Carta a los periodistas de buena fe y mejor voluntad

No corren buenos tiempos para el periodismo, lo sé. Bastante tienes con sobrevivir cada día como para pararte a pensar en tus problemas, conflictos, desafíos, dilemas éticos o como se llamen. Y, sin embargo, renunciar a la ética es renunciar a la esencia de tu trabajo y, lo que tal vez sea peor, a la esencia de ti mismo. ¿Qué es el periodismo (y el periodista) sin energía para buscar la –difícil de encontrar- verdad? ¿Qué es el periodismo (y el periodista) sin honestidad ni sinceridad? ¿En qué queda el periodismo (y el periodista) si se centra en sí mismo y se olvida del interés general?

Sé que la universidad tampoco es perfecta. Los profesores muchas veces se limitan a sobrevivir entre clases, investigaciones y tareas de gestión. La universidad también deja de serlo cuando se convierte en una máquina expendedora de títulos en vez de una institución que forma buenos profesionales, cuando se transforma en una recolectora de financiación en vez de una institución que siembra inquietudes y cultiva ciudadanos, cuando se cierra sobre sí misma en vez de escuchar las necesidades de la sociedad e intentar darles respuesta.

Mi tesis tampoco será perfecta, estoy segurísima. Tan sólo un punto de partida, uno entre muchos, para empezar un diálogo entre periodistas y académicos españoles o residentes en España sobre aquello que constituye nuestra columna vertebral, el sentido y alcance de nuestro trabajo. Como somos muchos y no podemos sentarnos todos alrededor de una mesa, he optado por elaborar un cuestionario y pediros vuestra respuesta, que intentaré poner en relación con lo que me respondan los profesores de Ética periodística. No creo que todas las preguntas estén bien formuladas ni que abarquen todos los problemas, pero, como digo, espero que este trabajo sea el principio, si no de una gran amistad, al menos de un gran respeto.

No te entretengo más, pues sé que tú tiempo es escaso. Puedes acceder a la encuesta que he elaborado si pinchas sobre el siguiente enlace: https://www.surveymonkey.com/s/eticaperiodistica2012

Si por un casual tuvieras que interrumpir el cuestionario antes de haberlo terminado, es posible dejar guardadas las páginas contestadas y volver pinchando otra vez sobre el mismo enlace. Eso sí, es preciso responder siempre desde el mismo ordenador y que éste permita instalar ‘cookies’. Si no sabes si tu ordenador te deja instalar ‘cookies’, entonces te recomiendo que contestes sólo la primera página y pulses sobre el botón “Siguiente” que aparece al final –es la forma de grabar las páginas-, e intentes regresar. Si los datos se han guardado, entonces adelante. Si no, tendrás que llegar hasta al final antes de abandonar la encuesta.

En serio, sé que intentas hacer bien tu trabajo, como lo intentamos la mayoría. Por eso, a tu buena fe, te pido que le sumes voluntad. Voluntad para dedicar unos minutos a algo que creo –y confío en que tú también- que merece la pena.

Muchas gracias y mucho ánimo,

Eva

PD: En la columna de la izquierda tienes mi correo electrónico, por si te apetece seguir conversando sobre algún tema concreto…

PD: Si algo de lo que he dicho te ha parecido importante, por favor, difunde la encuesta entre tus compañeros y conocidos de profesión. Cuantas más respuestas obtenga, más significativos serán los datos y más útiles las conclusiones –espero-.

La misión de la universidad ante los cambios del periodismo

Hace un tiempo que le doy vueltas a la relación entre universidad y periodismo; más concretamente, a la relación entre una facultad de Comunicación y el Periodismo. Pero vayamos por partes.

¿Cuál es la función de una universidad en las primeras décadas del siglo XXI? La más evidente, debido probablemente al pragmatismo reinante en Occidente, radica en la formación de buenos profesionales. En el caso de las facultades de Comunicación que poseen titulación de Periodismo, formar buenos periodistas. Es decir, presuponemos que una persona que desea ejercer como periodista necesita una formación del más alto nivel y, por tanto, consideramos que la universidad es una institución adecuada para tal fin.

Esto, que parece razonable en cualquier actividad con una cierta trascendencia social, ha sido discutido en numerosas ocasiones, pues algunos estimaban –y estiman- suficientes el talento personal y/o la formación en el lugar de trabajo para elaborar una información de calidad. La mayoría, no obstante, parece reconocer la importancia de la formación de nivel superior, aunque discute la eficacia de la misma a la hora de alcanzar su fin primordial.

A este viejo debate se ha superpuesto otro, fruto de la denominada crisis del periodismo. ¿Tiene sentido seguir acogiendo estudiantes de Periodismo cuando el mercado ya no es capaz de absorberlos, sino todo lo contrario, los está despojando de sus funciones? Que yo sepa, de momento no se ha eliminado ninguna carrera de Periodismo. Tampoco sé si alguna universidad ha reducido el número de estudiantes en sus aulas. Yo sólo he visto crecer el número de facultades de Comunicación que incluyen Periodismo entre sus estudios –el año que viene puede que abra una más, la Universidad Tecnología y Empresa- o, algo que tal vez sea peor, han aumentado los grados de Comunicación que engloban Periodismo, pero también Publicidad, Relaciones Públicas, Entretenimiento y Ficción. Todo ello muy legítimo, pero, como se suele decir, quien mucho abarca, poco aprieta.

Esto me preocupa. Primero, por los estudiantes. Ellos se están formando para una profesión cuyo perfil se está desdibujando y, por tanto, es probable que no puedan ejercer el periodismo tal y como se les enseña en las facultades. De hecho, como digo muchas veces, creo que yo ya no he conocido el Periodismo, con mayúsculas. En segundo lugar, por las consecuencias que esto tiene para la sociedad. Si el periodismo no tiene cabida, esto significa que la verdad –con todas sus limitaciones- y el interés público –con todas sus dificultades- están siendo borrados del mapa de las democracias occidentales.  

Y ante el drama que se avecina –es cuestión de tiempo que nos percatemos de las terribles consecuencias-, me pregunto: ¿pueden seguir limitándose las universidades a considerar que su fin primordial es la formación de periodistas? ¿No deberían las autoridades académicas replantearse su misión y adaptarse a la situación de emergencia en que nos encontramos? Como comenté en el Panel de experiencias sobre docencia de Ética de la Información en el 9º CIEDI organizado por la Fundación Coso, ¿es realista y justo esperar que unos recién licenciados, inseguros y aislados, hagan frente a una situación que desafía incluso a una de las instituciones más consolidadas de nuestra cultura?

Las vías por explorar son muchísimas.  Yo no creo que deban desaparecer las titulaciones de Periodismo, pues creo, con Kovach y Rosenstiel, que es una de las mejores instituciones que hemos encontrado para salvaguardar la palabra –no el griterío- en el espacio público, al menos por el momento. Lo que sí creo es que hace falta una racionalización. ¿No podrían establecerse, por ejemplo, convenios entre universidades para ofrecer una formación de la máxima calidad? ¿No podría reducirse el número de alumnos para garantizar esa alta calidad? ¿No podrían las universidades implicarse más en la realidad y denunciar aquellos abusos que desvirtúan el Periodismo, con mayúsculas? ¿No podrían financiar proyectos de auténtico Periodismo promovidos entre sus licenciados? ¿No podrían crear un medio de comunicación comprometido con los fines del Periodismo, con mayúsculas? ¿No podrían, en definitiva, hacer algo más que limitarse a formar buenos profesionales, muchos de los cuales no podrán ejercer nunca el Periodismo que estudian en las aulas?

Yo creo que puede hacerse mucho más, aunque me temo que pocos están dispuestos a tomarse en serio esta cuestión y hacerle frente con determinación y coraje. Tal vez por eso me ha sorprendido tanto que el presidente de la Universidad de Columbia, Lee C. Bollinger, dedicara varios meses a debatir y reflexionar sobre cuál debería ser el papel de una facultad de Periodismo (no de Comunicación) en el siglo XXI y, tras ese periodo, nombrara un nuevo decano y ampliara un año más los estudios de la famosa Columbia Journalism School.

Este ejemplo, y termino, revela por qué unos son líderes y otros no lo son. Unos se paran a pensar en lo importante y actúan en consecuencia, y otros viven a remolque de lo urgente y ni piensan ni actúan. Y decir esto de una institución creada para la reflexión y la mejora social, es decir algo realmente terrible. ¡No perdamos más tiempo, por favor, y trabajemos por una Universidad del siglo XXI con mayúsculas!

¿Encuestas, yo? No, gracias

Últimamente me pregunto por qué cuesta tanto responder a una encuesta. Será la falta de tiempo, será que no interesa el tema, será que uno quiere mantener una buena imagen de sí mismo, será la desconfianza en la validez de los resultados alcanzados y su posterior uso…Imagen

Pienso en el tiempo. Todos vivimos en una sociedad competitiva y, tal vez por ello, acelerada, así que, por mucho trabajo que saquemos adelante, siempre podemos avanzar más o conseguir más calidad. El tiempo libre es escaso, sobre todo si se tienen hijos pequeños u otras personas a su cargo, con lo que la idea de dedicar unas horas de asueto a responder las preguntas de un desconocido puede resultar insoportable.

Tal vez no interesa el tema. No sé por qué, tiendo a pensar que las personas que se dedican a una determinada actividad están interesadas en lo que hacen, en su aprovechamiento y mejora, y no tiene por qué. Ahora bien, uno puede estar interesado en el tema, pero no considera la encuesta como un diálogo enriquecedor, sino como un estorbo distorsionante. Podría ser.

¿Y mantener una buena imagen de sí mismo? Abrirse al otro siempre conlleva el riesgo de tener que escuchar alguna pregunta incómoda a la que tememos responder: porque revela nuestra ignorancia, nuestro egoísmo, nuestra mediocridad, nuestra inseguridad… A saber los motivos de cada uno. El caso es que el juicio de los demás, por mucho que nos jactemos de indiferentes, siempre nos genera un respeto.

Finalmente, se me ocurre que alguien podría no querer responder a la encuesta por desconfiar de esta metodología –al final uno interpreta los datos como le da la gana- o del investigador –a saber qué pública de mí, o sea, otra vez la imagen de uno mismo-.

La verdad es que comprendo todas las objeciones, PERO… Pero tengo la impresión de que la raíz de todo es que pensamos mucho en ‘mí’ (mi tiempo, mi interés, mi imagen, mi confianza…) y poco en ‘nosotros’ (lo que la encuesta aporta a todos, no al investigador o al que financie la investigación). Para mí, una encuesta es una OPORTUNIDAD para que alguien analice un problema y extraiga unas conclusiones VÁLIDAS, esto es, que puedan apuntar a tendencias generales y no a meras opiniones sobre la cuestión. Esto es muy importante, para después poder fundamentar cualquier actuación sobre el área de interés.

Obviamente, me refiero a investigaciones de un cierto interés social, no tanto a aquellos sondeos de opinión que realiza un anunciante para vender mejor su producto o servicio o un partido político para persuadirnos de cara a la próxima campaña. Si una encuesta tiene una finalidad común, esto es, intenta conocer mejor una situación o problema que afecta al grupo de personas potencialmente encuestables, entonces creo que responder no es sólo un derecho, sino también un deber. El deber de participar en un asunto en el que yo soy parte afectada. Por tanto, tengo algo relevante que aportar a alguien que, simplemente, quiere escucharme. Por cierto, soy toda oídos.

Imagen tomada de aquí.

El gran handicap de la investigación sobre periodistas

Las investigaciones sobre periodistas cojean siempre del mismo lado –a veces, desgraciadamente, de varios-. Me refiero a la imposibilidad de determinar el número exacto de periodistas que ejercen el periodismo en un espacio y un tiempo concretos.

Pongo un ejemplo. Supongamos que yo quiero hacer una encuesta a los periodistas españoles en el momento actual. No sé cuántos son, pero sé que son muchos, por lo que lo primero que hago es descartar la posibilidad de enviarles un cuestionario a todos y cada uno de ellos (lo que también se llama población o universo). Cuando uno no puede acceder a toda la población, lo que suele hacerse es seleccionar una muestra o, lo que es lo mismo, un número asequible de individuos que representa a la totalidad de forma más o menos aproximada.

La cuestión es, y vuelvo al ejemplo, ¿cómo puedo seleccionar una muestra de periodistas si desconozco el universo? Si no sé cuál es el porcentaje de hombres y mujeres que trabajan como periodistas en España, por poner el caso, ¿cómo podré seleccionar una muestra que se ciña a esos porcentajes? Lo mismo ocurre si no sé cuántos periodistas trabajan en qué medios, en qué secciones, en qué cargos, con qué tipo de contratos, etc.

Me pregunto por qué los académicos han descuidado esta cuestión tan fundamental, pues condiciona la validez de los resultados alcanzados. Ya sé que existen las muestras intencionales o estratégicas (el investigador selecciona las características que le interesan y punto), pero no creo que –honestamente- debamos conformarnos con eso.

Obviamente, la tarea no puede llevarla a cabo un individuo aislado. ¿Cómo podría estar al tanto de todos los cambios que se producen en el mundo de la comunicación? En el caso de la investigación sobre periodismo en España, el objetivo requeriría la participación de investigadores de todas las provincias y/o comunidades autónomas. ¿Sería posible un pacto nacional -que tanto se reclama a las autoridades en tantos ámbitos, incluida la educación- que dejara a un lado competitividades malsanas?

Esto, aun siendo necesario, no sería suficiente. Los periodistas también deberían ver muy claro que ofrecer la información que se les demanda –y actualizarla cada vez que se modifique su situación- constituye una ayuda y no un obstáculo. En este caso, me planteo si los periodistas confían en los académicos tanto como para ofrecerles sus datos personales. También me pregunto si las organizaciones periodísticas que salpican la geografía española se sumarían al proyecto o, como las universidades, mirarían más por sus propios intereses.

Yo tengo muy claro que esa información nos ayudaría a todos: académicos, periodistas y, cómo no, ciudadanos. Porque conocer algo es el primer paso para mejorarlo. ¿O acaso puede acertar con el tratamiento un médico que evalúa mal los síntomas? Y el periodismo es un paciente que lleva demasiados años aquejado de una enfermedad crónica. Pero…

Pero hoy sólo quiero dar a conocer este problema, que parece ignorado y aplazado por ambas partes, salvo algunas honrosas excepciones. Así nos va.  A todos.

 Imagen tomada de aquí.

Periodistas que (em)prenden la mecha de un nuevo periodismo

Esta semana se celebró una nueva edición del BCNMediaLab, un laboratorio de pensamiento creado en Barcelona por un grupo de periodistas inquietos con el fin de “incorporar nuevas ideas y buscar soluciones a los retos a los que se enfrenta el periodismo”. La sesión, celebrada en una sala de la Universidad Pompeu Fabra, estuvo dedicada a  conocer y compartir experiencias de periodistas que han montado o quieren montar un negocio relacionado con la comunicación.

Libro presentado en la sesión del BCNMediaLab

No son pocos los que se lanzan a la aventura de comunicar de manera profesional, como dejó bien claro Eva Domínguez, coautora del libro, recién salido del horno editorial, dedicado a los “Microperiodismos. Aventuras digitales en tiempos de crisis”.

Los que más abundan, según Domínguez, son los proyectos periodísticos de carácter hiperlocal, aunque los hay de muchos otros tipos. Todos tienen en común estar formados por gente con una gran ilusión y una gran capacidad de trabajo, aunque sólo algunos de ellos han conseguido –al menos, de momento- resultar rentables. Porque “el éxito, sentenció, es poder vivir de tu trabajo”.

Los autores de la obra también se han hecho eco de las carencias de formación de los periodistas emprendedores, quienes echan en falta más conocimientos sobre publicidad y marketing, por un lado, y sobre empresa y economía, por otro.

David Guerrero volvió a sacar a colación estas lagunas al presentar su proyecto, un diario digital en la localidad catalana de Molins de Rei, a las que sumó la necesidad de conocimientos informáticos básicos, para no quedar paralizados cuando se cae el servidor, como les ocurrió a ellos no hace mucho.

Guerrero, que se gana la vida como free-lance en los medios tradicionales, explicó por qué eligieron esa localidad –existe un tejido sociocultural previo- y las dificultades que están encontrando para financiar el proyecto, a pesar de que la inversión inicial resultó mínima –un ordenador, una plantilla de wordpress y un servidor-. Según comentó, los comerciantes tradicionales todavía no entienden muy bien cómo funciona internet y les cuesta invertir su dinero en algo que no ven. Estas dificultades les han llevado a aguzar el ingenio y, por ejemplo, han conseguido que el dueño de un restaurante cuelgue el menú de cada día en su cuenta de Facebook, a la cual se puede acceder desde su diario.

Otra iniciativa que busca la rentabilidad es el blog de Oriol y Carles Rodríguez, titulado 365 días, 365 entrevistas. Como indica su nombre, el objetivo consiste en entrevistar a un personaje más o menos conocido cada día del año. Carles, el fotógrafo del proyecto, reconoció que la idea podía ser simple, pero que la clave del éxito radica en la calidad: “Si haces el trabajo bien, el proyecto sale adelante”.

Un tono optimista que Ana Oliva, periodista y escritora, no hizo sino potenciar a través de un discurso plagado de humor desde el primer momento: “Yo no doy un paso si antes no tengo dinero”. También de realismo, porque Oliva es una de esas personas que ha conseguido vivir de su gran pasión, la escritura, y lo ha hecho a través de diversas fuentes de financiación: una editorial tradicional, una asociación que busca hacer un regalo a sus socios, una propuesta a una persona interesante y con dinero para publicar un libro sobre sí misma y las posibilidades que brindan los libros electrónicos. Oliva comentó que el beneficio en una editorial tradicional oscila entre el 8 y el 10 por ciento de las ventas, mientras que en formato electrónico puede llegar incluso al 70.

En definitiva, una sesión muy enriquecedora para todos aquellos que creen en otras formas de comunicación y que demuestra, como señaló Eva Domínguez, que existen motivos para la esperanza: “La buena noticia es que mucha gente puede vivir de eso”. La buena noticia es que se puede vivir de lo que uno cree. Sin duda, eso es el éxito.   

El lugar del periodismo a comienzos del siglo XXI

El 24 de enero se celebra San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. En diversos lugares de España se está aprovechando esta efeméride para reivindicar la importancia del periodismo y de los periodistas.  

La situación es crítica, por diversos motivos. En primer lugar, por la crisis económica y financiera, que está provocando numerosos despidos y Expedientes de Regulación de Empleo, como en otros muchos sectores. Por poner un ejemplo, en el último mes se fueron al paro más de cien periodistas y la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) pronostica que se perderán como mínimo otros mil puestos de trabajo en el primer trimestre de este año, según PRNoticias.

El proceso se entiende relativamente bien. En el caso del sector privado: si no hay dinero, no se consume; si no se consume, no se vende; si no se vende, se ajustan los gastos superfluos, como la publicidad; y si no hay publicidad, los medios pierden una de sus principales fuentes de financiación. En el ámbito público ocurre algo parecido: si la gente no consume, se ingresa menos dinero por impuestos; si se ingresa menos dinero, hay que controlar los gastos; y, para disminuirlos, se reducen las inversiones en medios de comunicación –subvenciones directas, indirectas y recortes e incluso cierre de medios de propiedad pública-. 

Pero esto no es todo, porque los medios se mantienen gracias a la publicidad, gracias a las ayudas públicas y gracias a la venta de ejemplares. Este último ingreso nunca ha sido excesivamente elevado en España, pero cada vez era menor, en parte porque hacía tiempo que los empresarios de la comunicación no cobraban dinero por la información que ofrecían a través de Internet, con lo que perdieron la fantástica oportunidad de cobrar por lo que ofrecen, como hace cualquiera que se dedique a cualquier negocio, y, lo que es peor todavía, crearon “la cultura del todo gratis” que ahora denigran.

Por si esto no fuera suficiente, para ofrecer el “gratis total” había que ajustar los gastos al máximo, con lo que optaron por despedir o incentivar la salida de los profesionales más veteranos, fomentar la contratación de jóvenes sin experiencia e intentar que un periodista hiciera el trabajo que antes hacían dos, tres o incluso más compañeros. Una estupenda apuesta por la calidad del producto que no hizo sino convencer a los usuarios de Internet que, desde luego, había que estar loco para gastarse el dinero en un periódico. Era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo, que los concursos de acreedores y el cierre de medios de comunicación se llevaran a efecto.

A todo lo anterior se suman elementos sociopolíticos importantes que no sé hasta qué punto se han tenido suficientemente en cuenta. En el caso de las sociedades capitalistas occidentales, lo veo claro: el estado de consumo, por un lado, y la consolidación de las democracias –en algunos países más que en otros-, por otro. El fenómeno lo explicaba muy bien el presidente de una asociación de vecinos de mi barrio hace un tiempo, quien decía más o menos así: “Hace años, cuando no teníamos nada, no nos quedó más remedio que ponernos de acuerdo y luchar; ahora, como ya lo hemos conseguido todo, nos hemos dispersado y estamos cada uno a lo nuestro”.  Salvando las distancias, creo que los ciudadanos europeos ya no estamos preocupados por la situación política –al menos, no lo suficiente como para implicarnos en ella-; estamos más interesados, y siempre hablo en términos generales, en consumir y centrarnos en nuestra vida privada, en nuestro bienestar.

Y en este punto me parece que nos encontramos hoy. Si es cierto que no sólo no está mejorando la situación económica, sino que la recesión se encuentra a la vuelta de la esquina, entonces más vale olvidarse de encontrar recursos en la publicidad del capital privado. No así de la ayuda de los poderes públicos, quienes tienen el deber de “facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social” (art. 9.2 de la Constitución española).

De hecho, la mayoría de quienes defienden el Periodismo, con mayúscula, apelan a esta idea: señores gobernantes, o ayudan al periodismo, o nos cargamos la democracia. Esta bella idea que comparto en mis días más optimistas, cuenta con algunos problemas:

a)      La gente ya no cree en el Periodismo con mayúscula, sino en periodicuchos atiborrados de gente minúscula, de gente que sólo busca su propio beneficio (piénsese en las manifestaciones del 15-M);

b)      El periodismo no es la única forma de garantizar la democracia. Las tecnologías de la información y la comunicación están abriendo nuevas vías de participación que no tienen por qué contar con periodistas entre sus filas;

c)      La gente –incluidos los periodistas- tampoco se fía de los políticos, con lo que es preciso tener un exquisito cuidado a la hora de pedir ayuda a este gremio, no vaya a ser que se crea que, por ayudar a un medio, puede disponer de su política informativa.

Conclusión (siempre provisional): hacen falta personas –empresarios y periodistas- que creen y crean en un nuevo Periodismo, con mayúscula, y que tengan los recursos y la paciencia suficientes como para dar a luz otra cultura, la cultura del “merece la pena pagar por estar bien informado”. Esto significa que no basta con informar de lo importante –que ya sería todo un logro-, sino que hay que hacerlo interesante; no, interesantísimo. Los periodistas deben dominar todas las técnicas de comunicación posibles –tanto las persuasivas como las de entretenimiento- para atraer la atención de una sociedad cada vez más pasiva y recluida en la esfera privada; eso sí, sin perder de vista que su objetivo es la información –lo cual cada día resulta más difícil-. Y, por supuesto, han de estar abiertos a todo lo que la ciudadanía les quiera ofrecer y exigir. Sólo así será posible comenzar a hacer rentable un negocio que nunca debió de haberse alejado de sus principales clientes: los ciudadanos.

 ¡Feliz patrón, compañeros!

 

Imagen tomada de aquí.

Un buen año para la investigación y la docencia de la ética de la comunicación

Los finales de año suelen ser propicios para hacer balance. Pensando en los temas que me interesan, he llegado a la conclusión de que este 2011 ha sido un buen ejercicio.

A finales de marzo se celebró el I Congreso Internacional de Ética de la Comunicación en la Universidad de Sevilla, un acontecimiento que congregó a numerosos especialistas del ramo y en el que se abordaron innumerables aspectos relacionados con la ética comunicativa.

Considero que este congreso ha tenido una gran importancia, no sólo porque ha reconocido, por la vía de los hechos, la relevancia de la ética de la comunicación como objeto de estudio, sino porque se ha planteado con una gran ambición y, por ese motivo, ha acogido una gran variedad de enfoques y de participantes (desde alumnos a profesionales, pasando por maestros de instituto o gente simplemente interesada en el tema). Si no entendí mal, está previsto que se repita cada dos años, en sedes diferentes, lo cual es sin duda una estupenda noticia.

También es reconfortante contar con el ya consolidado Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información (CIEDI), organizado por la Fundación COSO, que este año ha alcanzado su novena edición.

Este evento, a diferencia del anterior, no tiene un carácter generalista sino especializado. Este año, por ejemplo, estuvo dedicado a “La responsabilidad ética y social de las empresas informativas“. El formato también es completamente diferente. Mientras en Sevilla se presentaron bastantes ponencias y muchas comunicaciones paralelas, en Valencia todos los congresistas asisten a las cuatro únicas ponencias. Huelga decir que los dos formatos me parecen acertados y perfectamente complementarios.

Este año el 9º CIEDI ha incorporado además una novedad que espero se repita en las próximas convocatorias: un Panel de experiencias sobre docencia de Ética de la Información en la que tuve el gran placer de participar. El objetivo de esta iniciativa, como ya podéis imaginar, consiste en compartir estrategias docentes con el fin de mejorar el aprendizaje de la ética por parte de los estudiantes de Comunicación.

Este año hemos asistido también al nacimiento de la Asociación de Docentes e Investigadores en Ética y Deontología de la Comunicación (ADIEDEC), una iniciativa incipiente que lideran Elena Real Rodríguez y María del Mar López Talavera, profesoras de la Universidad Complutense de Madrid.

Por todo ello, reitero, creo que este 2011 ha sido un buen año en lo que a la investigación y la docencia de la ética de la comunicación se refiere, y confío en que podamos disfrutar de estas iniciativas durante muchos años más. En parte, por lo que decía antes. Todo el mundo apela a los grandes valores, pero pocos realizan propuestas concretas para encarnarlos. Por todo ello, enhorabuena  a quienes organizan y a todos los que se benefician de su esfuerzo: profesores, estudiantes y ciudadanos.

 

En las fotos, la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla y el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad, sedes de los dos congresos citados.  

Profesor de hierro vs. profesor polivalente

En una entrevista reciente, Aidan White, secretario general de la Federación Internacional de Periodistas durante más de 20 años, se refería a una cualidad imprescindible para ser un buen periodista:

Una mente inquisitiva es absolutamente esencial, pero el coraje para hacer la pregunta difícil es mucho más importante. Porque los periodistas saben cuáles son las preguntas difíciles: ¿quién paga esto?, ¿quién gana con esto?, ¿qué intereses hay tras esto?

Por otro lado, la Defensora del Lector de El País, Milagros Pérez Oliva, reconocía en el 9º Congreso Internacional de Ética y Derecho de la Información (CIEDI) que el paro y la precariedad laboral estaban aumentando el miedo y la autocensura de los periodistas. 

La lectura de la entrevista a White y la asistencia al CIEDI en un breve espacio de tiempo me llevaron a plantear a los organizadores del congreso una pregunta que sigue rondándome por la cabeza: ¿cómo podemos formar periodistas fuertes, capaces de hacer frente a los múltiples obstáculos que amenazan su independencia y su búsqueda de la verdad? En estos días de la polémica del #gratisnotrabajo, la pregunta se torna aún más acuciante: ¿cómo lograr que las personas, en este caso los periodistas, no se conformen con lo que hay, sino que alcen la voz y digan ‘basta, yo así no trabaj0′? 

El visionado de la película “El sargento de hierro“, quién me lo iba a decir, me ha dado algunas pistas sobre la cuestión. En ella, se cuenta la historia de un veterano de guerra (Clint Eastwood) al que le encargan la formación de un batallón de reconocimiento totalmente indisciplinado y cobarde. Sin ánimo de comparar la vida militar con la universitaria, el largometraje refleja algo que, de puro evidente, a veces pasa inadvertido en las facultades de Comunicación: los aprendices deben enfrentarse a situaciones reales que les permitan distinguir un juego de la vida real.

Este “enfrentarse a situaciones reales” lleva al profesor-sargento a meterse en problemas con la jerarquía y la burocracia militar que, como toda institución, buscan la estabilidad y seguridad de lo conocido. Y he aquí otra gran lección de la película: la fortaleza del profesor delante de sus superiores enseña a los estudiantes, con hechos y no con palabras, que uno no debe dar la razón a los jefes porque sean jefes. Uno debe hacer aquello que sabe hacer y asumir sin temor las consecuencias de sus actos.

Cómo se consiguen profesores así sería la siguiente pregunta. Desde luego, no cómo el caso que conocí la semana pasada. Un profesor me contó que no tenía asignatura propia, sino que impartía las asignaturas que le asignaba su facultad cuando ésta no quería contratar a nadie nuevo. Su situación me recordó un poco a los periodistas que hacen de todo en una empresa, por lo que le llamo el profesor polivalente, aunque también podría denominarle profesor orquesta o multiusos.

Y pregunto: ¿puede un profesor de estas características formar adecuadamente en materias con las que no ha tenido tiempo de familiarizarse?

“El sargento de hierro” tiene la última palabra: nadie puede dar lo que no tiene.

Ahí lo dejo. Por el momento.

 Imagen tomada de aquí.

Lo que es y debería ser el periodismo. Un par de lecturas (II)

En el post anterior reseñaba lo que dos periodistas norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, y un periodista español, Iñaki Gabilondo, consideraban que debía ser el periodismo. En este comentario intento explicar lo que consideran que es el periodismo o, mejor dicho, aquello en lo que se está convirtiendo, si no se le pone remedio.

Si recordáis, los autores coincidían en que el (buen) periodismo presta un servicio muy importante a los ciudadanos que consiste básicamente en ofrecerles la información necesaria para formarse su propia opinión sobre el mundo que les rodea y poder decidir con más posibilidades de éxito.

Un servicio  público en entredicho

Esta afirmación, que muchos compartiríamos en la teoría, se viene abajo cuando miramos la realidad y comprobamos que la información periodística, más que ayudarnos, muchas veces nos desorienta y confunde. Los periodistas también son conscientes de este hecho, y así lo constatan Kovach y Rosenstiel cuando explican el origen de su libro, una reunión de periodistas  preocupados:

“Les resultadaba difícil reconocer en la labor de sus compañeros lo que ellos consideraban periodismo. En vez de servir a un interés público más importante, temían, la profesión lo estaba socavando” (K&R, 2003, 15).

Gabilondo, por su parte, también intuye que el periodismo corre un cierto peligro, pues se está perdiendo de vista al ciudadano: “Si no nos importa el destinatario, el papel del periodismo comienza en cierto modo a desfigurarse. Este oficio sólo tiene sentido si te importa el destinatario” (G, 2011, 54).

Veamos a continuación por dónde vienen las dificultades para que el periodismo sea lo que debería ser y se esté convirtiendo en…

Un instrumento al servicio de los intereses económicos de la empresa o grupo mediático

La lógica económico-financiera ha extendido sus tentáculos a todas las esferas de la sociedad y las ha impregnado de una tinta monetaria que distorsiona su percepción y actuación, lamentablemente también en el caso del periodismo.

Kovach y Rosenstiel sostienen que asistimos a “la mayor amenaza sufrida hasta la fecha. Estamos por primera vez ante el auge de un periodismo basado en el mercado y cada vez más disociado de cualquier noción de responsabilidad cívica” (K&R, 41).

Gabilondo también lo tiene muy claro y advierte que “el periodismo está siendo desbordado por la lógica económica. La rentabilidad se está imponiendo del todo, de manera que la lógica de las redacciones está siendo completamente sometida a la del gerente; la lógica de la industria de la comunicación se ha apoderado de la comunicación” (G, 39).

Esto se traduce en cuestiones muy concretas como, por ejemplo, primar la inversión tecnológica por encima de la inversión en personal, valorar los resultados de audiencia a costa de la calidad, poner el entretenimiento por delante de la información…

Un  instrumento al servicio de los partidos políticos

El periodismo y los periodistas también tienen el peligro de convertirse en instrumentos al servicio de los partidos políticos u otros grupos ideológicos. Este problema no es nuevo pues, como indican los periodistas norteamericanos, “en los últimos trescientos años la historia del periodismo ha sido la historia de su recorrido desde la fidelidad a los partidos políticos a la fidelidad al interés cívico” (K&R, 137).

Ojo. No se niega que los periodistas tengan ideas políticas y, por tanto, se sientan más afines a unos partidos que a otros. De lo que se trata es de no confundir lo que uno piensa con lo que otros quieren que piense. El periodista español pone su propio caso como ejemplo:

“Yo me puedo sentir comprometido con aquellos que me sigan porque creen que tengo una mirada progresista sobre la realidad, pero nunca me comprometería con los que pensaran que debo ofrecer una interpretación socialista de la realidad”(G, 112).

Un instrumento al servicio del mejor postor

Entramos en una de las cuestiones más peliagudas y que ponen en entredicho la existencia misma del periodismo, tal y como lo concebimos idealmente: la contratación de periodistas para trabajar en gabinetes de prensa, departamentos de comunicación y similares.

Iñaki Gabilondo menciona un aspecto concreto y es que la existencia de gabinetes de prensa está desactivando la iniciativa periodística y está conviriendo a los medios en “portavoces oficiosos de titulares -todos ellos interesados- procedentes de fuentes que hacen innecesaria la tarea de la acción periodística” (G, 96).

Yo, por mi parte, creo que el problema es mucho más grave pues, como estamos viendo, el problema radica en que hoy ya no resulta fácil distinguir entre los periodistas desinteresados -o, más bien, interesados en servir a la ciudadanía- y los periodistas interesados -esto es, dispuestos a servir a cualquiera que les contrate-.  

Esto es muy grave, pues significa que estamos dejando de creer en lo que el periodismo debería ser y estamos comenzando a dar por sentado -y por válido- lo que el periodismo es o en lo que se está convirtiendo. Y si dejamos de creer en que podemos ejercer un buen periodismo, entonces dejamos de luchar y pelear por ello, y nos acomodamos -nos volvemos periodistas acomodaticios- a lo que hay. Y si nos conformamos con lo que hay, ¿cómo podemos esperar que la ciudadanía crea que les servimos a ellos? Y si no cree que les servimos, ¿por qué habrían de pagar por nuestros servicios?

Y eso no es lo peor de todo. Lo peor de todo es que si desaparece el periodismo, desaparece la mejor herramienta que hemos sabido construir para mantener una democracia viva. Os dejo con unas palabras de Kovach y Ronsenstiel que me dejan sobrecogida:

“La civilización ha producido una idea más poderosa que cualquier otra, la idea de que las personas pueden gobernarse a sí mismas, y ha creado una teoría de la información, que en gran parte aún no ha sido articulada, para sostener esa idea. Esa teoría se llama periodismo. Pues bien, esa idea y esa teoría nacieron y caerán juntas” (K&R, 266).

¿Estamos cayendo?

 

Lo que es y debería ser el periodismo. Un par de lecturas (I)

Estos días he leído y releído dos libros que considero fundamentales para comprender qué es y qué debería ser el periodismo. El primero está escrito por dos periodistas norteamericanos, Bill Kovach y Tom Rosenstiel, y se titula Los elementos del Periodismo (2001), y el segundo es del periodista español Iñaki Gabilondo y se denomina El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas (2011). Se trata de dos trabajos muy diferentes en cuanto a la forma -una investigación exhaustiva frente a un relato personal, respectivamente-, pero que coinciden de forma asombrosa en el contenido, a pesar de la distancia geográfica y temporal.

Lo que debería ser el periodismo

¿Cuál es la finalidad o utilidad del periodismo, cuál es la razón de ser del trabajo de los periodistas? Los autores ofrecen las siguientes respuestas:

“El propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo” (K&R, 2003, 18).

“El periodista debe ofrecer al lector elementos de juicio para entender el mundo en el que vive, para que pueda tomar sus propias decisiones” (G, 27).

En estas definiciones subyace algo muy importante y es la estrecha vinculación que existe -o mejor dicho, debería existir- entre conocimiento y acción, información periodística  y participación ciudadana, periodismo y democracia.

Esta definición es bastante genérica, lo cual, unido a que el periodismo es un término “muy polisémico” (G, 52), nos lleva a analizar ”los elementos del periodismo” de forma más detallada. Vamos allá.

1) Buscar y contar la verdad

Este objetivo, tan propicio a los prejuicios y malentendidos, suele encontrarse presente en todos los periodistas de una u otra forma.

“El periodismo intenta llegar a la verdad en un mundo confuso procurando discernir en primer lugar lo que es información fidedigna de todo lo que son informaciones erróneas, desinformación o información interesada, para luego dejar que la comunidad reaccione y el proceso de discernimiento continúe. La búsqueda de la verdad se convierte en un diálogo” (K&R, 63).

Gabilondo afirma algo parecido, pero con otras palabras: “Mi compromiso, mi contrato con la gente desde el primer día que empecé ha sido siempre decir con honestidad lo que creo, trata de transmitir con diáfana claridad la diferencia entre lo que sé y lo que me parece, la información de la opinión” (G, 113-114).

Yo creo que los periodistas coinciden en tres afirmaciones básicas que subyacen cuando se habla de “la verdad”: la realidad existe, la realidad se puede conocer mejor o peor y la realidad se puede comunicar de forma más o menos fidedigna. Y esto significa que hay que esforzarse por conocer, verificar y contar lo que ocurre de la mejor forma posible.

2) Mantener la independencia

Los periodistas valoran muy mucho su libertad, y no es para menos. Kovach y Rosenstiel señalan que muchos informadores consideran crucial “mantener cierta distancia personal a fin de mantener la claridad de ideas y hacer valoraciones independientes” (K&R, 143).

Gabilondo cita la parábola de los puercoespines del filósofo Shopenhauer para hacernos comprender que “la dificultad mayor de la vida es la distancia” (G, 82). En invierno, los puercoespines han de mantener la separación justa: lo suficientemente cerca como para darse calor, pero lo suficientemente lejos como para no pincharse.

Y cada uno debe saber dónde está su límite. Gabilondo se conoce a sí mismo, lo cual es fundamental en estos casos: “Yo me encariño con la gente. [...] Yo no podría ni sabría estar regularmente en contacto con un personaje político y no simpatizar, no entender sus problemas, sus cuitas, no convertirme en un observador inadecuado” (G, 83).

3) Servir al ciudadano

Otro rasgo esencial del periodismo es ser fiel al ciudadano, frente a otro tipo de intereses personales o ajenos. De otro modo, se destruye la confianza, vital en cualquier tipo de comunicación.

“Más que vender contenido a los clientes, los periodistas construyen una relación con sus lectores, oyentes o espectadores basada en sus valores, en sus juicios, autoridad, valor, profesionalidad y compromiso con la comunidad” (K&R, 86).

Compromiso con la comunidad significa, para Gabilondo, vocación para servir a las personas: “Se elige esta profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo que sirva a la sociedad. Si no son ésas las razones, entonces es un oficio muy mal elegido” (G, 57).

4) Vigilar a cualquier clase de poder

“El principio de vigilancia y control [tan arraigado entre los profesionales de la información] significa algo más que limitarse a controlar al Gobierno y se extiende a todas las instituciones poderosas de la sociedad” (K&R, 157).

Lamentablemente, muchas veces se malinterpreta, como expone el periodista vasco: “Siempre ha creído que los periodistas tenemos ciertas dificultades para entender nuestro papel. No sé si el periodismo es el cuarto poder, el segundo o el tercero. Pero no es ni mucho menos el primero: nosotros no tenemos que gobernar, no tenemos que impartir justicia” (G, 76-77).

Gabilondo llama la atención además sobre el hecho de que el mundo periodístico-mediático  también constituye un poder, lo cual requiere, como mínimo,  una buena dosis de autocrítica, muchas veces inexistente (G, 90).

5) Dar voz y escuchar al público

Las nuevas tecnologías han otorgado un mayor protagonismo a la participación del público en la búsqueda, valoración y difusión de información. Esto constituye sin duda algo muy positivo, pues, cuantas más voces, mayores posibilidades de enriquecimiento. Es por ello que Kovach y Rosenstiel destacan que una de las misiones básicas del periodismo consiste en “proporcionar un foro para el debate y el compromiso públicos” (K&R, 187).

Gabilondo también es partidario de lo que denomina “la democratización del periodismo”, si bien considera fundamental “la necesidad de filtrar, la importancia de un trabajo solvente, con un sello de garantía reconocible, con nombres y apellidos y sin exabruptos que se oculten en el anonimato. Asimismo, el buen periodismo requiere siempre que los hechos se contextualicen” (G, 125).

6) Ser fiel a la propia conciencia

Otro aspecto destacado por los periodistas norteamericanos es la importancia de seguir la propia conciencia personal (K&R, 249). Gabilondo vuelve a coincidir con ellos y lamenta la ausencia de unos “parámetro intocables” (G, 45) o unas “líneas de civilidad” (G, 48) compartidas entre todos los miembros de la profesión periodística -y empresarial, añado yo, pues el periodismo no depende sólo del buen hacer de los periodistas-. Creo que merece la pena incluir una cita larga para comprender la importancia de compartir unos valores, no sólo por respeto al resto de la sociedad, sino para hacer respetar al propio periodismo:

“Valoremos un símil: un cirujano se lava las manos antes de operar. Si trabaja en un hospital privado, se lava las manos antes de operar y si trabaja en un hospital público también. Si el hospital está en una situación de pérdidas, también. Si el hospital se asocia con veinte multinacionales de la cirugía, también. Y si trabaja en un centro pequeño, el cirujano también se lava las manos antes de operar. El cirujano ha institucionalizado el principio de lavarse las manos antes de operar como una realidad que le protege de cualquier vaivén que se produzca en el mundo. Nadie logrará nunca que un cirujano no se lave las manos antes de operar. [...] Y sin embargo el periodismo español no ha rescatado ninguna línea defensiva” (G, 44-45).

Hasta aquí, por tanto, lo relativo a lo que debería ser el periodismo. En el próximo post me centraré en lo que el periodismo es, se ha convertido o se está convirtiendo, a juicio de estos autores. Mientras tanto, os lanzo una pregunta, con la esperanza de que podamos iniciar un diálogo que nos enriquezca a todos: ¿Estás de acuerdo en la descripción que hacen estos autores de la esencia del periodismo? ¿Crees que sobra o falta algún elemento esencial? ¿Por qué?

Muchas gracias por participar.

Imagen tomada de aquí.

El riesgo de la docencia en “El club de los poetas muertos”

Hay dos frases en el libro de N. H. Kleinbaum que he subrayado de forma especial. Las pronuncia John Keating, el profesor de Literatura recién llegado a un tradicional colegio preuniversitario que se guía por los valores del honor, la tradición, la disciplina y la excelencia. Son las siguientes:

1) “Sólo pretendo forjar espíritus libres” (Ed. Círculo de Lectores, 1991, p. 50)

2) “Una buena educación debe enseñar a los alumnos a pensar por sí mismos” (1991, p. 117).

Sólo puedo decir que estoy COMPLETAMENTE de acuerdo. 

Lo que más me maravilla de este profesor es que consigue aunar dos aspectos muy diferentes entre sí: la formación técnica (los alumnos conocen algunas teorías sobre la poesía y algunos de los poetas más importantes) y la formación humana (los alumnos aprenden el valor de conocerse a sí mismos y de luchar por lo que quieren de verdad). Eso, en cuanto al fondo.

En relación con la forma, me maravilla la sinceridad y la creatividad del docente. Por ejemplo, no tiene reparos en afirmar que el pensamiento de un  teórico es un auténtico “excremento” y es muy original cuando invita a los alumnos a subirse encima de una mesa para adoptar otro punto de vista y así abrir su mente.

Keating es además muy consciente de la etapa vital que atraviesan sus alumnos, y les hace continuos guiños que conectan estupendamente con su pasión por la libertad, el amor y la autenticidad.  

Pero educar en la libertad tiene un precio, y es que el educando no se deja manipular.

Y eso pone nerviosos a algunos padres y profesores.

Y eso me hace pensar que los MAESTROS que educan en la libertad también pagan un precio.

Y que tal vez por eso hay tan pocos profesores de verdad.

Y qué mal habla eso de nuestra sociedad.

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Una ética sin deber. Lectura de “Ética para Amador” de Fernando Savater

El libro “Ética para Amador” de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es la prueba de que se puede tratar un tema importante y complejo de forma clara y amena. Esto, aun siendo importantísimo en los tiempos que corren, no es lo que más me ha impresionado. Lo que realmente me admira de esta obra es que trata sobre la ética sin hacer referencia al deber, la obligación, la norma, el sacrificio y todos esos términos que nos invitan a salir corriendo a miles de años luz de quien los pronuncia. Por el contrario, el filósofo vasco nos habla de libertad, vida y humanidad.

Muy sintéticamente, Savater explica que, como somos básicamente libres, no nos queda más remedio que decidir lo que queremos hacer -o no- con nuestra vida. La ética es, por tanto, el arte que nos ayuda a vivir, a decidir qué nos conviene buscar y qué evitar; en definitiva, la ética es el  ”intento racional de averiguar cómo vivir mejor” (Ariel, 2003, 71). Para ello, la única condición necesaria es “estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos” (2003, 87-88).

Lo que nos conviene puede resultar más o menos complicado de averiguar, pues todavía “no sabemos para qué sirven los seres humanos” (2003, 57). Algo, no obstante, parece claro. Somos hombres, no animales ni cosas, por lo que no tratarnos o no tratar a los demás como tales constituye, cuando menos, un grave error. Error vital, podría decirse, porque uno puede dejarse arrastrar por lo que le apetece en un determinado momento, pero sin quererlo de verdad – y vaya usted a arreglarlo-; o utilizar a los demás como objetos a su antojo, con lo que lo más probable es que termine quedándose solo -y esto no parece muy divertido-.  

Porque hay otra cosa muy clara: los hombres nos necesitamos unos a otros para conocernos y para aceptarnos como somos. Por tanto, lo que me pase a mí afectará a los que me rodean; y lo que les suceda a los que me rodean, influrá en mi vida. Para bien y para mal, antes o después.

Esto se puede aplicar a todo: al sexo, a la política, a la ecología, a la inmigración…, que son algunos de los temas que aborda el autor del libro. Sin embargo, que nadie espere recetas. Fernando Savater tan sólo nos invita a vivir y no de cualquier manera. Por si no ha quedado claro: “La ética lo que intenta es averiguar en qué consiste en el fondo, más allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en los anuncios de la tele, esa dichosa buena vida que nos gustaría pegarnos” (2003, 86). Nada que ver con el deber. Todo, con el querer.  

 

 Imagen tomada de aquí.

 

 

La crisis de periodistas y medios. Una propuesta para emprendedores

Hubiera bastado con que alguien hubiera analizado las cifras de difusión y audiencia de los medios de los últimos años con cierto espíritu de autocrítica, pero no, ha tenido que surgir el movimiento 15-M para darnos cuenta de que la sociedad, la opinión pública para mentes grandilocuentes, no se siente representada ni por los medios ni por los periodistas, como muy bien ha captado la periodista y defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva.

Yo no creo que no exista una opinión pública española, como afirma Gregorio Morán en La Vanguardia. Es verdad que puede ser más débil que la de otros países, como Inglaterra, pero la transición de un régimen dictatorial a una democracia conlleva más tiempo del que marcan, no sin cierta artificialidad, los libros de historia.

El caso es que la gente ya no se fía de los medios ni de sus profesionales, y lo hace en un momento en que dispone de herramientas diferentes a los medios tradicionales para informarse y, algo mucho más importante, para informar a los demás.  

Porque la gente necesita informarse, qué duda cabe, aunque sólo sea para saber a qué atenerse, esto es, por pura supervivencia física o psicológica. Y la gente buscará el modo de saber lo que sucede realmente, con o sin los medios de comunicación tradicionales.

Estos, sin embargo, parecen ajenos a lo que sucede, como esos políticos que no terminan de creerse que la gente quiera participar en la cosa pública, y se limitan a poner parches y más parches a un trapo viejo en vez de bordar uno nuevo. Yo lo siento mucho, pero que me dejen hacer un comentario o darle una puntuación simbólica a una noticia no me parece un gran avance. Más bien, una tomadura de pelo.

Si los medios y los periodistas quieren seguir siendo intermediarios de confianza, más vale que hagan eso mismo, o sea, ganarse nuestra confianza. Si yo fuera propietaria de un medio, empezaría por dejar muy clarito quién soy y qué quiero: soy fulana de tal, mis fuentes de financiación son estas y mis inversiones están aquí, aquí y aquí.

Tampoco lanzaría una nueva línea editorial que sólo contuviese palabras huecas y vacías, del estilo vivan la democracia y el progreso. No. Es hora de mojarse y asumir que no se puede contentar a todo el mundo. O hago frente a las presiones, que vendrán de todos lados, o me posiciono y me atengo a las que vengan del otro lado.

Recortaría en gastos de tecnología -una cámara de vídeo o de fotos doméstica ya da una calidad suficiente- y empezaría a contratar personal muy cualificado, al que ofrecería cursos de formación y proyección profesional a la de ya.

Reduciría páginas, si estoy en papel, u horas de difusión si me dedico a la tele y a la radio -¡si hasta la BBC se lo está planteando!- . Doy unas pinceladas básicas para quienes no pueden o no quieren pagar por estar informados, y el resto a la web. Y pagando. Voy a  dar calidad y merecerá la pena pagar por ella.

Y, ahora sí, abro sin miedo las vías de comunicación con la ciudadanía. Pregunto qué les preocupa, que les interesa; les pido ayuda para completar o contrastar una información; les invito a explicar su visión de la realidad, más allá de las cartas al director o comentarios en Twitter o Facebook…

Me fío de mis periodistas y estos empiezan a salir a la calle… Y nos reunimos de vez en cuando, para que me cuenten sus problemas y yo les cuente los míos… Y empieza a llegar información rica, fresca, plural, responsable y nueva…

Y me gano la confianza de mis conciudadanos y comienzo a ganar en difusión y audiencia… Y llegan los anunciantes… Y las presiones…

Pero no olvido de dónde vengo ni adónde voy y me mantengo fiel a mis principios… Y en casos difíciles, mis periodistas y mis conciudadanos me apoyan, porque saben que quiero ganarme la vida, sí, pero no a costa de vender porquería…

Y…

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Imagen tomada de aquí.

 

 

 

Los deberes fundamentales del periodista en tiempos de crisis

Hace tiempo que un periodista me preguntó qué podían hacer estos profesionales de la información con la crisis que estaba -y continúa- cayendo. Creo que no se trataba de una pregunta autoexculpatoria, del estilo “¿y qué puedo hacer yo si sólo soy un pobre periodista precario?”, pues me lo preguntó un par de veces. Hoy voy a intentar exponerle mi opinión. Para ello, sigo algunas ideas que expusimos José Luis Requejo y yo en una comunicación (ver publicaciones).

1. SER CONSCIENTE. Todos hablamos de que el periodismo está en crisis, pero creo que no nos hacemos cargo de lo que eso supone. Para mí, entre otras muchas cosas, signfica que hemos perdido el sentido público/social de nuestro trabajo. El periodismo se ha convertido en una forma más de ganarse la vida y, como está mal pagado, creemos que no pasa nada si informamos mal o regular sobre los asuntos que nos toca cubrir cada día. Lo importante es sobrevivir -nosotros, claro- y no nos damos cuenta de que, a peor información, peor sociedad: más ignorante, más manipulable, más violentada…

En mi humilde opinión, debemos ser conscientes de que el periodismo se está transformando en otra cosa y que, si no ponemos remedio, la profesión perderá todo su sentido y legitimidad social. Y nosotros no tendremos trabajo, pero tal vez eso ya no importe entonces, porque habrá otros problemas sociales mucho más graves.

2. SER COHERENTE. Podemos ser periodistas o podemos no serlo, pero si decidimos serlo entonces debemos ser coherentes, esto es, actuar conforme a lo que pensamos. Comprendo que no son tiempos fáciles, pues todos dudamos de que podamos alcanzar la verdad con las limitaciones de tiempo y espacio que imponen los nuevos medios, con las presiones que llegan de todos los frentes -sobre todo de la propia empresa, cuyos propietarios han dejado de creer en la labor social del periodismo-, con las prioridades centradas en el bienestar individual y no en el bien común…; en sobrevivir, al fin y al cabo.

Lo comprendo, pero no puedo justificarlo, como tampoco justificaría que un médico o una enfermera dejara morir a un paciente alegando que trabaja en pésimas condiciones laborales. Acuérdate del caso de Rayan, que ya comenté en otra ocasión.

3. DEFENDER LA LIBERTAD DE INFORMACIÓN. Si eres verdaderamente consciente de la gravedad de la situación, si realmente quieres remar contracorriente, entonces debes moverte y defender la libertad de información. Ojo que no hablo de la libertad de prensa (la libertad de crear un medio de comunicación) ni de expresión (aquí estoy yo expresándome sin problemas), sino de información. Debes recuperar y ampliar tu libertad para informar a los ciudadanos tal y como crees que debes informarles.

Sinceramente, no creo haberte convencido como para presentar tu dimisión al más mínimo indicio de manipulación. Tampoco hace falta. De lo que hablo es de que dediques parte de tu tiempo libre a cambiar lo que no te gusta. Me da igual si es a través de una plataforma, un blog, una cuenta en Facebook o un sindicato. Pero, por favor, no te quejes de una situación si no estás dispuesto a cambiarla.

Por eso te hablaba de ser consciente de lo que está en juego -si no lo ves, no actuarás-, ser coherente -moverte hacia donde tú quieres ir, cueste lo que cueste- y defender tu libertad para informar -pues tal vez no seas responsable de muchas cosas, pero sí de una: de no haberte movido para cambiar las cosas-. Creo que estos son los deberes fundamentales que nos toca asumir a todos en estos tiempos de crisis.  Ojalá que sólo fuera necesario en Periodismo.

 Imagen tomada de aquí.

“Life Without Media”. Mi visión del VI CICR de la Facultad Blanquerna

El planteamiento tenía trampa, como muy bien advirtió Miguel Franquet. ¿Una vida sin ningún tipo de medio, entendido como mediación; sin medios de comunicación tradicionales -prensa, radio, televisión, etc.-  o sin los nuevos medios? No importaba. Se trataba de una pregunta instrumental, como la definió el presidente de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales en la sesión inaugural. ”Life without Media” fue, por tanto, una excusa para pensar por qué los llamados medios de comunicación social son tan importantes en nuestra vida actual.

¿En nuestra vida actual? Maticemos, por favor. Shakuntala Banaji nos abrió los ojos con su explicación de la situación mediática en las zonas más pobres de la India. A mí se me quedó grabada la historia de un niño que se ganaba la vida haciendo fotos a los turistas. Cuando los investigadores le pidieron que elegiera un regalo, no pidió una cámara de fotos, ni un móvil, ni siquiera una televisión. Eligió una bicicleta porque tiene que andar todos los días dos kilómetros para ir al colegio y en su pueblo no hay electricidad.

En cualquier caso, lo que probablemente nos defina como hombres sea nuestra capacidad para crear herramientas, mediaciones o medios que nos permitan mejorar nuestra vida. Los medios de comunicación social, en concreto, nos permiten extender nuestra capacidad para conocer lo que nos rodea, formarnos una opinión y comunicarnos, sobre todo comunicarnos -de ahí el nombre, supongo-. Al principio utilizábamos nuestro cuerpo, luego el alfabeto, luego la imprenta, luego la televisión, luego internet. Luego todo, que no hay por qué descartar nada.

La cuestión de fondo, tal vez, radique en si todos estos instrumentos nos están sirviendo para alcanzar lo que anhelamos.

¿Y qué anhelamos?

Aquí surgen las discrepancias, como se pudo observar al comparar las inquietudes de los investigadores, que frecuentemente relacionan la comunicación con la comunidad y con la democracia; y los directivos y políticos presentes en un único y oportuno panel, quienes relacionan la comunicación con el modelo de negocio (dinero) e imagen de marca (prestigio).

La raíz del asunto, como explicó maravillosamente la filósofa Adela Cortina, radica en la relación existente entre los bienes internos y externos de una actividad, la comunicación en nuestro caso. Los bienes internos son los que dan sentido y legitiman una actividad o una profesión. En el caso de la información periodística, se trata de “forjar una ciudadanía madura que pueda disponer de información suficiente para ser dueña de su vida”.

Una actividad se corrompe cuando sustituye los bienes internos por los externos. Ojo, matizó la filósofa. No se trata de negar los bienes externos, pues se requiere algo de dinero, algo de poder y algo de prestigio para emprender y mantener cualquier actividad. El problema, aclaró, es la sustitución de los bienes externos por los internos.

Esta distinción podría enmarcar todas las ponencias y comunicaciones del congreso. Por ejemplo, la de David Buckinghan, quien alertó del peligro de ver a los niños como meros consumidores, es decir, únicamente desde la óptica del dinero. O la de María Lamuedra, preocupada por la visión que tienen los ciudadanos de los medios y si esta visión se corresponde o no con una democracia deliberativa, como a la que parecemos tender. O la de Marina Santín Durán, que alertó del peligro de idealizar la tecnología en una hipotética universidad sin profesores. Si la docencia no tiene calidad, las tecnologías no la aportarán.

Se podrían poner decenas de ejemplos, pero yo prefiero acabar con la educación, solución que apuntó Adela Cortina y a la que me sumo, con el mismo tono reivindicativo: la asignatura de ética no es una “maría” (facilona), no la puede impartir “el primero que llega a la facultad”, ya es hora de que “la ética del profesional de la información se tomara verdaderamente en serio”. Y la de las empresas de comunicación, por supuesto.

Todo para formar personas morales que utilicen los medios de que disponen, de comunicación o no, en beneficio propio y en el de toda la humanidad. Que en la vida no todo es blanco o negro, que la vida no es con medios o sin medios de comunicación.

Foto propia tomada en el auditorio de la facultad, en el momento de la intervención de Adela Cortina.

Y ahora, triple salto mortal, ¡corregulación y autorregulación regulada!

Aquí van algunas ideas que me han suscitado la III Asamblea de Periodistas del Sindicato de Periodistas de Cataluña y la jornada del Consejo Audiovisual de Cataluña sobre Regulación, coregulación, autorregulación y responsabilidad social de los medios de comunicación audiovisual.

El dilema autorregulación versus regulación tiene algo de falaz, pues opone dos maneras de garantizar la responsabilidad que, en realidad, son complementarias. Grosso modo, la autorregulación tiene que ver con los mecanismos de control que se imponen a sí mismos colectivos o instituciones -periodistas o medios de comunicación, por no ir más lejos-. La regulación, sin embargo, se refiere al control que se impone desde fuera -ley,  decreto, orden administrativa, etc.-, motivo por el cual también se suele llamar heteroregulación.

Estas dos formas de garantizar el comportamiento humano son, como digo, complementarias, y no tiene mucho sentido oponerse a ninguna de ellas. La ley nos ayuda a establecer unos mínimos infranqueables, lo cual es muy importante para garantizar la coexistencia, mientras que los mecanismos de autorregulación pueden aspirar a unos máximos ideales, fundamentales para la convivencia. Y al revés. El derecho se imparte con lentitud, con gran desgaste de tiempo, dinero y energía. La deontología, en cambio, es más rápida, más barata y menos desgastante a nivel psicológico.

Obviamente, las dos formas de control pueden corromperse, y alguien puede afirmar, como he oído en la III Asamblea de Periodistas, que “la autorregulación es un fraude”, en el sentido, interpreto yo, de que algunos colectivos pueden utilizarla en su propio beneficio -más claramente, los medios de comunicación, como parapeto ante posibles intervenciones jurídicas-. Sin embargo, “hecha la ley, hecha la trampa”, es decir, la ley puede estar aprobada y promulgada y no llegar a aplicarse nunca de un modo completo, simplemente porque no interesa.

Tampoco conviene olvidar que tanto la autorregulación como la heteroregulación se apoyan en la ética, es decir, en la libertad y la responsabilidad de cada persona. ¿De qué sirve promulgar un código deontológico o crear un consejo/comisión de quejas, si nadie -personas e instituciones- lo cumple o no pasa nada si se incumple? ¿De qué sirve una ley fantástica que nadie apoya y que, por lo tanto, no será aplicada con eficacia, como está sucediendo con la Ley General de la Comunicación Audiovisual? De nada, me temo.

Y me temo que esto es lo que está pasando últimamente en el campo de la comunicación, sobre todo en el periodismo. Como falla la ética -o sea, fallamos las personas, a nivel individual-, como falla la autorregulación -las organizaciones periodísticas y los medios de comunicación- y como el miedo a la regulación o el amor por la libertad es exagerado, están surgiendo con fuerza nuevos términos como corregulación o autorregulación regulada, como pude comprobar en la sesión organizada por el CAC.

Esto refleja, para mí, una triste realidad que no queremos o no podemos ver con tanta lucha por la superviviencia, a todos los niveles. Las personas estamos perdiendo nuestra capacidad para asumir la responsabilidad de nuestra libertad y tienen que intervenir personas de  fuera para recordarnos que nuestra libertad termina donde comienzan los derechos de los demás. Esto estaba muy claro hace unos años, pero ahora, encima, no nos gusta que nos recuerden nuestros defectos, por lo que hemos de camuflar esta ”injerencia” con palabras que nos recuerden a algo voluntario, como si comportarnos como debemos nos saliese del alma.  

Para que luego digan que la formación en ética no es importante. ¡Es la raíz de todo!

Innovación docente o cómo aprender a enseñar a aprender

Aquí van algunas reflexiones en voz alta sobre lo aprendido en un congreso sobre excelencia en educación y unas jornadas sobre innovación docente.

Excelencia, innovación docente, calidad, competencias… Diferentes términos para expresar una única realidad: cómo aprender a enseñar a aprender. Parece un trabalenguas, pero no lo es. Los profesores debemos aprender a enseñar a los estudiantes a que asuman las riendas de su proceso de aprendizaje. Dicho de un modo más sencillo, el estudiante es el verdadero protagonista y sobre él deben recaer todos los focos. Los profesores, siguiendo con el símil teatral, somos los que permanecemos en la sombra, dispuestos a intervenir discretamente si, y sólo si, alguien se queda en blanco en un ataque de pánico escénico. 

El alumno no es el único que tiene miedo. El profesor también. El miedo -¿al ridículo, al fracaso?- es una de las causas por las que muchos docentes no se atreven a romper con el modelo clásico de enseñanza y a experimentar otras formas de educación.

También podría haber un cierto desánimo o desgana. Si no se me valora profesionalmente, ¿para qué hacer el esfuerzo? Caemos entonces en el error que criticamos en los alumnos: si no me dan créditos o no puntúa en la nota final, ¿para qué romperme la cabeza?

Qué estrecha es la relación entre innovación y nuevas tecnologías. La mera transmisión de conocimientos ha perdido todo su sentido. La ‘generación zapping’, como la describió Javier Martínez Aldanondo, tampoco podrá soportar una clase magistral. El educador asume dos nuevos roles: ha de motivar y ha de acompañar.

Para motivar, conexión con la realidad. Lo expresó muy bien el alumno Alejandro Trillo. Los profesores formularon una pregunta absolutamente actual -¿debería retrasarse la edad de jubilació o no?- y, a partir de ahí, se lanzaron a la búsqueda de conocimientos económicos, sociales, políticos. La profesora Pilar Úcar también supo utilizar guiones cinematográficos para mejorar la expresión escrita de sus estudiantes.

Las preguntas surjen cuando el alumno se enfrenta a un reto, un desafío, algo que hacer, algo que solucionar, algo por lo que merece la pena buscar en su ‘disco duro’ y, al no encontrar nada, lanzarse a la búsqueda del conocimiento y de sí mismo.

Para acompañar, resulta imprescindible aprender a resistir la tentación de dar todas las respuestas sin haber dejado que surjan las preguntas. Gran lección de las profesoras Vanesa Serrano y Marianna Bosch. Mucha atención también al lenguaje corporal. Como comentó el alumno Íñigo Puertas, la mirada y el gesto de un profesor pueden favorecer la participación o inhibirla totalmente.

No olvidemos las emociones, por favor. No creemos “cabezas andantes” sin corazón ni voluntad, como muy bien advirtió Joan Antoni Melé.

Tampoco olvidemos el contexto en el que vivimos, un mundo plagado de desigualdades, guerras, hambre, penurias… Como expuso Federico Mayor Zaragoza, debemos ser conscientes de que “vivimos en un barrio privilegiado de la aldea global”.

Y la mayor verdad con la que me he encontrado: no podrás dar nada de lo que tú carezcas.

Si no estás motivado, no motivarás.

Si no tienes preguntas, no buscarás respuestas ni favorecerás que otros las busquen.

Si no te conoces ni te amas, no ayudarás a otros a conocerse y amarse.

Si no eres un ciudadano coherente, no ayudarás a tus alumnos a serlo.

Si…

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

 Foto tomada de aquí.

La organización de la información, clave del éxito de una investigación

Las personas que realizamos una tesis doctoral o un trabajo de investigación de cierta envergadura sabemos lo importante que es organizar bien la información. Lecturas de años se desvanecen de la memoria en pocos días, semanas o meses, según la capacidad de cada cual, por lo que es vital saber guardar y recuperar esos datos de forma eficaz.

Durante mucho tiempo he buscado un método que me resultara útil. Al principio, por ejemplo, utilizaba bases de datos que recogieran, en forma de fichas, las citas que me parecían más importantes. Sin embargo, este método no me convence del todo, pues, aunque me permite almacenar contenidos por temas y recuperarlos con facilidad, estos aparecen desligados de su contexto, lo cual me parece peligroso, en el sentido de que podemos desvirtuar su auténtico significado.

Resumir los libros tampoco ha resultado una tarea eficaz, pues se ‘pierde’ demasiado tiempo para el resultado que se obtiene, ya que muchas veces los resúmenes son bastante extensos y resulta muy complicado recuperar todo lo allí reflejado. Ahora bien, no descarto los resúmenes de libros básicos, esto es, aquellos que sienten las bases del área en la que nos movemos.

Finalmente, hablando con mis compañeros de doctorado, he llegado a la conclusión de que el mejor método consiste en esbozar un índice, si quiera esquelético, para, a partir de ahí, ir abriendo carpetas (léase documentos de Word) con los distintos epígrafes e ir incluyendo allí todo lo que se refiera a dichos apartados (con su correspondiente cita, por supuesto). De este modo, cuando decidamos escribir un epígrafe concreto, no tendremos más que abrir ese documento, imprimir, leer, reflexionar y redactar, con la ventaja de que ya contaremos con las citas o referencias oportunas.

He de decir que, en vista de mis fracasos anteriores, he de probar el resultado de este método, así que, si alguien está interesado en ello, que me pregunte qué tal me ha ido una vez que termine la tesis. Prometo contestar. También agradezco, qué duda cabe, que alguien me revele cuál es la mejor forma de organizar la información que ha encontrado. Muchas gracias y mucha suerte.

Imagen tomada de aquí.

15-M y 22-M, dos oportunidades para escuchar

En la vida -privada o pública- hay momentos en los que estamos preparados para escuchar y momentos en los que no. Cuando escuchamos, aprendemos y avanzamos en nuestro desarrollo; cuando no lo hacemos, nos estancamos y compramos todos los números para volver a caer en la misma piedra.

El movimiento social del 15-M en defensa de una democracia real y las elecciones municipales y autonómicas del 22-M son, a mi juicio, dos excelentes oportunidades para escuchar, para aprender y para avanzar en nuestro desarrollo.

Las acampañadas realizadas en numerosas capitales de provincia españolas han puesto de manifiesto que en la sociedad española no sólo hay descontento con el sistema actual, sino indignación. Por cierto, bonita palabra esta de ‘indignación’, que incluye la idea de dignidad. Nos rebelamos contra algo que ataca nuestra dignidad como seres humanos.

Para mí, la gran lección de esta plataforma ciudadana es que es hora de que el poder vuelva a quien le pertenece realmente, es decir, a los ciudadanos. Ni los que poseen dinero ni quienes aseguran representarnos pueden olvidar el derecho -la dignidad- de las personas a ser las dueñas de sus actos, a ser libres y responsables con todas las consecuencias.

Las elecciones del 22-M también han puesto de manifiesto un descontento-desencanto profundo con la actuación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Decepción que los dirigentes del partido no quieren afrontar, mientras nos distraen con quién será el candidato a las primarias, quién no, por qué, cómo…

Si el partido no reacciona, cosa que me temo, quedará sin respuesta la gran pregunta que, a mi juicio, ha quedado sobre la mesa: ¿Es posible un socialismo real en un entorno neo-liberal? Si es posible, ¿cómo? Si no lo es, ¿a qué ha de renunciarse para ser coherentes con los valores que dice proclamar -justicia, igualidad, solidaridad-? 

En el caso de Hospitalet de Llobregat, ciudad en la que resido, las elecciones municipales han puesto de manifiesto otra realidad crucial: las relaciones entre personas que proceden de otros países o, como se suele decir, con los inmigrantes. Plataforma X Cataluña ha obtenido dos concejales en el Consistorio hospitalense, lo cual pone de manifiesto una tensión latente que, ojalá, los actuales gobernantes sepan mirar a la cara y afrontar.  Os recuerdo que Hospitalet es una de las poblaciones con un índice de inmigración más elevado, lo cual puede servir de termómetro para medir la calidez o frialdad de las relaciones entre personas de diferentes países en España.

En definitiva, creo que estamos ante problemas importantes que no deberíamos dejar de lado, so pena de volvérnoslos a encontrar dentro de escasos años y, encima, agravados. Si no, tiempo al tiempo.

 

La foto es mía. Es de un banco ecuatoriano (Pichincha) instalado en Hospitalet,donde uno de sus reclamos publicitarios pone en evidencia las diferencias de trato entre las personas.

 

 

El diario de investigación, una herramienta útil

Hoy quisiera hablaros de una herramienta que me parece muy útil para mejorar la calidad de la tesis doctoral. Se trata del diario de investigación.

Cualquiera que haya tenido un diario personal, sabrá apreciar las ventajas de este instrumento que, básicamente, consiste en dar cuenta, de forma periódica, de los avances y retrocesos que experimentamos durante el proceso de investigación.

En mi opinión, la creación de un diario tiene grandes ventajas. La primera es que nos paramos a pensar. ¿Pero, cómo -se preguntará alguno-, acaso no nos dedicamos a eso, a pensar? Sí y no. Es cierto que nos pasamos gran parte del día pensando, pero se trata de un pensamiento a pequeña escala, centrado en aspectos muy concretos. Disponer de un diario permite elevarse por encima de los árboles y contemplar el bosque en su conjunto o, lo que es lo mismo, trazar un mapa mucho más completo del asunto. Tampoco podemos obviar el hecho de que la mayoría vivimos en sociedades urbanas, ruidosas, con un gran nivel de estrés y ruido -no sólo acústico-, por lo que no es fácil encontrar un momento de silencio y meditación, como propicia el hecho de sentarse y ponerse a escribir.

Algunos pueden creer que contar sus progresos vía Twitter o Facebook puede suplir la función del diario que comento. Yo creo que no. En primer lugar, porque en las redes sociales uno se muestra en público, y eso siempre afecta a su disposición interior. Por mucho que nos consideremos personas autónomas e independientes, siempre habrá cosas que callemos para no herir innecesariamente o para ofrecer una apariencia mejor a la real. El diario permite el encuentro con uno mismo, con lo que el autoengaño resulta mucho más complicado.

De hecho, otra de las ventajas de esta herramienta consiste en su gran poder de autoconocimiento.  Creo que todos hemos experimentado cómo nos hemos aclarado sobre una cuestión cuando la hemos compartido con otra persona. Con el diario pasa igual. Uno se cuenta a sí mismo lo que ha hecho o lo que ha dejado de hacer, valora lo realizado, aprende sobre ello y encamina sus pasos.

Otra utilidad nada menospreciable es su capacidad para controlar los altibajos emocionales. Cuando uno está desanimado, ansioso o cabreado, puede ser conveniente ponerse a escribir y, de este modo, tratar de objetivar el estado interior y averiguar sus causas. Esa misteriosa relación entre escritura y racionalidad nos ayuda a serenarnos y a continuar con nuevos bríos. 

El diario se convierte además en un auxilio de la memoria, porque permite recordar cuándo nos propusimos algo, calcular cuánto tiempo ha pasado y si el periodo es razonable o un auténtico escándalo.

En definitiva, creo que la creación de un diario de investigación puede resultar francamente útil para establecer algunas boyas en el enorme y profundo mar de la investigación.

 Foto tomada de aquí.

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