“Ética de la compasión” sale a escena en la obra “Mar i cel”

Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) tiene un libro que recomiendo vivamente. Se titula Ética de la compasión (Herder, 2010) y es de lo más interesante que he leído en los últimos tiempos sobre el tema. Creo que lo que más me gusta de su obra es cómo transmite sus ideas. No digo que sus ideas no me convenzan. Solamente digo que empatizo con su estilo y discrepo en algunas cuestiones.

melich i eva

El autor dedicándome un ejemplar.

El estilo de Mèlich, para quienes no le conozcan, es difícil de describir. Es un lenguaje muy humano, muy vital, a caballo entre la filosofía y la literatura, la poética. No en vano, el autor considera que las grandes obras de la literatura deberían ser consideradas también obras mayúsculas en Filosofía. Porque la vida es finita, imperfecta e inacabada, como las historias que nos cuentan los grandes narradores.

Con esta visión de la vida, no resultará extraño que el profesor de Filosofía de la Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona se muestre muy crítico con lo que denomina “el teatro metafísico”, de reconocida inspiración nietzscheana. Mèlich piensa que “los seres humanos hemos inventado la metafísica para poder hacer frente al temor de vivir en un mundo incierto”, para poder responder con certeza a todas las respuestas que la vida nos plantea, cuando la grandeza y la miseria de nuestra vida es que no controlamos prácticamente nada.

¿Significa esto que todo es relativo, que debemos dejarnos arrastrar por el escepticismo y el nihilismo? Para nada, y este creo que es el gran mérito de la obra: intentar encontrar, explicar, comprender cómo es posible la ética sin necesidad de recurrir a algo que está más allá de la vida, sin necesidad de apelar a una metafísica.

Esta concepción de la realidad (metafísica-ontología) y del ser humano como ser finito y limitado (antropología) es lo que posibilita la existencia de la ética. Porque, en lo que ya es una constante del autor, la ética no puede confundirse con la moral. La moral es el conjunto de valores, principios y normas que heredamos al venir al mundo. La ética, por el contrario, es

“su punto ciego porque emerge en un escenario en el que el ‘marco normativo heredado’ es puesto en cuestión. La ética surge en una situación-límite, en una situación de radical excepcionalidad. Por eso no es la excepción que confirma la regla, sino la que la rompe, la que la quiebra, la que la suspende. En otras palabras, podríamos decir que la ética aparece en una situación en la que uno se da cuenta de que la gramática propia de la cultura en la que había sido educado, el universo normativo-simbólico que le habían transmitido, no ‘encaja”.

Es decir, al contrario que las éticas metafísicas, no hace falta apelar a otro mundo trascendente donde se hallan el Bien, el Deber, la Ley o la Dignidad. Dicho con otras palabras, no hay un modelo ideal, inmutable, universal y necesario con quien compararse. Lo que hay son personas frágiles necesitadas de compañía y consuelo. Lo que hay es “la experiencia del sufrimiento del otro”. Lo que hay, inspirándose en Emmanuel Levinas, es la “dimensión doliente del rostro”.

Es por este motivo que la ética no puede expresarse con los mismos conceptos de la metafísica o la epistemología. “La ética no puede contemplarse en términos de sujeto-objeto, ni en términos de ser-ente, sino como una llamada y una respuesta responsable, como una acusación a mi libertad. Y es la respuesta a ese grito silencioso, una respuesta imposible de planificar y de organizar, una respuesta siempre improvisada, la que configura la compasión”.

Como paradigma de ética de la compasión, Mèlich pone como ejemplo la parábola del Samaritano que aparece en la Biblia. Aquel hombre que, si hubiera seguido la moral que le inculcaron desde pequeño, no se habría parado ante el pobre hombre que yacía en el suelo, mientras que quienes sí debían de haberse parado no lo hicieron. Y que se paró y ayudó al otro porque miró el rostro del hombre que sufría y sintió la necesidad de acogerlo, protegerlo y acompañarlo.

Donde se encuentran el cielo y el mar

Yo creo haber encontrado otro ejemplo que muestra a la perfección esta idea. Se trata de una escena de la obra de teatro “Mar i cel” que he visto hace poco. Basada en  el texto de Àngel Guimerà, está ambientada en el siglo XVII y cuenta la historia de unos piratas moriscos que han apresado a unos cristianos, a quienes mantienen retenidos. El caso es que se odian a muerte hasta que Blanca, una joven cristiana, escucha la historia del capitán del barco, Saïd. Él le explica cómo les expulsaron de España con violencia, cómo mataron a su madre… Y ella y él se sorprenden cuando ella rompe a llorar. Sus sistemas morales se hacen añicos y ella termina gritando: “Per què he plorat per qui no havia de plorar? (¿por qué he llorado por quien no debía llorar?).

No sé hasta qué punto podemos renunciar a la metafísica, a poner etiquetas, a intentar encontrar respuestas que nos aporten seguridad y orientación en el camino de la vida. Querer hacerlo es despojarnos de otras facetas de nuestra personalidad. Tampoco tengo claro que sólo hayamos conocido el mal, como sostiene a menudo Mèlich. Jesús de Nazareth, Gandhi, Luther King, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer… El bien también ha brillado en nuestra historia y espero que siga haciéndolo por mucho tiempo. Este libro creo que contribuye a ello y es por este motivo que lo recomiendo vivamente. La ética es vida.

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