Con la docencia a vueltas. Una experiencia

El 26 de septiembre de 2012 volví a dar clases. La primera vez fue en 1998, cuando era una recién licenciada. Miro hacia atrás y observo las diferencias.

Recuerdo perfectamente la primera vez que di clases. Tenía que explicar las diferencias entre Ética, Deontología y Derecho. Imagino que no sería una clase muy amena, tanto por mi inexperiencia (bastante tenía con dominar los contenidos) como por el tema (las cuestiones terminológicas y conceptuales no resultan especialmente atractivas para los estudiantes de Comunicación). No recuerdo haber pasado excesivos nervios, a pesar de mi ignorancia y de que la profesora titular, la generosa Cristina López Mañero, se encontraban entre el auditorio. Claro que esto es fácil decirlo ‘a posteriori’.

Esta semana hice más nervios, a pesar de que la asignatura es prácticamente la misma (Deontología y Ética de la Comunicación, respectivamente) y que los alumnos se hallan en el mismo curso (cuarto de carrera). Lo achaco a que hoy soy más consciente de mi ignorancia y de la realidad que se vive en los medios. También a que ahora asumo más responsabilidades que al comienzo, pues mis correcciones supondrán más de un tercio de la nota final de la materia. Y supongo que algunas de mis inquietudes proceden de los comentarios de quienes poseen más experiencia en este terreno: ojo, que los estudiantes son hijos de su tiempo, y el pragmatismo, el relativismo y el hedonismo les han calado hasta los huesos.

En medio de esa mezcla de sensaciones y pensamientos, decidí aferrarme a lo bueno. Y recordé que todavía conservo un amigo de entre aquellos que fueron mis primeros alumnos. Y recordé que él –y algunos más, espero- valoraba mi ilusión, mis ganas y mi empeño por ir más allá de la erudición y acercarnos al conocimiento. Al conocimiento en sentido pleno: a descubrir que, bajo el ropaje de ‘ética’, ‘deontología’ o ‘derechos humanos’, se encuentran dos corazones latiendo. Por eso la primera lección, tanto para mí como para ellos, es que somos personas, más allá de las etiquetas de ‘alumno’ y ‘maestro’.

Cuadro: La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio (s. XVI).

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