Ética en tiempos de corrupción

Reseña del libro de Adela Cortina “¿Para qué sirve la Ética?”, ganador del Premio Nacional de Ensayo 2014, y publicada en los diarios del Grupo Promecal y sus versiones web. Un ejemplo, el Diario de Burgos

Me pregunto si debería comenzar esta reseña explicando para qué sirve realmente un libro de ética. Antes confiábamos más en que un cambio en nuestras ideas conllevaba una modificación en nuestro comportamiento. Ahora sabemos que podemos pensar o decir una cosa y sentir y hacer otra totalmente diferente. Y, sin embargo, ¿por qué no intentarlo? ¿Por qué no exponernos a unas ideas cuyo único afán consiste en  ayudarnos a lograr una vida más feliz y un mundo más justo? Pues precisamente en eso consiste la ética, explica Adela Cortina (Valencia, 1947) en la obra que ha ganado el último Premio Nacional de Ensayo, en el arte de  “conjugar justicia y felicidad” (p. 161).

Qué fácil decirlo y qué difícil ponerlo en práctica, ¿verdad? Si realmente fuera tan sencillo, no haría falta pararse a pensar en el tema ni escribir libros. Pero no. Reflexionar sobre la ética se ha convertido en una auténtica necesidad en un país plagado de políticos, banqueros y empresarios corruptos, como la propia autora se encarga de denunciar. Y es necesario indignarse, añade, porque este sentimiento nos da la fuerza para trabajar por una democracia más auténtica y una sociedad donde la maximización del beneficio a cualquier precio no tenga la última palabra.

¿Y cómo lo hacemos?, se preguntarán. Los seguidores de Adela Cortina ya imaginarán la respuesta de la filósofa que aboga por una ética del discurso: diálogo, diálogo y más diálogo. Y cito: “El diálogo no sólo es necesario porque es intercambio de argumentos que pueden ser aceptables para otros, sino también porque tiene fuerza epistémica, porque nos permite adquirir conocimientos que no podríamos conseguir en solitario. Nadie puede descubrir por su cuenta qué es lo justo, necesita averiguarlo con los otros” (p. 156).

Cierto, pero nuevamente complicado. ¿Por qué debería dialogar con los demás si me da igual lo que me digan, si voy a hacer lo que me dé la real gana, si sólo me interesa salvar mi propio pellejo? En este punto, me pregunto hasta qué punto resultan convincentes los argumentos clásicos de la ética, la gran frase de Kant que dice que las personas tenemos dignidad y, por tanto, no podemos ser usadas únicamente como medios. Tal vez por ello Cortina ha decidido comenzar la obra con dos argumentos muy pragmáticos, consciente de la atmósfera social en la que nos movemos. Si somos éticos, nos ahorraremos dinero. No tendremos que gastar tanto dinero en pleitos ni en armas. Si somos éticos, nos evitaremos sufrimiento. El egoísmo estúpido sólo sirve para granjease enemigos. Y la soledad no buscada duele.

La grandeza y tragedia de la ética es que nadie puede obligar a otro a comportarse éticamente. Por tanto, “para ganar músculo ético es necesario quererlo y entrenarse” (p. 24). Y esto vale para todos. Políticos, banqueros y empresarios, pero también profesionales y personas en paro.  Nadie debería desentenderse de su enorme o minúscula responsabilidad, pues todos somos cómplices y corresponsables en la tarea de impedir que el mundo se convierta en una fría y despiadada selva donde sólo exista el “sálvese quien pueda”.

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