Hannah Arendt o la filósofa que quiso comprender el mal

Esta semana se estrena ‘Hannah Arendt’, una película dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa. En ella se narra el momento en el que Arendt decide acudir a Jerusalén para cubrir el juicio contra Adolf Eichmann, teniente coronel nazi encargado del transporte de los judíos a los campos de exterminio, y las consecuencias que tuvo que afrontar tras la publicación de sus ideas.poster-hannah-arendt

Hannah Arendt (1906-1975) fue una judía nacida en Alemania o una alemana de origen judío. En todo caso, profundamente marcada por sus dos identidades. También por su pasión de juventud, el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976). Arendt tuvo que huir de su país y exiliarse a Estados Unidos para poder salvarse de la persecución nazi, no sin antes estar encarcelada en un campo de internamiento en el Sur de Francia.

El largometraje refleja muy bien cómo Arendt no puede comprender cómo ni por qué una nación tan cultivada como Alemania pudo cometer semejantes barbaridades. En un primer momento, postula  la existencia de un “mal radical”, algo tan profundo y oscuro que ni puede perdonarse ni castigarse.

La cobertura del juicio a Eichmann en 1961 le hará cambiar de opinión. Allí no ve a un monstruo, sino a un burócrata irreflexivo que se limitaba a cumplir órdenes, sin pensar en el sentido o las consecuencias de sus acciones. Entonces hablará del “mal banal”, un mal difícilmente perceptible pero que termina pudriéndolo todo, como lo haría un gusano con una manzana.

En el preestreno del largometraje, organizado por la Fundació Joan Maragall y la Facultat de Comunicació Blanquerna, escuché que el concepto que generó tanta polémica entre los judíos, entre otras cuestiones, no tenía una base real, es decir, que en una entrevista que ha salido a la luz hace unos años Eichmann reconocía ser muy consciente y estar muy orgulloso de sus actos.

Creo que este hecho no invalida el concepto. Es más, me atrevería a decir –y esto es sólo una hipótesis- que Arendt estaba proyectando sus ideas sobre Heidegger cuando escribía sobre Eichmann. Arendt necesitaba comprender cómo el hombre que le había enseñado a pensar, un hombre brillante a juicio de todo el mundo, había caído en el espejismo nazi, en la más absoluta irracionalidad. Necesitaba comprenderlo porque tal vez todavía le amaba y no podía creer que se había enamorado de un monstruo.

La lección de Arendt es grande. Tener conocimientos no es lo mismo que pensar. Saber mucho no es lo mismo que comportarse como un ser racional, ético. Seres muy inteligentes pueden convertirse en seres absolutamente manipulables por falta de reflexión, de diálogo interior consigo mismos. Y, añadiría yo, por debilidad de carácter o voluntad. El film muestra a un Heidegger débil, manipulable, cargado de culpa e incapaz de hacer frente a las consecuencias de sus acciones. Todo lo contrario que Hannah, que se mantiene fiel a sí misma a pesar de las presiones más fuertes, las de los propios amigos. Estamos, por tanto, ante una mujer inteligente y valiente. Realmente hay que serlo para buscar la verdad y comunicarla. Realmente hay que amar mucho al mundo para intentar comprenderlo en vez de juzgarlo.

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9 respuestas a Hannah Arendt o la filósofa que quiso comprender el mal

  1. ¡Genial! Hace poco leí un extenso artículo sobre la figura de Hannah y me encantó. No la conocía y ha sido una grata sorpresa encontrármela y por partida doble. Tu reflexión final lo dice todo: “Seres muy inteligentes pueden convertirse en seres absolutamente manipulables por falta de reflexión, de diálogo interior consigo mismos. Y, añadiría yo, por debilidad de carácter o voluntad”. Totalmente de acuerdo, gracias por dar qué pensar y reflexionar sobre nosotros mismos. Un saludo.

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  2. ejimenezgomez dijo:

    Muchas gracias, Rocío.

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  3. Desde mi archivo un artículo recomendable:
    http://www.elpais.es/articuloCompleto/opinion/verdugo/era/victima/elpepiopi/20060512elpepiopi_5/Tes/
    El verdugo era la víctima –por César Antonio Molina – es director del Instituto Cervantes.
    ___ extracto:
    … En “Una revisión de la historia judía y otros ensayos” se reúne buena parte de los textos que Hannah Arendt, cuyo centenario se cumple este año (1906-1975), escribió y publicó sobre la cuestión judía entre 1942 y 1966. En cinco de ellos se refiere directa o indirectamente a Stefan Zweig. […]Decir que Zweig confundía el significado histórico de los escritores con el número de sus ediciones es una ignominia sólo disculpable por las circunstancias en que fueron escritos estos textos. Hannah Arendt habla de vanidad en el caso de Stefan Zweig; ¿acaso ella no la tenía? Vanidad de judía, de perseguida, de refugiada. ¿Acaso se inmoló ella como lo hizo Zweig?
    ¿Por qué no se podía ser ciudadano del mundo? Parece como si Hannah Arendt culpase a Zweig de ser el provocador de todos los males. ¿Por qué no se podía renunciar a ser judío o a convertirse al judaísmo? […]
    … Mientras Zweig se suicidaba en Petrópolis, Hannah Arendt se encontraba ya en EE UU después de haber vivido varios años en Francia. En EE UU no tuvo problemas de ningún tipo y pudo ser profesora, lectora de editoriales y llevar a cabo su obra ensayística. ¿Alguien le reprochó esta “huida”?
    …¿Cómo se puede acusar a una víctima de verdugo? Zweig tenía su profesión y a ella se dedicó como Freud y tantos otros perseguidos. No eran políticos, no eran agitadores, vivían en el retiro dedicados a su labor. ¿Pudo Zweig haber hecho otra cosa, como los millones de judíos asesinados? ¿Fueron todos ellos culpables por no empuñar las armas, por no resistir, por no asesinar a sus asesinos?
    Zweig, a pesar de lo que podían decir Arendt y otros, tuvo ese honor que se le negaba, y mucho, a lo largo de su vida irreprochable como persona (con sus defectos) y como escritor. Y también a la hora de morir, pues el suicidio fue también una forma pacífica de protesta, incluso contra la inflexible fiscal Hannah Arendt.
    ___fin extracto

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  4. Palio Sonrosado dijo:

    La crítica de los judíos a Arendt no es por el concepto de la banalidad del mal, sino por el amplio espacio que dedicó en su libro a glosar el colaboracionismo de las organizaciones judías en el genocidio. Un capítulo ignominioso para los que quisieron ser buenos judíos sirviendo a los verdugos de su pueblo. Esa parte salió en el juicio de Eichmann y ella lo reprodujo porque fue otra verdad histórica, aunque bastante más molesta que si hubieran presentado un historial de resistencia heroica.
    Molesto para los que colaboraron, para los que se lucraron, para los que sintieron vergüenza ajena de lo que hacían los líderes de sus comunidades y, naturalmente, para las víctimas.
    En realidad no deja de ser una parte de la perversidad misma de la organización nazi del exterminio. Las víctimas fueron víctimas y los verdugos, verdugos. Creo que Arendt no perdió de vista nunca esa perspectiva, por más que a muchos judíos les molestara que lo recogiera en su libro con tanto detalle.
    Esta colaboración forzada tiene una relación íntima con la tesis de fondo de la filósofa alemana, la banalidad del mal, su vulgaridad, su popularidad, en el sentido de que cualquier ser humano tiene una capacidad innata de cometer los más sórdidos atropellos con tal de que esté eximido de antemano de responsabilidad.
    Eso ocurría bajo el nazismo y bajo cualquier otra dictadura.
    A lo que no se rebaja la tesis filosófica de Arendt es a explicar el mecanismo no menos vulgar que empuja a los más listos y a los más tontos, a los adictos al régimen y a los indiferentes a comportase como se comportaron: el miedo.
    El miedo no estructura un pensamiento filosófico ni una tesis, porque es ordinario, pero es el principal componente del terror y lo que explica muchas cosas bajo el nazismo, el delirio stalinista o bajo el franquismo. Banalidad del mal y vulgaridad del miedo.

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  5. ejimenezgomez dijo:

    Palio, tienes razón. Una cosa es la idea de la banalidad del mal y otra la polémica generada por denunciar el colaboracionismo judío, que ejemplifica muy bien el texto que ha aportado Valentín.

    Me gustaría que me explicaras un poco más el último párrafo, si quieres. ¿Por qué el mecanismo del miedo no es o no puede ser una tesis filosófica? Dices que es “ordinario”, pero no lo entiendo. Gracias y gracias también por tu interesante comentario.

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  6. porque te gusta Hannah ARENDT: http://elpais.com/elpais/2013/09/26/eps/1380197154_582780.html Una mujer valiente
    En un momento de Hannah Arendt, el film de Margarethe von Trotta, la protagonista afirma que el deber principal de un pensador es entender.
    Arendt acató ese imperativo, y uno de los resultados fue que, según muestra la película, en 1961 viajó a Jerusalén para asistir al juicio de Adolf Eichmann, el ingeniero del exterminio judío en Europa; el resultado de ese resultado fue
    Д “Eichmann en Jerusalén. Un ensayo sobre la banalidad del mal”, donde la pensadora judeoalemana argumentaba que Eichmann no era un monstruo diabólico, sino un hombre común y un burócrata disciplinado, cuya eficiencia letal le ganó el apodo de “el especialista”. (El complemento cinematográfico ideal de la obra de Von Trotta es Un especialista, de Rony Brauman y Eyal Sivan, realizado a partir de las imágenes tomadas durante el juicio por Leo Hurwitz). El libro causó un escándalo notable: aunque en el fondo no hacía más que ilustrar una idea contenida en Los orígenes del totalitarismo, según la cual uno de los rasgos de éste consiste en que convierte a los hombres en piezas de una ciega maquinaria administrativa, Arendt fue acusada de traidora, de revisionista, de trivializar el problema del mal. Eran acusaciones malintencionadas o absurdas (Arendt nunca dijo, por ejemplo, que el mal fuera banal: lo que a veces es banal son las personas que hacen el mal), pero ello no las privó de eco.
    La pregunta, no obstante, persiste: ¿se equivocó Arendt? ¿Es nuestro deber entender?— La respuesta es sí. —
    Entender, claro está, no significa disculpar; mejor dicho: significa lo contrario.
    El pensamiento y el arte se ocupan de explorar lo que somos, revelando nuestra infinita, ambigua y contradictoria variedad, cartografiando así nuestra naturaleza.
    Shakespeare o Dostoievski iluminan los laberintos morales hasta sus últimos recovecos, demuestran que el amor sabe conducir al asesinato o al suicidio y logran que sintamos compasión por psicópatas y desalmados; es su obligación, porque la obligación del arte (o del pensamiento) consiste en mostrarnos la complejidad de lo real, a fin de volvernos más complejos, en analizar cómo funciona el mal, para poder evitarlo, e incluso el bien, quizá para poder aprenderlo.
    Nada debe escapar a su escrutinio, y por eso siempre me intrigó que, en Si esto es un hombre, Primo Levi escriba refiriéndose a Auschwitz: “Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la medida en que comprender es casi justificar”. Viniendo de cualquier otro, la frase quizá no tendría importancia; no así viniendo de Levi, a quien debemos acaso el mejor testimonio del Holocausto. ¿Entender es justificar? ¿O es que Auschwitz come aparte? ¿Se equivocó Arendt y no hay que intentar entender el mal extremo? ¿No es contradictoria la frase de Levi con el hecho de que él mismo se pasase la vida intentando entender el Holocausto y por eso declarara: “Para un hombre laico como yo, lo esencial es comprender y hacer comprender”?
    Sólo Tzvetan Todorov, que yo sepa, ha explicado convincentemente esa contradicción. Según él, la advertencia de Levi no vale más que para el propio Levi y los otros supervivientes de los campos nazis: estos no tienen que intentar comprender a sus verdugos, porque la comprensión implica una identificación con ellos, por parcial y provisional que sea, y eso puede acarrear su propia destrucción. Pero los demás no podemos ahorrarnos el esfuerzo de comprender el mal, sobre todo el mal extremo, porque, como concluye Todorov, “comprender el mal no significa justificarlo, sino darse los medios para impedir su regreso”.
    Eso casi nunca es fácil. No sólo porque entender exige talento; también porque exige coraje. Quiero decir que entender es peligroso, que quien se atreve a hacerlo y a contar lo que ha entendido, por complejo e incómodo que sea, se arriesga a ser malinterpretado, atacado, acusado de traidor y de revisionista, que es la injuria habitual de los conformistas y los timoratos contra quienes no se resignan a la ortodoxia embustera de los lugares comunes. Esa es la Arendt de Von Trotta (y la real): una mujer que tuvo el talento de entender y la valentía de contar lo que había entendido. Claro que quien no quiera correr el riesgo de ser llamado traidor y revisionista no debería salir de casa. O al menos no debería escribir.
    _________________________

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