¿Quién regenerará el periodismo? Retos de una profesión en transformación

Hace unos días se presentó en el Col·legi de Periodistes de Catalunya el libro de Josep Carles Rius, Periodismo en reconstrucción. De la crisis de la prensa al reto de un oficio más independiente y libre. El periodista y presidente de la Fundación Periodismo Plural ha estado acompañado por periodistas de varias generaciones como la joven periodista experta en África, Gemma Parellada, la periodista y ex defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva, el ex director del diario Ara, Carles Capdevila y el veterano periodista catalán, Josep Martí Gómez.periodismo en reconstruccin

En palabras de su autor, la obra pretende ofrecer un buen diagnóstico de la situación actual para, a partir de ahí, “reconstruir el periodismo y no volver a repetir los mismos errores”. Rius sostiene que la crisis del periodismo se ha debido a la confluencia de diversos factores que han dado lugar a una especie de “tormenta perfecta”: cambios tecnológicos, grandes errores de gestión, la “depresión” económica y la “crisis de credibilidad o ética”.

Entre las soluciones, el periodista sostiene que es necesaria una “regeneración de los grandes medios públicos y privados” y que la principal aspiración ha de consistir en recuperar la credibilidad y la confianza. Para ello, recomienda comprometerse con las personas (“factor humano”), volver a los orígenes del periodismo, favorecer las voces libres dentro de los grandes medios y recuperar el debate intelectual en las redacciones. Ante tamaña tarea, el profesional de la información propone “una alianza entre generaciones para llegar a un periodismo independiente y libre”.

La siguiente en tomar la palabra ha sido la periodista más joven de la sala, Gemma Parellada, quien ha considerado “la falta de criterio” como una de las causas de la crisis del periodismo. También ha pedido que dejemos de echar la culpa de todo a los demás, con argumentos como que “al lector eso no le interesa”.

Redacciones amordazadas

La periodista de El País, Milagros Pérez Oliva, ha asegurado que la crisis es una oportunidad que algunos han aprovechado para “convertir el periodismo en un instrumento al servicio de los intereses económicos y partidistas”. También ha lamentado la ausencia de verdaderos editores, quienes han sido sustituidos por gestores que sólo miran la cuenta de resultados. Todo ello ha producido, según Pérez Oliva, “consecuencias graves en las redacciones”, como por ejemplo la autocensura. Y la precariedad laboral no ha hecho más que agravar este problema, ha añadido. Que las redacciones se estén convirtiendo además en gestoras del tráfico y el espacio supone una “devaluación del intelectual colectivo” muy peligroso. Es por ello que ha valorado mucho el libro que se ha presentado, pues da voz a muchos periodistas y abre “un espacio de reflexión que no existe en las redacciones”.

El siguiente en intervenir, Carles Capdevila, ha calificado la obra como una mezcla de “mala hostia y esperanza”. El exdirector del Ara ha pedido “más autocrítica” a los compañeros de profesión y ha comparado el periodismo con un edificio en ruinas, donde coexisten paredes derruidas y paredes maestras, donde algo se ha perdido, algo debe conservarse y algo está por construir.

Falta de épica

Entre las amenazas que se ciernen sobre el periodismo, ha citado los algoritmos matemáticos, que la gente no quiera pagar por la información, la ausencia de un modelo de negocio, el desánimo de los profesionales, el exceso de pragmatismo y la falta de épica, la crisis económica que ha dejado a los medios en manos de los bancos y la confusión entre lo que es el periodismo y lo que no lo es.

Por el contrario, Capdevila considera que ahora existen más oportunidades para llegar al lector, que este tiene más ganas de aprender, que la impunidad es mucho más difícil que antes, que es más fácil saber lo que piensa el lector, que se ha acabado el monopolio da la información y que contamos con “herramientas interactivas brutales”.

Finalmente, Josep Martí Gómez també ha insistido en la importancia de realizar “examen de conciencia” y ha constatado la fuerte autocensura y falta de diálogo que se vive en las redacciones. Es por eso que ha alentado a ganarse la confianza de los lectores y ha lanzado un interrogante al auditorio: “¿Qué pasará cuando llegue la publicidad del Santander, el Corte Inglés y La Caixa a la web?”.

A modo de conclusión, Josep Carles Rius ha afirmado que la “revolución” del periodismo ha de hacerse dentro y fuera de los medios, y ha alentado a los periodistas allí presentes a buscar la credibilidad, “el bien más preciado”.

***

Muy interesante, muy interesante.

Al salir de la sala, una compañera allí presente me comenta: “¿Y dónde estaban algunos de los que han hablado cuando el periodismo entraba en crisis?”.

Ah, qué gran pregunta…

Sigue faltando autocrítica…

Se saludan los conocidos y todos nos marchamos de la sala antes o después…

¿Cuál ha sido el efecto de palabras tan acertadas?

Si nos hubiera escuchado un alto cargo político o el consejero delegado de algún banco, se hubiera frotado las manos: “Tranquilos, nada ha cambiado”.

Seguimos siendo francotiradores, orgullosos de la calidad de nuestro disparo.

Directivos que no escuchan, empresas que fracasan

Enrique Sueiro Villafranca (Pamplona, 1968) acaba de publicar el libro Comunicar o no ser. Escuchar y gestionar percepciones: el nuevo liderazgo, una obra cuyo principal mensaje podría resumirse así: si además de mandar, quieres liderar, más te valdría empezar por escuchar. Esto que, dicho así, puede sonar muy simple, tiene su complejidad, y la prueba de ello es que Sueiro se gana la vida formando y asesorando a directivos y profesionales en lo que él denomina Comunicagement, un modelo de gestión de la comunicación inspirado en la obra de Javier Fernández Aguado. comunicar_o_no_ser_final

Una de las cosas que más me gusta de su punto de vista, tal vez porque pienso lo mismo, es que la persona y la empresa no son realidades tan diferentes. Sí, ya sabemos que las empresas y las instituciones funcionan gracias a las personas, pero pocas veces se encuentra un libro que intente conectar esas dos realidades de modo tan claro. Así, la comunicación interna equivale, en el lenguaje sueiril, a la intimidad organizacional. Y si, como aconsejaba el sabio Sócrates,  la clave de la felicidad reside, en gran medida, en conocerse a uno mismo, ya podemos concluir cuál será la conclusión a nivel organizativo: o escuchas, o fracasas.

Ahora mismo me estoy acordando de una amiga que me decía algo así: “Jó, antes mi jefe me llamaba a su despacho y me decía que le encantaban mis críticas, porque estaba rodeado de pelotas y no podía hacerse cargo de la realidad. Ahora ya no me llama, salvo que no sea estrictamente necesario”. Qué pena. Por su jefe, que ha perdido una excelente fuente de información. Por ella, que ha perdido la confianza en su jefe. Y por la empresa que, de seguir así, acabará sufriendo innumerables patologías para finalmente morir y enviar personas valiosas al paro.

Estas analogías con el mundo de la medicina no son gratuitas, pues Sueiro aprovecha todo su saber y experiencia en comunicación científica para aplicarlos al mundo de la dirección de empresas. Un ejemplo muy querido al autor reside en la idea de que el rumor en cualquier organización equivale a un tumor en un organismo vivo que requiere una intervención  inmediata en comunicación.

En definitiva, la obra de Enrique Sueiro constituye un estímulo, un revulsivo para centrarse en lo importante. No en vano, la dedicatoria de la obra contiene una de sus máximas más conocidas, el Principio PePa (primero las personas, después los papeles). Cosas que, de puro sentido común, conviene recordar de vez en cuando, en medio de la vorágine de encargos, reuniones, llamadas y correos electrónicos:

  • Importa más la vida (vita) que la carrera profesional (el currículum).
  • Ser buena persona es, por tanto, más importante que ser buen profesional.
  • Hay que decir lo que se hace y hacer lo que se dice.
  • La comunicación más la coherencia generan confianza.
  • No hay que tener miedo a pedir perdón.

Y no sigo, que, digo yo, habrá que dejar algo para la lectura del libro. Ahí va el índice, para quienes se hayan quedado con ganas de más.

 Actualización

El 20 de noviembre de 2014 se publicó la entrevista que le hice a Enrique Sueiro en los diarios del Grupo Promecal y El Correo de Andalucía.

El cuerpo, la dimensión ignorada de la Ética

Cuando hablamos de Ética, no solemos pensar en el cuerpo. Al menos, yo no suelo hacerlo. Es por ello que me ha parecido tan original el último libro del filósofo y teólogo Javier Sádaba, titulado Ética erótica (Península, 2014). En realidad, la obra contiene tres ideas que me parecen muy verdaderas y que merece la pena retener:

ÉTICA PARA EL BIENESTAR117169_etica-erotica_9788499422459

Muchas personas oyen hablar de Ética y se marean. ¡Menudo rollo se avecina!, parecen indicarte con su mirada. Y sin embargo, el último fin de la Ética, como muy bien recuerda Sádaba, es ayudarnos a vivir mejor, a ganar en calidad de vida, bienestar o felicidad. En definitiva, la Ética “ha de funcionar para estar a gusto con uno mismo y con los demás”. Y si no,  mal vamos.

Desgraciadamente, la Ética se ha confundido muchas veces con “moralina”, en el sentido de un tipo de saber o, mejor dicho, un tipo o tipa que dice saber lo que te conviene, algunas veces sin conocerte a fondo y la mayoría de ellas sin respeto ni confianza hacia tu persona. Y, encima, como denunciaba Joan-Carles Mèlich en su Lógica de la crueldad, haciéndote sentir culpable por no seguir sus directrices.

ÉTICA CON EL CUERPO

El núcleo del libro, no obstante, gira en torno a la idea de que la auténtica Ética no puede olvidarse del cuerpo. Una ética que ignore los sentidos, los sentimientos, la sensibilidad, el deseo, la imaginación y el sexo es una Ética alejada de la realidad, de nuestra realidad. Por eso, el libro constituye una defensa sosegada y bien argumentada de los “pequeños” placeres de la vida: una buena comida, una bella canción, un chiste original, un abrazo sincero y, por qué no decirlo, un buen orgasmo.

Esta dimensión erótica se ha ignorado durante demasiado tiempo, en parte porque se consideraba como algo feo, sucio, indigno o simplemente malo en general. Que se lo digan a nuestros padres y abuelos, que vivieron el nacional-catolicismo y, sin quererlo o no, algo nos transmitieron. Ahora bien, ver y oír hablar de sexo en los medios de comunicación sin tapujos, como sucede ahora, tampoco significa que hayamos evolucionado demasiado. Como sostiene Javier Sádaba en una entrevista que se publicará próximamente, si hay tanto mercado del sexo es porque éste todavía no se vive en plenitud. De ahí que la reflexión ética sobre el cuerpo y la sexualidad siga teniendo plena vigencia en pleno siglo XXI.

sadabaEs decir, la Ética no nos dirá lo que hemos de hacer, pero sí nos dará algunos consejos. El más básico, que no hagamos nada que dañe a terceros. Otro, por ejemplo, que intentemos disfrutar del sexo con plenitud… Y esto es más fácil, sugiere Sádaba, cuando hay una relación afectiva, cuando se va sin prisa, cuando se busca algo más que el mero desahogo fisiológico…

ÉTICA EN SOCIEDAD

Como puede observarse, la obra intenta aterrizar en una de las cuestiones más controvertidas y delicadas del ser humano, y ésta es otra idea que me parece muy valiosa. A quienes lean el libro, les sorprenderá que el filósofo dedique prácticamente toda la introducción a denunciar el clima de corrupción político-económica que nos rodea. Al preguntarle por esta cuestión, el autor no sólo no se retracta sino que se reafirma: la Ética no es algo que vivamos de manera individual, sino que necesita, necesitamos, de los demás, para poder vivir en plenitud. Que el autor no se olvide de nuestra dimensión cívica en un libro sobre Ética erótica nos ayuda también a comprender que de poco sirve perfumar nuestra casa si afuera sólo corre un viento vomitivo y repugnante. O sea, que cuidar nuestro cuerpo no debería llevarnos a olvidar que vivimos en sociedad, sino, tal vez, todo lo contrario. Estar bien con nosotros mismos constituye la mejor predisposición para contribuir a que todo lo demás también lo esté.

 Fotografía tomada de aquí.

Actualización

La entrevista que le hice al autor se publicó en los diarios del Grupo Promecal y El Correo de Andalucía el domingo 24 de agosto. Aquí, la versión online de uno de los diarios. El autor de la fotografía es Alonso y Marful.

El lado oscuro de la moral. Mi visión de “Lógica de la crueldad”

Recientemente he leído el libro del filósofo Joan-Carles Mèlich titulado “Lógica de la crueldad” (Herder, 2014). En este libro se expone una visión fundamentalmente negativa de la moral, algo que me ha sorprendido e interesado a partes iguales. Los que me conocéis sabéis que mi visión de la moral es básicamente positiva, así que me ha encantado escuchar una voz que opina lo contrario y lo explica con tanta claridad. melich

¿Por qué la moral tiene un lado oscuro? Si no entiendo mal al autor, porque la moral utiliza unas categorías que sirven para distinguir y, por tanto, para tratar con crueldad a quien no entra dentro de la categoría, y hacerlo además sin ningún tipo de remordimiento. El ejemplo más claro, que el autor cita en reiteradas ocasiones, es el nazismo. El que era catalogado como “judío” podía ser exterminado, ya que ser “judío” significaba quedar excluido de la categoría de “persona” o “ser humano”. De hecho, uno de los motivos por los que el autor critica las apelaciones a los “derechos humanos” o a la “dignidad de la persona” es porque cada moral aplica dichos conceptos de forma distinta y, por tanto, ejerce su crueldad –no necesariamente en forma de violencia- contra quienes no encajan dentro de dicha etiqueta.

A mí la advertencia me parece sumamente importante: ojo con la moral, que con su categorización nos juzga, nos da las respuestas a todas las preguntas y, si te descuidas, hasta decide en tu nombre. ¡No se lo permitas!, ¡rebélate ante quienes eligen por ti en nombre de vete a saber qué valores o autoridad!, parece que nos grita el profesor de Filosofía de la Educación desde el fondo de su ensayo. A mí me ha recordado bastante al lamento de Ortega y Gasset, quien ya en 1930 se quejaba de que se había abusado tanto de la moral que nos habíamos quedado con la impresión, falsa, de que es algo que nos imponen desde fuera, cuando en realidad consiste –según Ortega y yo misma- en una orientación para que nosotros decidamos mejor quiénes queremos ser realmente.

Es decir, y aquí va una impresión que he tenido a lo largo de la lectura, creo que el autor ha podido detectar el abuso moral que denunciaba Ortega, pero que no se ha fijado suficientemente en el momento actual. Y me explico. A lMelich_Logica-crueldado largo del texto, se perciben ciertas precauciones, no sé si dudas, sobre el tipo de moral que se está criticando. A veces, se afirma con rotundidad que toda lógica moral es cruel; en otras, que dicha crueldad es únicamente propia de la moral occidental, metafísica, moderna o religiosa. Estos matices me llevan a pensar que el autor está criticando las morales que Ortega denominaba tradicionales y que, por tanto, su advertencia puede no tener mucho sentido hoy en día.

Actualmente se habla de ética o moral posmoderna –luego explico un poco la diferencia entre ética y moral- precisamente porque no hay nadie, persona o institución, con suficiente autoridad como para imponer/sugerir unas normas, unos valores, a la mayoría de la población. No lo valoro, solamente lo describo. Así, las morales posmodernas parece que han renunciado a la antigua pretensión de decir qué está bien y qué está mal. De hecho, creo que el propio autor reconoce esta realidad implícitamente al recoger la siguiente cita de Bauman y Tester: “Ser moral consiste en saber que las cosas pueden ser buenas o malas. Pero no significa saber, y mucho menos saber con certeza, qué cosas son buenas y qué cosas son malas” (p. 186). En nota a pie de página el autor aclara que él entiende por ética lo que estos autores conciben como moral. Y supongo que ahí está uno de los meollos del asunto.

Para Joan-Carles Mèlich, la moral es un conjunto de valores, principios, normas, protocolos, etc. que nos dicen lo que hemos de hacer en función de determinadas categorías, mientras que la ética es la respuesta personal, única e irrepetible que realizamos ante una situación también única e irrepetible. Por eso critica el auge de los códigos deontológicos y los, a su juicio, mal llamados comités de ‘ética’, y el declive de las respuestas personalizadas, transgresoras de la moral. Yo, en cambio, creo (¡a día de hoy!) que la moral son esos valores, principios, normas, protocolos y códigos que nos ofrecen pistas de actuación, pero también considero moral la respuesta que nos surge ante una situación concreta, ante una persona concreta que sufre y que no puede ser reducida a una mera categoría. Y concibo la ética (insisto, a día de hoy) como la reflexión pausada que llevamos a cabo tanto a nivel individual (¿por qué hago lo que hago?, ¿por qué esto me parece mejor que esto otro?) como institucional. Por eso creo que los comités de ética no imponen, sino que ofrecen criterios y argumentos. De hecho, me cuesta creer que hoy en día haya alguien que acepte que se le impongan normas (hablo en líneas generales, de la sensibilidad del hombre posmoderno). El ‘problema’, a mi juicio, es más bien el contrario: ¿cómo podemos convivir en paz si cada uno se limita a vivir su moral particular sin plantearse una reflexión ética, sin cuestionarse cómo vive o debería vivir? Tal vez estemos hablando de lo mismo, pero con distintas palabras, no sé.

En todo caso, creo que queda claro que el libro constituye toda una invitación a la reflexión y es por ello que os recomiendo vivamente su lectura. De hecho, yo espero leer los dos libros que le preceden: “Filosofía de la finitud” y “Ética de la compasión”. Y ya se está gestando el cuarto de la tetralogía, sobre el perdón. Espero que los sigamos comentando.

Fotografía tomada de aquí.

Actualización

En este enlace podréis leer la entrevista que le hice al filósofo cuyo libro he comentado en este ‘post’.

“Puré mediático”: más de 20 años defendiendo una televisión de calidad

Cuando Maribel Martínez Éder se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Navarra, jamás pensó que dedicaría más de 20 años de su vida a defender una televisión de calidad. Su vocación, tardía, se disparó cuando, ya como madre, comprobó la ‘basura’ que tenían que digerir sus hijos a través de la pequeña pantalla. Es así como nació la Asociación Plaza del Castillo de Usuarios de los Medios de Comunicación, una organización modesta pero perseverante que intenta ayudar a padres y ciudadanos a adquirir conciencia crítica sobre la relación medios-sociedad; un trabajo que ha cuajado en “Puré mediático”, una publicación de unas 500 páginas donde se recogen esos más de 20 años al servicio de una sociedad más sana, culta y responsable. portada

Ya en la dedicatoria se ve claramente que Martínez Éder es una es una mujer directa y valiente, que arremete contra quienes promueven, consienten o toleran el incumplimiento de la normativa española y europea, sean profesionales y propietarios de los medios de comunicación, sean partidos políticos o instituciones públicas: “Ni sucesivos gobiernos, ni oposición, ni defensores del pueblo o del menor, ni códigos de autorregulación, ni Ministerio de Industria, Comercio y Turismo en su apartado de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información, han estado a la altura de las circunstancias. […] Es así y ha sido su responsabilidad”.

Entre las denuncias más repetidas por Plaza del Castillo se encuentran la vulneración de los derechos de los menores y la ausencia de una autoridad audiovisual independiente que vele por su cumplimiento. Otro caballo de batalla ha sido la lucha contra la denominada ‘televisión basura’, gracias a una campaña anual realizada cada 10 de mayo para defender una televisión de calidad denominada ‘Un día 10 sin ver la televisión”. Los motivos, por si alguien todavía duda: “La televisión basura es barata de realizar, crea adicción, extiende el analfabetismo cultural, favorece la degradación ética y social y crea una audiencia acrítica fácilmente manipulable”. Otras cuestiones que surgen a lo largo de casi un centenar de artículos ordenados cronológicamente son el supuesto servicio público de Radiotelevisión Española, los excesos de la cadena de televisión Telecinco, el incumplimiento de los códigos de autorregulación, la exposición de violencia y pornografía, y la saturación publicitaria, entre otras.

Cuando Telecinco les grabó con cámara oculta

Muy mal no debían de estar haciéndolo cuando, en la Navidad de 2003, Telecinco envió a dos supuestos periodistas al despacho de la asociación para elaborar un supuesto reportaje sobre niños, violencia y televisión, cuando lo que en realidad buscaban era desprestigiar su labor a través de un reportaje que se emitió en ‘El tomate’ y ‘Crónicas Marcianas’ el 22 de diciembre de 2004. En la sentencia 99/2007, el juzgado de primera instancia número 5 de Pamplona condenó a Gestevisión-Tele5 a hacer público el fallo, algo que se cumplió de forma un tanto peculiar: “La emisión [del reportaje] se llevó a cabo en horas de máxima audiencia, pero la lectura de la sentencia impuesta se realizó en torno a las 2,20 horas de la madrugada el día 7 de octubre, dando fin al programa ‘La noria’, leída por su presentador Jordi González y deliberadamente confundida con los títulos de crédito”. La campaña de difamación dañó la credibilidad de Martínez Eder y la asociación, no así su fuerza de voluntad. Más bien, todo lo contrario:

“Nunca me he amedrentado, nos hemos amedrentado ni dudado, de la tarea apasionante a la que he, hemos dedicado los últimos veintidós años, pero a partir de que Mediaset-Telecinco se arriesgara a delinquir, a cometer semejante abuso, tuve la convicción absoluta, de que transitaba, transitábamos, por el buen camino”.

El libro, publicado por la editorial Eunate, incluye datos brutos, muchísimo material gráfico y hemerográfico y concluye con un anexo donde se incluyen los principales manifiestos, declaraciones, campañas, estudios, informes, etc. en los que ha participado o promovido la asociación desde sus orígenes hasta el día de hoy. Un copioso volumen que ofrece, por primera vez, la visión de los usuarios de los medios de comunicación a lo largo de dos décadas; algo que, como recuerda la fundadora de la Asociación Plaza del Castillo, demuestra que la ciudadanía española no se halla ni “adormecida”, ni “indiferente”, ni “desorganizada”.

La condición humana, en “El señor de las moscas”

[Actualizado]

Si es cierto que nos conocemos mejor en las situaciones que nos llevan al límite, entonces el libro de William Golding, “El señor de las moscas”, refleja a la perfección quiénes somos los seres humanos. Para quien no haya leído la novela de 1954 diré que en ella se cuenta qué ocurre cuando unos jóvenes naufragan en una isla desierta.

¿Y qué sucede? Pues lo que tenía que ocurrir: que algunos tienen un espíritu más colaborativo y otros, por el contrario, más competitivo. Esto, en principio, no es bueno ni malo. Quiero decir, que tiene sus ventajas e inconvenientes. Los más colaborativos consiguen encender y mantener una hoguera y construir unos refugios; los más competitivos, por su parte, demuestran su valentía en la caza de animales salvajes.

jackralph7wq

Ante la diferencia, el conflicto parece inevitable. Este se produce cuando los que debían ocuparse de mantener el fuego ese día, los cazadores, se olvidan de su compromiso por su afición a captura de animales y los otros se percatan de que un barco no se ha parado en la isla porque no ha visto el humo. A partir de aquí, comienza una espiral de odio y resentimiento que acaba como suelen acabar estas espirales…

¿Por qué me gusta esta novela? Porque creo que refleja muy bien lo mejor y lo peor de la condición humana, y que lo uno y lo otro se pueden encarnar en la misma persona. Ralph, en teoría el más razonable, no deja de reírse del gordito del grupo, como todos; y en algún momento, consigue ponerse en el lugar de Jack, el líder de los cazadores, y sentir cómo se desdibujan la autoridad, el poder, la arbitrariedad… ¡Ah!, si es que al final estamos todos hechos de la misma pasta… Y la lucha por la supervivencia no es sólo física, sino también psicológica… ¡Cuánto daño hacen las personas con baja autoestima, que necesitan continuamente del reconocimiento y la admiración de los demás!

Ahora bien, también hay algo que nos hace diferentes, y yo creo que se trata de la actitud con la que nos enfrentamos a los problemas. En la novela se ve perfectamente cómo Ralph opta por el diálogo, es decir, confía en que a través de la razón pueden alcanzarse objetivos valiosos para todos. Jack, por el contrario, se deja llevar por el orgullo y, los que le siguen, por el miedo. Es decir, unos dominan sus pasiones y otros son arrastrados por ellas.

En definitiva, “El señor de las moscas” es una novela muy interesante para reflexionar sobre quiénes somos y qué nos mueve, cuáles son nuestros lados oscuros y cuáles los luminosos, e imaginar qué podríamos llegar a hacer para sobrevivir en una situación extrema.

Imagen tomada de aquí.

Lo que es y debería ser el periodismo. Un par de lecturas (II)

En el post anterior reseñaba lo que dos periodistas norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, y un periodista español, Iñaki Gabilondo, consideraban que debía ser el periodismo. En este comentario intento explicar lo que consideran que es el periodismo o, mejor dicho, aquello en lo que se está convirtiendo, si no se le pone remedio.

Si recordáis, los autores coincidían en que el (buen) periodismo presta un servicio muy importante a los ciudadanos que consiste básicamente en ofrecerles la información necesaria para formarse su propia opinión sobre el mundo que les rodea y poder decidir con más posibilidades de éxito.

Un servicio  público en entredicho

Esta afirmación, que muchos compartiríamos en la teoría, se viene abajo cuando miramos la realidad y comprobamos que la información periodística, más que ayudarnos, muchas veces nos desorienta y confunde. Los periodistas también son conscientes de este hecho, y así lo constatan Kovach y Rosenstiel cuando explican el origen de su libro, una reunión de periodistas  preocupados:

“Les resultadaba difícil reconocer en la labor de sus compañeros lo que ellos consideraban periodismo. En vez de servir a un interés público más importante, temían, la profesión lo estaba socavando” (K&R, 2003, 15).

Gabilondo, por su parte, también intuye que el periodismo corre un cierto peligro, pues se está perdiendo de vista al ciudadano: “Si no nos importa el destinatario, el papel del periodismo comienza en cierto modo a desfigurarse. Este oficio sólo tiene sentido si te importa el destinatario” (G, 2011, 54).

Veamos a continuación por dónde vienen las dificultades para que el periodismo sea lo que debería ser y se esté convirtiendo en…

Un instrumento al servicio de los intereses económicos de la empresa o grupo mediático

La lógica económico-financiera ha extendido sus tentáculos a todas las esferas de la sociedad y las ha impregnado de una tinta monetaria que distorsiona su percepción y actuación, lamentablemente también en el caso del periodismo.

Kovach y Rosenstiel sostienen que asistimos a “la mayor amenaza sufrida hasta la fecha. Estamos por primera vez ante el auge de un periodismo basado en el mercado y cada vez más disociado de cualquier noción de responsabilidad cívica” (K&R, 41).

Gabilondo también lo tiene muy claro y advierte que “el periodismo está siendo desbordado por la lógica económica. La rentabilidad se está imponiendo del todo, de manera que la lógica de las redacciones está siendo completamente sometida a la del gerente; la lógica de la industria de la comunicación se ha apoderado de la comunicación” (G, 39).

Esto se traduce en cuestiones muy concretas como, por ejemplo, primar la inversión tecnológica por encima de la inversión en personal, valorar los resultados de audiencia a costa de la calidad, poner el entretenimiento por delante de la información…

Un  instrumento al servicio de los partidos políticos

El periodismo y los periodistas también tienen el peligro de convertirse en instrumentos al servicio de los partidos políticos u otros grupos ideológicos. Este problema no es nuevo pues, como indican los periodistas norteamericanos, “en los últimos trescientos años la historia del periodismo ha sido la historia de su recorrido desde la fidelidad a los partidos políticos a la fidelidad al interés cívico” (K&R, 137).

Ojo. No se niega que los periodistas tengan ideas políticas y, por tanto, se sientan más afines a unos partidos que a otros. De lo que se trata es de no confundir lo que uno piensa con lo que otros quieren que piense. El periodista español pone su propio caso como ejemplo:

“Yo me puedo sentir comprometido con aquellos que me sigan porque creen que tengo una mirada progresista sobre la realidad, pero nunca me comprometería con los que pensaran que debo ofrecer una interpretación socialista de la realidad”(G, 112).

Un instrumento al servicio del mejor postor

Entramos en una de las cuestiones más peliagudas y que ponen en entredicho la existencia misma del periodismo, tal y como lo concebimos idealmente: la contratación de periodistas para trabajar en gabinetes de prensa, departamentos de comunicación y similares.

Iñaki Gabilondo menciona un aspecto concreto y es que la existencia de gabinetes de prensa está desactivando la iniciativa periodística y está conviriendo a los medios en “portavoces oficiosos de titulares -todos ellos interesados- procedentes de fuentes que hacen innecesaria la tarea de la acción periodística” (G, 96).

Yo, por mi parte, creo que el problema es mucho más grave pues, como estamos viendo, el problema radica en que hoy ya no resulta fácil distinguir entre los periodistas desinteresados -o, más bien, interesados en servir a la ciudadanía- y los periodistas interesados -esto es, dispuestos a servir a cualquiera que les contrate-.  

Esto es muy grave, pues significa que estamos dejando de creer en lo que el periodismo debería ser y estamos comenzando a dar por sentado -y por válido- lo que el periodismo es o en lo que se está convirtiendo. Y si dejamos de creer en que podemos ejercer un buen periodismo, entonces dejamos de luchar y pelear por ello, y nos acomodamos -nos volvemos periodistas acomodaticios- a lo que hay. Y si nos conformamos con lo que hay, ¿cómo podemos esperar que la ciudadanía crea que les servimos a ellos? Y si no cree que les servimos, ¿por qué habrían de pagar por nuestros servicios?

Y eso no es lo peor de todo. Lo peor de todo es que si desaparece el periodismo, desaparece la mejor herramienta que hemos sabido construir para mantener una democracia viva. Os dejo con unas palabras de Kovach y Ronsenstiel que me dejan sobrecogida:

“La civilización ha producido una idea más poderosa que cualquier otra, la idea de que las personas pueden gobernarse a sí mismas, y ha creado una teoría de la información, que en gran parte aún no ha sido articulada, para sostener esa idea. Esa teoría se llama periodismo. Pues bien, esa idea y esa teoría nacieron y caerán juntas” (K&R, 266).

¿Estamos cayendo?

 

Lo que es y debería ser el periodismo. Un par de lecturas (I)

Estos días he leído y releído dos libros que considero fundamentales para comprender qué es y qué debería ser el periodismo. El primero está escrito por dos periodistas norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, y se titula Los elementos del Periodismo (2001), y el segundo es del periodista español Iñaki Gabilondo y se denomina El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas (2011). Se trata de dos trabajos muy diferentes en cuanto a la forma -una investigación exhaustiva frente a un relato personal, respectivamente-, pero que coinciden de forma asombrosa en el contenido, a pesar de la distancia geográfica y temporal.

Lo que debería ser el periodismo

¿Cuál es la finalidad o utilidad del periodismo, cuál es la razón de ser del trabajo de los periodistas? Los autores ofrecen las siguientes respuestas:

“El propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo” (K&R, 2003, 18).

“El periodista debe ofrecer al lector elementos de juicio para entender el mundo en el que vive, para que pueda tomar sus propias decisiones” (G, 27).

En estas definiciones subyace algo muy importante y es la estrecha vinculación que existe -o mejor dicho, debería existir- entre conocimiento y acción, información periodística  y participación ciudadana, periodismo y democracia.

Esta definición es bastante genérica, lo cual, unido a que el periodismo es un término “muy polisémico” (G, 52), nos lleva a analizar “los elementos del periodismo” de forma más detallada. Vamos allá.

1) Buscar y contar la verdad

Este objetivo, tan propicio a los prejuicios y malentendidos, suele encontrarse presente en todos los periodistas de una u otra forma.

“El periodismo intenta llegar a la verdad en un mundo confuso procurando discernir en primer lugar lo que es información fidedigna de todo lo que son informaciones erróneas, desinformación o información interesada, para luego dejar que la comunidad reaccione y el proceso de discernimiento continúe. La búsqueda de la verdad se convierte en un diálogo” (K&R, 63).

Gabilondo afirma algo parecido, pero con otras palabras: “Mi compromiso, mi contrato con la gente desde el primer día que empecé ha sido siempre decir con honestidad lo que creo, trata de transmitir con diáfana claridad la diferencia entre lo que sé y lo que me parece, la información de la opinión” (G, 113-114).

Yo creo que los periodistas coinciden en tres afirmaciones básicas que subyacen cuando se habla de “la verdad”: la realidad existe, la realidad se puede conocer mejor o peor y la realidad se puede comunicar de forma más o menos fidedigna. Y esto significa que hay que esforzarse por conocer, verificar y contar lo que ocurre de la mejor forma posible.

2) Mantener la independencia

Los periodistas valoran muy mucho su libertad, y no es para menos. Kovach y Rosenstiel señalan que muchos informadores consideran crucial “mantener cierta distancia personal a fin de mantener la claridad de ideas y hacer valoraciones independientes” (K&R, 143).

Gabilondo cita la parábola de los puercoespines del filósofo Shopenhauer para hacernos comprender que “la dificultad mayor de la vida es la distancia” (G, 82). En invierno, los puercoespines han de mantener la separación justa: lo suficientemente cerca como para darse calor, pero lo suficientemente lejos como para no pincharse.

Y cada uno debe saber dónde está su límite. Gabilondo se conoce a sí mismo, lo cual es fundamental en estos casos: “Yo me encariño con la gente. […] Yo no podría ni sabría estar regularmente en contacto con un personaje político y no simpatizar, no entender sus problemas, sus cuitas, no convertirme en un observador inadecuado” (G, 83).

3) Servir al ciudadano

Otro rasgo esencial del periodismo es ser fiel al ciudadano, frente a otro tipo de intereses personales o ajenos. De otro modo, se destruye la confianza, vital en cualquier tipo de comunicación.

“Más que vender contenido a los clientes, los periodistas construyen una relación con sus lectores, oyentes o espectadores basada en sus valores, en sus juicios, autoridad, valor, profesionalidad y compromiso con la comunidad” (K&R, 86).

Compromiso con la comunidad significa, para Gabilondo, vocación para servir a las personas: “Se elige esta profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo que sirva a la sociedad. Si no son ésas las razones, entonces es un oficio muy mal elegido” (G, 57).

4) Vigilar a cualquier clase de poder

“El principio de vigilancia y control [tan arraigado entre los profesionales de la información] significa algo más que limitarse a controlar al Gobierno y se extiende a todas las instituciones poderosas de la sociedad” (K&R, 157).

Lamentablemente, muchas veces se malinterpreta, como expone el periodista vasco: “Siempre ha creído que los periodistas tenemos ciertas dificultades para entender nuestro papel. No sé si el periodismo es el cuarto poder, el segundo o el tercero. Pero no es ni mucho menos el primero: nosotros no tenemos que gobernar, no tenemos que impartir justicia” (G, 76-77).

Gabilondo llama la atención además sobre el hecho de que el mundo periodístico-mediático  también constituye un poder, lo cual requiere, como mínimo,  una buena dosis de autocrítica, muchas veces inexistente (G, 90).

5) Dar voz y escuchar al público

Las nuevas tecnologías han otorgado un mayor protagonismo a la participación del público en la búsqueda, valoración y difusión de información. Esto constituye sin duda algo muy positivo, pues, cuantas más voces, mayores posibilidades de enriquecimiento. Es por ello que Kovach y Rosenstiel destacan que una de las misiones básicas del periodismo consiste en “proporcionar un foro para el debate y el compromiso públicos” (K&R, 187).

Gabilondo también es partidario de lo que denomina “la democratización del periodismo”, si bien considera fundamental “la necesidad de filtrar, la importancia de un trabajo solvente, con un sello de garantía reconocible, con nombres y apellidos y sin exabruptos que se oculten en el anonimato. Asimismo, el buen periodismo requiere siempre que los hechos se contextualicen” (G, 125).

6) Ser fiel a la propia conciencia

Otro aspecto destacado por los periodistas norteamericanos es la importancia de seguir la propia conciencia personal (K&R, 249). Gabilondo vuelve a coincidir con ellos y lamenta la ausencia de unos “parámetro intocables” (G, 45) o unas “líneas de civilidad” (G, 48) compartidas entre todos los miembros de la profesión periodística -y empresarial, añado yo, pues el periodismo no depende sólo del buen hacer de los periodistas-. Creo que merece la pena incluir una cita larga para comprender la importancia de compartir unos valores, no sólo por respeto al resto de la sociedad, sino para hacer respetar al propio periodismo:

“Valoremos un símil: un cirujano se lava las manos antes de operar. Si trabaja en un hospital privado, se lava las manos antes de operar y si trabaja en un hospital público también. Si el hospital está en una situación de pérdidas, también. Si el hospital se asocia con veinte multinacionales de la cirugía, también. Y si trabaja en un centro pequeño, el cirujano también se lava las manos antes de operar. El cirujano ha institucionalizado el principio de lavarse las manos antes de operar como una realidad que le protege de cualquier vaivén que se produzca en el mundo. Nadie logrará nunca que un cirujano no se lave las manos antes de operar. […] Y sin embargo el periodismo español no ha rescatado ninguna línea defensiva” (G, 44-45).

Hasta aquí, por tanto, lo relativo a lo que debería ser el periodismo. En el próximo post me centraré en lo que el periodismo es, se ha convertido o se está convirtiendo, a juicio de estos autores. Mientras tanto, os lanzo una pregunta, con la esperanza de que podamos iniciar un diálogo que nos enriquezca a todos: ¿Estás de acuerdo en la descripción que hacen estos autores de la esencia del periodismo? ¿Crees que sobra o falta algún elemento esencial? ¿Por qué?

Muchas gracias por participar.

Imagen tomada de aquí.

Una ética sin deber. Lectura de “Ética para Amador” de Fernando Savater

El libro “Ética para Amador” de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es la prueba de que se puede tratar un tema importante y complejo de forma clara y amena. Esto, aun siendo importantísimo en los tiempos que corren, no es lo que más me ha impresionado. Lo que realmente me admira de esta obra es que trata sobre la ética sin hacer referencia al deber, la obligación, la norma, el sacrificio y todos esos términos que nos invitan a salir corriendo a miles de años luz de quien los pronuncia. Por el contrario, el filósofo vasco nos habla de libertad, vida y humanidad.

Muy sintéticamente, Savater explica que, como somos básicamente libres, no nos queda más remedio que decidir lo que queremos hacer -o no- con nuestra vida. La ética es, por tanto, el arte que nos ayuda a vivir, a decidir qué nos conviene buscar y qué evitar; en definitiva, la ética es el  “intento racional de averiguar cómo vivir mejor” (Ariel, 2003, 71). Para ello, la única condición necesaria es “estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos” (2003, 87-88).

Lo que nos conviene puede resultar más o menos complicado de averiguar, pues todavía “no sabemos para qué sirven los seres humanos” (2003, 57). Algo, no obstante, parece claro. Somos hombres, no animales ni cosas, por lo que no tratarnos o no tratar a los demás como tales constituye, cuando menos, un grave error. Error vital, podría decirse, porque uno puede dejarse arrastrar por lo que le apetece en un determinado momento, pero sin quererlo de verdad – y vaya usted a arreglarlo-; o utilizar a los demás como objetos a su antojo, con lo que lo más probable es que termine quedándose solo -y esto no parece muy divertido-.  

Porque hay otra cosa muy clara: los hombres nos necesitamos unos a otros para conocernos y para aceptarnos como somos. Por tanto, lo que me pase a mí afectará a los que me rodean; y lo que les suceda a los que me rodean, influrá en mi vida. Para bien y para mal, antes o después.

Esto se puede aplicar a todo: al sexo, a la política, a la ecología, a la inmigración…, que son algunos de los temas que aborda el autor del libro. Sin embargo, que nadie espere recetas. Fernando Savater tan sólo nos invita a vivir y no de cualquier manera. Por si no ha quedado claro: “La ética lo que intenta es averiguar en qué consiste en el fondo, más allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en los anuncios de la tele, esa dichosa buena vida que nos gustaría pegarnos” (2003, 86). Nada que ver con el deber. Todo, con el querer.  

 

 Imagen tomada de aquí.

 

 

La voluntad de Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal fue un médico español que ganó el Premio Nobel de ramon y cajalMedicina en 1906 por sus descubrimientos sobre las células nerviosas. En 1897 pronunció un discurso para ingresar en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que posteriormente se publicaría en forma de libro bajo el título Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica.

En esta obra, el científico navarro insiste muchísimo en que, para ser un buen investigador, no hace falta ser un genio, sino que lo más importante es trabajar, trabajar y trabajar: “¡Qué gran tónico sería para el novel observador el que su maestro, en vez de asombrarlo y desalentarlo con la sublimidad de las grandes empresas acabadas, le expusiera la génesis de cada invención científica, la serie de errores y titubeos que la precedieron, constitutivos, desde el punto de vista humano, de la verdadera explicación de cada descubrimiento! Tan hábil técnica pedagógica nos traería la convicción de que el descubridor, con ser un genio esclarecido y una poderosa voluntad, fue, al fin y al cabo, un hombre como todos” (p. 23).

Entre las cualidades morales del investigador, Ramón y Cajal destaca, por tanto, la perseverancia en el estudio,  la independencia de juicio, el culto por la verdad, la pasión por la gloria, el gusto por la originalidad científica y el patriotismo, entendido como el ansia de elevar el prestigio de la propia patria, sin por eso denigrar a las demás.

Por el contrario, existen enfermedades de la voluntad que conllevan al fracaso de contempladores (quienes se limitan a admirar la belleza sin poder avanzar en el conocimiento), bibliófilos y políglotas (o sea, eruditos), megalófilos (buscan la fama), organófilos (amantes de los instrumentos de observación y bastante egoístas en general), descentrados (los que cayeron en esta profesión por diversas circunstancias) y  teorizantes (perezosos disfrazados de diligentes).

Entre los consejos del Nobel también se encuentran las condiciones sociales favorables a la obra científica: “El sabio es planta delicada susceptible de prosperar solamente en un terreno especial formado por el aluvión de secular cultura y labrado por la solicitud y estimación sociales. En ambiente favorable, hasta el apocado siente crecer sus fuerzas, un medio hostil o indiferente abate el ánimo mejor templado” (p. 96).

Además de explicar los pasos de toda investigación científica, desde la observación hasta la redacción, Ramón y Cajal muestra su preocupación por la situación de la ciencia en la España de entonces. El médico investigador explica las principales teorías que dan razón de nuestro retraso. De entre todas las que menciona, considera que la más fundamental ha sido cerrarnos al exterior: “Cerramos las fronteras para que no se infiltrase el espíritu de Europa, y Europa se vengó alzando sobre los Pirineos una barrera moral mucho más alta: la muralla del desprecio” (p. 277). Es por ello que el autor recomienda viajar y permanecer un mínimo de dos años en contacto con grandes maestros de otros países.

Recomiendo la lectura de este libro, no tanto porque incluye consejos de un premio Nobel, que también, sino por su espíritu.  Santiago Ramón y Cajal consigue transmitir deseos de realizar un buen trabajo, el mejor posible, y no dejarse llevar por medianías o mediocridades. Gracias, paisano.

Introducción a la investigación en Ciencias Sociales

quivy 4 

Cuando uno comienza una investigación, suele estar bastante perdido. Tiene un tema general o una vaga idea de aquello que quiere comprender y explicar, pero se siente abrumado ante el exceso – a veces,  el defecto-  de artículos y libros sobre la materia que le interesa. El libro de Raymond Quivy y Luc Van Campenhoudt, sin ser una novedad, puede ser de gran utilidad para orientar a quienes se enfrentan a una investigación de cierta envergadura y/o seriedad por vez primera.

Los autores dedican todo el libro a explicar cuáles son las siete etapas que, a su juicio, ha de atravesar cualquier investigador en ciencias sociales. Muy resumidamente, se trata de las siguientes:

1. Formular el proyecto en forma de pregunta inicial.

2. Realizar lecturas y entrevistas exploratorias para conocer qué enfoques existen sobre el tema, qué conceptos se emplean más, etc.

3. Elaborar una problemática, esto es, elegir la perspectiva teórica o enfoque con el que se estudiará el problema planteado en la pregunta inicial.

4. Construir un modelo de análisis, es decir, traducir las lecturas a un lenguaje que posteriormente permita recoger y analizar los datos de la observación y/o experimentación. Para ello, se suelen utilizar conceptos e hipótesis.

5. Elegir la técnica o técnicas que nos permitan observar la realidad seleccionada.

6. Seleccionar la técnica o técnicas que permitan analizar la información recogida.

7. Redactar las conclusiones del trabajo.

Dicho así, el libro parece más cuadriculado de lo que realmente es. Los autores insisten una y otra vez en que lo habitual es reformular el trabajo a medida que se avanza. Sin embargo, también dejan muy claro que el trabajo científico es algo más que tener sentido común:

“En ciencias sociales no puede haber nunca una constatación fecunda sin la construcción previa de un marco teórico de referencia. No se puede someter a verificación una proposición cualquiera: las proposiciones explicativas deben ser el producto de un trabajo racional basado tanto en la lógica como en un sistema conceptual válido. Una proposición es de carácter científico en la medida en que es susceptible de verificación a partir de información sobre la realidad concreta” (p. 24, traducción propia).

Algunos podrían objetar que Quivy y Campenhoudt beben demasiado de la metodología de las ciencias naturales, por su afán en traducir todo a un lenguaje cuantitativo, hasta cierto punto matemático. Puede ser. Pero también es cierto que  los autores tienen la noble aspiración y convicción de formar investigadores que no se dejen llevar por sus prejuicios y aporten nuevas explicaciones de la realidad social. Y creo que por eso me ha gustado tanto. Por ser tan sencillo, que parece de sentido común; y por ser tan riguroso, que uno percibe que la ciencia no es moco de pavo. ¡Mucho ánimo!