Cómo luchar contra las Fake News en la universidad (o cómo recuperar el espíritu de Sócrates)

En el mundo de la comunicación se ha puesto muy de moda hablar de Fake News, un concepto que parece haber saltado a la esfera pública desde que el presidente norteamericano Donald Trump llegara a la Casablanca en noviembre de 2016. Ya se ha convertido en un tópico citar la primera rueda de prensa que ofreció tras ser elegido presidente, en la que acusa a un periodista de la CNN, no de practicar Fake News, sino de serlo.

trump_fake_news
Momento en que Donald Trump acusa de ser Fake News al periodista de la CNN, Jim Acosta / CNN

La sola creación del concepto, Fake News, ya me parece un gol en propia puerta del 45º presidente de los Estados Unidos. Son los periodistas, son los medios, quienes propagan las noticias falsas, no los poderes políticos, no los poderes económicos, no los poderes tecnológicos, no los ciudadanos. Es por ello que, sin resultar tan espectacular, prefiero el término desinformación que utiliza la Unión Europea.

El asunto es bastante grave, en la medida en que cada vez resulta más complicado distinguir entre una noticia verdadera y una falsa, lo que nos puede llevar a tomar decisiones equivocadas y de consecuencias impredecibles. Los expertos en comunicación y política aseguran que es lo que ha ocurrido en el Brexit, el plebiscito de paz en Colombia o la elección de Donald Trump como presidente de EEUU, por citar tres ejemplos bastante consensuados.

 

La enseñanza del periodismo como fórmula autoreguladora

Interesada en la cuestión, como periodista, profesora y ciudadana, asistí lo que pude a La nova ética de la comunicación en temps de fake news, jornada organizada por la Fundació Consell de la Informació de Catalunya. En ella figuraba una mesa redonda sobre “La enseñanza del periodismo como fórmula autoreguladora”, moderada por el profesor y consejero del CIC, Carlos Ruiz Caballero, en la que participaron Marçal Sintes, hasta hace poco director del Departamento de Periodismo de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales de Blanquerna – Universitat Ramon Llull; Alfonso Méndiz, decado de la Facultad de Ciencias de la Comunicació de la Universitat Internacional de Catalunya; y María José Recoder, decana de la facultad del mismo nombre de la Universitat Autònoma de la Barcelona.

Conozco personalmente a la mayoría de los ponentes, y no dudo de su buena intención, pero me sorprendió que nadie hiciera referencia al título de la mesa redonda. Quiero decir, nadie pareció apostar claramente por el papel de las facultades de Comunicación en la lucha contra las Fake News, contra la desinformación. Por eso les pregunté por las medidas impulsadas dentro de sus facultades (materias, formación transversal, currículum oculto…), entre las propias universidades (como crear un consorcio anti Fake News) y entre las universidades y la profesión periodística.

El decano de la UIC explicó que en su facultad existe la asignatura de Ética y Deontología en todos los grados (Periodismo, Comunicación Audiovisual y Publicidad y Relaciones Públicas), y que en la facultad han comenzado a verificar cómo forman a los estudiantes en espíritu crítico, a partir del análisis de los elementos del paradigma de Lasswell (quién, qué, cómo, etc.). Esta iniciativa me parece muy valiosa, en la medida en que va más allá de la impartición de una única materia, que siempre corre el peligro de convertirse en un compartimento estanco y descoordinado del resto del plan de estudios.

La decana de la UAB explicó que en su facultad todavía no existe asignatura de Ética y Deontología en todos los grados, y anunció que la UAB retirará 120 plazas de Periodismo el próximo curso para no lanzar más estudiantes al paro. Esta decisión me parece valiente y digna de elogio, ya que, como hace años denuncian las organizaciones profesionales, existe mucha más demanda de puestos de trabajo que ofertas de empleo para periodistas. Ella misma no estaba segura del éxito de la medida, pues depende de que el resto de facultades no se aprovechen de la misma, pero sin duda ha encarnado esa idea que el sabio Sócrates, padre de la filosofía y de la ética, defendió tan bien: es mejor padecer la injusticia que cometerla.

 

fake_news_cic
Méndiz, Ruiz, Sintes y Recoder, durante la mesa redonda organizada por la Fundación CIC / Eva Jiménez

 

¿Debe limitarse la universidad a transmitir conocimientos? ¿Puede?

En Blanquerna sí que existe la materia en los tres grados, si bien el exdirector del Departamento de Periodismo realizó algunas afirmaciones que me preocuparon un poco. En algún momento comentó que, cuando el alumnado le explica las dificultades para ejercer un periodismo ético, le responde: “Aquí explicamos la teoría, porque es la universidad”. Me gustaría hablar más del tema con él, porque igual le entendí mal, pero esta respuesta, a mi juicio, no hace sino agrandar la distancia existente entre academia y profesión, algo que rechazo de pleno, porque creo que el éxito profesional, y en la vida en general, se consigue si existe un adecuado equilibrio entre reflexión y acción. Y vuelvo a Sócrates, un hombre que decía que “una vida sin examen no merece la pena ser vivida” y al mismo tiempo era capaz de vivir aquello que pensaba, hasta el punto de aceptar la muerte antes que contradecirse a sí mismo. La respuesta que yo les doy a mis alumnos y alumnas cuando doy clase es otra: “Tú eres un profesional, y lo mínimo que puedes decirle a tu jefe o jefa es: ‘Esta es mi opinión y estos son mis argumentos. Ahora, tú tienes el poder, tú decides y tú tienes la responsabilidad”.

Marçal Sintes también comentó en otro momento que “las universidades no han de organizar la revuelta”, dando a entender que ya hacían suficiente con transmitir conocimientos. Ahora bien, desde Bolonia todas las universidades han asumido como propio el deber de formar en competencias, concepto completo que incluye conocimientos (saber teórico), habilidades (saber práctico) y actitudes (saber ético). ¿Alguien cree que se puede enseñar la ética, la actitud por salir de uno mismo y preocuparse por el otro, sin practicar con el ejemplo? ¿Alguien cree que un estudiante recién graduado tiene el conocimiento, la habilidad y el coraje de plantar cara, no a un superior, sino a una organización, a un sistema, si ni siquiera se atreve el claustro de profesores ni la directiva de la facultad y universidad? Sócrates fue maestro y marcó el rumbo de toda una civilización porque no pedía a los demás lo que él no se exigía a sí mismo. El “sólo sé que no sé nada” es un acto de profunda humildad, de profundo conocimiento de sí mismo, que lleva a la apertura al otro, a la empatía.

Cuando realicé mi pregunta y propuse crear un consorcio entre facultades de comunicación contra la desinformación, la mayoría de los participantes en la mesa asintieron con la cabeza. Puede ser un consorcio, puede ser un observatorio junto a organizaciones profesionales, puede ser una mesa de trabajo para comparar qué se enseña en clases de ética y encontrar un corpus común; puede ser lo que quieran, mientras haya voluntad de salir de este estado de posverdad, del que las Fake News son sólo un fenómeno.  ¿Quién dará el primer paso y lanzará su voz en medio del ágora pública? Vuelve espíritu socrático, vuelve.

¿En qué momento se distanciaron profesión y academia? Reflexiones en torno al V Media Ethics Conference

5_media_ethics_2019

Por fin pude asistir a la quinta edición del Congreso Internacional de Ética de la Comunicación (V International Conference Media Ethics), que se celebró en Sevilla los pasados 28 y 29 de marzo. Había asistido a la primera y a la segunda edición, pero no había podido acudir a las restantes, y fue un auténtico placer reencontrarme con viejos conocidos y viejas problemáticas. Esta vez no presenté ninguna comunicación, por falta de tiempo para prepararla, pero me pregunto si ese hecho me ayudó a mirar el congreso desde otra perspectiva…

Esta vez no voy a hacer un resumen de las ponencias y comunicaciones que se presentaron. Para eso, apreciado lector o lectora, ya cuentas con el programa del congreso, la cobertura que hice desde mi cuenta de Twitter con el hagstag #MethicsConf y alguna que otra crónica, como la que resume la intervención de Hugo Aznar, profesor de la Universidad CEU-San Pablo de Valencia.

Esta vez voy a anotar algunas reflexiones que me ha sugerido el congreso, por el puro placer de escribirlas y compartirlas:

  • Nada nuevo sobre el horizonte: mismos enfoques, mismas técnicas. Me sorprendió que, tres años después de haber defendido mi tesis y no haber podido dedicarme a la investigación sobre ética periodística, se sigan tratando prácticamente las mismas cuestiones con los mismos planteamientos y metodologías. Comprendo que el avance científico es lento, y que en poco tiempo es imposible establecer un cambio de paradigma, pero no puedo quitarme de encima esa sensación de Déjà vu
  • El periodismo sigue siendo el rey de la investigación en comunicación. A pesar de tratarse de un congreso de ética de la comunicación, el periodismo sigue acaparando el protagonismo de los investigadores, dejando en un muy segundo plano los medios audiovisuales –y no hablo de las reflexiones sobre la ética de la ficción, inexistentes- y la comunicación publicitaria o, en general, persuasiva.
  • Ni rastro de los periodistas ni de los comunicadores en ejercicio. En algún momento del congreso se hizo referencia a los periodistas vocacionales que se esfuerzan por hacer bien su trabajo en medio de circunstancias adversas. Ahora bien, no había prácticamente ninguno en la sala, con lo que todas las recomendaciones no dejaban de ser lo que denominamos un brindis al sol…
  • La dificultad de hacer autocrítica. Algunos investigadores abogaron por establecer una relación más estrecha entre periodistas y ciudadanía, como una vía para conseguir financiación y contenidos de mayor calidad. Eso sí, nadie se planteó por qué existen tantas dificultades para que la universidad y los profesionales puedan trabajar juntos en pro de una mejor investigación y una mejor información, respectivamente.
  • La inteligencia emocional todavía no ha llegado a la universidad. Me sorprendió que la mayoría de las investigaciones siguen la tradición positivista-cientificista, es decir, hipótesis, comprobación de hipótesis a través de un trabajo de campo, conclusiones. No es que tenga nada en contra de ella; más bien al contrario, me parece necesario que existan este tipo de investigaciones. Sin embargo, la ética, como filosofía moral, no puede quedar reducida a ella, so pena de perder sentido y trascendencia. ¿Qué significa investigar sobre ética: saber qué se entiende por ella, contribuir al bien de la profesión y de la sociedad, ser mejor persona y mejor profesional…? Aristóteles lo tenía claro: estudiamos ética para ser buenos, para ser mejores personas. Los estudios de corte cientificista ni inspiran ni motivan. Desmoralizan, que diría mi admirado Ortega y Gasset.
  • No hay congreso pequeño, sino almas pequeñas. Si comparo esta edición con las dos primeras, observo que el International Conference Media Ethics ha quedado reducido a su mínima expresión. Muy lejos quedaron el enorme salón de actos de la Facultad de Comunicación, las numerosas sesiones paralelas, el bullicio de congresistas y estudiantes… Y, sin embargo, ha sido el congreso que más me ha conquistado a nivel humano. Felicidades a todos los organizadores, especialmente a Juan Carlos Suárez Villegas, profesor de la Universidad de Sevilla.
  • Si seguimos haciendo lo mismo, seguiremos obteniendo los mismos resultados. No conseguimos que periodistas ni estudiantes se interesen por los congresos de ética y, sin embargo, seguimos repitiendo la misma fórmula: busto parlante, preguntas, busto parlante, preguntas… Creo que ya es hora de atreverse a probar otros formatos, otras estrategias. Como bien me recuerda mi apreciado Enrique Sueiro, “comete nuevo errores”. El “no” ya lo tenemos.

Si algún periodista o directivo de un medio de comunicación está preocupado por la repercusión que pueden tener sus informaciones en la sociedad y ha conseguido leer este post –dos circunstancias dignas de mérito-, que por favor nos ayude a buscar fórmulas para que quienes tienen tiempo para pensar –académicos- y quienes tienen tiempo para actuar –profesionales- puedan compartir ideas y experiencias, y trabajar juntos por un periodismo digno de ese nombre: veraz, plural y de interés público.

AlbertEinstein

Un mundo sin respuestas

Que le dé un “me gusta” a este texto quien alguna vez haya enviado un mensaje y no haya recibido respuesta. Ejemplos: ese correo de trabajo donde realizas una pregunta que nadie responde, ese mensaje de Whatsapp que no recibe contestación, esa llamada perdida que nadie devuelve…

Y la tecnología de por medio.

¿Casualidad o causalidad?

Basic RGB
Las pantallas pueden opacar las relaciones / Rawpixel.com

Las nuevas tecnologías nos han permitido algo increíble: contactar con cualquier persona en cualquier parte del mundo en tiempo real con escaso gasto económico y energético.

Sin embargo, también se han convertido en sólidas pantallas que bloquean la comunicación cuando cualquiera de las partes implicadas así lo desea, con el mismo coste monetario y de energía.

Que sí, que sí, que la técnica es una herramienta creada por el ser humano y, por ende, al servicio de su libre albedrío, y que ésta, a su vez, también condiciona al ser humano que se sirve de ella, pero… ¿qué revelan estos ejemplos de nuestra condición humana en este final de la segunda década del siglo XXI?

Que, si algo o alguien no nos gusta, ahora es más fácil volver la espalda.

Que, si algo o alguien me resulta indiferente, puedo pasar de él o ella sin tener que dar ninguna explicación.

¿Somos más libres? Tal vez sí, o tal vez se trata de un espejismo provocado por la falta de lo que se llama control social. “Venga, acércate y haced las paces”, que dirían las abuelitas de antaño.

¿Somos más responsables? Soy de las que pienso que no, aunque sólo sea porque la palabra “responsabilidad” está relacionada con “respuesta”, y en el momento en que no damos una respuesta estamos privándole a la otra persona de su condición, de su dignidad.

Porque un objeto no puede escuchar. Una planta no puede entender. Un animal puede percibir, a su manera. Y un ser humano puede comprender a la suya, esto es, con la palabra, con la mirada, con el cuerpo.

Negar esa palabra es rebajarlo a la condición de mero objeto.

Y yo protesto y me rebelo.

Así no se construyen relaciones de peso.

Y así peligran las bases que nos mantienen unidos.

Que a algunos les puede venir muy bien en algún momento, pero que, generalizado y aplicado a gran escala, puede provocar resultados devastadores.

Me pregunto cuántos comentarios de Twitter responde el señor Donald Trump.

Para eso están los gabinetes de prensa, ¿no?

Para aparentar una escucha.

Para aparentar una respuesta.

Para aparentar.

¿En qué se convierte el mundo cuando desaparece la capacidad de escuchar y responder aquello que no nos interesa?

Yo veo un mundo infantil, egocéntrico, narcisista, comodón y, en definitiva, poco ético.

Porque, no me cansaré de repetirlo, la ética no es ni más ni menos que nuestra capacidad para abrirnos al otro como otro yo. Si yo quiero ser escuchado y atendido, por el mero hecho de ser persona, el otro también merece el mismo trato.

¿Y tú, qué piensas?

¿Crees que vivimos en un mundo sin respuestas?

 

Imagen diseñada por rawpixel.com 

Ética y Deontología periodísticas en caso de terrorismo. El atentado de Barcelona en mente

El atentado de Barcelona del 17 de agosto me pilló por sorpresa. Como todos los actos de este tipo, dirá alguien con razón. Me pilló de vacaciones en una zona con escasa cobertura y donde no se venden periódicos, aclaro. Sólo pude ver la información que se realizó por televisión, y creo que fue suficiente para comprobar que, una vez más, las prisas nos han jugado una mala pasada.

Mucha gente ha criticado a los medios de comunicación y a los periodistas que cubrieron los primeros momentos de la tragedia que ya se ha cobrado la vida de 16 personas. Es fácil criticar a los demás, sobre todo cuando estos se exponen públicamente. Más difícil es hacer autocrítica de verdad y señalar los propios errores. Desde aquí, mis sinceras felicitaciones para Gerardo Tecé, de CTXT.

No quiero ser destructiva, no debo ser destructiva. Ya hay mucho dolor y muchos malentendidos como para ahondar en la herida. Prefiero aprender de la experiencia, en la línea de Antoni Maria Piqué.

Tanto se ha hablado sobre este tema, que siento que no aportaré gran cosa. Al menos, yo aprenderé algo con ello, me consuelo. Decido, por tanto, releer las Recomendaciones sobre la cobertura informativa d’actos terroristas elaboradas por el Consell Audiovisual de Catalunya (CAC) y el Col·legi de Periodistes de Catalunya (CPC).

Como siempre, se trata de documentos que recogen los conocimientos y experiencias de gente que ha leído sobre el tema y/o trabajado en estas circunstancias y, por tanto, aportaciones muy valiosas de cara a no volver a cometer los mismos errores… Si es cierto que podemos escarmentar en cabeza ajena.

1. SOBRE LOS TERRORISTAS

El CAC y el CPC nos recomiendan revelar la identidad de los “presuntos” terroristas sólo cuando esté confirmada oficialmente; aunque eso no quita para contrastar dicha información, añaden.

Recuerdo haber visto la foto del “presunto” conductor de la furgoneta en todas las televisiones, a pesar de que sólo se había encontrado su pasaporte –y que luego resultó no ser el autor de la masacre-.

También recuerdo que la mayoría de los medios hablaban de 13 muertos, a pesar de que el conseller de Interior sólo confirmó uno. Tan sólo un medio de comunicación reconoció que la información, que más tarde resultó verdadera, procedía de “fuentes policiales”. ¿Quién contrastó y quién copió a quién?, me pregunto. Y peor, ¿qué hubiera pasado si se hubieran equivocado en la cifra? Menuda alarma innecesaria…

Sobre los cuerpos de seguridad

En este punto se habla también de no entorpecer la labor policial ni mostrar imágenes que puedan mostrar la identidad de los cuerpos de seguridad.

Recuerdo que algunos medios hacían referencia a un restaurante, Luna de Estambul, donde se creía que estaba atrincherado uno o varios terroristas. No era cierto, pero si había algún simpatizante con la causa, ya sabría dónde acudir para armar barullo y distraer a la policía.

También recuerdo haber visto periodistas informando en directo en lugares donde sólo podían transitar policías y, por tanto, deducir que pertenecían a la secreta. Y haber visto con suma claridad matrículas de coches no oficiales, esto es, camuflados. No hay que ser muy listo para grabar los telediarios en esos momentos y… No daré más ideas.

Este tema me parece tan fundamental que habría que plantearse si merecería un epígrafe aparte, algo por lo que abogo.

2. SOBRE LAS VÍCTIMAS

Todos hemos visto algunas imágenes que no olvidaremos nunca, como esos cuerpos inertes tumbados en el suelo o esas piernas torcidas de una manera poco natural, fruto del impacto de la furgoneta. ¿Era necesario incluirlas? Y peor aún, ¿era necesario repetirlas hasta la saciedad?

La falta de recursos gráficos no debería hacernos perder la perspectiva. Si yo no podré olvidar esas imágenes, ¿cómo podrán hacerlo los familiares? ¿Las repetiremos cada vez que hablemos del atentado de Barcelona, más todavía?

Tampoco resulta recomendable entrevistar a los supervivientes nada más producirse la tragedia. “Se debería evitar la intromisión gratuita y las especulaciones sobre sus sentimientos”.

Lamentablemente, yo vi a muchos periodistas informando en directo al lado del perímetro policial, buscando testimonios que pudieran rellenar esos especiales televisivos que nadie sabe por qué duran tanto cuando se sabe tan poco.

Y, lo peor de todo, es que este comportamiento se repite con demasiada frecuencia, como me ha hecho ver Ismael López a propósito del atentado de Londres. ¿Por qué? No podemos conocer las intenciones de los demás, Ismael, pero los motivos pueden ir desde querer mostrar lo que se llama “interés humano”, si pensamos bien, a querer mantener la audiencia como sea, si pensamos mal.

3. SOBRE LA AUDIENCIA

En este punto del documento se habla por cierto de la necesidad de no caer en la “espectacularización” del lenguaje verbal y audiovisual, señal de que es una tentación demasiado frecuente.

También se hace referencia a algo más novedoso, y es cómo utilizar la información recibida por la audiencia. Se apuntan cuatro cuestiones básicas:

  • Verificar la autenticidad
  • Citar la procedencia
  • Evaluar el interés informativo y social
  • Verificar que respeta los derechos de las víctimas y de la audiencia

En este punto, he de reconocer que otras personas que sí tenían cobertura recibieron videos más impactantes por Whatsapp, por lo que algunos medios de comunicación sí que hicieron un esfuerzo por no dejarse arrastrar por la corriente del morbo que, aunque cueste reconocerlo, nos afecta a todos, periodistas y público.

El documento también recomienda advertir previamente a la audiencia de la dureza de las imágenes, aunque siempre tengo la sensación de que se dice con la boca pequeña, con poco tiempo para valorar si quiero o no quiero verlas y, sobre todo, para coger el mando y cambiar de cadena.

4. SOBRE LOS PERIODISTAS

Este epígrafe me ha sorprendido, pues apenas se les dedica un punto, dedicado a cuidar de que no sufran estrés o un shock postraumático. El punto me parece estupendo, pues son profesionales que no están tan acostumbrados a abordar este tipo de acontecimientos violentos y pueden ver situaciones que queden para siempre en su memoria.

Ahora bien, ¿por qué no continuar con las recomendaciones? ¿Por qué no sugerirles que hagan valer su criterio periodístico ante las demandas de los superiores que no lo tengan en cuenta? Estoy segura de que a muchos les repugna meterse en la vida privada de las víctimas, hurgar en la herida…

Sí, ya sé que es difícil, pero alguien tiene que poner un poco de sentido común en momentos tan complicados… Y ya se sabe, lo que no haga uno, no lo hará nadie.

5. SOBRE LAS AUTORIDADES

En este apartado también se toca únicamente una cuestión, la relación de las autoridades con los medios. Muchos han felicitado la tarea comunicativa de Mossos d’Esquadra, así que me sumo y confío en que se estudie su caso para emularlo.

Ahora bien, viendo la repercusión política o, mejor dicho, la utilización partidista que se ha hecho del atentado, ¿no habría que ahondar en este punto? Porque ya tuvimos el atentado del 11-M en 2004 y no parece que hayamos aprendido demasiado…

Sobre la sociedad civil

Viendo las muestras de solidaridad ciudadana, viendo el rechazo de la violencia por parte de los musulmanes de buen corazón, también creo que habría que dedicar un apartado a la sociedad civil. Porque medios y periodistas estamos demasiado acostumbrados –bien adoctrinados ya desde las facultades- a mostrar el lado negativo de la humanidad, y eso no es toda la realidad. Y de esto va el periodismo, ¿no? Explicar toda la realidad desde el respeto a la humanidad.

Seguimos…

 

Cuando la realidad duele demasiado. Un caso de postverdad aplicado al periodismo

El otro día me pasó algo que no me había pasado nunca. Una entrevistada se quejó de la transcripción que hice de nuestra conversación telefónica, no porque tergiversara sus palabras, sino por todo lo contrario: había sido demasiado fiel y eso solo le parecía adecuado en un medio oral, no escrito. Me ha dado mucho que pensar.

Lo primero que me ha venido a la mente es que algo no anda bien cuando a una persona le molesta que se recojan sus palabras tal y como fueron pronunciadas, más todavía  cuando se trata de un tema de Sociedad, es decir, que no tiene la repercusión ni la polémica de Política o Economía.

Luego he pensado que la realidad puede no gustar porque nos hemos acostumbrado a leer “entrevistas” perfectas, donde el entrevistado se expresa de maravilla: es claro, conciso, riguroso, no incurre en informalidades ni repeticiones, no titubea…

Entrevista va entre comillas precisamente porque muchas entrevistas actuales no son tales, esto es, no son conversaciones orales sino cuestionarios que se envían por correo electrónico. Hay que reconocer que es muy cómodo para ambas partes -el periodista no ha de transcribir y el entrevistado controla hasta la última coma de su texto-, pero mucho me temo que todos nos hemos dejado por el camino algo muy importante en una democracia: el arte de escuchar, de hablar, de (re)preguntar, de argumentar… Y ahora resulta que la realidad nos duele demasiado.

entrevista

Me pregunto si este fenómeno estará relacionado con la postverdad e intuyo que sí. La postverdad, dicho muy llanamente, es un concepto que ha surgido para explicar la tendencia creciente a seguir nuestras opiniones y sentimientos en detrimento de los hechos y los argumentos racionales. Nada nuevo sobre el horizonte, pero que adquiere una nueva dimensión con la mediación tecnológica, que impide, dificulta o adormece nuestra capacidad para  comprobar lo que circula por el mundo virtual y puede que también real.

Este fenómeno también está relacionado, en mi opinión, con el hecho de que vivimos en una sociedad donde prima la imagen y se otorga más importancia a la forma, a las apariencias, en detrimento del fondo, lo verdadero.

¿Qué valor posee lo verdadero si presenta una forma imperfecta? ¿A quién le importa la verdad cuando el acceso a la imagen es mucho más cómodo y directo? Estas parecen ser las dudas que anidan en el subconsciente del occidental medio del siglo XXI y que el término postverdad parece haber sacado a la luz, denunciando una nueva sofística para un mundo nuevo.

Y si este es el diagnóstico, ¿cuál es la solución? Compleja y compartida, como todo aquello que no depende únicamente de nuestra voluntad, por muy importante que sea esta. Los Gobiernos hablan de transparencia, los dueños de buscadores y redes sociales aseguran que trabajan para buscar filtros mientras solicitan la colaboración ciudadana…

Como periodistas, podemos comenzar por explicar a nuestros entrevistad@s que la autenticidad y la espontaneidad son valores a preservar, aunque alguien pueda criticarnos por no dar nuestra mejor imagen en un momento concreto, como si hubiéramos de ser perfectos en todo momento. Y los responsables de los medios de comunicación podrían reconocer la existencia de un nuevo género periodístico -el cuestionario- u obligar a sus periodistas a no aplicarlo -lo cual no sería una obligación, sino una bendición-. Eso sí, que no esperen que no baje la producción. La calidad, no se engañen, requiere tiempo.

¿Quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos? La distinción entre ética y moral en una novela de Coelho

Mucha gente concibe la ética como algo abstracto, aburrido y alejado de su vida cotidiana. Sin embargo, el bien y mal están -inevitablemente- presentes en nuestro día a día,  como cuando pensamos “qué amable” o exclamamos “qué sinvergüenza”. Pero son muchos años, siglos, de vericuetos teóricos y tecnicismos enrevesados, de malinterpretaciones y abusos.
el vencedor esta solo
La literatura puede ayudarnos a explicarnos y a entenderlo mejor. Estos días he leído una novela que me regalaron hace tiempo -por fin-: El vendedor está solo, de Paulo Coelho.

No desvelo nada importante si afirmo que el protagonista es un asesino y que la acción transcurre durante el festival cinematográfico de Cannes.

El libro constituye una descripción muy verosímil de quién y qué se mueve durante esos días. La obra puede resultar especialmente reveladora para los y las jóvenes que se quieren dedicar al mundo del cine y la moda, pues se observa con gran claridad cómo se juega con la vocación de los aspirantes a hacerse un hueco en el celuloide y la pasarela.

También puede ayudar a las grandes estrellas a percibir con claridad el precio que muchas veces se paga por alcanzar los propios sueños y a plantearse si realmente vale la pena hacerlo.

¿Y esto, tiene que ver con la ética? Mucho. Desde un punto de vista social, somos testigos de un universo que vive ajeno e indiferente a todo lo que sucede a las personas que ingresan unos millones o miles de euros menos. El autor lo expresa magníficamente cuando detalla el proceso de creación de un diamante: desde su extracción y venta en condiciones infrahumanas e ilegales hasta el dedo de la estrella de turno.

Ahora bien, Coelho deja muy claro que los deslumbrantes valores del dinero, el poder, la fama, la belleza y la juventud no pueden ocultar la profunda soledad en que se encuentran muchas de las personas que se pasean por Cannes y, en general, bajo los focos y los flashes. Aquí destaca la historia de un distribuidor de cine, admirado por todos por haberse hecho un hueco entre las grandes distribuidoras, quien a su vez envidia al hombre que es capaz de permanecer solo en una de las muchas fiestas que se organizan durante los días del festival.

Aquí entramos ya en un punto de vista más personal y psicológico. ¿Es casualidad que las estrellas que relucen por fuera se hallen tan apagadas por dentro? ¿O que quienes supuestamente se consideran vencedores socialmente sean unos fracasados a título personal o familiar?

La cuestión es todavía más compleja en el caso del protagonista, quien se muestra seguro de regirse por una moral individual, si no intachable, al menos justificable. Y aquí topamos con el que considero que debería ser uno de los grandes temas de la ética, por mucho que haya pasado y siga pasando prácticamente desapercibido: el autoengaño.

Ah, qué fácil ver la paja en el ojo ajeno y la   viga en el propio, que diría el sabio de Nazaret, muy citado y venerado, por cierto, por el protagonista del relato. Ah, qué fácil justificar cualquier medio para alcanzar el más bello de los fines.

El asunto es francamente importante y aquí reside, a mi juicio, el sentido de la distinción entre ética y moral que muchas veces los teóricos y docentes no sabemos explicar. La moral social y la moral individual nos dicen lo que -supuestamente- está bien o mal, pero sólo la ética, la persona ética, se pregunta los porqués, pone entre paréntesis los valores heredados y se cuestiona a sí misma en profundidad.

Resulta curioso que muchas veces quien se cuestione a sí mismo sea tachado de débil o percibido como tal, cuando precisamente sólo los inseguros repelen la autocrítica como el aceite al agua. Y aquí veo yo que reside la moraleja de esta fábula contemporánea: los vencedores están solos, si vencer significa perseguir los valores sociales e individuales a ciegas y a cualquier precio. Bravo, Coelho.

Comienza la reconstrucción del periodismo en la Casa de la Premsa de Barcelona

Dedicado a los compañeros y compañeras de El Periódico de Catalunya y el grupo Zeta que no se resignan a ser los únicos responsables de la situación económico-financiera de la empresa

 

¿Qué hacen una cuarentena de periodistas un sábado por la mañana en un edificio medio en ruinas? Pasar el tiempo, compartir preocupaciones y, sobre todo, buscar soluciones a los problemas que afectan a la profesión.
cartell_6_maig_2017
Muchos ya lo han hecho muchas veces, y lo seguirán haciendo, pero este acto posee un gran simbolismo, una gran fuerza. Es la primera vez que se juntan representantes del Col·legi de Periodistes de Catalunya, la Associació de Dones Periodistes de Catalunya, el Grup de Periodistes Ramon Barnils, el colectivo Som Atents y el Sindicat de Periodistes de Catalunya -de quien, por cierto, ha partido la iniciativa-. Y es el primer acto propiamente periodístico que se organiza en muchos años en la Casa de la Premsa, un edificio construido para facilitar a los profesionales de la información la cobertura de la exposición universal de 1929.

El edificio es precioso por fuera, pero está medio en ruinas por dentro. No obstante, continúa resultando atractivo y posee mucho potencial para realizar actos cívicos. ¿Como el periodismo?, me pregunto mientras participo en la visita guiada anterior a la mesa redonda.

Durante la jornada se tocan cuatro temas principales, por este orden: la cuestión de género en los medios, las condiciones laborales, la responsabilidad profesional y si es necesario regular o no la información.

La representante de la Associació de Dones Periodistes explica que la sensibilidad de género es mucho más que poner los/las, y nos hace caer en la cuenta de que los hechos también hablan: ¿sólo una mujer preparada/disponible para hablar en una mesa de cinco personas?

periodigne_2017.jpg

En cuanto a la precariedad, todo el mundo coincide en que es abundante -demasiado- y que afecta a la calidad de las informaciones. También en que los periodistas del país somos incapaces de unirnos y decir basta. No lo recuerda un periodista extranjero que colabora con El Periódico de Catalunya: “El mismo reportaje aquí vale 400 euros; en Alemania, más de 1.000. Nos toman por tontos”.

En algún momento el representante del Grup Barnils, Enric Borràs, nos recuerda que nos hemos resignado a no disponer de unas tarifas mínimas por las piezas que producimos, a no exigir más transparencia sobre la propiedad mediática… ¿Y cómo van a pagar los ciudadanos por la información, si nos limitamos a copiar y pegar notas de prensa y comunicados? Borràs pone el dedo en la llaga: “Hay que distinguir entre contenidos, comunicación, entretenimiento y periodismo”.

La jornada concluye con la necesidad de que se regule algo, como el derecho a acceder a la información pública, a los juicios, las condiciones laborales mínimas de colaboradores… Y nos perdemos un poco en las palabras -¿como buenos o malos periodistas?-: ¿queremos regular el periodismo, a los periodistas, el derecho a la información de la ciudadanía?

No puedo callarme e intervengo -¡toma autocita!-: está muy bien pedir socorro al Gobierno para arreglar este desgobierno, pero no lancemos balones fuera, porque así no conseguiremos el respeto ni de nuestros propios compañeros -ni su apoyo para pedir el cambio legislativo, por supuesto-. Empecemos por nosotros mismos, por no llamarnos periodistas si no hacemos periodismo. Y sigamos por las organizaciones, que no saben, no pueden o no quieren apoyar a quienes lo ejercen ni criticar a quienes hacen antiperiodismo. Sólo así recuperaremos la confianza de los profesionales del gremio -que se traduciría a la larga en más colegiados, afiliados o asociados, o sea, más manos- y, tal vez, de la ciudadanía -que se traduciría en más audiencia y más gente dispuesta a pagar por la información, esto es, más ciudadanos críticos-.

En realidad, mi intervención oral no ha sido tan buena -o tan mala- como lo que acabo de escribir. Un compañero me ha hecho pensar por qué he dicho que el derecho es la constatación del fracaso de la deontología; y ésta, de la ética personal.  En parte, porque si hubiera más respeto y solidaridad, no harían falta ni la autorregulación ni la legislación. Es verdad que esto puede resultar utópico, pero también espero haber dejado claro que sin utopía nos estancamos. Porque, como bien ha comentado el histórico periodista y primer presidente del SPC, Enric Bastardes, ya hay muchas leyes, y estas no se cumplen. O sea, que puede haber situaciones tan degradadas que requieran la intervención del legislador, del mismo modo que sin formación/sensibilidad ética el derecho resultará estéril.

Y, ahora, escribiendo estas letras y alejándome, por tanto, de todo y todas las intervenciones público-privadas, me ha venido a la cabeza una idea que ya me ronda hace algún tiempo. Apostar por la ética y la autorregulación no significa debilidad ni ingenuidad. Hay que ser muy fuerte para que un profesional o una institución profesional afirme públicamente: “Lo siento, lo que tú haces no es periodismo, no puedes formar parte de nuestra entidad”; o “lo siento, pero esto que has hecho no está bien, y no podemos permanecer callados o darte la razón”. Hay que ser muy fuerte para apoyar y/o criticar a tus propios compañeros -no a los políticos ni a los empresarios, eso se nos da fenomenal-.  Hay que ser muy fuerte para aguantar el aluvión de críticas: “Y tú qué te has creído, que eres un santo, un experto en Ética, que estás por encima del bien y del mal, y tú, tú y tú más…?”.

Ya me he vuelto a despistar/apasionar, oye. Quedémonos con esta idea: cinco entidades importantes -aunque alguna no haya querido figurar en el cartel, y ella sabrá por qué- se han unido por primera vez para compartir su visión del periodismo y buscar estrategias para defenderla. Ojalá que la próxima vez -que la haya, que la habrá- seamos muchos más los que amamos el periodismo, los que queremos una sociedad informada. Por un #periodigne, por una auténtica Casa/Hogar de la prensa, donde podamos ayudarnos mutuamente a mejorar.

Posdata: Oye, tú, ¿habrá nacido hoy la Comisión para la recuperación del periodismo, a imitación de la Comisión para la recuperación de la Casa de la Premsa? Unos buscan recuperar un edificio para los vecinos; otros, una profesión para la ciudadanía.

¿Hay algo mejor que soñar y cumplir tus sueños? Sí, compartirlos con los demás y ponerlos al servicio de una gran causa

Hace unos días se ha celebrado en la Universitat Internacional de Catalunya un simposio sobre nuevas tendencias publicitarias; más concretamente, sobre advergaming y gamificación en publicidad. No pude disfrutar de todas las intervenciones, como me hubiera gustado, pero la del fundador de Bliss Games, Julio Hidalgo, me pareció genial.

advergaming

Comencemos por el principio. El advergaming (unión de ‘advertising’ y ‘gaming’, publicidad y jugando) y la gamificación publicitaria son, muy toscamente hablando, dos estrategias que combinan la publicidad y el entretenimiento con el fin de que los ‘jugadores’ pasen un buen rato y, sobre todo, compren un producto o contraten un servicio de una marca determinada.

Seguimos. Bliss Games (Juegos de gozo o la dicha, en inglés) es una empresa fundada por Julio Hidalgo que se dedica a idear, diseñar y desarrollar videojuegos que no fomentan la violencia y cultivan la inteligencia emocional, entre otros valores.

Valores. Caliente, caliente. No voy a hablar de los millones de dólares que genera la industria del videojuego cada año ni de los que está previsto que genere. Tampoco me voy a detener en el mercado potencial que se está abriendo ante los anunciantes. Y tampoco voy a fijarme en la trayectoria profesional de Hidalgo, quien ha trabajado en algunas de las mejores empresas tecnológicas del momento.

¡Arde! Hoy sólo quiero fijarme y que mis estudiantes se fijen en los mensajes que, entre imágenes, cifras y gráficos, Hidalgo nos iba regalando en cada diapositiva de su presentación. Aprendizajes de toda una vida, sabiduría comprimida.

* Atrévete a soñar. Ah, mis pragmáticos alumnos, no os conforméis con la primera idea que surja de vuestra mente ni el primer trabajo que caiga en vuestras manos. ¿Cómo, que todavía no sabes a qué dedicarte? Hidalgo tampoco lo tenía claro, pero sabía que, desde pequeño -¡gran pista!-, le encantaba contar historias. Sí, luego estudió Ingeniería, pero nunca dejó de crear historias y formarse en ello -¡otro gran consejo!-.

** No te olvides de disfrutar. El secreto del éxito profesional, según Hidalgo, consiste en una equilibrada fórmula que combina la competencia (ser muy bueno en lo que haces) con el disfrute (pasártelo muy bien haciendo lo que haces). Porque así no te cansas, porque así nunca te estancas, porque así no tienes miedo al riesgo, porque así tu único límite es tu imaginación…

*** Al servicio de una gran causa o la felicidad. Ah, queridos míos, aquí no puedo añadir mucho más a sus palabras: “Hay algo más que cumplir tus sueños de la infancia: compartir tus dones y tus valores poniéndolos al servicio de una causa mayor”. Tal vez vuestra cabeza no os deje apreciar el valor de estas palabras -¿hace falta ser un hidalgo soñador para verlo?-. Tal vez sea el pesimismo, tal vez el miedo…

Ojalá algún día reciba un correo vuestro donde aparezca algo similar a esto: “De eso que hablábamos en clase de Ética, de eso que el TFG (Trabajo Final de Grado) no me dejaba ni olerlo, comienzo a verlo, comienzo a verlo”. Y yo seré feliz, porque vosotros y vosotras habéis empezado a serlo.

Ante la crisis del periodismo, más ética y autorregulación

Hace unos días que se ha presentado el libro “100 casos. La ética periodística en tiempos de precariedad”, escrito por el presidente del Consell de la Informació de Catalunya (CIC) y exdefensor del lector de La Vanguardia, Roger Jiménez. Como indica el título, se trata de una obra donde se explican 100 casos de ética periodística que permiten reflexionar sobre los puntos débiles del periodismo y aportar criterios para ofrecer una mejor información.

etica periodistica roger jimenez
Alsius, Jiménez y Herrscher el 20 de junio / EJG

El periodista y director de la colección Periodismo Activo, Roberto Herrscher, destacó el carácter práctico de la obra, algo muy común en la tradición norteamericana y no tanto en la española, así como la importancia de reflexionar sobre la ética en el mundo de las redes sociales.

El periodista y consejero del Consell Audiovisual de Catalunya (CAC), Salvador Alsius, reconoció que el periodismo está viviendo un periodo de “desorientación” y “desánimo”, y que la receta para salir de la llamada crisis residía en “más periodismo y un sistema de valores que garanticen la calidad de la información”. Es por ello que abogó por “la autorregulación como solución”.

¿Para cuándo un congreso de periodistas y un nuevo código deontológico?

El profesor de la Universitat Pompeu Fabra también aprovechó su intervención para recordar que tanto Roger como él como otras personas trabajaron, en el seno del CIC, para actualizar el código deontológico de la profesión periodística catalana, obsoleto con la irrupción de la tecnología digital, entre otros factores. Es por eso que lanzó una invitación al Col·legi y, más concretamente, a su actual decana, Neus Bonet, para retomar la tradición de organizar congresos de periodistas y poder así reflexionar sobre la situación de la profesión y generar un nuevo compromiso ético.

Finalmente, Roger Jiménez explicó cómo los periodistas han pecado de “exceso de arrogancia”, ya que antes de Internet el lector no tenía “ni voz ni voto” en la elaboración de la información. Ahora bien, esto no significa que el público no tenga su responsabilidad, ha matizado el veterano periodista. Jiménez ha sostenido que la implicación del público es “esencial para corregir la deriva del periodismo”. Es más, el exdefensor de La Vanguardia ha afirmado que “hay una ética de la empresa, del periodista y del público”. En cuanto a los empresarios que buscan rendimiento a corto plazo –“la mayoría”-, ha asegurado que “no hay ningún editor que no respete a un periodista con carácter”, a pesar de algunos despidos recientes en sentido contrario que también ha mencionado.

Sea como fuere, la obra está concebida como una “ayuda” a los periodistas más jóvenes, para que encuentren ejemplos y argumentos suficientes para hacer valer el derecho a la información de los ciudadanos, un “bien público” necesario para que funcione cualquier democracia.

“Spotlight” pone el foco en las grandezas y miserias del periodismo

Ya he podido ver Spotlight (foco, en inglés), la película que muestra la investigación realizada por el equipo de periodistas del diario The Boston Globe y que consiguió un premio Pulitzer. No es para menos, ya que los reporteros de esta especial sección, llamada precisamente Spotlight, dedican más de un año de su vida profesional a buscar las pruebas que confirmen algo que ya se intuía, pero que no estaba demostrado: que la Iglesia Católica, la jerarquía de Boston, era consciente de que existían sacerdotes que habían abusado de menores y, en lugar de apartarlos o denunciarlos, llegaba a acuerdos privados con las familias y se limitaba a cambiar a los curas de parroquia o a internarlos en un centro psicológico durante una temporada. Los periodistas descubrieron unos 90 casos. La publicación del hecho permitió descubrir más de 200, sólo en Boston.

Esta película resulta muy útil para conocer cómo el poder –en este caso, el poder religioso- se las ingenia para presionar a los que se dejan –las familias de niños desfavorecidos en primer lugar, pero también abogados- y no dejar ni huella. Sólo esto hace que merezca la pena verla, para darnos cuenta del mundo en el que vivimos y de lo difícil que resulta que se haga justicia, por muchas leyes que se promulguen y derechos que se reconozcan. También resulta muy interesante comprender la dimensión de la pederastia, algo más que el caso de unas pocas manzanas podridas, sino algo mucho más grave. Según uno de los expertos consultados por los informadores, un exsacerdote terapeuta, el 50% de los curas no son célibes, esto es, mantienen relaciones sexuales con otras personas; y un 6% de ellos, según sus cálculos, podría tener relaciones con menores –y sus previsiones son desbordadas completamente por la realidad-.

spotlight

En cuanto al periodismo, actividad que me ocupa y preocupa desde hace tiempo, queda muy clara la importancia de nuestro trabajo cuando se hace bien. Entonces, los periodistas escuchan a todas las partes implicadas (víctimas, familias, abogados, sacerdotes) y contrastan todo lo que les dicen, para poder hacerse cargo de la realidad y poder transmitirla con toda la claridad y amenidad posible.

Lamentablemente, y no soy la primera ni la última que lo digo ni lo diré, este periodismo ha caído en desuso y sólo muy excepcionalmente encontramos verdaderos trabajos de investigación como los que refleja la cinta. De hecho, y esto me parece el gran momento sobre el que debemos reflexionar los profesionales de la información, es cuando el espectador descubre que el periódico había recibido muchas pistas en años anteriores, pero no había tenido tiempo de profundizar en ellas. El responsable del equipo Spotlight reconoce, con gran pesar por su parte, que él era el jefe de Local cuando saltaron algunos escándalos y no hizo nada por evitarlos. ¡Dios mío!, me pregunto, ¿cuántos asuntos importantes dejaremos de cubrir de manera adecuada por atender las urgencias, la última hora, las exclusivas sobre cuestiones absurdas o, cuando menos, irrelevantes para la mayoría?

No quiero extenderme, que ya no tenemos paciencia para artículos largos y el filme daría para mucho, pero apunto otra reflexión que me parece interesante sobre la función de los periodistas en la sociedad. Spotlight también me ha dejado claro algo que ya intuía: que no somos perros guardianes ni contrapoderes, aunque a veces consigamos que algunos se lo piensen dos veces antes de cometer un delito o una injusticia –que no es lo mismo, insisto, y en la película se ve claramente-. Somos profesionales que, al escuchar a todas las partes y comprobar lo que nos dicen conseguimos comunicar historias de verdadero interés para todos y todas. ¿O es que a alguien le gustaría que sus hijos crecieran en un lugar donde alguien podría abusar de ellos con facilidad? Pluralismo, veracidad e interés público, las esencias del oficio, nada más y nada menos.

A ver si esta película remueve tanto como Todos los hombres del presidente, sobre la investigación del escándalo Watergate, y supone un revulsivo para la profesión periodística española (por cierto, este 2016 se cumplen 40 años). Que hace falta. Que sería genial tener más público dispuesto a pagar por la información, pero por algún lado hay que empezar.  Periodistas y empresarios, me temo que a todos nos toca invertir tiempo y dinero. Y ciudadanos, a ver si apoyamos a los medios y periodistas que merecen confianza. Sólo así podremos conocer mejor el mundo que nos rodea, sólo así podremos vencer la injusticia. No quisiera vérmelas, como el responsable de Spotlight, exclamando para mis adentros: “¿Dónde estaba yo entonces? No lo sé…”.

Cómo enseñar ética en un mundo que no cree en ella

Esta semana tuve la oportunidad de dar (y recibir) una clase de ética. Un compañero no podía impartir la suya y me ofreció compartir con los estudiantes lo que sé sobre el tema. No podía decir que no. El asunto me apasiona y disfruto hablando sobre ello. Cada loco con su tema.

Los titulares de prensa, sin embargo, no me lo ponían nada fácil. A los ya conocidos escándalos de corrupción en las instituciones y partidos políticos de Valencia (PP) y Andalucía (PSOE), se sumaron algunos escándalos en el ámbito privado, como el supuesto fraude descubierto en las clínicas dentales Vitaldent. Y poco después sabríamos del presunto blanqueo de capitales cometido por el banco chino ICBC. Y luego vendría el aparente fraude de la carne. Y para qué seguir. Lo público y lo privado, todo es el reflejo de la misma sociedad.

corrupciónResulta muy complicado mostrar la importancia de comportarse éticamente en un mundo donde los valores que predominan son el lucro, el poder, la competitividad, la mentira, el egocentrismo y la indiferencia hacia lo que le pueda pasar a los demás, etc. No confundáis, por favor, la moral con la ética, les digo siempre a mis estudiantes. No os dejéis arrastrar por la moral que parece reinar en las redacciones, la moral de la supervivencia. Paraos un momento, pensad y preguntaros de vez en cuando: “¿Vivo o sobrevivo?”. Que la ética es la máxima expresión de nuestra libertad, nuestra capacidad para poner en cuestión lo aprendido y decidir desde lo que somos y hacia lo que queremos ser.

Algunos estudiantes me han reprochado que me mostré algo pesimista, y quienes me conocen saben que me esfuerzo continuamente por ver el lado positivo de la vida y contagiar esperanza entre quienes me rodean, pero puede ser. Puede ser que los titulares, que la realidad, me esté cambiando la mirada.

Todo cambia cuando te esfuerzas por hacer tu trabajo lo mejor posible y eso no es suficiente. Todo cambia cuando compruebas que, efectivamente, la economía se está llevando por delante a las personas. También en el periodismo, también en la universidad.

Afortunadamente, sigue habiendo gente buena, gente que se pone en el lugar de los demás e intenta encontrar la mejor solución para todos. Y eso es la deontología, queridos estudiantes, la capacidad para reflexionar juntos sobre lo que es mejor para los periodistas y el resto de la sociedad. Y, de nuevo, no confundáis la deontología con un mecanismo de autorregulación concreto como pueden ser los códigos deontológicos, un listado de deberes aparentemente fríos pero que esconden una gran sabiduría y generosidad por parte de las generaciones que os precedieron.

Que si os cuento cómo está la realidad no es para desanimaros, sino para deciros con más fuerza: aprovechad la carrera, aprovechad lo obligatorio y lo voluntario para aprender, aprovechad todo lo que esté en vuestra mano para salir al mundo más sabios, más fuertes, más coherentes. Que el viento sopla fuerte, pero, como decía no sé quién, podrás aprovecharlo a tu favor si sabes hacia dónde vas. Y que, cuando llegues, no llegues solo. Que la ética, desde Aristóteles, es una herramienta para la felicidad, y que no sabemos ser felices sin relaciones de calidad con los demás.

Gracias por los comentarios, gracias por ese post en tu blog (¡conseguí que alguien se parara a pensar!), gracias por permitirme compartir lo que sé y seguir aprendiendo con vosotros. ¡Hasta siempre!

Imagen tomada de aquí.

Integrados y desintegrados por las (nuevas) tecnologías

Recientemente he visto dos anuncios que me han dado mucho que pensar sobre el uso que hacemos de las tecnologías. Los voy a incluir a continuación sin comentar nada, para que puedas formarte tu propia opinión. Después, si quieres, puedes leer la mía.

El anuncio del autobús

El anuncio de la cama

¿Qué te han parecido?

¿Compartirías conmigo y mis lectores tu opinión?

Lo que yo veo (que no es lo mismo que lo que quieren transmitir los publicistas):

Lo más evidente, que ambos anuncios ofrecen una visión positiva de la tecnología. ¡Qué coherentes que son estos anunciantes!, ¿eh?

Para ello, nos muestran personas que comparten su tiempo con otras personas a través de sus dispositivos móviles. ¡Qué fantástica que es la tecnología que une a las personas! All you need is love…

¿Que la primera chica se impacienta y prefiere saber de su amigo (virtual) que estar con ella misma? ¡Pues déjala!

¿Que la segunda prefiere contar el notición a su pareja a través del móvil? ¡Pues no te reprimas!

Ahora, en serio. No tengo fobia a las tecnologías ni aversión a los móviles, pero estos anuncios me han hecho pensar que tal vez estamos perdiendo cosas esenciales al utilizar dichas herramientas tan a la ligera. Es importante encontrar tiempo para uno mismo, VITAL diría yo, en esta sociedad tan veloz y saturada de información. Es importante saber, TRASCENDENTAL, que hay acontecimientos que pierden intensidad y valor si se comunican a través de una pantalla.

Espero no ser apocalíptica, pero temo que quienes han integrado mejor las tecnologías acaben desintegrados (Umberto Eco in memoriam). Y una persona desintegrada (cuyas partes no se hallan integradas armónicamente) es una persona infeliz. Reflexiona de nuevo. No confundas la vida con la tecnología.

“Una sociedad sin humanidad(es)”

Escribí esta columna antes de los atentados terroristas en Francia. Sigue teniendo sentido, o tal vez más después de lo ocurrido. Personas que matan a otras personas por unas ideas, unas creencias, ¿unas supersticiones? Personas que sólo despiertan a la realidad del mundo cuando escuchan las bombas en la puerta de su casa. No juzgo, no justifico, sólo intento comprender.

Por eso sigo sin entender que el Gobierno del Partido Popular haya querido prescindir de la Ética y la Filosofía, de las Humanidades al fin y al cabo. Es cierto que la comprensión, la empatía, la compasión y la solidaridad se aprenden sobre todo en casa. Pero la sociedad en su conjunto, y el Estado como su representante, deben velar también por que los más jóvenes sepan de la existencia de estos valores y los experimenten a medida que se socializan.

Puede que los filósofos y los profesores de Ética no lo hayamos ni lo estemos haciendo bien. Aquí entono el mea culpa por la parte que me corresponde. Pero la solución no consiste en suprimir o reducir las asignaturas humanísticas, sino en invertir más recursos, más tiempo, más dinero, en cómo conseguir personas, instituciones y entidades que no permanezcan indiferentes ante el dolor ajeno, se produzca éste donde se produzca. Que todos estamos hechos de la misma pasta.

O eso, o nos metemos en una espiral de violencia dolorosa, desgastante y sin sentido.  O eso, o viviremos condenados a la inseguridad, la soledad y el miedo.

***

Ayer cogí el metro y me di cuenta de lo terrible que puede llegar a ser un “inocente” aviso.

eva jimenez

“Si te encuentras mal, pide ayuda utilizando los interfonos de la estación”… ¿Ya damos por supuesto que no nos ayudarán las personas que estén a nuestro lado?

Luego cogí el tren y escuché el siguiente mensaje de voz, más o menos: “Cal cedir l’espai reservat a les persones que ho necessitin” (Hay que ceder el espacio reservado a las personas que lo necesiten)… ¿Es que ya no lo hacemos y por eso tienen que recordárnoslo?

¿Hasta dónde llegaremos?, me pregunto, mientras un escalofrío me recorre el cuerpo.

La enseñanza de la ética en la universidad, ¿una misión imposible? Carta de despedida a mis estudiantes

Los investigadores con más experiencia suelen afirmar que la ética no se puede enseñar; como mucho, se puede aprender. Lo que quieren decir, si no interpreto mal, es que el aprendizaje depende más del alumno que del profesor. La joven profesora que esto escribe se rebela y se pregunta: ¿y acaso no sucede esto mismo en cualquier materia?

Pienso en mi experiencia de este curso 2014-2015, en que he impartido unas clases de Ética de la Comunicación en el grado de Publicidad y Relaciones Públicas. ¿Qué habrán aprendido mis estudiantes?, me pregunto.

Estoy prácticamente segura de que conocen dos herramientas que antes no conocían: una, para tomar decisiones éticas; otra, para poder situarse a sí mismos o a otras personas en un nivel de desarrollo moral a partir de los razonamientos expresados. Casi segura, porque las hemos utilizado en prácticamente todos los casos que hemos trabajado juntos.

Creo que también han aprendido que la teoría no se halla desgajada de la experiencia, esto es, que una buena teoría ética  no es más que una manera de expresar una experiencia ética muy profunda y, por ello, muy verdadera. Varias veces les he repetido que ellos, que se dedican a poner etiquetas y crear eslóganes para atraer la atención de los consumidores, bien pueden valorar que Aristóteles formulara un “término medio”; o Kant, un “imperativo categórico”. En definitiva, creo que han comprendido que la teoría mana de la experiencia, básicamente porque primero vivimos y después pensamos. Y, si no, tal vez no sea una teoría, sino una mera racionalización (pensar primero para intentar controlar lo que vivimos).

Tengo más dudas acerca de si se han dado cuenta de que la ética es una experiencia muy profunda, muy difícil de expresar, de verbalizar, de atrapar con palabras. Lo intenté con el anuncio que realizó Aquarius para fin de año, parafraseando el eslogan y diciéndoles que la ética  tiene algo que ver con una “increíble sensación de venirse adentro”. Dudo que lo consiguiera, porque no les insistí lo suficiente en que uno se repliega sobre sí mismo porque antes ha visto la fragilidad del otro y se ha conmovido, porque el otro no nos ha dejado indiferente.

¿Se puede enseñar que el otro no nos resulte indiferente? Aquí es donde creo que aciertan los docentes universitarios con más experiencia. Se puede dar a conocer la realidad del otro, para evitar prejuicios, se puede hacer que entren en contacto con personas vulnerables, para sensibilizarse, se pueden hacer algunas cosas, pero… Tal vez llegamos demasiado tarde. Aristóteles decía que la enseñanza de la ética era más efectiva en personas que ya habían vivido dichas experiencias cuando eran pequeñas. Y que si tenía que argumentarle a alguien por qué no debía pegar a su madre, lo mejor era darle un buen palo.

Mis queridos alumnos, yo sólo os pediría dos cosas: una, pensad  antes de actuar. Me he dado cuenta de que estamos en un mundo tan acelerado que pocas personas se paran a pensar antes de actuar. Pensad, para acertar vosotros con vuestra vida y para no hacer daño a los demás de manera innecesaria.

La segunda cosa, la segunda cosa me la ha sugerido un anuncio que he visto hace poco y que, por eso mismo, no hemos podido visualizar en clase: no os engañéis. Si no sois felices, si os sentís solos, si no conseguís relaciones estables o no alcanzáis lo que os proponéis, algo falla. Paraos de nuevo y pensad en qué estáis fallando vosotros, que es lo único que realmente depende de vosotros mismos. Pensad y actuad en consecuencia. Aunque cueste mucho al principio, os aseguro que llegaréis a un lugar mejor. Porque  “siempre hay salida”, porque “nunca es tarde para comenzar de nuevo”. Vivid y no sobrevivid. Gracias por este curso. No os olvidaré.

Ética en tiempos de corrupción

Reseña del libro de Adela Cortina “¿Para qué sirve la Ética?”, ganador del Premio Nacional de Ensayo 2014, y publicada en los diarios del Grupo Promecal y sus versiones web. Un ejemplo, el Diario de Burgos

Me pregunto si debería comenzar esta reseña explicando para qué sirve realmente un libro de ética. Antes confiábamos más en que un cambio en nuestras ideas conllevaba una modificación en nuestro comportamiento. Ahora sabemos que podemos pensar o decir una cosa y sentir y hacer otra totalmente diferente. Y, sin embargo, ¿por qué no intentarlo? ¿Por qué no exponernos a unas ideas cuyo único afán consiste en  ayudarnos a lograr una vida más feliz y un mundo más justo? Pues precisamente en eso consiste la ética, explica Adela Cortina (Valencia, 1947) en la obra que ha ganado el último Premio Nacional de Ensayo, en el arte de  “conjugar justicia y felicidad” (p. 161).

Qué fácil decirlo y qué difícil ponerlo en práctica, ¿verdad? Si realmente fuera tan sencillo, no haría falta pararse a pensar en el tema ni escribir libros. Pero no. Reflexionar sobre la ética se ha convertido en una auténtica necesidad en un país plagado de políticos, banqueros y empresarios corruptos, como la propia autora se encarga de denunciar. Y es necesario indignarse, añade, porque este sentimiento nos da la fuerza para trabajar por una democracia más auténtica y una sociedad donde la maximización del beneficio a cualquier precio no tenga la última palabra.

¿Y cómo lo hacemos?, se preguntarán. Los seguidores de Adela Cortina ya imaginarán la respuesta de la filósofa que aboga por una ética del discurso: diálogo, diálogo y más diálogo. Y cito: “El diálogo no sólo es necesario porque es intercambio de argumentos que pueden ser aceptables para otros, sino también porque tiene fuerza epistémica, porque nos permite adquirir conocimientos que no podríamos conseguir en solitario. Nadie puede descubrir por su cuenta qué es lo justo, necesita averiguarlo con los otros” (p. 156).

Cierto, pero nuevamente complicado. ¿Por qué debería dialogar con los demás si me da igual lo que me digan, si voy a hacer lo que me dé la real gana, si sólo me interesa salvar mi propio pellejo? En este punto, me pregunto hasta qué punto resultan convincentes los argumentos clásicos de la ética, la gran frase de Kant que dice que las personas tenemos dignidad y, por tanto, no podemos ser usadas únicamente como medios. Tal vez por ello Cortina ha decidido comenzar la obra con dos argumentos muy pragmáticos, consciente de la atmósfera social en la que nos movemos. Si somos éticos, nos ahorraremos dinero. No tendremos que gastar tanto dinero en pleitos ni en armas. Si somos éticos, nos evitaremos sufrimiento. El egoísmo estúpido sólo sirve para granjease enemigos. Y la soledad no buscada duele.

La grandeza y tragedia de la ética es que nadie puede obligar a otro a comportarse éticamente. Por tanto, “para ganar músculo ético es necesario quererlo y entrenarse” (p. 24). Y esto vale para todos. Políticos, banqueros y empresarios, pero también profesionales y personas en paro.  Nadie debería desentenderse de su enorme o minúscula responsabilidad, pues todos somos cómplices y corresponsables en la tarea de impedir que el mundo se convierta en una fría y despiadada selva donde sólo exista el “sálvese quien pueda”.

“Ética de la compasión” sale a escena en la obra “Mar i cel”

Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) tiene un libro que recomiendo vivamente. Se titula Ética de la compasión (Herder, 2010) y es de lo más interesante que he leído en los últimos tiempos sobre el tema. Creo que lo que más me gusta de su obra es cómo transmite sus ideas. No digo que sus ideas no me convenzan. Solamente digo que empatizo con su estilo y discrepo en algunas cuestiones.

melich i eva
El autor dedicándome un ejemplar.

El estilo de Mèlich, para quienes no le conozcan, es difícil de describir. Es un lenguaje muy humano, muy vital, a caballo entre la filosofía y la literatura, la poética. No en vano, el autor considera que las grandes obras de la literatura deberían ser consideradas también obras mayúsculas en Filosofía. Porque la vida es finita, imperfecta e inacabada, como las historias que nos cuentan los grandes narradores.

Con esta visión de la vida, no resultará extraño que el profesor de Filosofía de la Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona se muestre muy crítico con lo que denomina “el teatro metafísico”, de reconocida inspiración nietzscheana. Mèlich piensa que “los seres humanos hemos inventado la metafísica para poder hacer frente al temor de vivir en un mundo incierto”, para poder responder con certeza a todas las respuestas que la vida nos plantea, cuando la grandeza y la miseria de nuestra vida es que no controlamos prácticamente nada.

¿Significa esto que todo es relativo, que debemos dejarnos arrastrar por el escepticismo y el nihilismo? Para nada, y este creo que es el gran mérito de la obra: intentar encontrar, explicar, comprender cómo es posible la ética sin necesidad de recurrir a algo que está más allá de la vida, sin necesidad de apelar a una metafísica.

Esta concepción de la realidad (metafísica-ontología) y del ser humano como ser finito y limitado (antropología) es lo que posibilita la existencia de la ética. Porque, en lo que ya es una constante del autor, la ética no puede confundirse con la moral. La moral es el conjunto de valores, principios y normas que heredamos al venir al mundo. La ética, por el contrario, es

“su punto ciego porque emerge en un escenario en el que el ‘marco normativo heredado’ es puesto en cuestión. La ética surge en una situación-límite, en una situación de radical excepcionalidad. Por eso no es la excepción que confirma la regla, sino la que la rompe, la que la quiebra, la que la suspende. En otras palabras, podríamos decir que la ética aparece en una situación en la que uno se da cuenta de que la gramática propia de la cultura en la que había sido educado, el universo normativo-simbólico que le habían transmitido, no ‘encaja”.

Es decir, al contrario que las éticas metafísicas, no hace falta apelar a otro mundo trascendente donde se hallan el Bien, el Deber, la Ley o la Dignidad. Dicho con otras palabras, no hay un modelo ideal, inmutable, universal y necesario con quien compararse. Lo que hay son personas frágiles necesitadas de compañía y consuelo. Lo que hay es “la experiencia del sufrimiento del otro”. Lo que hay, inspirándose en Emmanuel Levinas, es la “dimensión doliente del rostro”.

Es por este motivo que la ética no puede expresarse con los mismos conceptos de la metafísica o la epistemología. “La ética no puede contemplarse en términos de sujeto-objeto, ni en términos de ser-ente, sino como una llamada y una respuesta responsable, como una acusación a mi libertad. Y es la respuesta a ese grito silencioso, una respuesta imposible de planificar y de organizar, una respuesta siempre improvisada, la que configura la compasión”.

Como paradigma de ética de la compasión, Mèlich pone como ejemplo la parábola del Samaritano que aparece en la Biblia. Aquel hombre que, si hubiera seguido la moral que le inculcaron desde pequeño, no se habría parado ante el pobre hombre que yacía en el suelo, mientras que quienes sí debían de haberse parado no lo hicieron. Y que se paró y ayudó al otro porque miró el rostro del hombre que sufría y sintió la necesidad de acogerlo, protegerlo y acompañarlo.

Donde se encuentran el cielo y el mar

Yo creo haber encontrado otro ejemplo que muestra a la perfección esta idea. Se trata de una escena de la obra de teatro “Mar i cel” que he visto hace poco. Basada en  el texto de Àngel Guimerà, está ambientada en el siglo XVII y cuenta la historia de unos piratas moriscos que han apresado a unos cristianos, a quienes mantienen retenidos. El caso es que se odian a muerte hasta que Blanca, una joven cristiana, escucha la historia del capitán del barco, Saïd. Él le explica cómo les expulsaron de España con violencia, cómo mataron a su madre… Y ella y él se sorprenden cuando ella rompe a llorar. Sus sistemas morales se hacen añicos y ella termina gritando: “Per què he plorat per qui no havia de plorar? (¿por qué he llorado por quien no debía llorar?).

No sé hasta qué punto podemos renunciar a la metafísica, a poner etiquetas, a intentar encontrar respuestas que nos aporten seguridad y orientación en el camino de la vida. Querer hacerlo es despojarnos de otras facetas de nuestra personalidad. Tampoco tengo claro que sólo hayamos conocido el mal, como sostiene a menudo Mèlich. Jesús de Nazareth, Gandhi, Luther King, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer… El bien también ha brillado en nuestra historia y espero que siga haciéndolo por mucho tiempo. Este libro creo que contribuye a ello y es por este motivo que lo recomiendo vivamente. La ética es vida.

Los dilemas de “El Congreso”

La vida es una sucesión de decisiones. Algunas más intrascendentes, como elegir una película de la cartelera para el fin de semana;  otras, más vitales, como renunciar a una carrera profesional por cuidar de un hijo. El largometraje ‘El Congreso’, dirigido por Ari Folman, nos presenta a la actriz Robin Wright ejerciendo de ella misma: con 44 años, sin trabajo, con dopeliculaelcongresos hijos, uno de ellos con una deficiencia sensorial, sin perspectivas de futuro profesional. Y, de repente, el dilema número uno que le plantean los estudios de Hollywood: ¿te  escaneamos, te convertimos en un personaje digital y dejas de interpretar lo que te queda de vida?

Dilema importante para cualquier actor, pero que a nosotros no nos interesa demasiado, pues tenemos pocas probabilidades de que nos propongan dicha oferta. El interrogante más peliagudo de esta película franco-israelí, y que ya nos concierne un poco más a todos, es el siguiente. Supongamos que es posible tomar una sustancia que nos permite vivir en un mundo animado, en dos sentido: animado, como los dibujos; sin tragedias ni dramas, también como los dibujos. ¿Qué hacemos?

La pregunta es muy pertinente justo en la parte del mundo en que nos encontramos, pues cada vez tenemos más tiempo de ocio y, corrígeme si me equivoco, cada vez elegimos actividades más evasivas, en el sentido de alejadas de la vida cotidiana, de los problemas, de las desgracias. Siempre en términos generales, claro. O sea, que, en el fondo, la pregunta nos toca de lleno si nos planteamos cuál es la actitud con la que afrontamos o queremos afrontar la vida: ¿encaramos los problemas o preferimos esquivarlos y “dejarle el muerto” a otro?,  ¿asumimos nuestra responsabilidad en lo que pasa en el mundo, en nuestro mundo global, o nos escondemos en nuestra casa y nuestra vida privada como si no pasara nada y no pudiéramos hacer absolutamente nada?

De hecho, resulta muy curioso que en la vida animada, tan poética, tan fascinante y tan colorida, en contraste con la vida real, tan prosaica, vulgar y gris, no haya espacio para el conflicto, pero tampoco para la solidaridad. No hay problemas, porque cada uno tiene lo que desea –no hay egos, dicen en el film-, pero tampoco hay compasión, porque nadie es capaz de salir de su ombligo y mirar más allá de sí mismo –por eso nadie ayuda a la pobre mujer negra tirada en la calle-. No hay odio, no hay amor, no hay ética.

También me parece muy oportuno plantearnos a quién le interesa que vivamos en un mundo de fantasía. En la película queda bastante claro que los promotores son los creadores de ficción, pero es evidente que ellos no trabajan solos ni a espaldas de las autoridades. Y también se perciben con nitidez las diferencias entre la élite y el resto de la masa en el mundo real.

Sea como fuere, y a pesar de algunas incoherencias internas, la película me parece interesante, pues nos plantea la importancia de tomar decisiones correctas. ¿Y cuál es la decisión correcta? No lo sé, pero mucho me temo que, como ocurre en los grandes dilemas, cualquiera de ellas presenta problemas. Al menos, vistas desde fuera. ¿Será que la vida humana, para ser realmente humana, ha de ser imperfecta? ¿Nos estaremos engañando al querer buscar una felicidad completa? ¿No estará engañando alguien al querer vendérnosla? Mira la película y busca tu respuesta.

 Imagen tomada de aquí.

El cuerpo, la dimensión ignorada de la Ética

Cuando hablamos de Ética, no solemos pensar en el cuerpo. Al menos, yo no suelo hacerlo. Es por ello que me ha parecido tan original el último libro del filósofo y teólogo Javier Sádaba, titulado Ética erótica (Península, 2014). En realidad, la obra contiene tres ideas que me parecen muy verdaderas y que merece la pena retener:

ÉTICA PARA EL BIENESTAR117169_etica-erotica_9788499422459

Muchas personas oyen hablar de Ética y se marean. ¡Menudo rollo se avecina!, parecen indicarte con su mirada. Y sin embargo, el último fin de la Ética, como muy bien recuerda Sádaba, es ayudarnos a vivir mejor, a ganar en calidad de vida, bienestar o felicidad. En definitiva, la Ética “ha de funcionar para estar a gusto con uno mismo y con los demás”. Y si no,  mal vamos.

Desgraciadamente, la Ética se ha confundido muchas veces con “moralina”, en el sentido de un tipo de saber o, mejor dicho, un tipo o tipa que dice saber lo que te conviene, algunas veces sin conocerte a fondo y la mayoría de ellas sin respeto ni confianza hacia tu persona. Y, encima, como denunciaba Joan-Carles Mèlich en su Lógica de la crueldad, haciéndote sentir culpable por no seguir sus directrices.

ÉTICA CON EL CUERPO

El núcleo del libro, no obstante, gira en torno a la idea de que la auténtica Ética no puede olvidarse del cuerpo. Una ética que ignore los sentidos, los sentimientos, la sensibilidad, el deseo, la imaginación y el sexo es una Ética alejada de la realidad, de nuestra realidad. Por eso, el libro constituye una defensa sosegada y bien argumentada de los “pequeños” placeres de la vida: una buena comida, una bella canción, un chiste original, un abrazo sincero y, por qué no decirlo, un buen orgasmo.

Esta dimensión erótica se ha ignorado durante demasiado tiempo, en parte porque se consideraba como algo feo, sucio, indigno o simplemente malo en general. Que se lo digan a nuestros padres y abuelos, que vivieron el nacional-catolicismo y, sin quererlo o no, algo nos transmitieron. Ahora bien, ver y oír hablar de sexo en los medios de comunicación sin tapujos, como sucede ahora, tampoco significa que hayamos evolucionado demasiado. Como sostiene Javier Sádaba en una entrevista que se publicará próximamente, si hay tanto mercado del sexo es porque éste todavía no se vive en plenitud. De ahí que la reflexión ética sobre el cuerpo y la sexualidad siga teniendo plena vigencia en pleno siglo XXI.

sadabaEs decir, la Ética no nos dirá lo que hemos de hacer, pero sí nos dará algunos consejos. El más básico, que no hagamos nada que dañe a terceros. Otro, por ejemplo, que intentemos disfrutar del sexo con plenitud… Y esto es más fácil, sugiere Sádaba, cuando hay una relación afectiva, cuando se va sin prisa, cuando se busca algo más que el mero desahogo fisiológico…

ÉTICA EN SOCIEDAD

Como puede observarse, la obra intenta aterrizar en una de las cuestiones más controvertidas y delicadas del ser humano, y ésta es otra idea que me parece muy valiosa. A quienes lean el libro, les sorprenderá que el filósofo dedique prácticamente toda la introducción a denunciar el clima de corrupción político-económica que nos rodea. Al preguntarle por esta cuestión, el autor no sólo no se retracta sino que se reafirma: la Ética no es algo que vivamos de manera individual, sino que necesita, necesitamos, de los demás, para poder vivir en plenitud. Que el autor no se olvide de nuestra dimensión cívica en un libro sobre Ética erótica nos ayuda también a comprender que de poco sirve perfumar nuestra casa si afuera sólo corre un viento vomitivo y repugnante. O sea, que cuidar nuestro cuerpo no debería llevarnos a olvidar que vivimos en sociedad, sino, tal vez, todo lo contrario. Estar bien con nosotros mismos constituye la mejor predisposición para contribuir a que todo lo demás también lo esté.

 Fotografía tomada de aquí.

Actualización

La entrevista que le hice al autor se publicó en los diarios del Grupo Promecal y El Correo de Andalucía el domingo 24 de agosto. Aquí, la versión online de uno de los diarios. El autor de la fotografía es Alonso y Marful.

Más formación y menos regulación, por favor. ¿Podemos? ¿Queremos?

La difusión de unas declaraciones del líder de Podemos, Pablo Iglesias, sobre la necesidad de regular “una parte” de los medios de comunicación social, ha destapado la Caja de Pandora, si bien el tema ya se incluía en el programa electoral de esta formación política que sorprendió en las pasadas elecciones europeas con cinco eurodiputados. El punto 2.6. del mismo se titula una “legislación destinada a impedir la formación de monopolios u oligopolios en el ámbito de la comunicación” y se incluyen tres medidas fundamentales: a) evitar la concentración de la propiedad de los medios; b) creación de medios públicos al servicio de los ciudadanos con una gestión democrática e independiente ; y c) creación de una agencia de noticias europea, también gestionada democráticamente por los ciudadanos.

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias, líder de Podemos

Es pronto para poder juzgar las intenciones, así que vamos a presuponer que son buenas. El profesor de la Complutense de Madrid quiere evitar que los propietarios de los medios (el dinero, vaya) y los grupos políticos (el poder) se inmiscuyan en las decisiones de los periodistas (el interés público, la democracia, la convivencia), hablando siempre en términos generales, claro, que excepciones siempre las hay y las habrá.

Ahora bien, no sólo de buenas intenciones vive el hombre. De hecho, las reacciones han llovido antes de que se explique cómo se llevará a cabo tan loable objetivo. Como botón de muestra, la Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP) ha recordado que el Foro de Organizaciones de Periodistas lleva desde 2004 intentando que se apruebe, sin éxito, un Estatuto del Periodista Profesional, llamado Ley Orgánica de Garantías del Derecho a la Información de la Ciudadanía (LOGDIC) desde 2010. Por el otro lado, se hallan quienes, como el periodista Ramón Lobo, defienden la libertad de empresa y la equiparan con la libertad de prensa. No he de añadir que este último grupo es alérgico a cualquier regulación específica de los medios y de sus profesionales.  Nada nuevo sobre el horizonte, tal y como puede apreciarse en mi humilde trabajo de investigación sobre el debate entre regulación jurídica y autorregulación de los medios.

No voy a valorar la propuesta concreta de la formación política que lidera el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Sencillamente, porque, como he dicho anteriormente, debería conocer más detalles sobre la misma. Sí quiero, no obstante, realizar dos observaciones.

La primera, que todos, partidarios o detractores de una regulación específica de los medios, estamos cansados de que banqueros y políticos decidan qué es lo que sale o no sale en los medios. Y que sólo esto debería bastarnos para juntarnos y buscar alternativas, en vez de lanzarnos dardos unos a otros.

Y segunda, que vivimos en un momento de gran desconfianza general y que, por tanto, tan complicado resulta apelar a una institución independiente promovida por los legisladores (recuérdese el frustrado Consejo Estatal de Medios Audiovisuales de la Ley General de la Comunicación Audiovisual) como cantar las bondades de la autorregulación empresarial y profesional. Lo que quiero decir es que la solución, la verdadera solución, no está en la institución o en el mecanismo que se cree, sino en las personas que lo pongan en marcha. Que las palabras que describen los medios públicos son maravillosas, así como las líneas editoriales de los medios privados. Hechos, no palabras.

Y para eso, hacen falta personas inteligentes, valientes, fuertes y con un gran sentido de la ética. O sea, educación, educación y educación, en todos los sentidos de la palabra; e investigación, investigación e investigación en el terreno pantanoso de la Ética y el Derecho. ¿Que se trata de un proceso lento y costoso? Más a mi favor. Ya vamos tarde y el esfuerzo que hay que realizar, tanto en tiempo, dinero como en energía, resulta mucho más elevado ahora. Lamentablemente, esta semana he sabido que la Fundación COSO se está planteando dejar de organizar más congresos de Ética y Derecho de la Información por falta de presupuesto, después de una década de esfuerzos por intentar reflexionar sobre cuestiones vitales para la vida pública. O sea, que si no hacemos nada, se tirará por la borda el único congreso especializado en estos temas, junto con el promovido recientemente por la Universidad de Sevilla.

Sólo los ciudadanos conscientes de la importancia de la independencia, la veracidad, la pluralidad y el respeto en los medios y, en definitiva, en la vida pública, pueden poner fin a tanto despropósito y desbarajuste. Y si podemos, la pregunta inmediatamente siguiente es: ¿queremos?

Imagen tomada de aquí

El lado oscuro de la moral. Mi visión de “Lógica de la crueldad”

Recientemente he leído el libro del filósofo Joan-Carles Mèlich titulado “Lógica de la crueldad” (Herder, 2014). En este libro se expone una visión fundamentalmente negativa de la moral, algo que me ha sorprendido e interesado a partes iguales. Los que me conocéis sabéis que mi visión de la moral es básicamente positiva, así que me ha encantado escuchar una voz que opina lo contrario y lo explica con tanta claridad. melich

¿Por qué la moral tiene un lado oscuro? Si no entiendo mal al autor, porque la moral utiliza unas categorías que sirven para distinguir y, por tanto, para tratar con crueldad a quien no entra dentro de la categoría, y hacerlo además sin ningún tipo de remordimiento. El ejemplo más claro, que el autor cita en reiteradas ocasiones, es el nazismo. El que era catalogado como “judío” podía ser exterminado, ya que ser “judío” significaba quedar excluido de la categoría de “persona” o “ser humano”. De hecho, uno de los motivos por los que el autor critica las apelaciones a los “derechos humanos” o a la “dignidad de la persona” es porque cada moral aplica dichos conceptos de forma distinta y, por tanto, ejerce su crueldad –no necesariamente en forma de violencia- contra quienes no encajan dentro de dicha etiqueta.

A mí la advertencia me parece sumamente importante: ojo con la moral, que con su categorización nos juzga, nos da las respuestas a todas las preguntas y, si te descuidas, hasta decide en tu nombre. ¡No se lo permitas!, ¡rebélate ante quienes eligen por ti en nombre de vete a saber qué valores o autoridad!, parece que nos grita el profesor de Filosofía de la Educación desde el fondo de su ensayo. A mí me ha recordado bastante al lamento de Ortega y Gasset, quien ya en 1930 se quejaba de que se había abusado tanto de la moral que nos habíamos quedado con la impresión, falsa, de que es algo que nos imponen desde fuera, cuando en realidad consiste –según Ortega y yo misma- en una orientación para que nosotros decidamos mejor quiénes queremos ser realmente.

Es decir, y aquí va una impresión que he tenido a lo largo de la lectura, creo que el autor ha podido detectar el abuso moral que denunciaba Ortega, pero que no se ha fijado suficientemente en el momento actual. Y me explico. A lMelich_Logica-crueldado largo del texto, se perciben ciertas precauciones, no sé si dudas, sobre el tipo de moral que se está criticando. A veces, se afirma con rotundidad que toda lógica moral es cruel; en otras, que dicha crueldad es únicamente propia de la moral occidental, metafísica, moderna o religiosa. Estos matices me llevan a pensar que el autor está criticando las morales que Ortega denominaba tradicionales y que, por tanto, su advertencia puede no tener mucho sentido hoy en día.

Actualmente se habla de ética o moral posmoderna –luego explico un poco la diferencia entre ética y moral- precisamente porque no hay nadie, persona o institución, con suficiente autoridad como para imponer/sugerir unas normas, unos valores, a la mayoría de la población. No lo valoro, solamente lo describo. Así, las morales posmodernas parece que han renunciado a la antigua pretensión de decir qué está bien y qué está mal. De hecho, creo que el propio autor reconoce esta realidad implícitamente al recoger la siguiente cita de Bauman y Tester: “Ser moral consiste en saber que las cosas pueden ser buenas o malas. Pero no significa saber, y mucho menos saber con certeza, qué cosas son buenas y qué cosas son malas” (p. 186). En nota a pie de página el autor aclara que él entiende por ética lo que estos autores conciben como moral. Y supongo que ahí está uno de los meollos del asunto.

Para Joan-Carles Mèlich, la moral es un conjunto de valores, principios, normas, protocolos, etc. que nos dicen lo que hemos de hacer en función de determinadas categorías, mientras que la ética es la respuesta personal, única e irrepetible que realizamos ante una situación también única e irrepetible. Por eso critica el auge de los códigos deontológicos y los, a su juicio, mal llamados comités de ‘ética’, y el declive de las respuestas personalizadas, transgresoras de la moral. Yo, en cambio, creo (¡a día de hoy!) que la moral son esos valores, principios, normas, protocolos y códigos que nos ofrecen pistas de actuación, pero también considero moral la respuesta que nos surge ante una situación concreta, ante una persona concreta que sufre y que no puede ser reducida a una mera categoría. Y concibo la ética (insisto, a día de hoy) como la reflexión pausada que llevamos a cabo tanto a nivel individual (¿por qué hago lo que hago?, ¿por qué esto me parece mejor que esto otro?) como institucional. Por eso creo que los comités de ética no imponen, sino que ofrecen criterios y argumentos. De hecho, me cuesta creer que hoy en día haya alguien que acepte que se le impongan normas (hablo en líneas generales, de la sensibilidad del hombre posmoderno). El ‘problema’, a mi juicio, es más bien el contrario: ¿cómo podemos convivir en paz si cada uno se limita a vivir su moral particular sin plantearse una reflexión ética, sin cuestionarse cómo vive o debería vivir? Tal vez estemos hablando de lo mismo, pero con distintas palabras, no sé.

En todo caso, creo que queda claro que el libro constituye toda una invitación a la reflexión y es por ello que os recomiendo vivamente su lectura. De hecho, yo espero leer los dos libros que le preceden: “Filosofía de la finitud” y “Ética de la compasión”. Y ya se está gestando el cuarto de la tetralogía, sobre el perdón. Espero que los sigamos comentando.

Fotografía tomada de aquí.

Actualización

En este enlace podréis leer la entrevista que le hice al filósofo cuyo libro he comentado en este ‘post’.