Grandezas y miserias del periodismo de proximidad

Tengo la sensación de que no escribo hace siglos. En enero de este año comencé a realizar crónicas semanales de la ciudad donde vivo –L’Hospitalet de Llobregat, al lado de Barcelona- y siento que la actualidad me ha absorbido. Y no es que no haya reflexionado sobre lo que hago desde entonces, pero mentiría si dijera que no echaba de menos pararme un poco y pensar con calma, que en mi caso equivale a escribir.

Lo primero que he notado es que mis crónicas han tenido un impacto en la sociedad mucho mayor que mis columnas de opinión. Esto lo constato viendo el número de clics, retuits y comentarios en las redes sociales que me dedican algunas personas.

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adiccio evajgSinceramente, yo no creo que ahora escriba mucho mejor que antes, por lo que interpreto que la diferencia se halla en que ahora tengo más acceso a la información y, por tanto, puedo fundamentar mejor mis percepciones. Otra conclusión fácil de extraer es que la opinión es fácil de conseguir, no así la información, por lo que esta se valora mucho más. Se cumple, por tanto, una de las leyes más básicas del mercado: lo escaso es valioso, aunque muchos todavía no estén dispuestos a pagar por ello –si me disculpas, de la precariedad hablaré en otro momento-.

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Contacto con la realidad

Vivir en la ciudad sobre la que uno tiene que informar presenta grandes ventajas. La primera, muy evidente, es que estás muy cerca de la realidad y, por tanto, puedes comprobar la diferencia entre las palabras y los hechos. En este mundo saturado de eslóganes y postureos, el periodista de proximidad cuenta con una gran ventaja respecto al que no sale de la redacción central.

Separar lo profesional de lo personal

Una concreción de lo anterior es que estás muy cerca de las personas sobre las que informas o que te pasan información, por lo que resulta más fácil separar lo profesional de lo personal. Si ves que un político o política sale al parque con su familia, lo ves como un ser humano que es querido por los suyos y se siente feliz con ellos. Es más fácil empatizar y dejar los (pre)juicios a un lado. Y si es verdad que sólo se puede conocer verdaderamente lo que se ama, entonces no vamos mal.

Círculos de confianza

Lo mismo sucede en sentido contrario. Si te ven por la calle y ven que eres una persona “normal” y no un periodista-sensacionalista, entonces puedes comenzar a tejer círculos de confianza, espacios donde se puede hablar con sinceridad sin miedo a que te explote la noticia en la cara al día siguiente. Si uno cumple su palabra, entonces llegará el día en que alguien te confiará eso que algunos periodistas ansían más que un buen sueldo: la exclusiva.

¿No tiene desventajas el periodismo de proximidad? Naturalmente.

El anonimato se ha acabado

Si te conviertes en alguien muy conocido –que no es el caso, je, je-, entonces no puedes ir a un sitio y dejar que todo transcurra como si no hubiera ningún medio presente. Es decir, sin proponértelo, estás influyendo en el transcurso de los acontecimientos, con lo que puedes distorsionarlos involuntariamente y, por tanto, co-crearlos sin quererlo.

Aprender a dar la cara

Como consecuencia de lo anterior, alguien puede acercarse a ti y echarte la bronca –esto sí lo he vivido, pero no tengo pruebas de ello-. Entonces, debes aprender eso que ahora se llama habilidades sociales: escuchar con mucha paciencia, comprender lo que el otro te quiere dar a entender aunque las formas no sean las mejores, responder sin alterarte, razonar, argumentar… En definitiva, se trata aprender a rendir cuentas de tu trabajo en todo momento y circunstancia. Lo más natural del mundo, vaya, pero que muchos no han aprendido por no haber salido de la redacción en mucho tiempo o por haber aprendido a relacionarse sólo en debates televisivos.

Evitar odios viscerales

Relacionado con lo que acabo de comentar, resulta muy importante intentar mantener la relación con todo el mundo. Obviamente, habrá gente que te caiga muy bien y gente que te caiga menos bien –humanos somos, aunque no lo parezca-, pero es vital no perder la relación con nadie, porque tenemos el deber de escuchar a todo el mundo para que nuestra información sea muy plural y, de este modo, se acerque lo más posible a la verdad –algún día hablaré de esto, que me apasiona el tema-.

En definitiva, aprender a convivir como hermanos

Los periodistas y ciudadanos que compartimos el mismo espacio hemos de aprender a convivir juntos, como padres, hermanos o cuñados han de relacionarse aunque piensen y actúen de modo distinto e incluso opuesto. Esta comparación no me parece exagerada.  De hecho, es una idea que se acerca mucho a la denominación, ahora tan de moda, de “periodismo de proximidad”. Todos somos prójimos de todos y estamos aquí para ser felices. Ojalá que los prejuicios y los intereses creados no nos impidan verlo antes de que sea demasiado tarde, como sucede en la película El Valle de los Carneros que saqué a colación en otra crónica y otro blog.

Personalmente, creo que el periodismo de proximidad es uno de los periodismos más bellos que existen, porque te permiten conocer muy bien tu ciudad y, gracias a ese conocimiento, puedes amarla y sentirte parte activa de su transformación. Nadie es perfecto y puedes equivocarte miles de veces, pero las personas de bien sabrán valorar tu intención, más allá de tus palabras y tus gestos.

 

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