El riesgo de la docencia en “El club de los poetas muertos”

Hay dos frases en el libro de N. H. Kleinbaum que he subrayado de forma especial. Las pronuncia John Keating, el profesor de Literatura recién llegado a un tradicional colegio preuniversitario que se guía por los valores del honor, la tradición, la disciplina y la excelencia. Son las siguientes:

1) “Sólo pretendo forjar espíritus libres” (Ed. Círculo de Lectores, 1991, p. 50)

2) “Una buena educación debe enseñar a los alumnos a pensar por sí mismos” (1991, p. 117).

Sólo puedo decir que estoy COMPLETAMENTE de acuerdo. 

Lo que más me maravilla de este profesor es que consigue aunar dos aspectos muy diferentes entre sí: la formación técnica (los alumnos conocen algunas teorías sobre la poesía y algunos de los poetas más importantes) y la formación humana (los alumnos aprenden el valor de conocerse a sí mismos y de luchar por lo que quieren de verdad). Eso, en cuanto al fondo.

En relación con la forma, me maravilla la sinceridad y la creatividad del docente. Por ejemplo, no tiene reparos en afirmar que el pensamiento de un  teórico es un auténtico “excremento” y es muy original cuando invita a los alumnos a subirse encima de una mesa para adoptar otro punto de vista y así abrir su mente.

Keating es además muy consciente de la etapa vital que atraviesan sus alumnos, y les hace continuos guiños que conectan estupendamente con su pasión por la libertad, el amor y la autenticidad.  

Pero educar en la libertad tiene un precio, y es que el educando no se deja manipular.

Y eso pone nerviosos a algunos padres y profesores.

Y eso me hace pensar que los MAESTROS que educan en la libertad también pagan un precio.

Y que tal vez por eso hay tan pocos profesores de verdad.

Y qué mal habla eso de nuestra sociedad.

 Foto tomada de aquí.

“Serpico” o cuando el bueno es el raro

Serpico” (1973) es la historia de un hombre con ideales. Un hombre que soñó con ser policía y que, al ingresar en el cuerpo, se topó con su peor pesadilla: la corrupción de sus propios compañeros.

En un primer momento, Serpico intenta mantenerse al margen, con la vana esperanza de que lo dejen tranquilo. Y lo consigue a medias, porque no resulta fácil, y la película lo refleja muy bien, ser el blanco de todas las miradas, de todas las burlas. Serpico es el tipo raro, el policía excéntrico, el que va por libre…

Con la única bandera de su conciencia. Y ésta le advierte, y ésta le inquieta, y ésta le exige. ¡Lo que está mal, está mal, hágalo un delicuente o un policía! Y comienza a hablar con sus superiores, quienes, oh sorpresa, no están demasiado interesados en lavar la suciedad que les rodea.

Y nuestro protagonista (Al Pacino)  se desespera. Y su novia le cuenta una historia, la historia que todo hombre ha escuchado alguna vez, cuando ha tenido que enfrentarse a algo terrible, algo superior a sus fuerzas:

Había una vez un rey que vivía en paz con sus súbditos. Un buen día, alguien envenenó el pozo del pueblo. Todos, menos el rey, bebieron de él y se volvieron locos. Todos menos el rey. Entonces los súbditos pensaron: “Hay que matar al rey, pues éste se ha vuelto loco”. El rey, preocupado por su vida, lo pensó detenidamente y, finalmente, decidió beber del pozo. Y todos se tranquilizaron. “El rey ha entrado en cordura”.

¿Beberá Serpico del pozo de la locura, para que otros le consideren un tipo “normal”, para negarse a sí mismo y no sentir “el peso de un deber desagradable”? ¿Tragará Serpico con ese mundo al revés, donde el bueno es el raro, y los malos son los señores del buen hacer?

No puedo revelar más datos. Sólo puedo decirte que pienso como Serpico: si las personas invirtieran todas sus energías en hacer bien su trabajo, se solucionarían muchos de los problemas que afectan a otros ciudadanos.

Bravo por Frank Serpico. Bravo por esta historia real.

Foto de aquí.

La diferencia entre creer o no creer en las personas

Ayer vi la película Yo creo en ti (Call Northside 777 en inglés), dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por James Stewart. El largometraje, realizado en 1948, me parece que refleja una manera de hacer periodismo muy digna, muy profesional, muy necesaria, muy escasa hoy en día.

Todo comienza porque el director del Chicago Times tiene curiosidad por saber quién ha puesto un anuncio en el que se ofrecen 5.000 dólares por descubrir al verdadero culpable de un crimen. Le encarga el trabajo a un periodista (Stewart) que, con gran apatía y desinterés, descubre que se trata de una madre que ha ahorrado esa cantidad fregando suelos, con la esperanza de que alguien saque a su hijo de la cárcel.

El periodista publica la historia y, en vista del interés del público, el director le anima a hablar con el preso. Stewart no lo ve bien, pues no cree que deba darse voz a los asesinos, pero cede ante la insistencia de su jefe. El caso es que, poco a poco, Stewart comienza a creer en la bondad del presunto asesino, ya que éste demuestra ser un hombre con principios.

Y así, va implicándose más y más en la historia hasta que los poderes públicos (polícia, fiscal, etc.) empiezan a sentirse incómodos de que alguien cuestione públicamente la Justicia. Me gusta mucho la escena en la que el propietario del medio llama al director y al periodista para, en presencia de “los poderosos”, intentar llegar a un acuerdo. Me gusta porque refleja la cadena de confianza que existe entre propietario, director y periodista. Al final, este último es el que más sabe del caso y todos tienen la humildad y el valor de reconocerlo.

Por eso, como concluye el narrador del filme, un hombre salió de la cárcel gracias al amor de una madre, el apoyo de un periódico y el esfuerzo de un periodista por encontrar la verdad. Y lo mejor de todo es que se trata de una historia basada en un hecho real.