nuevos bríos. 

El diario se convierte además en un auxilio de la memoria, porque permite recordar cuándo nos propusimos algo, calcular cuánto tiempo ha pasado y si el periodo es razonable o un auténtico escándalo.

En definitiva, creo que la creación de un diario de investigación puede resultar francamente útil para establecer algunas boyas en el enorme y profundo mar de la investigación.

 Foto tomada de aquí.

Análisis del análisis

Estos últimos meses he estado trabajando en cómo analizar discursos/textos periodísticos. Siempre he defendido –y creo que siempre defenderé- la importancia del sentido común para afrontar cualquier trabajo. Por eso, soy consciente de que una lectura atenta de cualquier documento puede aportar algo interesante y relevante para terceras personas.

Sin embargo, la elaboración de una tesis doctoral requiere un especial cuidado. Con este tipo de investigación científica uno se presenta al mundo académico y, obviamente, ha de causar una buena impresión entre los que serán sus futuros colegas.

Pero no se trata simplemente de obtener un título y una nota alta –las cuales abundan sospechosamente, por cierto-. Se trata, al menos en lo que a análisis de textos se refiere, de demostrarse a uno mismo que realmente ha intentado dejar a un lado sus prejuicios y manías, que ha intentado comprender lo que el otro le quiere decir, que ha llegado a entender lo que está en juego para esa persona cuando se expresa como lo hace.

Después de leer algunos libros y artículos –siempre tengo la sensación de que muy pocos-, he llegado a la conclusión de que la mejor opción para mi trabajo consiste en complementar el análisis de contenido y el análisis retórico.

El análisis de contenido tiene un carácter cuantitativo que facilita la lectura en frío. Es decir, cuando uno hace una lectura normal, de sentido común, tiende a quedarse con lo que le gusta o lo que le sirve y a olvidar lo que no le convence o no le resulta útil. Un análisis de qué se dice (categorías temáticas), cómo (en qué orden, con qué frecuencia, con qué intensidad, en qué sentido) y junto a qué (contigencia o asociación de ideas) puede servir para distanciarse de lo leído y mirarlo con más serenidad.

El análisis retórico, por su parte, me parece que produce justamente el efecto contrario, es decir, enriquece la lectura y, siguiendo con la metáfora, sube la temperatura de la interpretación. Muchos análisis del discurso, de la enunciación o de la expresión terminan haciendo análisis retórico, tal vez porque éste es un frasco cuya fragancia lleva el poso de muchos siglos, una sabiduría que no podemos despreciar.

Mi esperanza es que la combinación del análisis de contenido y el retórico constituyan un cóctel suave, riguroso y profundo, que me permita hacerme cargo de los problemas que se cuecen y compartirlos a los demás lo más fielmente posible.

Ya se verá.

Foto tomada de aquí

Cómo no analizar un discurso

El análisis de discursos, escritos u orales, es una actividad frecuente entre los investigadores en Comunicación. Es por ello que os invito a leer un artículo donde Charles Antaki, Michael Billig, Derek Edwards y Jonathan Potter explican y critican los atajos que toman algunos investigadores a la hora de “analizar” textos o conversaciones. Que hablen de análisis del discurso o se muevan en el campo de la Psicología Social no hace menos valiosas sus aportaciones, que resumo a continuación.images

1. Analizar no es resumir

Parece evidente, pero muchos investigadores se limitan a repetir lo que han dicho otros,  a su manera, lo cual es mucho peor, pues se pierden los matices de las expresiones originales.

2. Analizar no significa tomar una posición

Muchos investigadores emiten juicios de valor, positivos o negativos, acerca de lo que quieren analizar; pero, como sostienen los autores, valorar los datos no significa analizarlos.

3. Analizar no conlleva recopilar citas

Algunos académicos creen que hay declaraciones que hablan por sí mismas, y por eso incluyen citas en sus investigaciones. Nuevamente, incluir citas, muchas o pocas, no significa analizarlas.

4. Analizar no supone caer en argumentos circulares

En este punto, los autores advierten que hay que fundamentar muy bien por qué un extracto de un discurso supone la presencia de una determinada cuestión. Es decir, no hay que tomar las palabras al pie de la letra, sino ir “más allá de la idea de que las conversaciones o los textos son expresiones de puntos de vista, pensamientos y opiniones” (p. 28).

5. Analizar no consiste en emitir falsas generalizaciones

Tampoco se analiza cuando, una vez se han obtenido los datos sobre un asunto concreto, se extrapolan a otros aspectos o incluso al mundo en general.

6. Analizar no se reduce a localizar elementos

Algunos autores prestan tanta atención a los detalles, que consideran que eso basta para analizar un discurso. No es así. “El buen análisis siempre se mueve, de modo convincente, de ida y vuelta entre lo general y lo específico” (p. 30).

¡Suerte y cuidado con las propias trampas, que son las peores!

Foto: http://www.jovenindependiente.com

De métodos y caminos

Estos días pienso sobre cómo será el análisis de contenido que desarrollaré en mi tesina. Hablándolo con compañeros de trabajo y con compañeros de vida, me doy cuenta de que no debo dar nada por supuesto.

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Los compañeros de trabajo con los que he hablado no confían demasiado en la metodología científica. En su opinión, en Ciencias Sociales lo importante es el rigor. Rigor a la hora de leer, de pensar y de escribir.

Los compañeros de vida, por su parte, creen que los métodos científicos valen para las ciencias exactas y naturales, no para las que estudian al ser humano.

Es verdad que el rigor es fundamental, y que las ciencias naturales pueden ser más precisas que las humanas. Sin embargo, me pregunto, ¿por qué menospreciar los avances que se han producido en metodología? ¿Por qué no intentar ser más riguroso todavía?

Creo que se lo debemos  a nuestros conciudadanos, quienes confían en que lo que se dice desde las Universidades cuenta con las mejores garantías.  

Foto: http://shodokakyudoka.balearweb.net/post/63586