El gran handicap de la investigación sobre periodistas

Las investigaciones sobre periodistas cojean siempre del mismo lado –a veces, desgraciadamente, de varios-. Me refiero a la imposibilidad de determinar el número exacto de periodistas que ejercen el periodismo en un espacio y un tiempo concretos.

Pongo un ejemplo. Supongamos que yo quiero hacer una encuesta a los periodistas españoles en el momento actual. No sé cuántos son, pero sé que son muchos, por lo que lo primero que hago es descartar la posibilidad de enviarles un cuestionario a todos y cada uno de ellos (lo que también se llama población o universo). Cuando uno no puede acceder a toda la población, lo que suele hacerse es seleccionar una muestra o, lo que es lo mismo, un número asequible de individuos que representa a la totalidad de forma más o menos aproximada.

La cuestión es, y vuelvo al ejemplo, ¿cómo puedo seleccionar una muestra de periodistas si desconozco el universo? Si no sé cuál es el porcentaje de hombres y mujeres que trabajan como periodistas en España, por poner el caso, ¿cómo podré seleccionar una muestra que se ciña a esos porcentajes? Lo mismo ocurre si no sé cuántos periodistas trabajan en qué medios, en qué secciones, en qué cargos, con qué tipo de contratos, etc.

Me pregunto por qué los académicos han descuidado esta cuestión tan fundamental, pues condiciona la validez de los resultados alcanzados. Ya sé que existen las muestras intencionales o estratégicas (el investigador selecciona las características que le interesan y punto), pero no creo que –honestamente- debamos conformarnos con eso.

Obviamente, la tarea no puede llevarla a cabo un individuo aislado. ¿Cómo podría estar al tanto de todos los cambios que se producen en el mundo de la comunicación? En el caso de la investigación sobre periodismo en España, el objetivo requeriría la participación de investigadores de todas las provincias y/o comunidades autónomas. ¿Sería posible un pacto nacional -que tanto se reclama a las autoridades en tantos ámbitos, incluida la educación- que dejara a un lado competitividades malsanas?

Esto, aun siendo necesario, no sería suficiente. Los periodistas también deberían ver muy claro que ofrecer la información que se les demanda –y actualizarla cada vez que se modifique su situación- constituye una ayuda y no un obstáculo. En este caso, me planteo si los periodistas confían en los académicos tanto como para ofrecerles sus datos personales. También me pregunto si las organizaciones periodísticas que salpican la geografía española se sumarían al proyecto o, como las universidades, mirarían más por sus propios intereses.

Yo tengo muy claro que esa información nos ayudaría a todos: académicos, periodistas y, cómo no, ciudadanos. Porque conocer algo es el primer paso para mejorarlo. ¿O acaso puede acertar con el tratamiento un médico que evalúa mal los síntomas? Y el periodismo es un paciente que lleva demasiados años aquejado de una enfermedad crónica. Pero…

Pero hoy sólo quiero dar a conocer este problema, que parece ignorado y aplazado por ambas partes, salvo algunas honrosas excepciones. Así nos va.  A todos.

 Imagen tomada de aquí.

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