‘Un enemigo del pueblo’ o la obra de teatro que todo periodista local debería conocer

No sé cómo ha llegado a mis oídos Un enemigo del pueblo, una obra de teatro publicada por el dramaturgo noruego Henry Ibsen en 1883. Sólo sé que algo me dijo que tenía que leerla. Sólo sé que justo antes de hacerlo me enteré de que se representaba durante un único día y pude verla. Tal vez sea cierto eso que dicen de que no hay obras malas, sino malos momentos. O, al revés, que sólo leemos -escuchamos- de verdad cuando estamos preparados para ello. Intuyo que ha llegado mi momento porque Un enemigo del pueblo me ha hablado de…

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  • Un hombre -imperfecto, como todo ser humano- que busca y defiende la verdad,  aunque esa decisión vaya en contra de sus intereses y los de su familia.
  • Una clase político-económica que no duda en manipular a la opinión pública, la “inconmovible mayoría”, para mantenerse en el poder, aunque eso suponga sacrificar gente inocente.
  • Un medio de comunicación –La Voz del Pueblo, que más quisiera- que asegura defender la verdad, la libertad y la justicia, pero que tiembla ante las mayorías, las minorías y cambia de estrategia en función de los potenciales ingresos.
  • Una sociedad exigente y miedosa, que sólo piensa en sus intereses y derechos y que no duda en atacar o dejar que ataquen al más débil con tal de obviar sus deberes como ciudadanos.

La frase final del protagonista, el ya inseparable compañero de camino doctor Thomas Stockman, me revela el secreto que comparto con mis queridos lectores y lectoras y con el abriría una clase de periodismo local, de proximidad o de amor al próximo/prójimo:

“El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo”

Senyores i senyors, visca L’Hospitalet de Llobregat! 😉

 

Imagen tomada de aquí 

 

 

“Ética de la compasión” sale a escena en la obra “Mar i cel”

Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) tiene un libro que recomiendo vivamente. Se titula Ética de la compasión (Herder, 2010) y es de lo más interesante que he leído en los últimos tiempos sobre el tema. Creo que lo que más me gusta de su obra es cómo transmite sus ideas. No digo que sus ideas no me convenzan. Solamente digo que empatizo con su estilo y discrepo en algunas cuestiones.

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El autor dedicándome un ejemplar.

El estilo de Mèlich, para quienes no le conozcan, es difícil de describir. Es un lenguaje muy humano, muy vital, a caballo entre la filosofía y la literatura, la poética. No en vano, el autor considera que las grandes obras de la literatura deberían ser consideradas también obras mayúsculas en Filosofía. Porque la vida es finita, imperfecta e inacabada, como las historias que nos cuentan los grandes narradores.

Con esta visión de la vida, no resultará extraño que el profesor de Filosofía de la Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona se muestre muy crítico con lo que denomina “el teatro metafísico”, de reconocida inspiración nietzscheana. Mèlich piensa que “los seres humanos hemos inventado la metafísica para poder hacer frente al temor de vivir en un mundo incierto”, para poder responder con certeza a todas las respuestas que la vida nos plantea, cuando la grandeza y la miseria de nuestra vida es que no controlamos prácticamente nada.

¿Significa esto que todo es relativo, que debemos dejarnos arrastrar por el escepticismo y el nihilismo? Para nada, y este creo que es el gran mérito de la obra: intentar encontrar, explicar, comprender cómo es posible la ética sin necesidad de recurrir a algo que está más allá de la vida, sin necesidad de apelar a una metafísica.

Esta concepción de la realidad (metafísica-ontología) y del ser humano como ser finito y limitado (antropología) es lo que posibilita la existencia de la ética. Porque, en lo que ya es una constante del autor, la ética no puede confundirse con la moral. La moral es el conjunto de valores, principios y normas que heredamos al venir al mundo. La ética, por el contrario, es

“su punto ciego porque emerge en un escenario en el que el ‘marco normativo heredado’ es puesto en cuestión. La ética surge en una situación-límite, en una situación de radical excepcionalidad. Por eso no es la excepción que confirma la regla, sino la que la rompe, la que la quiebra, la que la suspende. En otras palabras, podríamos decir que la ética aparece en una situación en la que uno se da cuenta de que la gramática propia de la cultura en la que había sido educado, el universo normativo-simbólico que le habían transmitido, no ‘encaja”.

Es decir, al contrario que las éticas metafísicas, no hace falta apelar a otro mundo trascendente donde se hallan el Bien, el Deber, la Ley o la Dignidad. Dicho con otras palabras, no hay un modelo ideal, inmutable, universal y necesario con quien compararse. Lo que hay son personas frágiles necesitadas de compañía y consuelo. Lo que hay es “la experiencia del sufrimiento del otro”. Lo que hay, inspirándose en Emmanuel Levinas, es la “dimensión doliente del rostro”.

Es por este motivo que la ética no puede expresarse con los mismos conceptos de la metafísica o la epistemología. “La ética no puede contemplarse en términos de sujeto-objeto, ni en términos de ser-ente, sino como una llamada y una respuesta responsable, como una acusación a mi libertad. Y es la respuesta a ese grito silencioso, una respuesta imposible de planificar y de organizar, una respuesta siempre improvisada, la que configura la compasión”.

Como paradigma de ética de la compasión, Mèlich pone como ejemplo la parábola del Samaritano que aparece en la Biblia. Aquel hombre que, si hubiera seguido la moral que le inculcaron desde pequeño, no se habría parado ante el pobre hombre que yacía en el suelo, mientras que quienes sí debían de haberse parado no lo hicieron. Y que se paró y ayudó al otro porque miró el rostro del hombre que sufría y sintió la necesidad de acogerlo, protegerlo y acompañarlo.

Donde se encuentran el cielo y el mar

Yo creo haber encontrado otro ejemplo que muestra a la perfección esta idea. Se trata de una escena de la obra de teatro “Mar i cel” que he visto hace poco. Basada en  el texto de Àngel Guimerà, está ambientada en el siglo XVII y cuenta la historia de unos piratas moriscos que han apresado a unos cristianos, a quienes mantienen retenidos. El caso es que se odian a muerte hasta que Blanca, una joven cristiana, escucha la historia del capitán del barco, Saïd. Él le explica cómo les expulsaron de España con violencia, cómo mataron a su madre… Y ella y él se sorprenden cuando ella rompe a llorar. Sus sistemas morales se hacen añicos y ella termina gritando: “Per què he plorat per qui no havia de plorar? (¿por qué he llorado por quien no debía llorar?).

No sé hasta qué punto podemos renunciar a la metafísica, a poner etiquetas, a intentar encontrar respuestas que nos aporten seguridad y orientación en el camino de la vida. Querer hacerlo es despojarnos de otras facetas de nuestra personalidad. Tampoco tengo claro que sólo hayamos conocido el mal, como sostiene a menudo Mèlich. Jesús de Nazareth, Gandhi, Luther King, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer… El bien también ha brillado en nuestra historia y espero que siga haciéndolo por mucho tiempo. Este libro creo que contribuye a ello y es por este motivo que lo recomiendo vivamente. La ética es vida.

Los dilemas de “El Congreso”

La vida es una sucesión de decisiones. Algunas más intrascendentes, como elegir una película de la cartelera para el fin de semana;  otras, más vitales, como renunciar a una carrera profesional por cuidar de un hijo. El largometraje ‘El Congreso’, dirigido por Ari Folman, nos presenta a la actriz Robin Wright ejerciendo de ella misma: con 44 años, sin trabajo, con dopeliculaelcongresos hijos, uno de ellos con una deficiencia sensorial, sin perspectivas de futuro profesional. Y, de repente, el dilema número uno que le plantean los estudios de Hollywood: ¿te  escaneamos, te convertimos en un personaje digital y dejas de interpretar lo que te queda de vida?

Dilema importante para cualquier actor, pero que a nosotros no nos interesa demasiado, pues tenemos pocas probabilidades de que nos propongan dicha oferta. El interrogante más peliagudo de esta película franco-israelí, y que ya nos concierne un poco más a todos, es el siguiente. Supongamos que es posible tomar una sustancia que nos permite vivir en un mundo animado, en dos sentido: animado, como los dibujos; sin tragedias ni dramas, también como los dibujos. ¿Qué hacemos?

La pregunta es muy pertinente justo en la parte del mundo en que nos encontramos, pues cada vez tenemos más tiempo de ocio y, corrígeme si me equivoco, cada vez elegimos actividades más evasivas, en el sentido de alejadas de la vida cotidiana, de los problemas, de las desgracias. Siempre en términos generales, claro. O sea, que, en el fondo, la pregunta nos toca de lleno si nos planteamos cuál es la actitud con la que afrontamos o queremos afrontar la vida: ¿encaramos los problemas o preferimos esquivarlos y “dejarle el muerto” a otro?,  ¿asumimos nuestra responsabilidad en lo que pasa en el mundo, en nuestro mundo global, o nos escondemos en nuestra casa y nuestra vida privada como si no pasara nada y no pudiéramos hacer absolutamente nada?

De hecho, resulta muy curioso que en la vida animada, tan poética, tan fascinante y tan colorida, en contraste con la vida real, tan prosaica, vulgar y gris, no haya espacio para el conflicto, pero tampoco para la solidaridad. No hay problemas, porque cada uno tiene lo que desea –no hay egos, dicen en el film-, pero tampoco hay compasión, porque nadie es capaz de salir de su ombligo y mirar más allá de sí mismo –por eso nadie ayuda a la pobre mujer negra tirada en la calle-. No hay odio, no hay amor, no hay ética.

También me parece muy oportuno plantearnos a quién le interesa que vivamos en un mundo de fantasía. En la película queda bastante claro que los promotores son los creadores de ficción, pero es evidente que ellos no trabajan solos ni a espaldas de las autoridades. Y también se perciben con nitidez las diferencias entre la élite y el resto de la masa en el mundo real.

Sea como fuere, y a pesar de algunas incoherencias internas, la película me parece interesante, pues nos plantea la importancia de tomar decisiones correctas. ¿Y cuál es la decisión correcta? No lo sé, pero mucho me temo que, como ocurre en los grandes dilemas, cualquiera de ellas presenta problemas. Al menos, vistas desde fuera. ¿Será que la vida humana, para ser realmente humana, ha de ser imperfecta? ¿Nos estaremos engañando al querer buscar una felicidad completa? ¿No estará engañando alguien al querer vendérnosla? Mira la película y busca tu respuesta.

 Imagen tomada de aquí.

Ética y liderazgo en “El juego de Ender”

Una vez más, sumerjámonos en la ficción para aclarar la vida. En esta ocasión, os sugiero la película “El juego de Ender”, un largometraje dirigido y adaptado por Gavin Hood de la primera entrega de la novela homónima de ciencia-ficción escrita por Orson Scott Card en 1985. Muy resumidamente, el filme nos cuenta cómo los seres humanos se enfrentaron y vencieron a una raza alienígena llamada ‘insectores’ en el pasado y tienen miedo de que les vuelvan a atacar. Desde entonces, forman a niños y adolescentes para hacer frente a una posible nueva guerra, ya que han descubierto que los jóvenes son más ágiles, más intuitivos y más creativos que los adultos. Uno de esos niños se llama Ender Wiggin (intepretado por Asa Butterfield).

Dos estilos de liderazgo, tres ejemplos

La película muestra dos estilos de liderazgo muy claros. Las diferencias más evidentes se perciben entre Ender y Bonzo, el jefe del escuadrón Salamandra, uno de los grupos que se forman en la escuela militar espacial. Desde el primer día, Bonzo le deja muy claro a Ender que no podrá practicar con su grupo, ya que no está dispuesto a perder ninguna batalla simulada por culpa de un ‘novato’. Cuando Ender es designado jefe de otra escuadra, la Dragón, su actitud es diametralmente opuesta. En primer lugar, muestra una gran confianza en todos sus miembros, incluso en aquél antiguo compañero que un día se peleó con él, cuando ambos eran aprendices. En segundo lugar, humildad: si hay alguna idea mejor que la mía, quiero escucharla.

La cuestión del liderazgo también puede rastrearse entre los profesores. Por un lado, se encuentra el Coronel Graff (interpretado por Harrison Ford), quien confía plenamente en Ender, a pesar de que este todavía no confía en sí mismo, pues en ocasiones siente la rabia y violencia que hizo que expulsaran a su hermano mayor de la academia. Por otro lado, la psicóloga de la escuela, Gwen Anderson (a cargo de Viola Davis), no termina de fiarse. Es más, crea un juego para conocer mejor a Ender que sólo contribuye a presionarle más.

Y finalmente, creo que los diferentes estilos de liderazgo también puede observarse en los dos hermanos de Ender. El hermano mayor, ya se ha comentado, ejerce una pésima influencia sobre Ender, pues le recuerda que comparte genes con un ser envidioso y violento. Su hermana Valentine, por el contrario, es pura bondad y le trasmite una gran confianza en la solidaridad y en la humanidad.

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La creación de un líder

Estos tres niveles muestran, a mi juicio, algo muy importante, y es que un líder no sale de la nada, sino que se halla fuertemente influido por la familia en la que nace y la educación que recibe. Es verdad que Ender posee unas cualidades excepcionales –talento para la estrategia y valor para ponerla en práctica-, pero no es menos cierto que necesita, como necesitamos todos, de personas que confíen en él para dar lo mejor de sí mismo. En este sentido, el largometraje refleja bastante bien cómo se forma un líder.

Y también pueden hallarse pistas sobre las dificultades que conlleva esa posición. La más clara, para mí, es la soledad. Ender es rechazado por sus compañeros en la misma medida en que sus profesores alaban sus actitudes. Y no porque él sea especialmente engreído. Casi al contrario, como he mostrado antes. Es abierto, dialogante, agradecido. La envidia, me temo, puede ser uno de los principales obstáculos con que puede encontrarse cualquier persona que sobresalga en cualquier campo. Y la soledad que ella conlleva puede suponer una carga demasiado pesada de soportar. Otra dificultad importante, sin duda, es la responsabilidad: el líder ha de tomar decisiones que afectan a otras personas, y no siempre acierta, con lo que es fácilmente objeto de críticas y menosprecio.

El valor de la empatía

Afortunadamente, el líder también encuentra personas que perciben su valía y que quieren apoyarle en su causa. En el caso de Ender, ya lo hemos dejado entrever, encontramos inteligencia, valor, respeto, humildad y empatía. Obsérvese que muchas de estas cualidades son claramente éticas, sobre todo la última. Y es en este punto donde me gustaría detenerme un poco más.

Creo que la película refleja muy bien el carácter empático de Ender, pues él mismo lo explicita en más de una ocasión: conozco tan bien a mi enemigo, lo comprendo tan bien, que cuando estoy a punto de acabar con él sufro porque lo he destruido. Podría desarrollar más esta idea, pero debería desvelar más detalles, y prefiero que veas la película y seas tú quien me digas si crees que la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, te parece clave o no para ser un buen líder. En definitiva, si crees que ética y liderazgo se hallan más unidos de lo que en ocasiones pensamos.

Imagen tomada de aquí.

Antes de que sea demasiado tarde. La trilogía de Richard Linklater

Alguno se preguntará qué pinta una trilogía romántica en un blog sobre Investigación, Docencia, Comunicación y Ética. Tal vez nada o tal vez todo. Algo, seguro. Primero, porque me gusta explorar, llámenlo investigar si quieren, la huella que una película –tres, en este caso- puede dejar en nuestro interior. Segundo, porque ese ‘darle vueltas’ es para ver si podemos –puedo- aprender algo, y supongo que esto tiene algo que ver con la docencia o la educación. Tercero, porque la ficción es una forma de comunicación. Y cuarto, porque la Ética es un ‘saber’ que nos ayuda a vivir mejor y no creo que haya vida plena sin experimentar algún tipo de amor.

Para quien no lo sepa, la trilogía del director Richard Linklater (Texas, 1960) está compuesta de tres películas: Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Se da el caso, además, de que las tres están interpretadas por los mismos actores: Ethan Hawke (Texas, 1970) y Julie Delpy (París, 1969). Y la temática alrededor de la cual giran los tres largometrajes, como he comentado, es el amor.

El amor, una experiencia tan compleja que ni las más bellas formas de expresión podrían captar toda su riqueza. Y tan ‘sobada’ que cada vez resulta más complicado experimentarla sin dejarse llevar por las imágenes, los dichos y las palabras que se han centrado en ella. Por eso, nuestra ‘idea’ del amor va cambiando con el paso de los años, donde cotejamos lo que un día vimos, escuchamos o leímos con lo que vamos experimentando a lo largo del tiempo. Por eso esta trilogía es tan interesante, porque refleja ese cambio en nuestra percepción, hasta el punto de que no sabemos si el amor es algo que está ahí, esperando a ser descubierto, o algo que nace de dentro, a base de voluntad y deseo. Tal vez las dos cosas.

I. Atención e ilusión. La primera película de la trilogía versa, en mi opinión, sobre el enamoramiento, una ‘realidad’ que algunos incluyen dentro del amor y otros no. Yo sí la incluiría, aunque no me parece la forma más plena de amor. Y me explico. Considero el enamoramiento una atracción ilusionante, es decir, alguien nos llama la atención, nos sorprende gratamente, y nos ilusionamos e imaginamos cómo podría ser la vida a su lado. Es lo que les pasa a Jesse (Hawke) y Céline (Delpy), que se encuentran en un tren y deciden pasar un día juntos, atentos a lo que el otro dice y hace, ilusionados con la ‘aventura’ e imaginando si podrían encajar o no como pareja. No he de decir que la atracción sexual también es importante, mucho menos que hagan o no el amor –y por eso nos quedamos con la duda-.

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II. Decisión y voluntad. El segundo largometraje es mucho más serio, acorde con la madurez de los personajes -¿hace falta ser maduro para amar?-. Los protagonistas vuelven a encontrarse después de varios años, cuando ya tienen proyectos de pareja o familia –Jesse está casado y tiene un hijo, y Céline está comprometida con un fotoperiodista-. No es de extrañar, por tanto, que les cueste reconocer que se dejaron huella. Lo más impresionante es que, a lo largo del encuentro, ambos van descubriendo, al mismo tiempo que los espectadores, que esa huella es mucho más profunda de lo que creían. La creatividad que despertó su primer encuentro –Jesse ha escrito un libro y Céline ha compuesto canciones- constituye una magnífica señal para medir la intensidad del momento. El dilema está servido: ¿hago como si no pasara nada, le resto importancia, o cambio totalmente de vida y me lanzo a comprobar si esa sensación, la de que estoy delante de la persona más adecuada para mí, es cierta? Es decir, ¿estoy dispuesto/a a hacer los sacrificios que sean necesarios para amar a esta persona y dejarme amar por ella? Después del enamoramiento, llega un momento en que hay que tomar una decisión y mantenerse en ella. Y, obviamente, la decisión ha de ser mutua.

antes del atardecer

III. Crisis y reafirmación. La última película de la serie nos sitúa unos años más tarde. Jesse y Céline forman pareja y tienen dos niñas preciosas. Parece que han encontrado la felicidad juntos, tal y como imaginaron y buscaron en el pasado. ¿Parece? La vida es una continua ‘aventura’ y la preocupación y la incertidumbre están a la orden del día, vivamos solos o en pareja. Y las vacaciones, ya lo dicen los expertos, son un buen momento para hacer balance, para sopesar pros y contras, y para entrar en crisis. Porque, como reconocen los dos protagonistas, el día a día apenas deja tiempo para pensar y es fácil que uno –o los dos- se sobrecargue, se queme, se resienta… Y dude de sus sentimientos y haga zozobrar la relación.

antes del anochecer

No quiero desvelar más detalles, pero el interés de esta trilogía reside precisamente en que desmitifica las películas románticas made in Hollywood –en la que encajaría perfectamente la primera parte- y muestra que el amor es una ‘apuesta’ que no se gana en una única ‘partida’, sino que requiere sucesivos y constantes ‘juegos’ de palabras, hechos y gestos. Es decir, el amor se halla constantemente entre la crisis y la reafirmación, como el corazón se contrae y se expande en cada latido. Y si no es así, puede que no sea amor. O, al menos, así interpreto yo la última obra del director Richard Linklater. En todo caso, es de agradecer que alguien utilice el cine para hacernos reflexionar sobre un tema tan importante, si no el más importante, de la vida. ¡Atrévete a experimentarlo, antes de que sea demasiado tarde!

Hannah Arendt o la filósofa que quiso comprender el mal

Esta semana se estrena ‘Hannah Arendt’, una película dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa. En ella se narra el momento en el que Arendt decide acudir a Jerusalén para cubrir el juicio contra Adolf Eichmann, teniente coronel nazi encargado del transporte de los judíos a los campos de exterminio, y las consecuencias que tuvo que afrontar tras la publicación de sus ideas.poster-hannah-arendt

Hannah Arendt (1906-1975) fue una judía nacida en Alemania o una alemana de origen judío. En todo caso, profundamente marcada por sus dos identidades. También por su pasión de juventud, el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976). Arendt tuvo que huir de su país y exiliarse a Estados Unidos para poder salvarse de la persecución nazi, no sin antes estar encarcelada en un campo de internamiento en el Sur de Francia.

El largometraje refleja muy bien cómo Arendt no puede comprender cómo ni por qué una nación tan cultivada como Alemania pudo cometer semejantes barbaridades. En un primer momento, postula  la existencia de un “mal radical”, algo tan profundo y oscuro que ni puede perdonarse ni castigarse.

La cobertura del juicio a Eichmann en 1961 le hará cambiar de opinión. Allí no ve a un monstruo, sino a un burócrata irreflexivo que se limitaba a cumplir órdenes, sin pensar en el sentido o las consecuencias de sus acciones. Entonces hablará del “mal banal”, un mal difícilmente perceptible pero que termina pudriéndolo todo, como lo haría un gusano con una manzana.

En el preestreno del largometraje, organizado por la Fundació Joan Maragall y la Facultat de Comunicació Blanquerna, escuché que el concepto que generó tanta polémica entre los judíos, entre otras cuestiones, no tenía una base real, es decir, que en una entrevista que ha salido a la luz hace unos años Eichmann reconocía ser muy consciente y estar muy orgulloso de sus actos.

Creo que este hecho no invalida el concepto. Es más, me atrevería a decir –y esto es sólo una hipótesis- que Arendt estaba proyectando sus ideas sobre Heidegger cuando escribía sobre Eichmann. Arendt necesitaba comprender cómo el hombre que le había enseñado a pensar, un hombre brillante a juicio de todo el mundo, había caído en el espejismo nazi, en la más absoluta irracionalidad. Necesitaba comprenderlo porque tal vez todavía le amaba y no podía creer que se había enamorado de un monstruo.

La lección de Arendt es grande. Tener conocimientos no es lo mismo que pensar. Saber mucho no es lo mismo que comportarse como un ser racional, ético. Seres muy inteligentes pueden convertirse en seres absolutamente manipulables por falta de reflexión, de diálogo interior consigo mismos. Y, añadiría yo, por debilidad de carácter o voluntad. El film muestra a un Heidegger débil, manipulable, cargado de culpa e incapaz de hacer frente a las consecuencias de sus acciones. Todo lo contrario que Hannah, que se mantiene fiel a sí misma a pesar de las presiones más fuertes, las de los propios amigos. Estamos, por tanto, ante una mujer inteligente y valiente. Realmente hay que serlo para buscar la verdad y comunicarla. Realmente hay que amar mucho al mundo para intentar comprenderlo en vez de juzgarlo.

“Oblivion”: lo que no debemos olvidar

Oblivion, la película dirigida por Joseph Kosinki (Tron Legacy) y protagonizada por Tom Cruise, arrasa en las taquillas españolas, con casi cuatro millones de euros en dos semanas. Me pregunto cuál es el secreto de su éxito, cuáles son los secretos que nos pueden ayudar a alcanzar una vida más plena y exitosa.

Escucharse más allá de la normaoblivion

Jack Harper (Tom Cruise) y Victoria Olsen (Andrea Riseborough) son las dos últimas personas que habitan la Tierra, ya que el planeta quedó prácticamente arrasado tras una lucha entre los humanos y unos seres invasores a los que denominan “carroñeros”. Antes de abandonarlo definitivamente y reunirse con el resto de los supervivientes en el espacio, vigilan que los alienígenas no destruyan las máquinas que les permitirán llevarse los pocos recursos que quedan.

La vida de Jack y Victoria (Vika) está totalmente pautada, medida, controlada y dirigida por una supervisora que vigila todos y cada uno de sus movimientos, a fin de conseguir el éxito de la misión. Ambos aceptan la disciplina sin rechistar y, sin embargo, algo falla en ese “hogar” tan perfecto, tan de catálogo. No hay lugar para la espontaneidad, para la alegría, para las dudas…

¿Por qué Jack no es feliz si tiene sus necesidades básicas cubiertas, trabaja en lo que le gusta y convive con una persona que le quiere y a la que quiere? ¿Tal vez porque, al contrario que Vika, no se identifica totalmente con su papel, con “lo que hace”, porque sabe que dentro de él hay algo más?

Jack sabe que hay algo más porque se escucha a sí mismo. Escucha sus sueños, escucha sus recuerdos, ¡escucha su inconsciente! He aquí una de las grandes claves de la película, que no por casualidad se titula Oblivion (olvido e inconsciencia en inglés). Pero no basta con eso. Jack, a diferencia de Vika, no se juzga, no se siente culpable por sentir lo que siente, por desafiar la autoridad, por desafiar la norma. Hannah Arendt estaría orgullosa de él: ¡¡oh gran Jack, que habitas en todos lo que no conciben una norma que vaya en contra de las personas!!, ¡¡bendito tú que no caíste en la banalidad del mal!! La apertura y la curiosidad de Jack son las cualidades que le permitirán conocer la verdad de lo que sucede. ¿Y tú, estás dispuesto/a a conocer la verdad?

La confianza en la verdad

No nos engañemos: la verdad asusta. Por eso nos dan tanto miedo las personas que dicen la verdad. ¡Imagínate que te dicen algo que no quieres escuchar! Pues eso mismo es lo que les ocurre a Jack y a Vika. De repente, descubren algo que hace estallar su rutina en mil pedazos y que les deja absolutamente en carne viva. No te lo contaré, porque no tendría gracia, aunque los que hicieron el tráiler de la película se pasaron de graciosos al desvelar el punto de inflexión del largometraje. ¡Ah, cómo nos engañaron con los colores, ese blanco y negro de La Guerra de las Galaxias!

A lo que iba. Jack está dispuesto a conocer la verdad, por mucho que eso le deje confundido, aturdido, perdido, revuelto, descontrolado… Y un “carroñero”, interpretado por el gran Morgan Freeman, está dispuesto a confiar en el poder de la verdad. ¿Qué significa esto exactamente? Lo entenderás mejor cuando veas la película, pero básicamente quiere decir: comunica la verdad y confía en la capacidad de la otra persona para verla e incluso para agradecértela.

¡Ah, cuántas veces preferimos no ver ni hacer ver a otros lo que sabemos que nos haría y les haría tanto bien! Igual tenemos miedo de que nos pase como al afortunado o desgraciado de la caverna de Platón, que cuando vio la luz y se la quiso mostrar a los demás, los demás pagaron sus frustraciones con él. Y no cito más a  Platón, pero no me digáis que no está presente en la idea del conocimiento como recuerdo que he mencionado antes, ¿eh?

El bien común también es el tuyo

Una última claoblivion2ve importante del film es la idea de bien común. En un mundo tan atomizado como el nuestro no nos viene nada mal que nos recuerden lo nuclear: estamos aquí porque alguien cuidó de nosotros -¡atención a la cita de Horacio!- y eso nos obliga a cuidar de quienes vengan detrás nuestro. La imagen de un planeta desolado, víctima de estallidos nucleares y radiaciones, también parece servirnos de advertencia acerca de la importancia de que cuidemos la Tierra, antes de que percibamos las peores consecuencias del cambio climático. ¡Atención a esas briznas de césped, tan similares a las de mi querido Wall-E!

En algún momento de la vida nos toca enfrentarnos con este dilema: ¿sigo con mi vida, ahora que la tengo resuelta, o me acuerdo de quienes están en peores condiciones o lo estarán si yo no hago nada por evitarlo? Jack se enfrenta a ese dilema y, obviamente, no os diré cómo lo resuelve. Sí que os comentaré que a mí no me gusta cómo se resuelve y, en este sentido, creo que el guión cuenta con algún fallo narrativo importante. No obstante, he de reconocer que me ha encantado la plasmación visual, la música y la combinación de ambas. Vamos, que no estamos ante un largometraje de gran calado filosófico, pero que creo que merece la pena recordar si, al menos, nos sirve para no olvidar la importancia de dedicar un tiempo a escucharnos a nosotros mismos hasta el final.

Imágenes tomadas de aquí.

Más películas del Taller de Vida y Ficción

El riesgo de la docencia en “El club de los poetas muertos”

Hay dos frases en el libro de N. H. Kleinbaum que he subrayado de forma especial. Las pronuncia John Keating, el profesor de Literatura recién llegado a un tradicional colegio preuniversitario que se guía por los valores del honor, la tradición, la disciplina y la excelencia. Son las siguientes:

1) “Sólo pretendo forjar espíritus libres” (Ed. Círculo de Lectores, 1991, p. 50)

2) “Una buena educación debe enseñar a los alumnos a pensar por sí mismos” (1991, p. 117).

Sólo puedo decir que estoy COMPLETAMENTE de acuerdo. 

Lo que más me maravilla de este profesor es que consigue aunar dos aspectos muy diferentes entre sí: la formación técnica (los alumnos conocen algunas teorías sobre la poesía y algunos de los poetas más importantes) y la formación humana (los alumnos aprenden el valor de conocerse a sí mismos y de luchar por lo que quieren de verdad). Eso, en cuanto al fondo.

En relación con la forma, me maravilla la sinceridad y la creatividad del docente. Por ejemplo, no tiene reparos en afirmar que el pensamiento de un  teórico es un auténtico “excremento” y es muy original cuando invita a los alumnos a subirse encima de una mesa para adoptar otro punto de vista y así abrir su mente.

Keating es además muy consciente de la etapa vital que atraviesan sus alumnos, y les hace continuos guiños que conectan estupendamente con su pasión por la libertad, el amor y la autenticidad.  

Pero educar en la libertad tiene un precio, y es que el educando no se deja manipular.

Y eso pone nerviosos a algunos padres y profesores.

Y eso me hace pensar que los MAESTROS que educan en la libertad también pagan un precio.

Y que tal vez por eso hay tan pocos profesores de verdad.

Y qué mal habla eso de nuestra sociedad.

 Foto tomada de aquí.

“Serpico” o cuando el bueno es el raro

Serpico” (1973) es la historia de un hombre con ideales. Un hombre que soñó con ser policía y que, al ingresar en el cuerpo, se topó con su peor pesadilla: la corrupción de sus propios compañeros.

En un primer momento, Serpico intenta mantenerse al margen, con la vana esperanza de que lo dejen tranquilo. Y lo consigue a medias, porque no resulta fácil, y la película lo refleja muy bien, ser el blanco de todas las miradas, de todas las burlas. Serpico es el tipo raro, el policía excéntrico, el que va por libre…

Con la única bandera de su conciencia. Y ésta le advierte, y ésta le inquieta, y ésta le exige. ¡Lo que está mal, está mal, hágalo un delicuente o un policía! Y comienza a hablar con sus superiores, quienes, oh sorpresa, no están demasiado interesados en lavar la suciedad que les rodea.

Y nuestro protagonista (Al Pacino)  se desespera. Y su novia le cuenta una historia, la historia que todo hombre ha escuchado alguna vez, cuando ha tenido que enfrentarse a algo terrible, algo superior a sus fuerzas:

Había una vez un rey que vivía en paz con sus súbditos. Un buen día, alguien envenenó el pozo del pueblo. Todos, menos el rey, bebieron de él y se volvieron locos. Todos menos el rey. Entonces los súbditos pensaron: “Hay que matar al rey, pues éste se ha vuelto loco”. El rey, preocupado por su vida, lo pensó detenidamente y, finalmente, decidió beber del pozo. Y todos se tranquilizaron. “El rey ha entrado en cordura”.

¿Beberá Serpico del pozo de la locura, para que otros le consideren un tipo “normal”, para negarse a sí mismo y no sentir “el peso de un deber desagradable”? ¿Tragará Serpico con ese mundo al revés, donde el bueno es el raro, y los malos son los señores del buen hacer?

No puedo revelar más datos. Sólo puedo decirte que pienso como Serpico: si las personas invirtieran todas sus energías en hacer bien su trabajo, se solucionarían muchos de los problemas que afectan a otros ciudadanos.

Bravo por Frank Serpico. Bravo por esta historia real.

Foto de aquí.

La diferencia entre creer o no creer en las personas

Ayer vi la película Yo creo en ti (Call Northside 777 en inglés), dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por James Stewart. El largometraje, realizado en 1948, me parece que refleja una manera de hacer periodismo muy digna, muy profesional, muy necesaria, muy escasa hoy en día.

Todo comienza porque el director del Chicago Times tiene curiosidad por saber quién ha puesto un anuncio en el que se ofrecen 5.000 dólares por descubrir al verdadero culpable de un crimen. Le encarga el trabajo a un periodista (Stewart) que, con gran apatía y desinterés, descubre que se trata de una madre que ha ahorrado esa cantidad fregando suelos, con la esperanza de que alguien saque a su hijo de la cárcel.

El periodista publica la historia y, en vista del interés del público, el director le anima a hablar con el preso. Stewart no lo ve bien, pues no cree que deba darse voz a los asesinos, pero cede ante la insistencia de su jefe. El caso es que, poco a poco, Stewart comienza a creer en la bondad del presunto asesino, ya que éste demuestra ser un hombre con principios.

Y así, va implicándose más y más en la historia hasta que los poderes públicos (polícia, fiscal, etc.) empiezan a sentirse incómodos de que alguien cuestione públicamente la Justicia. Me gusta mucho la escena en la que el propietario del medio llama al director y al periodista para, en presencia de “los poderosos”, intentar llegar a un acuerdo. Me gusta porque refleja la cadena de confianza que existe entre propietario, director y periodista. Al final, este último es el que más sabe del caso y todos tienen la humildad y el valor de reconocerlo.

Por eso, como concluye el narrador del filme, un hombre salió de la cárcel gracias al amor de una madre, el apoyo de un periódico y el esfuerzo de un periodista por encontrar la verdad. Y lo mejor de todo es que se trata de una historia basada en un hecho real.