El cuerpo, la dimensión ignorada de la Ética

Cuando hablamos de Ética, no solemos pensar en el cuerpo. Al menos, yo no suelo hacerlo. Es por ello que me ha parecido tan original el último libro del filósofo y teólogo Javier Sádaba, titulado Ética erótica (Península, 2014). En realidad, la obra contiene tres ideas que me parecen muy verdaderas y que merece la pena retener:

ÉTICA PARA EL BIENESTAR117169_etica-erotica_9788499422459

Muchas personas oyen hablar de Ética y se marean. ¡Menudo rollo se avecina!, parecen indicarte con su mirada. Y sin embargo, el último fin de la Ética, como muy bien recuerda Sádaba, es ayudarnos a vivir mejor, a ganar en calidad de vida, bienestar o felicidad. En definitiva, la Ética “ha de funcionar para estar a gusto con uno mismo y con los demás”. Y si no,  mal vamos.

Desgraciadamente, la Ética se ha confundido muchas veces con “moralina”, en el sentido de un tipo de saber o, mejor dicho, un tipo o tipa que dice saber lo que te conviene, algunas veces sin conocerte a fondo y la mayoría de ellas sin respeto ni confianza hacia tu persona. Y, encima, como denunciaba Joan-Carles Mèlich en su Lógica de la crueldad, haciéndote sentir culpable por no seguir sus directrices.

ÉTICA CON EL CUERPO

El núcleo del libro, no obstante, gira en torno a la idea de que la auténtica Ética no puede olvidarse del cuerpo. Una ética que ignore los sentidos, los sentimientos, la sensibilidad, el deseo, la imaginación y el sexo es una Ética alejada de la realidad, de nuestra realidad. Por eso, el libro constituye una defensa sosegada y bien argumentada de los “pequeños” placeres de la vida: una buena comida, una bella canción, un chiste original, un abrazo sincero y, por qué no decirlo, un buen orgasmo.

Esta dimensión erótica se ha ignorado durante demasiado tiempo, en parte porque se consideraba como algo feo, sucio, indigno o simplemente malo en general. Que se lo digan a nuestros padres y abuelos, que vivieron el nacional-catolicismo y, sin quererlo o no, algo nos transmitieron. Ahora bien, ver y oír hablar de sexo en los medios de comunicación sin tapujos, como sucede ahora, tampoco significa que hayamos evolucionado demasiado. Como sostiene Javier Sádaba en una entrevista que se publicará próximamente, si hay tanto mercado del sexo es porque éste todavía no se vive en plenitud. De ahí que la reflexión ética sobre el cuerpo y la sexualidad siga teniendo plena vigencia en pleno siglo XXI.

sadabaEs decir, la Ética no nos dirá lo que hemos de hacer, pero sí nos dará algunos consejos. El más básico, que no hagamos nada que dañe a terceros. Otro, por ejemplo, que intentemos disfrutar del sexo con plenitud… Y esto es más fácil, sugiere Sádaba, cuando hay una relación afectiva, cuando se va sin prisa, cuando se busca algo más que el mero desahogo fisiológico…

ÉTICA EN SOCIEDAD

Como puede observarse, la obra intenta aterrizar en una de las cuestiones más controvertidas y delicadas del ser humano, y ésta es otra idea que me parece muy valiosa. A quienes lean el libro, les sorprenderá que el filósofo dedique prácticamente toda la introducción a denunciar el clima de corrupción político-económica que nos rodea. Al preguntarle por esta cuestión, el autor no sólo no se retracta sino que se reafirma: la Ética no es algo que vivamos de manera individual, sino que necesita, necesitamos, de los demás, para poder vivir en plenitud. Que el autor no se olvide de nuestra dimensión cívica en un libro sobre Ética erótica nos ayuda también a comprender que de poco sirve perfumar nuestra casa si afuera sólo corre un viento vomitivo y repugnante. O sea, que cuidar nuestro cuerpo no debería llevarnos a olvidar que vivimos en sociedad, sino, tal vez, todo lo contrario. Estar bien con nosotros mismos constituye la mejor predisposición para contribuir a que todo lo demás también lo esté.

 Fotografía tomada de aquí.

Actualización

La entrevista que le hice al autor se publicó en los diarios del Grupo Promecal y El Correo de Andalucía el domingo 24 de agosto. Aquí, la versión online de uno de los diarios. El autor de la fotografía es Alonso y Marful.

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