La transparencia como un valor para terceros

¿No os parece que a veces se ponen de moda una serie de palabras y pobre de quien  ose ponerlas en cuestión? Estoy pensando, por ejemplo, en emprendimiento, innovación, liderazgo y transparencia. Y en esta última me detengo hoy.transparencia

La ‘verdad’ del momento es que personas y colectivos deben ser transparentes, pues sólo así se ganarán la confianza y la credibilidad de quienes se relacionan con ellos. Está claro;  quien abre su corazón, su conocimiento, sus instalaciones o su forma de trabajar permite a los demás hacerse una idea bastante fidedigna de quién o qué es. Ahora bien, ¿qué gana quien es transparente?

Las personas y colectivos pueden ser transparentes si se mueven en un entorno de colaboración y cooperación, pues todos aportan su mayor o menor sabiduría y todos ganan. En entornos competitivos, por el contrario, los transparentes siempre pierden, pues los demás aprovechan su conocimiento del ‘rival’ para usarlo en su contra. Por tanto, la transparencia se torna en una debilidad.

Sólo así se explica algo que ya he comentado más de una vez; que todo el mundo apele a la autocrítica –algo muy frecuente, por ejemplo, en periodismo-, pero nadie ponga ni un solo ejemplo de cuándo se equivocó o falló en algo. No vaya a ser que… ¿que se den cuenta de que no es perfecto? Ay, ay, ay… ¿Así cómo vamos a aprender y mejorar nuestro nivel de productividad?

También resulta bastante frecuente el caso de, no sé cómo denominarlos, los reivindicadores de la transparencia ajena. Los demás deben ser transparentes, eso ni se cuestiona, pero ay si me piden información sobre mí o sobre mi empresa. Y no hablo de algo teórico, sino de algo que me ha pasado hace muy poco.

Y si la transparencia es un valor que se exige a los demás pero que no nos aplicamos a nosotros mismos, ¿hasta qué punto he de creer en sus bondades? Por eso digo que la transparencia constituye un valor, pero un valor para terceras personas. Avisado estás.

Imagen tomada de aquí.

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