Cómo luchar contra las Fake News en la universidad (o cómo recuperar el espíritu de Sócrates)

En el mundo de la comunicación se ha puesto muy de moda hablar de Fake News, un concepto que parece haber saltado a la esfera pública desde que el presidente norteamericano Donald Trump llegara a la Casablanca en noviembre de 2016. Ya se ha convertido en un tópico citar la primera rueda de prensa que ofreció tras ser elegido presidente, en la que acusa a un periodista de la CNN, no de practicar Fake News, sino de serlo.

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Momento en que Donald Trump acusa de ser Fake News al periodista de la CNN, Jim Acosta / CNN

La sola creación del concepto, Fake News, ya me parece un gol en propia puerta del 45º presidente de los Estados Unidos. Son los periodistas, son los medios, quienes propagan las noticias falsas, no los poderes políticos, no los poderes económicos, no los poderes tecnológicos, no los ciudadanos. Es por ello que, sin resultar tan espectacular, prefiero el término desinformación que utiliza la Unión Europea.

El asunto es bastante grave, en la medida en que cada vez resulta más complicado distinguir entre una noticia verdadera y una falsa, lo que nos puede llevar a tomar decisiones equivocadas y de consecuencias impredecibles. Los expertos en comunicación y política aseguran que es lo que ha ocurrido en el Brexit, el plebiscito de paz en Colombia o la elección de Donald Trump como presidente de EEUU, por citar tres ejemplos bastante consensuados.

 

La enseñanza del periodismo como fórmula autoreguladora

Interesada en la cuestión, como periodista, profesora y ciudadana, asistí lo que pude a La nova ética de la comunicación en temps de fake news, jornada organizada por la Fundació Consell de la Informació de Catalunya. En ella figuraba una mesa redonda sobre “La enseñanza del periodismo como fórmula autoreguladora”, moderada por el profesor y consejero del CIC, Carlos Ruiz Caballero, en la que participaron Marçal Sintes, hasta hace poco director del Departamento de Periodismo de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales de Blanquerna – Universitat Ramon Llull; Alfonso Méndiz, decado de la Facultad de Ciencias de la Comunicació de la Universitat Internacional de Catalunya; y María José Recoder, decana de la facultad del mismo nombre de la Universitat Autònoma de la Barcelona.

Conozco personalmente a la mayoría de los ponentes, y no dudo de su buena intención, pero me sorprendió que nadie hiciera referencia al título de la mesa redonda. Quiero decir, nadie pareció apostar claramente por el papel de las facultades de Comunicación en la lucha contra las Fake News, contra la desinformación. Por eso les pregunté por las medidas impulsadas dentro de sus facultades (materias, formación transversal, currículum oculto…), entre las propias universidades (como crear un consorcio anti Fake News) y entre las universidades y la profesión periodística.

El decano de la UIC explicó que en su facultad existe la asignatura de Ética y Deontología en todos los grados (Periodismo, Comunicación Audiovisual y Publicidad y Relaciones Públicas), y que en la facultad han comenzado a verificar cómo forman a los estudiantes en espíritu crítico, a partir del análisis de los elementos del paradigma de Lasswell (quién, qué, cómo, etc.). Esta iniciativa me parece muy valiosa, en la medida en que va más allá de la impartición de una única materia, que siempre corre el peligro de convertirse en un compartimento estanco y descoordinado del resto del plan de estudios.

La decana de la UAB explicó que en su facultad todavía no existe asignatura de Ética y Deontología en todos los grados, y anunció que la UAB retirará 120 plazas de Periodismo el próximo curso para no lanzar más estudiantes al paro. Esta decisión me parece valiente y digna de elogio, ya que, como hace años denuncian las organizaciones profesionales, existe mucha más demanda de puestos de trabajo que ofertas de empleo para periodistas. Ella misma no estaba segura del éxito de la medida, pues depende de que el resto de facultades no se aprovechen de la misma, pero sin duda ha encarnado esa idea que el sabio Sócrates, padre de la filosofía y de la ética, defendió tan bien: es mejor padecer la injusticia que cometerla.

 

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Méndiz, Ruiz, Sintes y Recoder, durante la mesa redonda organizada por la Fundación CIC / Eva Jiménez

 

¿Debe limitarse la universidad a transmitir conocimientos? ¿Puede?

En Blanquerna sí que existe la materia en los tres grados, si bien el exdirector del Departamento de Periodismo realizó algunas afirmaciones que me preocuparon un poco. En algún momento comentó que, cuando el alumnado le explica las dificultades para ejercer un periodismo ético, le responde: “Aquí explicamos la teoría, porque es la universidad”. Me gustaría hablar más del tema con él, porque igual le entendí mal, pero esta respuesta, a mi juicio, no hace sino agrandar la distancia existente entre academia y profesión, algo que rechazo de pleno, porque creo que el éxito profesional, y en la vida en general, se consigue si existe un adecuado equilibrio entre reflexión y acción. Y vuelvo a Sócrates, un hombre que decía que “una vida sin examen no merece la pena ser vivida” y al mismo tiempo era capaz de vivir aquello que pensaba, hasta el punto de aceptar la muerte antes que contradecirse a sí mismo. La respuesta que yo les doy a mis alumnos y alumnas cuando doy clase es otra: “Tú eres un profesional, y lo mínimo que puedes decirle a tu jefe o jefa es: ‘Esta es mi opinión y estos son mis argumentos. Ahora, tú tienes el poder, tú decides y tú tienes la responsabilidad”.

Marçal Sintes también comentó en otro momento que “las universidades no han de organizar la revuelta”, dando a entender que ya hacían suficiente con transmitir conocimientos. Ahora bien, desde Bolonia todas las universidades han asumido como propio el deber de formar en competencias, concepto completo que incluye conocimientos (saber teórico), habilidades (saber práctico) y actitudes (saber ético). ¿Alguien cree que se puede enseñar la ética, la actitud por salir de uno mismo y preocuparse por el otro, sin practicar con el ejemplo? ¿Alguien cree que un estudiante recién graduado tiene el conocimiento, la habilidad y el coraje de plantar cara, no a un superior, sino a una organización, a un sistema, si ni siquiera se atreve el claustro de profesores ni la directiva de la facultad y universidad? Sócrates fue maestro y marcó el rumbo de toda una civilización porque no pedía a los demás lo que él no se exigía a sí mismo. El “sólo sé que no sé nada” es un acto de profunda humildad, de profundo conocimiento de sí mismo, que lleva a la apertura al otro, a la empatía.

Cuando realicé mi pregunta y propuse crear un consorcio entre facultades de comunicación contra la desinformación, la mayoría de los participantes en la mesa asintieron con la cabeza. Puede ser un consorcio, puede ser un observatorio junto a organizaciones profesionales, puede ser una mesa de trabajo para comparar qué se enseña en clases de ética y encontrar un corpus común; puede ser lo que quieran, mientras haya voluntad de salir de este estado de posverdad, del que las Fake News son sólo un fenómeno.  ¿Quién dará el primer paso y lanzará su voz en medio del ágora pública? Vuelve espíritu socrático, vuelve.

¿Hay algo mejor que soñar y cumplir tus sueños? Sí, compartirlos con los demás y ponerlos al servicio de una gran causa

Hace unos días se ha celebrado en la Universitat Internacional de Catalunya un simposio sobre nuevas tendencias publicitarias; más concretamente, sobre advergaming y gamificación en publicidad. No pude disfrutar de todas las intervenciones, como me hubiera gustado, pero la del fundador de Bliss Games, Julio Hidalgo, me pareció genial.

advergaming

Comencemos por el principio. El advergaming (unión de ‘advertising’ y ‘gaming’, publicidad y jugando) y la gamificación publicitaria son, muy toscamente hablando, dos estrategias que combinan la publicidad y el entretenimiento con el fin de que los ‘jugadores’ pasen un buen rato y, sobre todo, compren un producto o contraten un servicio de una marca determinada.

Seguimos. Bliss Games (Juegos de gozo o la dicha, en inglés) es una empresa fundada por Julio Hidalgo que se dedica a idear, diseñar y desarrollar videojuegos que no fomentan la violencia y cultivan la inteligencia emocional, entre otros valores.

Valores. Caliente, caliente. No voy a hablar de los millones de dólares que genera la industria del videojuego cada año ni de los que está previsto que genere. Tampoco me voy a detener en el mercado potencial que se está abriendo ante los anunciantes. Y tampoco voy a fijarme en la trayectoria profesional de Hidalgo, quien ha trabajado en algunas de las mejores empresas tecnológicas del momento.

¡Arde! Hoy sólo quiero fijarme y que mis estudiantes se fijen en los mensajes que, entre imágenes, cifras y gráficos, Hidalgo nos iba regalando en cada diapositiva de su presentación. Aprendizajes de toda una vida, sabiduría comprimida.

* Atrévete a soñar. Ah, mis pragmáticos alumnos, no os conforméis con la primera idea que surja de vuestra mente ni el primer trabajo que caiga en vuestras manos. ¿Cómo, que todavía no sabes a qué dedicarte? Hidalgo tampoco lo tenía claro, pero sabía que, desde pequeño -¡gran pista!-, le encantaba contar historias. Sí, luego estudió Ingeniería, pero nunca dejó de crear historias y formarse en ello -¡otro gran consejo!-.

** No te olvides de disfrutar. El secreto del éxito profesional, según Hidalgo, consiste en una equilibrada fórmula que combina la competencia (ser muy bueno en lo que haces) con el disfrute (pasártelo muy bien haciendo lo que haces). Porque así no te cansas, porque así nunca te estancas, porque así no tienes miedo al riesgo, porque así tu único límite es tu imaginación…

*** Al servicio de una gran causa o la felicidad. Ah, queridos míos, aquí no puedo añadir mucho más a sus palabras: “Hay algo más que cumplir tus sueños de la infancia: compartir tus dones y tus valores poniéndolos al servicio de una causa mayor”. Tal vez vuestra cabeza no os deje apreciar el valor de estas palabras -¿hace falta ser un hidalgo soñador para verlo?-. Tal vez sea el pesimismo, tal vez el miedo…

Ojalá algún día reciba un correo vuestro donde aparezca algo similar a esto: “De eso que hablábamos en clase de Ética, de eso que el TFG (Trabajo Final de Grado) no me dejaba ni olerlo, comienzo a verlo, comienzo a verlo”. Y yo seré feliz, porque vosotros y vosotras habéis empezado a serlo.

¿Y qué es lo importante? Balance de una experiencia docente

Hoy la lluvia acompañaba, pero siempre que finaliza una asignatura me surgen las mismas preguntas: ¿habrán aprendido algo? ¿Habré conseguido transmitirles lo que de verdad importa?

Lo he intentado, me digo, a modo de consuelo en la oscuridad que me envuelve camino a casa.

¿Y qué es lo que de verdad importa? No los productos audiovisuales, en un curso introductorio al lenguaje audiovisual. Sí los hábitos y actitudes que habéis adquirido o comenzado a adquirir al tratar de finalizarlos en tiempo y forma. No poiesis, sí praxis, para lograr habitus y un nuevo ethos, una segunda naturaleza.

Mejores profesionales a base de valorar la asistencia, la puntualidad, la observación, el espíritu crítico, la calidad y la claridad lingüística, la profundidad, el rigor, el respeto, la comunicación…

Y eso, aun siendo importante, no es lo más importante. Lo más importante es por qué no has querido involucrarte más o por qué te has involucrado demasiado.

Sí, demasiado. Los profesores miopes nunca le dicen a los mejores alumnos si no estarán descuidando otras facetas de su vida por alcanzar el éxito académico o profesional. Ah, qué políticamente incorrecto no alentar al excelente -que sí a la excelencia- en una facultad.

¿Excelente en la profesión o en la vida? ¿No estamos cansados los adultos de ver a otros adultos exitosos caer en el egoísmo, la insolidaridad, la infelicidad? ¿Trump es un ganador o un fracasado?

Queridos alumnos y alumnas del seminario de Comunicación Profesional, gracias por el camino compartido, por lo aprendido. Hoy, noche de viernes y de frío,  he descubierto lo que no me cansa, lo que me da sentido. Buscad la verdadera felicidad. No os olvido.

El periodista que acabó vendiendo pañuelos de papel

Apuesto a que el periodista con el que me he topado hoy nunca imaginó que acabaría vendiendo pañuelos de papel a los conductores de los vehículos que se paran delante de uno de los semáforos de la calle Aragó de Barcelona.

Lleva un paquete de kleenex en cada mano y de su cuello pende un cartel que le llega prácticamente hasta los pies. Me pregunto si tamaño tablón constituye una medida extrapolable de su desesperación.

En letras rojas sobre fondo blanco he podido leer únicamente que también es exmigrante (?) y que busca trabajo. No paraba de moverse en busca de clientes acatarrados.

Inmediatamente después he recordado a mis estudiantes. Si lo miraran como yo lo estoy mirando, si pudieran apreciar el sudor en su frente, su sonrisa enmuecada, su ir y venir, venir e ir, su cansancio…

dedo-y-lunaTal vez ya no percibirían los ejercicios como juegos sin sentido, tal vez los concebirían como oportunidades de aprendizaje en un mundo complejo y acelerado.

Tal vez comprenderían que el tiempo es escaso y asimilarían aquello que tan solo pude esbozar en una clase: que los necios ven el dedo en las prácticas, mientras que los sabios ven la luna de lo que se avecina.

PD: El periodista no acabó vendiendo pañuelos de papel, porque ninguna vida está perdida mientra no termina. Este hombre se merece una entrevista.

Imagen tomada de aquí.

Cómo enseñar ética en un mundo que no cree en ella

Esta semana tuve la oportunidad de dar (y recibir) una clase de ética. Un compañero no podía impartir la suya y me ofreció compartir con los estudiantes lo que sé sobre el tema. No podía decir que no. El asunto me apasiona y disfruto hablando sobre ello. Cada loco con su tema.

Los titulares de prensa, sin embargo, no me lo ponían nada fácil. A los ya conocidos escándalos de corrupción en las instituciones y partidos políticos de Valencia (PP) y Andalucía (PSOE), se sumaron algunos escándalos en el ámbito privado, como el supuesto fraude descubierto en las clínicas dentales Vitaldent. Y poco después sabríamos del presunto blanqueo de capitales cometido por el banco chino ICBC. Y luego vendría el aparente fraude de la carne. Y para qué seguir. Lo público y lo privado, todo es el reflejo de la misma sociedad.

corrupciónResulta muy complicado mostrar la importancia de comportarse éticamente en un mundo donde los valores que predominan son el lucro, el poder, la competitividad, la mentira, el egocentrismo y la indiferencia hacia lo que le pueda pasar a los demás, etc. No confundáis, por favor, la moral con la ética, les digo siempre a mis estudiantes. No os dejéis arrastrar por la moral que parece reinar en las redacciones, la moral de la supervivencia. Paraos un momento, pensad y preguntaros de vez en cuando: “¿Vivo o sobrevivo?”. Que la ética es la máxima expresión de nuestra libertad, nuestra capacidad para poner en cuestión lo aprendido y decidir desde lo que somos y hacia lo que queremos ser.

Algunos estudiantes me han reprochado que me mostré algo pesimista, y quienes me conocen saben que me esfuerzo continuamente por ver el lado positivo de la vida y contagiar esperanza entre quienes me rodean, pero puede ser. Puede ser que los titulares, que la realidad, me esté cambiando la mirada.

Todo cambia cuando te esfuerzas por hacer tu trabajo lo mejor posible y eso no es suficiente. Todo cambia cuando compruebas que, efectivamente, la economía se está llevando por delante a las personas. También en el periodismo, también en la universidad.

Afortunadamente, sigue habiendo gente buena, gente que se pone en el lugar de los demás e intenta encontrar la mejor solución para todos. Y eso es la deontología, queridos estudiantes, la capacidad para reflexionar juntos sobre lo que es mejor para los periodistas y el resto de la sociedad. Y, de nuevo, no confundáis la deontología con un mecanismo de autorregulación concreto como pueden ser los códigos deontológicos, un listado de deberes aparentemente fríos pero que esconden una gran sabiduría y generosidad por parte de las generaciones que os precedieron.

Que si os cuento cómo está la realidad no es para desanimaros, sino para deciros con más fuerza: aprovechad la carrera, aprovechad lo obligatorio y lo voluntario para aprender, aprovechad todo lo que esté en vuestra mano para salir al mundo más sabios, más fuertes, más coherentes. Que el viento sopla fuerte, pero, como decía no sé quién, podrás aprovecharlo a tu favor si sabes hacia dónde vas. Y que, cuando llegues, no llegues solo. Que la ética, desde Aristóteles, es una herramienta para la felicidad, y que no sabemos ser felices sin relaciones de calidad con los demás.

Gracias por los comentarios, gracias por ese post en tu blog (¡conseguí que alguien se parara a pensar!), gracias por permitirme compartir lo que sé y seguir aprendiendo con vosotros. ¡Hasta siempre!

Imagen tomada de aquí.

La enseñanza de la ética en la universidad, ¿una misión imposible? Carta de despedida a mis estudiantes

Los investigadores con más experiencia suelen afirmar que la ética no se puede enseñar; como mucho, se puede aprender. Lo que quieren decir, si no interpreto mal, es que el aprendizaje depende más del alumno que del profesor. La joven profesora que esto escribe se rebela y se pregunta: ¿y acaso no sucede esto mismo en cualquier materia?

Pienso en mi experiencia de este curso 2014-2015, en que he impartido unas clases de Ética de la Comunicación en el grado de Publicidad y Relaciones Públicas. ¿Qué habrán aprendido mis estudiantes?, me pregunto.

Estoy prácticamente segura de que conocen dos herramientas que antes no conocían: una, para tomar decisiones éticas; otra, para poder situarse a sí mismos o a otras personas en un nivel de desarrollo moral a partir de los razonamientos expresados. Casi segura, porque las hemos utilizado en prácticamente todos los casos que hemos trabajado juntos.

Creo que también han aprendido que la teoría no se halla desgajada de la experiencia, esto es, que una buena teoría ética  no es más que una manera de expresar una experiencia ética muy profunda y, por ello, muy verdadera. Varias veces les he repetido que ellos, que se dedican a poner etiquetas y crear eslóganes para atraer la atención de los consumidores, bien pueden valorar que Aristóteles formulara un “término medio”; o Kant, un “imperativo categórico”. En definitiva, creo que han comprendido que la teoría mana de la experiencia, básicamente porque primero vivimos y después pensamos. Y, si no, tal vez no sea una teoría, sino una mera racionalización (pensar primero para intentar controlar lo que vivimos).

Tengo más dudas acerca de si se han dado cuenta de que la ética es una experiencia muy profunda, muy difícil de expresar, de verbalizar, de atrapar con palabras. Lo intenté con el anuncio que realizó Aquarius para fin de año, parafraseando el eslogan y diciéndoles que la ética  tiene algo que ver con una “increíble sensación de venirse adentro”. Dudo que lo consiguiera, porque no les insistí lo suficiente en que uno se repliega sobre sí mismo porque antes ha visto la fragilidad del otro y se ha conmovido, porque el otro no nos ha dejado indiferente.

¿Se puede enseñar que el otro no nos resulte indiferente? Aquí es donde creo que aciertan los docentes universitarios con más experiencia. Se puede dar a conocer la realidad del otro, para evitar prejuicios, se puede hacer que entren en contacto con personas vulnerables, para sensibilizarse, se pueden hacer algunas cosas, pero… Tal vez llegamos demasiado tarde. Aristóteles decía que la enseñanza de la ética era más efectiva en personas que ya habían vivido dichas experiencias cuando eran pequeñas. Y que si tenía que argumentarle a alguien por qué no debía pegar a su madre, lo mejor era darle un buen palo.

Mis queridos alumnos, yo sólo os pediría dos cosas: una, pensad  antes de actuar. Me he dado cuenta de que estamos en un mundo tan acelerado que pocas personas se paran a pensar antes de actuar. Pensad, para acertar vosotros con vuestra vida y para no hacer daño a los demás de manera innecesaria.

La segunda cosa, la segunda cosa me la ha sugerido un anuncio que he visto hace poco y que, por eso mismo, no hemos podido visualizar en clase: no os engañéis. Si no sois felices, si os sentís solos, si no conseguís relaciones estables o no alcanzáis lo que os proponéis, algo falla. Paraos de nuevo y pensad en qué estáis fallando vosotros, que es lo único que realmente depende de vosotros mismos. Pensad y actuad en consecuencia. Aunque cueste mucho al principio, os aseguro que llegaréis a un lugar mejor. Porque  “siempre hay salida”, porque “nunca es tarde para comenzar de nuevo”. Vivid y no sobrevivid. Gracias por este curso. No os olvidaré.

Más formación y menos regulación, por favor. ¿Podemos? ¿Queremos?

La difusión de unas declaraciones del líder de Podemos, Pablo Iglesias, sobre la necesidad de regular “una parte” de los medios de comunicación social, ha destapado la Caja de Pandora, si bien el tema ya se incluía en el programa electoral de esta formación política que sorprendió en las pasadas elecciones europeas con cinco eurodiputados. El punto 2.6. del mismo se titula una “legislación destinada a impedir la formación de monopolios u oligopolios en el ámbito de la comunicación” y se incluyen tres medidas fundamentales: a) evitar la concentración de la propiedad de los medios; b) creación de medios públicos al servicio de los ciudadanos con una gestión democrática e independiente ; y c) creación de una agencia de noticias europea, también gestionada democráticamente por los ciudadanos.

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias, líder de Podemos

Es pronto para poder juzgar las intenciones, así que vamos a presuponer que son buenas. El profesor de la Complutense de Madrid quiere evitar que los propietarios de los medios (el dinero, vaya) y los grupos políticos (el poder) se inmiscuyan en las decisiones de los periodistas (el interés público, la democracia, la convivencia), hablando siempre en términos generales, claro, que excepciones siempre las hay y las habrá.

Ahora bien, no sólo de buenas intenciones vive el hombre. De hecho, las reacciones han llovido antes de que se explique cómo se llevará a cabo tan loable objetivo. Como botón de muestra, la Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP) ha recordado que el Foro de Organizaciones de Periodistas lleva desde 2004 intentando que se apruebe, sin éxito, un Estatuto del Periodista Profesional, llamado Ley Orgánica de Garantías del Derecho a la Información de la Ciudadanía (LOGDIC) desde 2010. Por el otro lado, se hallan quienes, como el periodista Ramón Lobo, defienden la libertad de empresa y la equiparan con la libertad de prensa. No he de añadir que este último grupo es alérgico a cualquier regulación específica de los medios y de sus profesionales.  Nada nuevo sobre el horizonte, tal y como puede apreciarse en mi humilde trabajo de investigación sobre el debate entre regulación jurídica y autorregulación de los medios.

No voy a valorar la propuesta concreta de la formación política que lidera el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Sencillamente, porque, como he dicho anteriormente, debería conocer más detalles sobre la misma. Sí quiero, no obstante, realizar dos observaciones.

La primera, que todos, partidarios o detractores de una regulación específica de los medios, estamos cansados de que banqueros y políticos decidan qué es lo que sale o no sale en los medios. Y que sólo esto debería bastarnos para juntarnos y buscar alternativas, en vez de lanzarnos dardos unos a otros.

Y segunda, que vivimos en un momento de gran desconfianza general y que, por tanto, tan complicado resulta apelar a una institución independiente promovida por los legisladores (recuérdese el frustrado Consejo Estatal de Medios Audiovisuales de la Ley General de la Comunicación Audiovisual) como cantar las bondades de la autorregulación empresarial y profesional. Lo que quiero decir es que la solución, la verdadera solución, no está en la institución o en el mecanismo que se cree, sino en las personas que lo pongan en marcha. Que las palabras que describen los medios públicos son maravillosas, así como las líneas editoriales de los medios privados. Hechos, no palabras.

Y para eso, hacen falta personas inteligentes, valientes, fuertes y con un gran sentido de la ética. O sea, educación, educación y educación, en todos los sentidos de la palabra; e investigación, investigación e investigación en el terreno pantanoso de la Ética y el Derecho. ¿Que se trata de un proceso lento y costoso? Más a mi favor. Ya vamos tarde y el esfuerzo que hay que realizar, tanto en tiempo, dinero como en energía, resulta mucho más elevado ahora. Lamentablemente, esta semana he sabido que la Fundación COSO se está planteando dejar de organizar más congresos de Ética y Derecho de la Información por falta de presupuesto, después de una década de esfuerzos por intentar reflexionar sobre cuestiones vitales para la vida pública. O sea, que si no hacemos nada, se tirará por la borda el único congreso especializado en estos temas, junto con el promovido recientemente por la Universidad de Sevilla.

Sólo los ciudadanos conscientes de la importancia de la independencia, la veracidad, la pluralidad y el respeto en los medios y, en definitiva, en la vida pública, pueden poner fin a tanto despropósito y desbarajuste. Y si podemos, la pregunta inmediatamente siguiente es: ¿queremos?

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És l’hora de valorar la docència a la universitat (una ressenya)

Ressenya del llibre: Ser professor. Paraules sobre la docència universitària, de Begoña Gros i Teresa Romañá, 2005 (nova edició revisada i ampliada)

La tesi del llibre és molt clara: és l’hora de valorar la docència a la universitat. Aqser professoruest n’és el punt de partida i el punt d’arribada. En el camí, es mostren les veus de 24 professors de la Universitat de Barcelona entrevistats l’any 1994 i que es van recollir en un llibre el 1995. Aquesta nova edició inclou, a més a més, una reflexió de les autores sobre la situació de l’educació universitària al segle XXI.

L’obra té una estructura molt senzilla: una primera part dedicada a la docència; una segona, als personatges de l’educació i una última sobre la situació de l’ensenyament universitari una dècada més tard de la publicació del primer llibre.

En la part dedicada a la docència, les autores pregunten per tres qüestions: la preparació de l’assignatura, com comunicar-la i, finalment, com avaluar-la. Tots els professors coincideixen en el fet que el primer de tot és dominar el tema del qual es parla. Ara bé, això no significa el mateix que comunicar el que se sap. En aquest sentit, el professor ha de ser una mena d’actor, capaç de captar l’atenció dels seus estudiants i motivar-los. Tot i que aquesta part és complicada, més encara per als professors principiants, la part més dura i menys gratificant per als docents, sense dubte, arriba a l’hora d’avaluar els alumnes.

En la segona part, els professors continuen tenint el protagonisme del llibre, ja que en el moment de la publicació les autores en preparaven un altre sobre Ser estudiant: paraules sobre els aprenentatges universitaris. Així doncs, els professors reconeixen que van aprendre mitjançant assaig i error, sense ajuda de la facultat i amb poca coordinació entre els professors de la matèria o del departament. També es parla del problema de la massificació a l’hora de desenvolupar millores, tot i que aquest problema és més propi d’universitats públiques que de privades.

Finalment, les autores hi fan una reflexió actualitzada de l’exposat anteriorment i conclouen que cal una millora de la formació dels professors universitaris, “un aprenentatge vinculat a l’experiència” dels propis docents. Tanmateix, això no vol dir que s’hagi de crear un únic model per a tothom. Ans al contrari, es tracta d’ajudar perquè cada professor pugui trobar el seu propi estil.phd1027

Per concloure, vull dir que el volum m’ha semblat força interessant, perquè, com diuen les mateixes autores, els professors principiants es troben molt sols i desemparats, i la universitat no pot permetre’s seguir amb una formació artesanal en un món on les noves tecnologies i la implantació de l’Espai Europeu d’Ensenyament Superior exigeixen noves capacitats. Per tant, crec que el llibre pot ser molt útil per als nous professors i també per als responsables de la formació del professorat que vulguin una docència professional i de qualitat.

Viñeta obtenida de PhDComics

Mi experiencia docente de Ética de la Comunicación, ¿punto y final?

Ha acabado el primer semestre. La experiencia docente ha sido tan intensa que apenas he tenido tiempo para pararme a pensar y escribir sobre ella. Estas últimas semanas, sin embargo, las he dedicado precisamente a eso y, como siempre, he decidido verter unas pocas palabras sobre la cuestión en este blog que comparto con todos vosotros.

La primera sensación que me viene a la cabeza es la de, “caray, no es fácil enseñar ética”. Ahora entiendo mucho mejor a aquellos profesores e investigadores que, en sus artículos, dudan de la posibilidad de que la ética pueda enseñarse. Pueden enseñarse conceptos, ideas, criterios, argumentos… ¿Pero una transformación de la persona, de sus actitudes más profundas, desde su propia libertad para el pleno desarrollo de sí misma? Ah, amigos, ahí está el reto.

Es difícil enseñar ética y más aun cuando enseñas a estudiantes de Comunicación en cuarto de carrera. La comunicación es una actividad creativa que requiere una gran formación cultural y, al mismo tiempo, una gran competencia técnica. Por tanto, los estudiantes que acuden a nuestras aulas son fundamentalmente gente de acción. Este hecho se agudiza todavía más cuando se hallan en el último curso y sienten la proximidad del mundo real para el que se están preparando.

Esto significa, entre otras cosas, que los profesores de ética debemos hacer un gran esfuerzo para equilibrar la dimensión intelectual y la práctica, quizá más que otros profesores, ya que la Filosofía moral tiene una gran trayectoria teórico-racional que puede desequilibrar la balanza a favor de la primera. Este es, para mí, uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos y que hemos de afrontar con la mayor profesionalidad posible.

Yo no sé si volveré a dar clase de ética o no. Sólo sé que, a pesar de las dificultades y los errores, me gustaría volver a intentarlo. Porque creo que es una de las asignaturas más apasionantes que existen, pues está en juego el sentido de nuestra vida (profesional) y, por tanto, nuestra felicidad; y porque creo que todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Me sumo, por tanto, a las palabras de Ken Bain cuando dice lo siguiente en el libro “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”:

Los instructores más eficientes sí ven problemas si no consiguen llegar al estudiante, pero intentan evitar que cualquier falta de éxito afecte a su confianza en que son capaces de resolver el problema con más esfuerzo (BAIN, 2009, 161).

Con la docencia a vueltas. Una experiencia

El 26 de septiembre de 2012 volví a dar clases. La primera vez fue en 1998, cuando era una recién licenciada. Miro hacia atrás y observo las diferencias.

Recuerdo perfectamente la primera vez que di clases. Tenía que explicar las diferencias entre Ética, Deontología y Derecho. Imagino que no sería una clase muy amena, tanto por mi inexperiencia (bastante tenía con dominar los contenidos) como por el tema (las cuestiones terminológicas y conceptuales no resultan especialmente atractivas para los estudiantes de Comunicación). No recuerdo haber pasado excesivos nervios, a pesar de mi ignorancia y de que la profesora titular, la generosa Cristina López Mañero, se encontraban entre el auditorio. Claro que esto es fácil decirlo ‘a posteriori’.

Esta semana hice más nervios, a pesar de que la asignatura es prácticamente la misma (Deontología y Ética de la Comunicación, respectivamente) y que los alumnos se hallan en el mismo curso (cuarto de carrera). Lo achaco a que hoy soy más consciente de mi ignorancia y de la realidad que se vive en los medios. También a que ahora asumo más responsabilidades que al comienzo, pues mis correcciones supondrán más de un tercio de la nota final de la materia. Y supongo que algunas de mis inquietudes proceden de los comentarios de quienes poseen más experiencia en este terreno: ojo, que los estudiantes son hijos de su tiempo, y el pragmatismo, el relativismo y el hedonismo les han calado hasta los huesos.

En medio de esa mezcla de sensaciones y pensamientos, decidí aferrarme a lo bueno. Y recordé que todavía conservo un amigo de entre aquellos que fueron mis primeros alumnos. Y recordé que él –y algunos más, espero- valoraba mi ilusión, mis ganas y mi empeño por ir más allá de la erudición y acercarnos al conocimiento. Al conocimiento en sentido pleno: a descubrir que, bajo el ropaje de ‘ética’, ‘deontología’ o ‘derechos humanos’, se encuentran dos corazones latiendo. Por eso la primera lección, tanto para mí como para ellos, es que somos personas, más allá de las etiquetas de ‘alumno’ y ‘maestro’.

Cuadro: La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio (s. XVI).

La misión de la universidad ante los cambios del periodismo

Hace un tiempo que le doy vueltas a la relación entre universidad y periodismo; más concretamente, a la relación entre una facultad de Comunicación y el Periodismo. Pero vayamos por partes.

¿Cuál es la función de una universidad en las primeras décadas del siglo XXI? La más evidente, debido probablemente al pragmatismo reinante en Occidente, radica en la formación de buenos profesionales. En el caso de las facultades de Comunicación que poseen titulación de Periodismo, formar buenos periodistas. Es decir, presuponemos que una persona que desea ejercer como periodista necesita una formación del más alto nivel y, por tanto, consideramos que la universidad es una institución adecuada para tal fin.

Esto, que parece razonable en cualquier actividad con una cierta trascendencia social, ha sido discutido en numerosas ocasiones, pues algunos estimaban –y estiman- suficientes el talento personal y/o la formación en el lugar de trabajo para elaborar una información de calidad. La mayoría, no obstante, parece reconocer la importancia de la formación de nivel superior, aunque discute la eficacia de la misma a la hora de alcanzar su fin primordial.

A este viejo debate se ha superpuesto otro, fruto de la denominada crisis del periodismo. ¿Tiene sentido seguir acogiendo estudiantes de Periodismo cuando el mercado ya no es capaz de absorberlos, sino todo lo contrario, los está despojando de sus funciones? Que yo sepa, de momento no se ha eliminado ninguna carrera de Periodismo. Tampoco sé si alguna universidad ha reducido el número de estudiantes en sus aulas. Yo sólo he visto crecer el número de facultades de Comunicación que incluyen Periodismo entre sus estudios –el año que viene puede que abra una más, la Universidad Tecnología y Empresa– o, algo que tal vez sea peor, han aumentado los grados de Comunicación que engloban Periodismo, pero también Publicidad, Relaciones Públicas, Entretenimiento y Ficción. Todo ello muy legítimo, pero, como se suele decir, quien mucho abarca, poco aprieta.

Esto me preocupa. Primero, por los estudiantes. Ellos se están formando para una profesión cuyo perfil se está desdibujando y, por tanto, es probable que no puedan ejercer el periodismo tal y como se les enseña en las facultades. De hecho, como digo muchas veces, creo que yo ya no he conocido el Periodismo, con mayúsculas. En segundo lugar, por las consecuencias que esto tiene para la sociedad. Si el periodismo no tiene cabida, esto significa que la verdad –con todas sus limitaciones- y el interés público –con todas sus dificultades- están siendo borrados del mapa de las democracias occidentales.  

Y ante el drama que se avecina –es cuestión de tiempo que nos percatemos de las terribles consecuencias-, me pregunto: ¿pueden seguir limitándose las universidades a considerar que su fin primordial es la formación de periodistas? ¿No deberían las autoridades académicas replantearse su misión y adaptarse a la situación de emergencia en que nos encontramos? Como comenté en el Panel de experiencias sobre docencia de Ética de la Información en el 9º CIEDI organizado por la Fundación Coso, ¿es realista y justo esperar que unos recién licenciados, inseguros y aislados, hagan frente a una situación que desafía incluso a una de las instituciones más consolidadas de nuestra cultura?

Las vías por explorar son muchísimas.  Yo no creo que deban desaparecer las titulaciones de Periodismo, pues creo, con Kovach y Rosenstiel, que es una de las mejores instituciones que hemos encontrado para salvaguardar la palabra –no el griterío- en el espacio público, al menos por el momento. Lo que sí creo es que hace falta una racionalización. ¿No podrían establecerse, por ejemplo, convenios entre universidades para ofrecer una formación de la máxima calidad? ¿No podría reducirse el número de alumnos para garantizar esa alta calidad? ¿No podrían las universidades implicarse más en la realidad y denunciar aquellos abusos que desvirtúan el Periodismo, con mayúsculas? ¿No podrían financiar proyectos de auténtico Periodismo promovidos entre sus licenciados? ¿No podrían crear un medio de comunicación comprometido con los fines del Periodismo, con mayúsculas? ¿No podrían, en definitiva, hacer algo más que limitarse a formar buenos profesionales, muchos de los cuales no podrán ejercer nunca el Periodismo que estudian en las aulas?

Yo creo que puede hacerse mucho más, aunque me temo que pocos están dispuestos a tomarse en serio esta cuestión y hacerle frente con determinación y coraje. Tal vez por eso me ha sorprendido tanto que el presidente de la Universidad de Columbia, Lee C. Bollinger, dedicara varios meses a debatir y reflexionar sobre cuál debería ser el papel de una facultad de Periodismo (no de Comunicación) en el siglo XXI y, tras ese periodo, nombrara un nuevo decano y ampliara un año más los estudios de la famosa Columbia Journalism School.

Este ejemplo, y termino, revela por qué unos son líderes y otros no lo son. Unos se paran a pensar en lo importante y actúan en consecuencia, y otros viven a remolque de lo urgente y ni piensan ni actúan. Y decir esto de una institución creada para la reflexión y la mejora social, es decir algo realmente terrible. ¡No perdamos más tiempo, por favor, y trabajemos por una Universidad del siglo XXI con mayúsculas!

Un buen año para la investigación y la docencia de la ética de la comunicación

Los finales de año suelen ser propicios para hacer balance. Pensando en los temas que me interesan, he llegado a la conclusión de que este 2011 ha sido un buen ejercicio.

A finales de marzo se celebró el I Congreso Internacional de Ética de la Comunicación en la Universidad de Sevilla, un acontecimiento que congregó a numerosos especialistas del ramo y en el que se abordaron innumerables aspectos relacionados con la ética comunicativa.

Considero que este congreso ha tenido una gran importancia, no sólo porque ha reconocido, por la vía de los hechos, la relevancia de la ética de la comunicación como objeto de estudio, sino porque se ha planteado con una gran ambición y, por ese motivo, ha acogido una gran variedad de enfoques y de participantes (desde alumnos a profesionales, pasando por maestros de instituto o gente simplemente interesada en el tema). Si no entendí mal, está previsto que se repita cada dos años, en sedes diferentes, lo cual es sin duda una estupenda noticia.

También es reconfortante contar con el ya consolidado Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información (CIEDI), organizado por la Fundación COSO, que este año ha alcanzado su novena edición.

Este evento, a diferencia del anterior, no tiene un carácter generalista sino especializado. Este año, por ejemplo, estuvo dedicado a “La responsabilidad ética y social de las empresas informativas“. El formato también es completamente diferente. Mientras en Sevilla se presentaron bastantes ponencias y muchas comunicaciones paralelas, en Valencia todos los congresistas asisten a las cuatro únicas ponencias. Huelga decir que los dos formatos me parecen acertados y perfectamente complementarios.

Este año el 9º CIEDI ha incorporado además una novedad que espero se repita en las próximas convocatorias: un Panel de experiencias sobre docencia de Ética de la Información en la que tuve el gran placer de participar. El objetivo de esta iniciativa, como ya podéis imaginar, consiste en compartir estrategias docentes con el fin de mejorar el aprendizaje de la ética por parte de los estudiantes de Comunicación.

Este año hemos asistido también al nacimiento de la Asociación de Docentes e Investigadores en Ética y Deontología de la Comunicación (ADIEDEC), una iniciativa incipiente que lideran Elena Real Rodríguez y María del Mar López Talavera, profesoras de la Universidad Complutense de Madrid.

Por todo ello, reitero, creo que este 2011 ha sido un buen año en lo que a la investigación y la docencia de la ética de la comunicación se refiere, y confío en que podamos disfrutar de estas iniciativas durante muchos años más. En parte, por lo que decía antes. Todo el mundo apela a los grandes valores, pero pocos realizan propuestas concretas para encarnarlos. Por todo ello, enhorabuena  a quienes organizan y a todos los que se benefician de su esfuerzo: profesores, estudiantes y ciudadanos.

 

En las fotos, la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla y el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad, sedes de los dos congresos citados.  

Profesor de hierro vs. profesor polivalente

En una entrevista reciente, Aidan White, secretario general de la Federación Internacional de Periodistas durante más de 20 años, se refería a una cualidad imprescindible para ser un buen periodista:

Una mente inquisitiva es absolutamente esencial, pero el coraje para hacer la pregunta difícil es mucho más importante. Porque los periodistas saben cuáles son las preguntas difíciles: ¿quién paga esto?, ¿quién gana con esto?, ¿qué intereses hay tras esto?

Por otro lado, la Defensora del Lector de El País, Milagros Pérez Oliva, reconocía en el 9º Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información (CIEDI) que el paro y la precariedad laboral estaban aumentando el miedo y la autocensura de los periodistas. 

La lectura de la entrevista a White y la asistencia al CIEDI en un breve espacio de tiempo me llevaron a plantear a los organizadores del congreso una pregunta que sigue rondándome por la cabeza: ¿cómo podemos formar periodistas fuertes, capaces de hacer frente a los múltiples obstáculos que amenazan su independencia y su búsqueda de la verdad? En estos días de la polémica del #gratisnotrabajo, la pregunta se torna aún más acuciante: ¿cómo lograr que las personas, en este caso los periodistas, no se conformen con lo que hay, sino que alcen la voz y digan ‘basta, yo así no trabaj0’? 

El visionado de la película “El sargento de hierro“, quién me lo iba a decir, me ha dado algunas pistas sobre la cuestión. En ella, se cuenta la historia de un veterano de guerra (Clint Eastwood) al que le encargan la formación de un batallón de reconocimiento totalmente indisciplinado y cobarde. Sin ánimo de comparar la vida militar con la universitaria, el largometraje refleja algo que, de puro evidente, a veces pasa inadvertido en las facultades de Comunicación: los aprendices deben enfrentarse a situaciones reales que les permitan distinguir un juego de la vida real.

Este “enfrentarse a situaciones reales” lleva al profesor-sargento a meterse en problemas con la jerarquía y la burocracia militar que, como toda institución, buscan la estabilidad y seguridad de lo conocido. Y he aquí otra gran lección de la película: la fortaleza del profesor delante de sus superiores enseña a los estudiantes, con hechos y no con palabras, que uno no debe dar la razón a los jefes porque sean jefes. Uno debe hacer aquello que sabe hacer y asumir sin temor las consecuencias de sus actos.

Cómo se consiguen profesores así sería la siguiente pregunta. Desde luego, no cómo el caso que conocí la semana pasada. Un profesor me contó que no tenía asignatura propia, sino que impartía las asignaturas que le asignaba su facultad cuando ésta no quería contratar a nadie nuevo. Su situación me recordó un poco a los periodistas que hacen de todo en una empresa, por lo que le llamo el profesor polivalente, aunque también podría denominarle profesor orquesta o multiusos.

Y pregunto: ¿puede un profesor de estas características formar adecuadamente en materias con las que no ha tenido tiempo de familiarizarse?

“El sargento de hierro” tiene la última palabra: nadie puede dar lo que no tiene.

Ahí lo dejo. Por el momento.

 Imagen tomada de aquí.

El riesgo de la docencia en “El club de los poetas muertos”

Hay dos frases en el libro de N. H. Kleinbaum que he subrayado de forma especial. Las pronuncia John Keating, el profesor de Literatura recién llegado a un tradicional colegio preuniversitario que se guía por los valores del honor, la tradición, la disciplina y la excelencia. Son las siguientes:

1) “Sólo pretendo forjar espíritus libres” (Ed. Círculo de Lectores, 1991, p. 50)

2) “Una buena educación debe enseñar a los alumnos a pensar por sí mismos” (1991, p. 117).

Sólo puedo decir que estoy COMPLETAMENTE de acuerdo. 

Lo que más me maravilla de este profesor es que consigue aunar dos aspectos muy diferentes entre sí: la formación técnica (los alumnos conocen algunas teorías sobre la poesía y algunos de los poetas más importantes) y la formación humana (los alumnos aprenden el valor de conocerse a sí mismos y de luchar por lo que quieren de verdad). Eso, en cuanto al fondo.

En relación con la forma, me maravilla la sinceridad y la creatividad del docente. Por ejemplo, no tiene reparos en afirmar que el pensamiento de un  teórico es un auténtico “excremento” y es muy original cuando invita a los alumnos a subirse encima de una mesa para adoptar otro punto de vista y así abrir su mente.

Keating es además muy consciente de la etapa vital que atraviesan sus alumnos, y les hace continuos guiños que conectan estupendamente con su pasión por la libertad, el amor y la autenticidad.  

Pero educar en la libertad tiene un precio, y es que el educando no se deja manipular.

Y eso pone nerviosos a algunos padres y profesores.

Y eso me hace pensar que los MAESTROS que educan en la libertad también pagan un precio.

Y que tal vez por eso hay tan pocos profesores de verdad.

Y qué mal habla eso de nuestra sociedad.

 Foto tomada de aquí.

Innovación docente o cómo aprender a enseñar a aprender

Aquí van algunas reflexiones en voz alta sobre lo aprendido en un congreso sobre excelencia en educación y unas jornadas sobre innovación docente.

Excelencia, innovación docente, calidad, competencias… Diferentes términos para expresar una única realidad: cómo aprender a enseñar a aprender. Parece un trabalenguas, pero no lo es. Los profesores debemos aprender a enseñar a los estudiantes a que asuman las riendas de su proceso de aprendizaje. Dicho de un modo más sencillo, el estudiante es el verdadero protagonista y sobre él deben recaer todos los focos. Los profesores, siguiendo con el símil teatral, somos los que permanecemos en la sombra, dispuestos a intervenir discretamente si, y sólo si, alguien se queda en blanco en un ataque de pánico escénico. 

El alumno no es el único que tiene miedo. El profesor también. El miedo -¿al ridículo, al fracaso?- es una de las causas por las que muchos docentes no se atreven a romper con el modelo clásico de enseñanza y a experimentar otras formas de educación.

También podría haber un cierto desánimo o desgana. Si no se me valora profesionalmente, ¿para qué hacer el esfuerzo? Caemos entonces en el error que criticamos en los alumnos: si no me dan créditos o no puntúa en la nota final, ¿para qué romperme la cabeza?

Qué estrecha es la relación entre innovación y nuevas tecnologías. La mera transmisión de conocimientos ha perdido todo su sentido. La ‘generación zapping’, como la describió Javier Martínez Aldanondo, tampoco podrá soportar una clase magistral. El educador asume dos nuevos roles: ha de motivar y ha de acompañar.

Para motivar, conexión con la realidad. Lo expresó muy bien el alumno Alejandro Trillo. Los profesores formularon una pregunta absolutamente actual -¿debería retrasarse la edad de jubilació o no?- y, a partir de ahí, se lanzaron a la búsqueda de conocimientos económicos, sociales, políticos. La profesora Pilar Úcar también supo utilizar guiones cinematográficos para mejorar la expresión escrita de sus estudiantes.

Las preguntas surjen cuando el alumno se enfrenta a un reto, un desafío, algo que hacer, algo que solucionar, algo por lo que merece la pena buscar en su ‘disco duro’ y, al no encontrar nada, lanzarse a la búsqueda del conocimiento y de sí mismo.

Para acompañar, resulta imprescindible aprender a resistir la tentación de dar todas las respuestas sin haber dejado que surjan las preguntas. Gran lección de las profesoras Vanesa Serrano y Marianna Bosch. Mucha atención también al lenguaje corporal. Como comentó el alumno Íñigo Puertas, la mirada y el gesto de un profesor pueden favorecer la participación o inhibirla totalmente.

No olvidemos las emociones, por favor. No creemos “cabezas andantes” sin corazón ni voluntad, como muy bien advirtió Joan Antoni Melé.

Tampoco olvidemos el contexto en el que vivimos, un mundo plagado de desigualdades, guerras, hambre, penurias… Como expuso Federico Mayor Zaragoza, debemos ser conscientes de que “vivimos en un barrio privilegiado de la aldea global”.

Y la mayor verdad con la que me he encontrado: no podrás dar nada de lo que tú carezcas.

Si no estás motivado, no motivarás.

Si no tienes preguntas, no buscarás respuestas ni favorecerás que otros las busquen.

Si no te conoces ni te amas, no ayudarás a otros a conocerse y amarse.

Si no eres un ciudadano coherente, no ayudarás a tus alumnos a serlo.

Si…

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

 Foto tomada de aquí.

La cantera del Barça, un modelo a seguir

Las nominaciones al Balón de Oro 2010, otorgado por la FIFA al mejor futbolista del año pasado, han llevado a periodistas de muchos medios de comunicación a alabar el método de formación del Fútbol Club Barcelona, materializado en su lugar de aprendizaje, ‘La Masía’.

Se han alabado, entre otros aspectos, su capacidad para apreciar el talento de los jóvenes jugadores, sin mirar su país de origen o situación socioeconómica, su formación integral, más allá del fútbol, su visión humanística, centrada en virtudes como el esfuerzo y la humildad, etc. En definitiva, se ha dado por supuesto que el éxito del Barça de estas últimas temporadas tiene su origen en una filosofía o política deportiva que ve en las personas algo más que meros medios para alcanzar un fin inmediato.

Este caso me ha llevado a preguntarme si sería posible trasladar esa visión del deporte a otros ámbitos como la empresa o la universidad. En demasiadas ocasiones, se percibe una visión cortoplacista, donde únicamente se mira por el interés de la entidad en un momento puntual, sin pensar en las repercusiones de esas decisiones, no ya sobre la sociedad, sino sobre la propia institución. Así, la empresa opta por los becarios-kleenex, que usa y tira según sus necesidades de producción, sin pensar si quiera en la posibilidad de formar una cantera de profesionales que, a la larga, constituyan el mejor sello de calidad de la organización. 

Con las universidades pasa algo parecido. Se conceden becas a estudiantes con potencial para la investigación y la docencia pero, superado el plazo asignado, se les envía a la calle sin concederles la más mínima oportunidad, no ya de demostrar lo que valen, sino de comenzar una carrera formativa que, a la larga, elevaría la calidad y, por tanto, el prestigio de la entidad.

Supongo que todo esto está relacionado con nuestro sistema económico capitalista, tan denostado en la teoría y tan resucitado en la práctica, donde se asume sin pestañear que todo lo que no sea ganar el máximo dinero con el menor gasto posible es una inversión perdida. Esto no es así y el Barça lo ha demostrado. Aún es posible aunar la ética y los beneficios.

 Foto tomada de aquí.

La educación ética o moral, según Victoria Camps

En el proceso de aprendizaje que es el Doctorado, muchas veces se tiene la sensación de que no se sabe nada, o casi nada. Eso ocurre, sobre todo, cuando se comienza un tema o, mejor dicho,  un campo o área nuevos. Uno se abruma ante la cantidad de obras, autores, aspectos, enfoques, dilemas…

Por el contrario, existen otros momentos -más escasos, por cierto- en los que uno encuentra un autor de renombre que expresa todo aquello que uno piensa, que le conforta en su camino y que le acompaña en su búsqueda.

Pues bien, esto es lo que me ha ocurrido a mí hoy cuando me he topado con unas palabras de Victoria Camps (Ética, retórica, política, 1990, pp. 52-53), que reflejan la manera en que yo entendía -y entiendo- la educación ética o moral en Periodismo, si bien son aplicables a cualquier materia. Os dejo con ella:

La educación nunca es teórica: lo teórico es la instrucción o información; y en ética, la instrucción y la enseñanza teórica son muy insuficientes.

Por una parte, la educación ética es una formación del gusto y la sensibilidad hacia determinadas actitudes: la creación y adquisición de un ethos, en el sentido originario de ‘carácter’ y conjunto de ‘hábitos’, sin permitir que se caiga en la inercia de ‘lo habitual’.

A tal fin, la educación ha de tender también a formar la razón autónoma, que asume la responsabilidad de deliberar, argumentar y justificar sus puntos de vista.

Sin ninguna duda, la mejor vía no dogmática de conseguir ambos objetivos -educación de actitudes y educación en la autonomía- es el ejemplo […]. El ejemplo persuade del valor intrínseco a ciertas actitudes y a ciertos modos de razonar.

Las ideas se imponen si uno sabe defenderlas, y la defensa que muestra sus propias perplejidades y ambigüedades y sabe razonarlas puede ser más convicente que una firme y segura declaración de principios”.

 

¿Habré encontrado mi alma gemela?

Seguiré leyendo…

Foto y más información: http://www.victoriacamps.es/

Días de exámenes

Estos días los alumnos de la Universidad Ramon Llull de Barcelona están de exámenes. Se nota en que cuesta encontrar un sitio en la biblioteca -cuando habitualmente es bastante fácil- y en que hay más silencio -se han paralizado las grabaciones, castings y campañas publicitarias, bastante frecuentes durante el curso-.

Estos días no puedo evitar recordar cuando era estudiante. Me gustaba la época de exámenes porque me quedaba en casa y podía aprender y descansar al mismo tiempo. Eran buenos tiempos para pensar, para hacer balance, para medirse con uno mismo.

Siempre he intentado dar lo mejor de mí misma en todo lo que he hecho, por lo que mi máxima aspiración era aprenderme todo el temario de las asignaturas de la mejor manera posible. No me arrepiento. Creo que, a fuerza de repetición, he adquirido un hábito de trabajo muy necesario para poder afrontar cualquier tarea con cierta dignidad.

Sin embargo, creo que podría haber aprovechado más la carrera y temo que muchos estudiantes no la estén aprovechando. Ya sé que es fácil percatarse de los errores cuando la situación ha pasado, pero no me resigno a apuntarlas por escrito, para que no se me olviden y, quién sabe, tal vez le sirvan a alguien.

Los profesores deberían realizar un esfuerzo constante por explicar su materia sabiendo que va dirigida a periodistas, no a teóricos o expertos en la cuestión que sea. Esto ayudaría a los estudiantes a tener una idea más clara de qué es la profesión, cuáles son sus puntos fuertes y débiles, y cuáles sus retos.

Los alumnos deberían ponerse en el pellejo de los periodistas cuando estudiaran una materia. Para ello, deberían leer muchos libros de periodistas, sobre periodistas, para periodistas. Y leer, ver y escuchar mucha información. Y hacer prácticas cuanto antes. ¡Es tan importante ver la realidad con tus propios ojos!

Me apena mucho escuchar a algunos alumnos que se alegran porque les han “regalado un aprobado”. Deberían indignarse. Deberían decir: ¿cómo, qué clase de materia es ésta, en la que se puede aprobar sin estudiar? ¿Y qué clase de profesor es usted, que no se hace cargo de lo que enseña ni a quién se lo enseña?

Entiendo la alegría -una vez me pasó algo parecido, pero era por otro motivo-, pero comprended mi preocupación. En el mundo laboral, nadie regala nada. Sobran licenciados y no abundan las oportunidades, ni siquiera para la gente que vale como periodista.  

Además, una vez que te contratan como tal -si es que te contratan-, apenas puedes ejercer el periodismo. Te limitas a editar comunicados, a asistir a ruedas de prensa y, con un poco de suerte, a tocar en profundidad algún tema que, eso sí, no levante demasiada polémica, sobre todo si tu jefe supremo -el propietario- tiene algún interés en la cuestión.

Y apunto una cosa más. Tanto profesores como alumnos deberían mirar un poco más allá de la materia y del examen, y ver que, si realmente quieren enseñar o practicar el periodismo, deberían empezar a implicarse en la situación actual. En sus trabajos de investigación, en sus columnas a los medios de comunicación, en la responsabilidad que tiene su Facultad en dicha situación. Los alumnos, por su parte, podrían unirse a las entidades periodísticas y, desde ahí, ver qué se puede hacer; o plantearse si tendrán que crear un medio de comunicación para poder ser periodistas, y pedir asesoramiento en la Facultad.

En fin, no estoy de exámenes, pero me he puesto a pensar en el sentido de lo que estamos haciendo, como cuando era estudiante. Tal vez porque sigo siendo estudiante y me gusta la docencia. Vuelvo a la tesis.

Foto: http://www.aprendes.info/images/examen1.jpg

Carta a una joven aspirante a periodista

Estimada M.:

El otro día me encontré con tus padres y me han dicho que quieres ser periodista cuando termines el Bachillerato. Me han dicho que te gustaría dar las noticias en algún periódico o telediario, explicarle a la gente lo que pasa en el mundo y darle criterios para que se forme su propia opinión.

Todo esto me parece realmente estupendo, pues no son pocos los que se acercan al periodismo con el deseo de alcanzar poder, fama o simplemente un buen sueldo cuando, para eso, lo mejor es meterse en política, meterse en la cama con algún famoso -perdona si hablo demasiado claro- o estudiar en alguna prestigiosa escuela de negocios.  Sin embargo, déjame que te comente algunas cosas que me parece que debes tener en cuenta antes de tomar la decisión definitiva.

Ser periodista no es una “profesión” fácil -luego te explico las comillas-. Un periodista tiene que pensar muy rápido y escribir, editar o locutar más rápido aún. Y todo ello sin entender ni expresarse incorrectamente. Algunos te dirán que hay que estar a la última en tecnología, pero yo no me refiero a eso. La tecnología cambia continuamente y se aprende bastante rápido. Las habilidades cognitivas y expresivas a las que me refiero se aprenden con más lentitud, pero son más estables y se pueden aplicar a cualquier medio.

Lo que sí es cierto es que el paso del lenguaje analógico al digital ha multiplicado la cantidad de datos e informaciones, con lo que a estas capacidades, digamos tradicionales, has de sumar una buena capacidad de búsqueda, almacenamiento y selección.

Y, sin embargo, esto no es suficiente para considerarse un buen periodista. Has de ser valiente. Y me explico. El periodista sabe que todo el mundo quiere quedar bien delante del micrófono o de la cámara, que nadie quiere ser cuestionado ni mucho menos contradicho en sus afirmaciones. El periodista sabe que siempre nada a contracorriente y que eso requiere una gran energía, una gran convicción. Por eso, ha de ser un poco escéptico y muy crítico ante quienes les ofrecen informaciones aparentemente desinteresadas.

Y he aquí lo más importante, mi querida amida. Un periodista que se precie no puede perder de vista cuál es el sentido de su trabajo, porque éste es el que le da la fuerza para afrontar todos los obstáculos. ¿Y cuál es ese sentido, esa finalidad, ese objeto propio, ese bien específico, llámalo como quieras? Pues lo que les has dicho a tus padres. Tu misión es explicar lo que ocurre, no lo que otros dicen que ocurre, en los diferentes ámbitos de la sociedad.

Esto, que parece tan simple, es en realidad lo más difícil. Cuando empieces a trabajar, apenas tendrás tiempo para pensar. De hecho, otros ya habrán pensado antes por ti. Partidos políticos, empresas, instituciones y ciudadanos habrán diseñado una estrategia más o menos definida, más o menos planificada, para salir en los medios cuando quieran y como quieran. Los propietarios del medio para el que trabajes también tendrán unos objetivos, que transmitirán a tu director y éste, a su vez, a tus jefes inmediatos. Ojo, tener una estrategia no es bueno ni malo. Es lo más sensato. El problema viene cuando la estrategia sólo busca el interés propio, sin importar las consecuencias para el resto de los ciudadanos. Lo difícil es distinguirlas.

De hecho, al principio no percibes casi nada. Uno suele comenzar a “trabajar” -ahí van otras comillas, para después- en secciones o temas intrascendentes, se toma las indicaciones de sus jefes como consejos profesionales y no como orientaciones interesadas, todo le parece nuevo y digno de ser contado. Pero el tiempo pasa y uno va viendo que la agenda es apretada, que si quiere profundizar en algún tema ha de ser en su tiempo libre, que la empresa no quiere apostar por el periodismo de investigación… Y que prosperan profesionalmente las personas que son más fieles a los enfoques que dicta el director. Y puede que pierdas algo de energía, algo de curiosidad, algo de interés por verificar, por contrastar … Y puede llegar el día en que descubras que hace mucho tiempo que dejaste de pensar por ti misma y te limitaste a seguir la corriente. Justo lo que dijimos que un periodista no debía hacer, ¿recuerdas?

Mucha gente te dirá que las cosas están fatal, que con tantos licenciados y tanta precariedad, no está el horno para bollos. Ahora te explico las comillas. Todavía no tenemos claro cuál es nuestro papel como periodistas, al menos en España, que es lo que conozco un poco mejor. Nos llenamos la boca con que somos una profesión, pero la realidad es que todo vale y que se considera periodista a cualquiera que trabaja en un medio de comunicación. De hecho, también he de decírtelo, no es imprescindible cursar la carrera de Periodismo para ejercer como tal.  Y los periodistas saben que, si no acatan las directrices que les mandan, cualquiera ocupará su lugar. En resumen, mi querida amiga, los periodistas españoles hace tiempo que dejaron de vivir el periodismo para sobrevivir en él.

Tranquila, no he terminado todavía. Yo creo que se puede hacer algo, que siempre se puede hacer algo o, al menos, que uno no puede quejarse y quedarse con los brazos cruzados. No es coherente. No es sano. Una persona que cree en una cosa y hace otra se está tirando piedras sobre su propio tejado que se manifiestan en mal humor, críticas destructivas, cinismo, resignación, depresión… Si, a pesar de todas las dificultades que te he comentado, sigues creyendo que hacen falta profesionales que se dediquen única y exclusivamente a explicar lo que pasa, entonces adelante con todas las consecuencias.

Cuando llegues a la Facultad, no te conformes con lo que te expliquen. Actúa como una profesional y ve siempre más allá de donde te deje el profesor. Deberás ser muy lista, muy ágil mentalmente y expresarte muy muy bien. Recuerda que tu única “arma” son las palabras -no hace falta que te explique las comillas, ¿verdad?-.   

Cuando realices tus primeras prácticas o trabajos, párate a pensar en lo que tú piensas sobre el tema y, si no coincide con lo que dice tu superior, díselo, explícaselo, arguméntaselo. Con educación y respeto, pero díselo. Aquí aplicarás lo que aprendiste en la Facultad.

Cuando creas que el trabajo te impide profundizar en temas importantes, intenta convencer a tus jefes. Si no lo consigues después de varios intentos, has tocado techo y entonces has de unirte a otros profesionales para cambiar las estructuras.

No cambies de trabajo si no puedes, pero lucha por cambiar lo que no depende de ti. Asociáte a una asociación, colégiate en un colegio, afíliate a un sindicato, monta una red o haz lo que quieras, pero no te pares. Hay mucho trabajo por hacer. Es lo que tiene ser periodista. Nadamos contracorriente.

Foto del Colegio de Periodistas de Chile