El asesinato de Bin Laden destapa la caja de Pandora

Qué ingenua. Pensé que Occidente había aprendido algo después de dos guerras mundiales. Pensé que, hartos de vivir -más bien, morir- en la ley de la selva, habíamos decidido dotarnos de unas reglas de juego que respetaríamos siempre, pasase lo que pasase. Pensé que éramos diferentes de quienes usaban la violencia para justificar sus fines, cualesquiera que estos fueran.

Y entonces escucho al presidente de Estados Unidos, la nación que asegura abanderar la defensa de la democracia y los derechos humanos, y entonces escucho al que encima es Premio Nobel de la Paz, y me quedo con cara de tonta cuando afirma que ha realizado un acto de justicia.

Intento comprender, pero no puedo. Hombre, el ataque a las Torres Gemelas fue muy duro, lo natural era vengarse… ¡pero que ya han pasado diez años! ¿Alguien se cree que se trata de un acto pasional? Hombre, las guerras contemporáneas no se libran cara a cara, lo natural era un contraataque diferente… ¡Pero desde cuándo un acto terrorista es un acto de guerra! ¿Acaso no podían haber capturado al líder de Al Qaeda y juzgarle como es debido?

Menudo follón, ponte de acuerdo con los pakistaníes…

Es verdad. Lo más fácil es matar al que nos estorba y punto. Igualito, igualito a lo que hacen los asesinos.

¡¡Ups!!

Lo dificil era hacer autocrítica y cambiar. ¿Por qué nos querrían hacer daño unos señores que viven a miles de kilómetros? ¿No estaremos haciendo algo mal? ¿Se nos ve demasiado el plumero? ¿Y si lo solucionamos con algo coherencia?

¿Cuántos años -perdón, siglos- hemos tirado por la borda? 

El asesinato de Bin Laden es el culmen palpable de la  posmodernidad.

Señoras y señores, la baraja se ha roto y, a partir de este momento, se acabó el juego. Ya no hay normas a las que atenerse, entramos en la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente, cadáver por cadáver…

Obama ha abierto la caja de Pandora y temo que haya dejado escapar la esperanza.

Imagen tomada de aquí.

Consejos para quien comienza el doctorado de quien no lo ha terminado

Un antiguo compañero de trabajo ha conseguido una beca para realizar el doctorado. Se muestra abierto a consejos y decido responderle públicamente, por si mi experiencia pudiera servirle a alguien más, aun a sabiendas de que no he terminado la tesis doctoral y, por tanto, carezco de la visión completa.

La elaboración de la tesis es una tarea ardua. Fundamentalmente, porque es un trabajo en el que se pasan muchas horas solo -lo cual requiere una gran fuerza de voluntad- y porque no se ven los frutos del esfuerzo hasta pasado mucho tiempo -lo cual exige una gran paciencia-.

Esta dificultosa labor puede verse agravada si uno cae en una Facultad que carece de un programa de formación/promoción. Y no me refiero a los pasos administrativos habituales -máster oficial, trabajo final, inicio de tesis, etc.- sino a una planificación institucionalizada -seminarios para reforzar lagunas teórico-metodológicas, formación docente, participación en un equipo de investigación, asesoramiento para participar en congresos y publicar artículos en revistas especializadas, etc.-.

Si esto no existe, lo que es más habitual de lo que parece, el doctorando depende exclusivamente de su capacidad de trabajo y de  la vocación de su director. Es por ello que lo primero de todo es tener un área o tema de interés -no diré vital, pero casi- y un buen director.

En el primer caso, lo mejor es ser sincero con uno mismo y preguntarse por qué se quiere hacer el doctorado y si esa motivación será suficiente cuando lleguen los momentos críticos -que llegarán-. Si a uno le basta con adquirir un título por si acaso, adelante, pero le costará mucho más y probablemente la calidad de su trabajo no sea tan buena como la de quien quiere solucionar un problema social, responder a una íntima inquietud o dedicarse a la docencia universitaria por encima de todo.

En el segundo, es preciso buscar información sobre la persona que podría dirigir el trabajo-si tiene experiencia o no, si es dialogante o autoritario, si mantiene reuniones constantes o sólo aparece al final, etc.-. Generalmente, no se trata de encontrar a la persona ideal, sino aquella que mejor se adapta a nuestras necesidades. Por ejemplo, si yo soy una persona caótica, es posible que necesite un director sistemático. Si me desmotivo con facilidad, necesitaré alguien optimista y estimulante. Si soy dubitativo, alguien dialogante y que argumente sus posiciones. Para acertar en este asunto crucial conviene hacer un esfuerzo por dejar atrás las inseguridades e informarse, bien directamente -preguntándole sus gustos y su forma de trabajar-, bien indirectamente -a través de otras personas que haya dirigido-.

Una vez que tengas más o menos claro qué quieres investigar, por qué y de la mano de quién, te sugiero que intentes formular tu tema en forma de pregunta -la idea no es mía, la he leído en algún manual- y busques los conceptos clave en bases de datos especializadas en lo tuyo. La idea es buscar “todo” lo que se haya escrito sobre este tema, o parecido, en los idiomas que conozcas y que estés dispuesto a aprender. Te aseguro que, si buscas bien, encontrarás muchísima más información de la que puedes leer.

Los investigadores inexpertos tienen la tentación de elegir un tema en abstracto cuando lo mejor, a mi juicio, es leer obras y artículos parecidos a lo que uno quiere investigar. Así se comprueba, en primer lugar, si lo que queremos hacer ya está hecho o no. Si ya está hecho, seguro que hay algún aspecto por completar o actualizar. Si no, seguro que se apela a autores, teorías, datos y experiencias que nos pueden servir para fundamentar nuestro trabajo. La búsqueda también es muy útil para redactar un estado de la cuestión o para ahondar en los antecedentes históricos del asunto. En fin, lo que quiero decir con todo esto es que merece la pena invertir tiempo en la fase de documentación antes de lanzarse a leer y, por supuesto, a escribir.

Leer y tomar notas de lo leído no es tan fácil como parece. Algunos autores recomiendan, creo que con acierto, seleccionar un bloque de lecturas (cuatro o cinco libros o artículos sobre un tema común) y, una vez leído, pararse a pensar y escribir algo. Para decidir el orden y seleccionar las obras puede ser útil echar un ojo a los índices, las introducciones y las conclusiones. Tomar notas y extraer citas tampoco es fácil, ya que al principio todo nos resulta nuevo e interesante. Con el tiempo, uno va descubriendo las repeticiones, las personas que son referentes, las ideas que están mejor o peor expresadas… En definitiva, uno va adquiriendo criterio y puede tomar mejores notas.

A medida que vamos leyendo y hablando con otras personas -entre ellas, ojalá, el director-, vamos concretando el tema de tesis y perfilando el índice del trabajo. La estructura de un típico trabajo en Ciencias Sociales suele tener dos partes: una, donde se exponen los conceptos e ideas desde los que de parte; y otra, donde se aplican dichas teorías a un caso práctico o trabajo de campo. Puede resultarte útil seleccionar un epígrafe de ese índice y agrupar las lecturas sobre ese epígrafe, para después redactarlo. No olvides que el doctorado son varios años y que la memoria humana es frágil y traicionera.

A lo largo del proceso sufrirás altibajos en tu estado de ánimo. No te preocupes. En todas las fases hay momentos de subida, momentos de bajada y momentos de meseta. Hay días -a veces, instantes- en los que crees que has tenido una idea brillante, días -a veces, meses- en los que te parece que eres un investigador mediocre que se limita a copiar y pegar citas, y días -a veces años- en los que ni sientes ni padeces. Mi consejo es que trabajes las mismas horas te encuentres en la fase en la que te encuentres. Es verdad que si estás hundido después de una dura crítica no vas a estar completamente concentrado y por eso tal vez debas dedicar ese día a tareas mecánicas -búsqueda de bibliografía, ordenar carpetas, hacer copias de seguridad-, pero al final de día te sentirás satisfecho de haber cumplido con tu trabajo. El autoengaño es muy fácil en esta actividad-porque estás tú solo contigo mismo-, así que, si quieres aceptarlo, creo que éste es mi mejor consejo: Pase lo que pase, trabaja, trabaja y trabaja, como si no hubiera pasado nada.  

La tesis doctoral es una excelente oportunidad para conocerse a sí mismo, para abrirse a la realidad, para aportar un poco de luz en este mundo tan caótico y misterioso… No la desperdicies y, sobre todo, disfrútala.

Foto tomada de aquí.

“Desclassificats” o cuando la vida privada interfiere en la pública

Periodistas y políticos realizan dos actividades que, nos guste o no, ejercen una enorme influencia sobre la vida pública, aquella que nos mantiene unidos con nuestros semejantes, en cuanto ciudadanos. El político toma las decisiones que, en teoría, facilitan la convivencia en paz y libertad. El periodista, también en teoría, informa sobre aquello que necesitamos saber para poder decidir quién nos gobierna, cómo y por qué. Ambos profesionales deberían trabajar de la mano en busca de lo mejor para todos y, sin embargo, la mayoría de las veces se enfrentan en el cuadrilátero de la opinión pública, ese espacio difícil de asir donde el vencedor parece arrastrar al público a su territorio, donde muchas veces se transforma en mero votante o consumidor. En los últimos años ha aparecido una tercera figura, el director de comunicación o jefe de prensa, a caballo entre el político y el periodista, cuyas funciones se hallan por definir, así como sus responsabilidades.

Las tensiones entre estas tres figuras aparecen claramente en la última obra de teatro escrita y dirigida por Pere Riera, Desclassificats, y protagonizada por Emma Vilarasau (la periodista), Toni Sevilla (el presidente del Gobierno) y Abel Folk (el jefe de prensa). La informadora, una profesional de reconocido prestigio, posee una información sobre la vida privada del mandatario que podría producir su dimisión y la de todo su equipo, entre ellos el jefe de prensa. Estos, por su parte, utilizan diversas estrategias para quitarle hierro al asunto, pero la periodista se mantiene en sus trece… hasta que recibe una llamada de carácter personal que presidente y asesor utilizarán para poner a la periodista ante uno de los dilemas más importantes de su vida. Como afirma el propio Riera,

Todos presumimos de disponer de una escala de valores, de unos principios rectores que nos hacen ser de una manera o de otra; que nos hacen juzgar las actitudes y los comportamientos de los otros desde un determinado punto de vista. ¿Pero qué pasa cuando estos valores, los principios más sólidos que nos rigen, son sacudidos y cuestionados, incluso en contra de nosotros mismos? ¿Qué pasa cuando tomamos conciencia de que no somos tan íntegros, ni tan dignos, ni tan coherentes?

La representación refleja perfectamente cómo se entremezclan vida pública y vida privada, de tal manera que ambas no pueden separarse completamente, por mucho que queramos. En el caso de los políticos, estos deben asumir que su vida privada interesa a los ciudadanos, en la medida en que dicha información puede ayudar a conocer si la persona que les representa es quien dice ser. En el caso de los periodistas, estos deben conocer qué aspectos de su vida privada pueden afectar a la imparcialidad de su información, y hacerles frente cuando llegue el caso.

Como ciudadanos, la obra nos ayuda a adquirir un mayor espíritu crítico, pues muestra los entresijos por los que se mueven quienes dicen representarnos y velar por nuestro derecho a la información.

 Desclassificats puede contemplarse en La Villarroel (Barcelona) hasta el 8 de mayo.

Foto tomada de aquí.

El perfume embriagador de la autocrítica

No sé si alguna vez te has preguntado por qué es tan fácil ver los errores ajenos y tan difícil ver los propios.

A veces pienso que es por inseguridad, por creer que cometer errores nos hace imperfectos y, por tanto, desmerecedores de la estima propia o ajena. Otras, creo que se trata de pereza, porque reconocer un fallo implica el intento de subsanarlo, con todo el esfuerzo que eso puede suponer. Últimamente pienso si no se tratará de voluntad de poder, pues si admito que no hago algo de un modo perfecto puede venir alguien de fuera y quitarme ‘lo que es mío’.

Por supuesto, hay gente que ni se plantea que pueda estar equivocada, lo cual me parece uno de los errores más graves que puede cometer un ser humano, pues, quien no admite el error en su persona, está incapacitado para escuchar voces diferentes a la suya, lo cual le impide evolucionar.

No me dirijo a ellos.

Tampoco me dirijo a quienes, con buena o mala intención, hacen ejercicio de autocrítica delante de terceras personas y, tras el desahogo emocional -¡pero qué buena persona que soy que reconozco mis errores públicamente!-, siguen como si nada hubiera cambiado.

Un ejemplo. En el I Congreso Internacional de Ética de la Comunicación, los editores de algunas revistas científicas editadas en España reconocieron que los artículos de los investigadores en comunicación son de muy baja calidad. Begoña Zalbidea, directora de la revista Zer, expuso que les llegan “malos refritos y mal redactados” y, lo que es peor, que muchos científicos no quieren saber por qué se rechazan sus artículos. José Manuel Pérez Tornero, de la revista Anàlisi, fue incluso más lejos y cuestionó los métodos para medir el impacto de las publicaciones. En definitiva, quien asistió a esa mesa pudo comprobar algo que ya intuía: que la necesidad de acreditarse oficialmente está conduciendo a una fiebre por publicar que está deteriorando gravemente la calidad de la investigación española. Y, como señaló Zalbidea, si no hacemos ninguna contribución científica, la gente se preguntará qué aportamos, y con toda la razón.

Hay que agradecer la autocrítica, y de veras que la agradezco, pero no puedo entender cómo algo que comparte el 99 por ciento de la academia española puede seguir funcionando como si no pasara nada.

Miro a mi alrededor y veo gente estresada, con lo cual pienso que no hay tiempo para cambiar el sistema, que lo que hay que hacer es sobrevivir en un entorno salvaje. La tentación, enorme, es centrarme en ‘lo mío’ y olvidarme de los demás. Que se las apañen, como hago yo.

Pero, claro, luego pienso. Si yo voy a ‘lo mío’, ¿cómo puedo luego esperar que los alumnos, los periodistas, los empresarios de la comunicación o los usuarios de los medios a los que me dirijo me tomen en serio? Ellos también se dedican a sobrevivir y carecen de tiempo y energías para cambiar dinámicas igualmente agresivas –encontrar trabajo, mantenerlo con dignidad, ser rentable sin bajar la calidad, ser crítico con la información recibida, etc.-. Además, ¿cómo podemos ser tan ingenuos de pensar que, si cada uno va ‘a lo suyo’, eso no tendrá repercusiones sobre ‘lo nuestro’?

Creo que no nos damos cuenta de que las palabras no sirven de nada, absolutamente de nada, si no van acompañadas de hechos. Creo que de tanto insistir en que vivimos en la era de la Comunicación estamos perdiendo el contacto con la realidad, con nuestra realidad. Porque quiénes somos se aprecia mejor a través de nuestros actos que de nuestras palabras, por mucho que estas desprendan el perfume embriagador de la autocrítica.

 

La foto es mía y la tomé en el Rectorado de la Universidad de Sevilla, durante el Congreso.

Camps ofrece una visión crítica pero esperanzada de la opinión pública

Crónica de la conferencia inaugural del I Congreso Internacional de Ética de la Comunicación, celebrado en Sevilla los días 29, 30 y 31 de marzo de 2011

He de reconocer que nunca me ha gustado el término ‘opinión pública’. No sé por qué me parece una abstracción utilizada en beneficio de los más poderosos. “La opinión pública dice…”, “la opinión pública demanda…”, “la opinión pública necesita…”. Además, “opinión” me parece un concepto demasiado volátil. Hoy opino esto, mañana opino lo otro y pasado quién sabe qué.  

No soy la única que posee una mirada crítica, a juzgar por la exposición de Victoria Camps, quien explicó otras visiones “escépticas” del concepto. Así, Lippmann identificaba la opinión pública con la propaganda, Habermas con los intereses privados y Noelle-Neumann con la opinión dominante.

Con estos antecedentes, la filósofa catalana se pregunta cómo se construye la opinión pública en el entorno de los nuevos medios. Según ella, existen tres grandes falacias o espejismos:

1. El espejismo del pluralismo. Una gran cantidad de medios de comunicación no garantiza “calidad de voces”.

2. El espejismo de la transparencia. La sobreabundancia de información tampoco significa que nos hallemos mejor informados.

3. El espejismo de la libertad. La libertad, aun siendo muy importante, no deja de ser un medio al servicio del hombre, que es el auténtico fin, como ya expuso Kant.

Es por ello que la autora de “Virtudes públicas” defiende la existencia de mediadores, profesionales de prestigio que ofrezcan información de calidad, so pena de que cada persona se construya una información adaptada a sus intereses y, por tanto, muy parcial y distorsionada.

Al final y al cabo, y a pesar de las limitaciones actuales, no podemos dejar de creer que la información es básica para la democracia, para construir una ciudadanía mínimamente cohesionada, idea que la filósofa dio por supuesta al comenzar su intervención.

La buena información, para Camps, ha de cumplir tres requisitos:

1. Ser verdadera. La presidenta del Comité de Bioética reconoció que incluso los filósofos parecen tener miedo a hablar de la verdad en estos tiempos, pero que al menos debe exigirse una “voluntad de verdad”.

2. Ser interesante. Interesante para la mayoría, para todos, no sólo para los ‘periodistas’.

3. Ser comprensible.

La conferenciante abogó por la autorregulación como la mejor manera de alcanzar estos objetivos, es decir, “lo ideal es que los límites se los imponga el propio sujeto, empresa o grupo”.

También mencionó la importancia de conseguir un “interés común”. A mi modo de ver, no se trata sólo de conseguir una ciudadanía (me gusta más este término que el de opinión pública, ya lo siento) bien informada, sino de construir un “interés común”. Es decir, no se trata sólo de influir en las ideas de la gente sino de modelar su voluntad (ojalá que para el bien de todos). ¿Será el nacimiento de “la voluntad pública”? :-)

Foto tomada de aquí.

¿Periodistas contra periodistas? Análisis de las propuestas de regulación

 

Los menores, nuevamente desprotegidos, ante la pasividad del Gobierno

El último informe elaborado por Maribel Martínez Eder para el Observatorio de Contenidos Televisivos Audiovisuales (OCTA), una plataforma que integra a más de 50 organizaciones sociales, denuncia el incumpliento de la Ley 7/2010, de 31 de marzo, General de la Comunicación Audiovisual y, más concretamente, la vulneración de los derechos de los menores.

El artículo 7.2. de la citada ley afirma que “está prohibida la emisión en abierto de contenidos audiovisuales que puedan perjudicar seriamente el desarrollo físico, mental o moral de los menores y, en particular, programas que incluyan escenas de pornografía o violencia gratuita”.

Las cadenas, programas y profesionales más problemáticos son, según el informe del OCTA:

1. Sálvame Diario, emitido en Telecinco.

2. Espacios diarios dedicados a Gran Hermano, en Telecinco.

3. Diario, de Antena 3.

A estos espacios se añaden, advierte el informe, las cadenas satélite de Telecinco y Antena 3, como La Siete, Nova o Neox, que “emiten indiscriminadamente algunos programas pensados para emitirse por la noche, o mejor, se emitían por la noche”.

Desgraciadamente, el incumplimiento del horario de protección (de 6 de la mañana a 10 de la noche) y superprotección de los menores (de 8 a 9 de la mañana y de 5 a 8 de la tarde en días laborables; y de 9 y 12 los sábados, domingos y fiestas estatales) no es algo nuevo, pues las cadenas de televisión han obviado sistemáticamente los convenios de autorregulación que firmaron en 1993 y 2004, respectivamente.

El problema es que ahora no se vulnera un documento asumido libre -que no responsablemente-, sino una ley que emana del Parlamento español y, por tanto, de obligado cumplimento. La  indignación de los miembros del OCTA es comprensible y su conclusión al respecto muy clara.

Ante la constatación de un hecho que está a la vista de todos, ni al Gobierno ni a la oposición parece preocuparle un tema tan importante en sí mismo como es el cumplimiento de la normativa vigente en materia de comunicación, en aspectos tan fundamentales como la protección de los menores. Una ausencia del poder judicial y de todo organismo dedicado a vigilar el cumplimiento que se une a la falta total de autocrítica y el corporativismo de la mayor parte de los responsables de las cadenas de televisión y de los profesionales de la comunicación.

 

Quien tenga oídos para oír, que oiga.

 

La foto es mía y la encontré hoy camino a la Facultad, en Barcelona. 

La elaboración del marco teórico, ¿una tradición sin sentido?

Toda investigación que se precie ha de contener un marco teórico. Éste podría definirse, muy simplificadamente, como una selección de conceptos y teorías que ayudan a enmarcar y enfocar la investigación. Esta tarea es muy importante, pues nos permite ser más conscientes de los términos que empleamos, el significado que les damos y las relaciones que establecemos entre ellos. Cuanto más conscientes seamos de por qué utilizamos una serie de conceptos y no otros, mejor podremos precisar el alcance y las limitaciones de nuestro trabajo. El marco teórico constituye, en cierto modo, un sistema de prevención de calidad: “Conoce bien tus ‘pre-juicios’, no vaya a ser que te los encuentres en las conclusiones y, encima, creas que has hallado la verdad”.

Desgraciadamente, esta fase del proceso de investigación no se valora como merece, pues en varias ocasiones me he sorprendido descubriendo a alguien que, en el final de su trabajo doctoral, comenta: “Sí, ahora me queda el marco teórico y listo”. Algo que yo interpreto, quizá exageradamente, como lo siguiente: “Lo importante ya está hecho. Ahora me queda quedar bien y cumplir con la parte penosa y aburrida de buscar autores y referencias de postín”.

Y si un doctorando afirma eso, deduzco que es porque su director tampoco lo valora. Y si un director no lo valora, deduzco que la institución a la que pertenece tampoco. Y si nos aventuramos un poco más, es probable que nos hallemos ante una cultura investigadora que entiende que el marco teórico se ha convertido en una tradición sin sentido. Y ya se sabe lo que ocurre con las tradiciones sin sentido, que se ponen en práctica, porque así se ha hecho siempre, pero, con el tiempo, pierden frescura y utilidad.

Y eso me “preocupa” –entre comillas porque hay problemas más importantes en este mundo, sólo faltaría-, porque, si no conseguimos apreciar el valor de esta tradición –que yo creo que lo tiene-, si no conseguimos actualizarla como merece, entonces estamos echando por la borda una enorme cantidad de ilusión y energía, entonces estamos defraudando a quienes confían en los que nos dedicamos a pensar en los problemas de la sociedad y a buscar la mejor forma de resolverlos.

Quiero pensar que los doctores que dirigen a sus doctorandos ya tienen a sus autores de referencia, sus conceptos clave, sus explicaciones de la realidad… Pero esto no hace sino reforzarme en la idea de que nos hallamos ante una transmisión meramente mecánica y rutinaria, donde no tienen cabida ni el cuestionamiento ni la búsqueda de nuevos autores. ¡Y eso es matar la creatividad, base de toda creación!

No sé qué hacer para animarme –que la cultura académica influye, qué carajo- y para animar a otros investigadores a valorar esta parte del proceso de investigación. En todo caso, intentaré no dejarme llevar por la corriente y te animo a hacer lo mismo, por responsabilidad. Los que podemos dedicarnos a estudiar somos unos seres privilegiados. Deberíamos aportar algo valioso al resto de los ciudadanos.

Imagen tomada de aquí.

Entretenimiento a costa del más débil. Dos casos reales

En estos últimos días hemos sido testigos de dos ejemplos de periodismo infantil, por decirlo con suavidad. En los dos casos, no puedo evitar imaginarme a un grupo de escolares, los más fuertes, molestando a un tercero, el más débil. Qué fácil es abusar de otra persona cuando se tienen los medios.

Ejemplo número uno

En el primer caso, el más grave, hemos visto cómo unas reporteras que trabajan para “El programa de Ana Rosa” (Tele5) utilizaban a la mujer del presunto asesino de la niña Mari Luz Cortés para sonsacarle información sobre el supuesto asesinato. La mujer, como se observa claramente en el vídeo que enlazo a continuación, carece de recursos psicológicos y comunicativos para soportar la presión de las profesionales.

http://videos.larioja.com/dalealplay.swf?file=3236/omoelProgramadeAnaRosaconsiguiolaconfesiondelcrimendeMariLuzwww.keepvid.com.flv&tagclone=larioja

En el vídeo aparecen frases que no tienen desperdicio:

- “Ya sé que no te encuentras bien…”, pero me da igual, añado yo. El fin justifica los medios, sí señora.

- La entrevistada es incapaz de decir dónde se encuentra a una amiga que le llama por teléfono. La joven promesa del periodismo deja muy claro que no quiere que la localicen: “No le digas nada, ¿eh?”. Faltaría más. No vaya a venir una persona consciente de sus derechos y nos robe el notición.

- “No quiere más cámaras”, dice en voz alta la reportera, para tranquilizar a la víctima. En voz baja, sigue grabando, por favor. Es la mejor constatación de la hipocresía en la que se desenvuelven estos trabajadores.

- “Me la voy a llevar porque no me la va a quitar nadie”. La guinda del pastel. El otro como objeto de “mi” propiedad. La dignidad de la persona por los suelos.

Ejemplo número dos

El segundo caso, a mi juicio más leve, constituye sin embargo el vivo ejemplo de la infantilización del periodismo a la que aludo. Una periodista de una emisora de radio belga se hace pasar por la madre del tenista Rafael Nadal. Consigue hablar con él, despertarlo de su sueño, absolutamente para nada.

La locutora no consigue concertar una entrevista y, sin embargo, salta de alegría. No lo entiendo, a no ser que me imagine a una adolescente cuya felicidad reside únicamente en haber intercambiado unas palabras con su ídolo del deporte. Infantilización total en el minuto 1:55.   

https://www.youtube.com/v/0wMDR_e7CwU?fs=1&hl=es_ES

Pero no nos confundamos. Esto no es periodismo. El hecho de que haya una cámara, un micrófono, un medio de comunicación al fin y al cabo, no es garantía de nada. De nada. Esos medios no vehiculan información, sino entretenimiento. Y a costa del más débil. Como niños en el patio de cualquier colegio.

Gabilondo clama por mantener la esencia del oficio en tiempos de crisis

La entrevista de Juan Ramón Lucas (RNE) comienza con la canción “España, camisa blanca”. La ha elegido el entrevistado, el periodista Iñaki Gabilondo (San Sebastián, 1942). La letra habla de esperanza, explica uno de los informadores radiofónicos más importantes de España. También uno de los más criticados. Gabilondo sabe que algunos le han reprochado, y le reprocharán siempre, haber actuado como correa de transmisión de la familia Polanco (propietaria de los medios del Grupo Prisa, donde siempre ha trabajado) y de Felipe González (ex presidente del Gobierno, del Partido Socialista). No le importa demasiado. Él sabe que “el mejor modo de servir a la empresa es ser útil a los oyentes“. Él sabe de las dificultades que tienen los periodistas para establecer la distancia adecuada con el poder: ni demasiado lejos, como para no saber lo que pasa, ni demasiado cerca, para no ser confundidos con él.

Nadie podrá reprocharle, sin embargo, su amor por su profesión, el periodismo. “Yo creo en ello”, afirma sin complejos, al mismo tiempo que reconoce que se trata de un término polisémico que puede producir confusiones, más todavía en estos tiempos de crisis. El periodismo es un oficio muy necesario, explica Iñaki, porque es necesario que alguien filtre y contextualice la avalancha de informaciones que se producen cada día. Los periodistas son imprescindibles, pues realizan la noble tarea de representar y administrar un bien social. “El periodista -dice más o menos así- es el que se queda de guardia cuando todo el mundo se va a trabajar. Y, cuando la gente regresa a su casa, cuenta cómo se ha portado el poder, en qué ha utilizado el dinero de todos, etc.”. Más todavía. Aquellos a los que no les importa la gente se han equivocado de oficio, advierte el comunicador.

El amor a su trabajo, no obstante, no le impide hacer autocríca. La libertad de expresión es fundamental, expone, pero no debe utilizarse para defender cuestiones que nada tienen que ver con ella, sino con “la lógica del gerente”, esto es, con la rentabilidad y la audiencia. Y no es que la audiencia no importe, aclara, pero los periodistas están en otra lógica, “la lógica de la comunicación y la verdad periodística”. También critica que la preocupación por el periodismo se reduzca a cuestiones empresariales o “cacharritos” tecnológicos que se aprenden, en palabras textuales, en “una semana”. Lo importante es saber qué contar, por qué, cómo ser útil a los ciudadanos… “Ahora sólo se cuentan audiencias, cuando lo que a mí me interesa es contar historias”.

No corren buenos tiempos para el periodismo, pero Iñaki Gabilondo no quiere que la crisis oculte la esencia del oficio. Y por eso, intuyo, ha escrito su libro El fin de una época. Reflexión sobre el oficio del periodismo. Para que los estudiantes y jóvenes profesionales sepan que es verdad lo que les han enseñado en las facultades. La dedicatoria es clara al respecto: “A ti, del que todos se ríen cuando dices que quieres ser periodista“.

La entrevista termina como comienza, con “España, camisa blanca”. Descubro una frase que me impacta: “La pena deja plomo en las alas”. En su última publicación, Iñaki Gabilondo realiza una advertencia esperanzada.

 

Pincha aquí para escuchar la entrevista

 

Pincha aquí para escuchar la canción

 

 

 Foto tomada de aquí.

En fase de búsqueda y captura ¡de una buena pieza!

Estos días me estoy dedicando fundamentalmente a buscar bibliografía sobre el que será mi tema de tesis. Más concretamente, estoy buscando las investigaciones que se plantean preguntas parecidas a las mías para, una vez localizadas, proceder a su lectura.

Es impresionante la cantidad de material que se puede llegar a encontrar, y eso que me limito a los textos redactados en castellano, catalán, inglés, francés, italiano y portugués. Y eso que tampoco puedo acceder a todas las bases de datos que quisiera -algunas son de pago- o pudiera -podría pasarme meses y meses en esta fase preliminar-. Sinceramente, creo que se engaña quien piensa que no hay nada escrito sobre su tema. Tal vez no haya nada -o casi nada- escrito sobre la última aplicación para el móvil X, pero seguro que hay mucho escrito sobre tecnología, técnica, mediaciones, etc.

Ante este panorama, resulta fácil sentirse abrumado. No creo que pueda leer todo lo que se ha escrito sobre mi tema. De hecho, no sé si debería, porque intuyo que muchas publicaciones no poseerán calidad suficiente. No sé cómo será en otros países, pero aquí en España se ha caído en un vicio terrible: publicar, lo que sea, para conseguir un documento oficial que acredite que se es un docente e investigador competente. Como si cantidad significase calidad. Como si una buena trayectoria en investigación garantizase una buena docencia. ¡¡Terrible!!

La cuestión, por tanto, radica en elegir bien las pocas o muchas obras que uno puede leer. A este respecto, me parecen geniales las palabras de Wayne C. Booth, Gregory G. Colomb y Joseph M. Williams:

Una buena fuente vale más que una multitud de fuente mediocres, y un resumen certero de una buena fuente a veces vale más que la misma fuente (2001, p. 93).

Es evidente, pero el doctorando novato tiene grandes -enooormes- posibilidades de dejarse arrastrar por la ansiedad. Es decir, sospecha, equivocadamente, que realizar una buena selección bibliográfica es una pérdida de tiempo, que lo importante es leer, cuando en realidad la búsqueda de bibliografía pertinente es una sabia decisión. Merece la pena invertir algo de tiempo en esta fase, pues es así como se descubren personas e instituciones que han trabajado en lo mismo que le interesa a uno. Y se aprende de sus aciertos y de sus errores.

De hecho, creo que este saber auparse sobre los hombros de otros gigantes es una de las características del trabajo científico. El científico tiene tiempo -o, mejor dicho, tiene más tiempo- para buscar fuentes fiables sobre las que apuntalar su edificio. No puede -no debería- limitarse a utilizar todo lo que cae en sus manos por azar, por pereza -cuidado con adorar sólo a Google- o por rutina institucional -o sea, los autores que siempre se han leído en su lugar de trabajo-. El (buen) científico busca, examina y se queda con lo mejor. Desarrollar ese olfato lleva su tiempo. Y en eso estamos.

 Foto tomada de aquí.

 

Egipto, un grito de esperanza que deberíamos escuchar

 

Mi profesor de Historia Universal, Gonzalo Redondo, decía que la historia humana es la lucha del hombre por la libertad. Antes o después, los seres humanos toman conciencia de su dignidad y deciden defenderla al precio que sea, incluso de su propia vida. Es una forma de interpretar lo que está sucediendo estos días en Egipto, donde miles de personas se han hartado de sobrevivir y han salido, qué extraña coincidencia, a la plaza de la Liberación para defender su derecho a vivir con dignidad.

Este hecho me conmueve -qué desesperados tienen que estar, los pobres- y me llena de esperanza al mismo tiempo. Los derechos básicos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) no son papel mojado ni una imposición de Occidente, sino la plasmación de una experiencia de siglos de revoluciones y guerras: donde unos hombres someten a otros, no puede reinar la paz.

Desgraciadamente, no terminamos de aprender la lección, tal vez porque pensamos -porque tiranos como Hosni Mubarak piensan- que la situación podrá mantenerse una generación más y, con un poco de suerte, las consecuencias de nuestros actos nos visiten en nuestro lecho de muerte. No importa que unos mueran violentamente, otros pierdan los ahorros de toda su vida ni que muchos más desconozcan lo que significa la palabra libertad. ¿No importa?

El momento actual es sumamente delicado pues, como distinguía Isaiah Berlin, una cosa es liberarse de algo (lo que llamaba libertad negativa) y otra cosa muy distinta es saber qué hacer con la libertad conquistada (libertad positiva). ¿Las ansías de libertad se quedarán en un mero cambio de “reyes” en un jerárquico tablero de ajedrez, o conseguirán los egipcios cambiar de juego y apostar por unas democráticas “damas”? En el primer caso, podría salir Mubarak y entrar una facción radical islamista, lo cual constituiría un cambio aparente y un seguir tirando hasta Dios sabe cuándo. En la segunda opción, el cambio sería real y las personas que han nacido en ese rincón del mundo llamado Egipto podrían aspirar a ser los dueños de su destino.

¿Como nosotros? Ah, la libertad de poder elegir entre cientos de productos de consumo. ¡¡Ni se os ocurra, amigos egipcios!! Haced lo que os sugerimos -derecho a pensar, creer, expresarse, participar en una democracia real-, pero no hagáis lo que nosotros hacemos -vivir sin pensar, sin confiar, sin expresar desde la verdad, sin interés por los demás-. Vuestra lucha es hoy un grito de esperanza que todos deberíamos escuchar.

 Foto tomada de aquí.

Señor Jáuregui, “tenemos que hacer una reflexión”

Esta semana, el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, ha lanzado dos noticias que afectan al mundo de la comunicación y el periodismo. En una, Jáuregui ha anunciado que el Consejo Estatal de Medios Audiovisuales (CEMA), previsto en la Ley General de la Comunicación Audiovisual (LGCA) que entró en vigor el 1 de mayo de 2010, se creará antes de este verano.  

Este consejo, según explicó Jáuregui, posee capacidad para sancionar aquellos comportamientos audiovisuales que ”violenten radicalmente los principios en los que se configura nuestra convivencia“, esto es, aquellos contenidos que fomenten la agresividad y el enfrentamiento o que presenten modelos sociales de escaso mérito. Es decir, el ministro de la Presidencia considera fundamental que exista un organismo público que vele por la calidad de la programación audiovisual.

En la otra noticia, Jáuregui anuncia que el Gobierno presentará en unas semanas una Ley de Servicios Profesionales que liberalizará el ejercicio profesional y, de este modo, contribuirá a “superar barreras que se han establecido para que las actuaciones de determinados profesionales en el mismo sector no estén divididas en función de las formaciones correspondientes“. Es decir, el ministro de la Presidencia considera la formación como una barrera corporativa que impide agilizar el ejercicio profesional y reducir costes.

Y yo me pregunto si estas dos iniciativas son compatibles o no estará el Gobierno incurriendo en una contradicción. Quiero decir que no me parece lógico que, por un lado, se regule para defender la calidad de los contenidos audiovisuales y, por otro, se regule para desvirtuar el papel de la formación de los profesionales que, en el caso que nos ocupa, se dedican a la comunicación y el periodismo.

Esto, además de una grave incoherencia, supone una pérdida de tiempo, dinero y energía. Que cada uno haga lo que quiera, que ya vendrá alguien a marcarnos los límites. Marquemos los límites, que hemos dejado que cada uno haga lo que quiera. Como diría el humorista José Mota, “las gallinas que entran por las que salen”, o sea, un despropósito.

Una falta de propósito o sentido que resulta además antipedagógica, en la medida en que seguimos mandando mensajes contradictorios a la ciudadanía, a los futuros ciudadanos. Queremos evitar la agresividad y el enfrentamiento en los platós de televisión, pero que la “ley de la selva” siga reinando en la calle. No queremos dar publicidad a modelos de escaso mérito, pero aplaudimos el modelo de la persona que sólo piensa en sí misma.  

Comprendo que es difícil contentar a todo el mundo, pero el problema tal vez sea justamente ése, que se quiere satisfacer a todo el mundo. A los ciudadanos cansados de una televisión pésima y a los empresarios que demandan más facilidades para hacer negocios más redondos. Así que, señor Jáuregui, muchas gracias por invitarnos a reflexionar sobre los contenidos de las televisiones pero, por favor, piensen ustedes antes de promulgar las leyes.

 Foto tomada de http://elblogderamonjauregui.blogspot.com/

Pensar, ante todo y antes de todo

No es la primera vez que comento que lo que me resulta más difícil de todo el proceso de investigación es pensar. Lo fácil es sumergirse en la acción sin haber reflexionado previamente o, como explica Jordi Colobrans en El doctorando organizado, caer en lo que los psicólogos denominan ‘la huida hacia adelante’:

A algunos doctorandos les ocurre que, en el momento en que toman conciencia del volumen de trabajo que les espera, empiezan a redactar texto de forma compulsiva. Lo que sea, luego ya veremos. A otros les da por hacer fotocopias de todo lo que encuentran o por acumular libros y revistas, sin saber muy bien para qué le van a servir. Es una respuesta a la tensión acumulada (2001: 28).

Tiene razón. Cuando uno se encuentra tenso o agobiado, lo fácil es ponerse a hacer algo, lo que sea con tal de mitigar la presión. Lo difícil, en este caso, es permanecer quieto, mantener la concentración y pensar. ¿Por qué hago el doctorado? ¿Por qué he elegido este tema y a este director? ¿Qué tipo de libros debería buscar y por qué? ¿Por cuál debo comenzar a leer y por qué? ¿Cómo voy a organizar los datos que vaya obteniendo? ¿Es ésta la metodología más adecuada para conseguir los objetivos que me he propuesto? ¿Ya sé lo que quiero escribir y cómo hacerlo antes de ponerme a ello?

Si nos paráramos a pensar en lo que queremos hacer antes de llevarlo a cabo, ganaríamos mucho tiempo, pues no tendríamos que volver sobre nuestros pasos. Además, cuanto antes nos “paremos”, mejor, pues en la investigación también se produce el efecto mariposa, como recuerda Colobrans:

En función de las condiciones iniciales, las cosas se irán complicando cada vez más en una u otra dirección. [...] La dirección o el cariz que toman los acontecimientos en los primeros momentos determinarán su desarrollo posterior (2001: 77).

 En resumen, antes de todo y ante todo, piensa.

Y ahora voy yo, y me aplico el cuento. O, por lo menos, lo intento. :-)

La cantera del Barça, un modelo a seguir

Las nominaciones al Balón de Oro 2010, otorgado por la FIFA al mejor futbolista del año pasado, han llevado a periodistas de muchos medios de comunicación a alabar el método de formación del Fútbol Club Barcelona, materializado en su lugar de aprendizaje, ‘La Masía’.

Se han alabado, entre otros aspectos, su capacidad para apreciar el talento de los jóvenes jugadores, sin mirar su país de origen o situación socioeconómica, su formación integral, más allá del fútbol, su visión humanística, centrada en virtudes como el esfuerzo y la humildad, etc. En definitiva, se ha dado por supuesto que el éxito del Barça de estas últimas temporadas tiene su origen en una filosofía o política deportiva que ve en las personas algo más que meros medios para alcanzar un fin inmediato.

Este caso me ha llevado a preguntarme si sería posible trasladar esa visión del deporte a otros ámbitos como la empresa o la universidad. En demasiadas ocasiones, se percibe una visión cortoplacista, donde únicamente se mira por el interés de la entidad en un momento puntual, sin pensar en las repercusiones de esas decisiones, no ya sobre la sociedad, sino sobre la propia institución. Así, la empresa opta por los becarios-kleenex, que usa y tira según sus necesidades de producción, sin pensar si quiera en la posibilidad de formar una cantera de profesionales que, a la larga, constituyan el mejor sello de calidad de la organización. 

Con las universidades pasa algo parecido. Se conceden becas a estudiantes con potencial para la investigación y la docencia pero, superado el plazo asignado, se les envía a la calle sin concederles la más mínima oportunidad, no ya de demostrar lo que valen, sino de comenzar una carrera formativa que, a la larga, elevaría la calidad y, por tanto, el prestigio de la entidad.

Supongo que todo esto está relacionado con nuestro sistema económico capitalista, tan denostado en la teoría y tan resucitado en la práctica, donde se asume sin pestañear que todo lo que no sea ganar el máximo dinero con el menor gasto posible es una inversión perdida. Esto no es así y el Barça lo ha demostrado. Aún es posible aunar la ética y los beneficios.

 Foto tomada de aquí.

“¿Y tú qué haces?”. Una invitación a la trascendencia

Un viejo cuento narra la historia de un hombre que, cuando paseaba por la calle, se fijó en otros hombres que parecían muy atareados. Al primero que se encontró, le preguntó: “¿Qué haces?”. “Me gano mi sustento”, le espetó el hombre, sin apenas levantar la mirada del suelo. Al segundo le volvió a plantear la misma cuestión y éste le respondió, con una media sonrisa: “Mantengo a mi familia”. Pasó por allí un tercero, al que volvió a formular el mismo interrogante. Entonces, la respuesta fue una mirada al cielo entremezclada con una sensación de sano orgullo: “¿Que qué hago? Yo construyo una catedral”.

Me acuerdo de esta historia cada vez que detecto, en mí misma o a mi alrededor, desgana, desmotivación, desilusión, desánimo, desesperanza…

Entre los investigadores

- ¿Y tú qué haces?

- Me gano un sueldo.

- ¿Y tú?

- Hago currículum.

- ¿Y tú?

- Yo aporto mi pobre, pero honesto granito de arena al mar de la sabiduría de todos los tiempos.

Entre los profesores

- ¿Y tú qué haces?

- Me gano el sueldo.

- ¿Y tú?

- Voy sumando quinquenios.

- ¿Y tú?

- Yo contribuyo a formar personas libres y responsables en un mundo complejo.

Entre los periodistas

- ¿Y tú qué haces?

-Me gano el sueldo.

- ¿Y tú?

- Me codeo con gente importante.

- ¿Y tú?

- Yo garantizo que mis conciudadanos reciben la información que les permite ser más conscientes de lo que ocurre a su alrededor, lo que les capacita para tomar mejores decisiones en su vida pública y privada.

En estos días de fiestas, te animo a responder a la pregunta “¿Y tú qué haces?”. Te animo a ello, porque estoy convencida de que, cuanto más elevado es el sentido de lo que tenemos entre manos, más motivación y fuerza encontramos para hacerlo y, por ende, más satisfacción y gozo cuando lo alcanzamos. Y eso se contagia. ¡¡Feliz Navidad y un más trascendente año nuevo!!  

 

Foto tomada de aquí.

El periodista, en ángulo muerto

El periodista viaja en automóvil. Mira hacia delante, mira hacia atrás, mira hacia arriba, mira hacia abajo… Pero se le escapa el ángulo muerto, colisiona y pierde la vida. Ésta podría una buena forma de describir la situación de muchos periodistas actuales. Relatan los acontecimientos presentes y se anticipan a los venideros, se documentan sobre el pasado, miran hacia sus jefes y hacia los más poderosos, miran hacia los que están más abajo y desvalidos… Pero se les escapa su propia situación, chocan con la realidad y acaban frustrados y sin vida.

Estudios recientes revelan que lo que más preocupa a los periodistas españoles es el paro, la precaridad y los bajos sueldos, esto es, las condiciones laborales en las que desempeñan su trabajo. No resulta extraño, en los tiempos que corren. Esto significa, básicamente, que muchos profesionales aguantan lo que sea con tal de llevar un sueldo a su casa, y yo lo comprendo.

Pero no lo puedo justificar. Porque si todo el mundo hacemos lo mismo, yo haré un trabajo de investigación mediocre, el médico atenderá superficialmente a sus enfermos, el arquitecto invertirá menos tiempo en calcular las estructuras de las construcciones, el operario de la fábrica no comprobará los estándares de calidad y… No quiero pensar en las consecuencias, aunque no puedo evitarlo cada vez que escucho que la investigación española no es competitiva, que ha muerto otra persona por una negligencia médica, que se ha caído un puente o que se ha estrellado otro avión.

Algunos periodistas me dirán que no pueden hacer nada, que han de acatar lo que se les dice y que, si comienzan a cuestionar los enfoques de sus superiores y a dar problemas, vendrá un recién licenciado que les sustituirá en un abrir y cerrar de ojos. Vale, les diría yo, ¿pero ya conoces tu situación? ¿Cuáles son tus posibilidades? ¿Qué están haciendo otros compañeros para afrontar los problemas? ¿Les apoyas de alguna forma? ¿YA TE ESTÁS MOVIENDO? Es que es muy bonito quejarse y seguir haciendo lo mismo de siempre, como si las cosas fueran a cambiar por arte de magia: “Abracadabra, mi jefe me explota y no puedo hacer nada”.

Voy a plantear algunas preguntas y, si alguno quiere engañarse durante más tiempo, allá él.

1. ¿Sabes si en tu medio de comunicación existe algún mecanismo de autorregulación? Por ejemplo: libro de estilo, código deontológico, defensor del público, estatuto de redacción, consejo/comité de redacción… ¿Y sabes qué dicen sobre tus derechos y deberes?

2. ¿Sabes si existe comité de empresa? ¿Sabes quiénes te representan ante la empresa desde el punto de vista laboral? ¿Te has acercado a ellos, has preguntado por la situación del medio, te has ofrecido a colaborar en algo?

3. ¿Sabes que existe un código deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España y otro del Colegio de Periodistas de Cataluña desde principios de los años 90, y que existe una Comisión de Quejas y Deontología, y un Consejo de la Información, respectivamente, que velan por el cumplimiento de los principios éticos y ante los cuales puedes solicitar ayuda?

4. ¿Sabes que existe una ley de 1997 sobre la cláusula de conciencia que te protege en caso de que te obliguen a vulnerar el derecho a la información veraz de la ciudadanía?

5. ¿Sabes que tanto la FAPE como el Foro de Organizaciones de Periodistas han elaborado dos propuestas para regular la profesión periodística? ¿Y que llevan en ello desde principios del año 2000, ante la indiferencia, no de los editores, sino de los propios periodistas?

6. ¿Sabes que el año que viene se va a celebrar el I Congreso Internacional de Ética de la Comunicación y que desde 2002 se celebra un Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información?

 7. ¿QUÉ SABES DE TU SITUACIÓN?

“Sólo sé que no sé nada”, sería un buen comienzo. Si tú deber es estar informado de lo que sucede, deberías empezar por tu propia casa. Acércate a las organizaciones profesionales, lee revistas especializadas, acude a alguna charla, recíclate… ¿Hace cuánto que no pisas la Universidad?

“Sólo sé que no hago nada”, sería un segundo paso. Sabes cómo estás, sabes las posibilidades que existen, deberías sería ser coherente y actuar para cambiar aquello que no te gusta, que no te satisface, que te tiene frustrado y desencantado. Si solo no puedes, busca otros compañeros que estén en una situación semejante a la tuya.

Porque si todos los profesionales nos escudamos en la precariedad laboral, todos perdemos.

Porque si no satisfacemos el derecho a la información de la ciudadanía, no tenemos sentido y desaparecemos.

Y ahora, sigue quejándote, que igual consigues que te escuchen las paredes y cambie algo. 

 Imagen tomada de aquí.

¿Qué persona quiero ser y en qué mundo quiero vivir? La ética responde

Algunos alumnos de Comunicación tienen una imagen distorsionada de la ética. Les parece un conocimiento abstracto, alejado de la realidad, ajeno a su realidad y, por tanto, prescindible y aburrido. Se equivocan y, humildemente, voy a intentar mostrarlo en pocas palabras.

La etimología de la palabra ética, que proviene del griego, me parece muy clarificadora. Los griegos utilizaban esta palabra en tres sentidos principales: costumbres, carácter y morada. Esto ya nos da una idea del contenido de la ética: lo que hacemos, lo que somos, lo que habitamos.

La ética es, por tanto, una invitación a reflexionar sobre el modo de vida que llevamos, la personalidad que adquirimos a raíz de ese modo de vida, y la forma en la que nos situamos en el mundo, nuestra manera de mirarlo.

¿Es esto importante?

Parece que sí, en la medida en que nuestros actos, nuestro modo de ser y nuestro modo de situarnos en el mundo nos pueden conducir a la felicidad o a la desgracia más absoluta. 

¿Y hay alguien que no quiera ser feliz?

Es verdad que la herencia genética, la familia, los amigos, la educación pre-universitaria y otros factores nos han llevado por unos caminos y han condicionado nuestra manera de ser. La Universidad es el ámbito idóneo para pensar si lo que hemos adquirido, más inconsciente que conscientemente, nos ayuda a ser más felices o, por el contrario, debemos vaciar nuestra mochila de algún peso innecesario o, también, incorporar alguna idea o actitud que nos haga la vida más llevadera.

En el caso de los estudiantes que quieran dedicarse al periodismo, esta reflexión es fundamental. Porque el trabajo periodístico es muy absorbente, y deja poco tiempo para reflexionar sobre lo que hacemos, somos y creamos a nuestro alrededor. Porque el trabajo periodístico está sometido a múltiples presiones y requiere profesionales que posean convicciones profundas y sólidas. Porque el trabajo periodístico tiene una repercusión social de la que hemos de ser plenamente conscientes y plenamente responsables.

En definitiva, la asignatura de ética es una oportunidad -puede que la única- para pararse a pensar en lo que realmente importa: la propia felicidad. Así que, si eres alumno y tienes esa asignatura en tu carrera, plantéate seriamente qué tipo de persona y de profesional quieres ser, y en qué mundo quieres vivir y contribuir a crear. Y escucha, muy atentamente, lo que otros, sabios y/o profesionales de más experiencia, han respondido. Y arriésgate a ser quien quieres ser, también en el aula.

Si ahora eres incapaz de soportar la presión de la vergüenza o el rechazo de tus compañeros o profesor, ¿cómo podrás soportar la presión de una fuente, un jefe o un magnate de la política o las finanzas? No pierdas la oportunidad de conocerte a ti mismo y de ser quien quieres ser desde ya.

 

Imagen tomada de aquí.

La desmitificación de los medios

Versió en català

“Los medios manipulan”. Esta frase salió a relucir en la mesa redonda organizada por Aulamèdia para presentar la campaña Una mirada crítica para una ciudadanía crítica. Lo curioso del caso es que no la pronunció un profesor sino un periodista.

Los medios manipulan, en el sentido de que manejan o dan forma a la realidad a través de una serie de decisiones inevitables como decidir qué es noticia, y cuánto espacio o tiempo merece. Ahora bien, los criterios para dilucidar la cuestión pueden ser legítimos, como la proximidad y la relevancia; o ilegítimos, como la búsqueda de espectáculo, intereses económicos o políticos a cualquier precio.

Sólo así se entienden las recomendaciones del periodista Joan Roura a los presentes en la sala: primero, investigar a los autores de las noticias –medios y periodistas-; segundo, consultar varios medios de comunicación; y tercero, dirigido fundamentalmente a padres y profesores, evitar que la gente se forme a través de los medios. “A duras penas informan”, reconoció.

El director de Aulamèdia, Francesc-Josep Deó cogió el testigo y apuntó la necesidad de abandonar de una vez metáforas que distorsionan la realidad, como que los medios de comunicación son una ventana o un espejo de la realidad. También lamentó la importancia que se concede a los medios, esta vez tecnológicos, como si la presencia de ordenadores en las aulas contribuyera, ipso facto, a crear una conciencia crítica respecto al contenido de los medios, esta vez de comunicación social.

Sólo así se comprende la gran aportación realizada por el docente Xavier Breil, quien presentó las diez unidades didácticas del material Por una ciudadanía crítica, que ha elaborado para ayudar a profesores y ciudadanos a reflexionar sobre la “manipulación” mediática.

La pregunta que me planteo es que, si los medios y los periodistas han dejado de ser los agentes que generan ciudadanos críticos, ¿por qué las autoridades no apuestan por la educación y promueven la creación de una materia específica que contribuya a formar ciudadanos conscientes y responsables de lo que consumen y producen a través de los media? De momento, el interrogante carece de respuesta.

Más información sobre la jornada: aquí.

Ideologías subterráneas en el metro de Barcelona

Voy por el metro de Barcelona y me encuentro con este anuncio del Ayuntamiento de Barcelona:

 

El color es llamativo, vale. El eslogan, regular. Creo que es más claro decir esto: “En Barcelona todos caben, pero no todo vale”. El dibujo ya me da una idea de por dónde van los tiros: ¡¡hay que cuidar el mobiliario urbano!! La información sobre la cuantía de las multas no me deja ninguda duda. Debo cuidar lo que es de todos, que también es mío.

Sigo caminando y me encuentro otro cartel, de las zapaterías Querol:

El color es menos llamativo, pero la imagen es mucho más atractiva, porque es más dinámica. ¡Ah, la imagen! Dos jóvenes jugando con una fuente pública. ¿Jugando? Hombre, yo diría que juegan descuidadamente. Uno subido encima de la fuente, el otro pisándola más levemente… ¡¡Y salpicando a todo el mundo que pasa a su alrededor!! Yo, desde luego  que me alejo. Ahora, con el frío que hace, cualquiera se arriesga a mojarse. En serio. Vamos a por el eslogan: “Sempre faig el que sento” (Siempre hago lo que siento). ¡Ah, ya lo pillo! Es bueno todo aquello que siento, que me sale de dentro, porque es auténtico. ¡¡Viva la autenticidad, claro que sí!!

Comparo  los dos anuncios y mi cara se contrae.

Pues no lo entiendo. ¿Puedo pisar el banco o la fuente o no puedo? ¿Debo? ¿Quiero?

No me extraña que los jóvenes anden tan desorientados. En un mismo entorno y contexto reciben dos mensajes, dos ideologías opuestas. Una, que defiende el cuidado de lo que es público, colectivo, común. Otra, que promueve el deseo personal, la búsqueda de sensaciones fuertes y la autenticidad a cualquier precio.

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